Ensayo poético en homenaje la revista de cultura
Litoral.
A Lorenzo Saval y Mº José Amado.
Según Gilbert Durand defendía en Las estructuras
antropológicas del imaginario, todos los símbolos, cuando se desarrollan
narrativamente, dan lugar a mitos; y, a su vez, viceversa: toda referencia
aislada o parcial a esos mitos conocidos por todos (hoy día sólo por unos
pocos: filólogos, antropólogos y psicoanalistas, y niños veedores de cartoons)
debe revestir un carácter sintético de símbolo (o, en terminología de Cornelius
Castoriadis, investirse de “significaciones sociales imaginarias” instituyentes
o autorizantes) que radica y entronca en arquetipos del inconsciente
colectivo junguiano, que yo, siguiendo a Mircea Eliade, prefiero llamar transconsciente,
puesto que es en la preinstitución social del lenguaje trasmisor de información
donde esos fenómenos mitosimbólicos se manifiestan (antes, entiendo, que en sus
versiones icónicas vigentes al menos desde Altamira y Lescaux), siendo un
análisis psicosintáctico profundo de mitemas y simbolemas la única
herramienta que poseemos para interpretar el sentido funcional, logosemántico y
poético del conjunto, ya se trate de un símbolo complejo, ya de un mito, ya de
toda una mitología, ya de todo la simbología arquetípica del transconsciente
antropológico.
Pero ese psicoanálisis morfosintáctico, esa morfosintaxis
arquetipológica, añado, estaría incompleto, si previamente no hubiéramos
realizado otro psicoanálisis, aún más trascendental si cabe, a un nivel
estructural más profundo de la articulación lingüística: si la sintaxis
arquetípica explica la logopoética del sentido figurado del mito, el
análisis morfoléxico (o monemático, siguiendo a Martinet),
tanto de sus constituyentes mitémicos como de las referencias míticas parciales
y aisladas que funcionan, a modo de sinécdoque, como síntesis simbólica, se
vuelve método sinequanon para conocer las relaciones semánticas que los simbolemas,
o rasgos distintivos semánticos del símbolo, establecen entre sí, sobre todo
cuando esos símbolos son aludidos de modo sumario en una sola palabra (léase
Hipogrifo o Centauro o Etcétera), y no con poca frecuencia es el análisis
morfoléxico y etimológico de la misma el que nos debe mostrar las relaciones
logopoéticas de su constitución, dándose el caso de que no siempre el
lexo-símbolo parece tan claramente relacionado con su contexto mítico, puesto
que el uso común y diacrónico del término ha ocultado en las profundidades
psíquicas transconscientes su sentido simbólico y arquetípico.
Así es en nuestro caso: Emilio Prados y Manuel Altolaguirre bautizaron
su revista Litoral seguramente por razones inconscientes o
transconscientes de las que, es obvio, no podían tener conciencia, sino sólo
acaso un lejano y borroso atisbo. Pudieron, no lo dudo, hacer caso de razones
conscientes que pueden explicarse con el anecdotario histórico literario por
los historiadores de la literatura conocido, pero, apelando a la famosa
sincronicidad de Jung, tuvo que haber razones psíquicas profundas de las que no
tuvieran ni la más remota idea.
Litoral: un término derivado, compuesto por el lexema
sustantivo litor-, étimo latino (litus –oris) que significa costa,
y un morfema derivativo, el sufijo –al, que indica la naturaleza
morfológica adjetiva de la palabra (luego vuelta a sustantivar en castellano,
adonde sospecho llegó como cultismo), es vocablo simbólico y arquetipológico
como el que más: la Costa es un Límite y una Frontera, un Finis Terrae, un
estricto topos que marca la diferencia entre el mundo estable y
sedentario, seguro y trivial, de la tierra, y el mundo inestable y aventurero
de la mar: el mundo de lo desconocido, del misterio, a menudo, desde Manrique
al menos, asociado a la muerte y al Más Allá, y también a los Orígenes
okeánikos u oceánicos, en tanto que según Homero, Océano es el primer Padre de
titanes y dioses: la pre- o proto- o postvida del Espíritu, asequible en vida,
no obstante, mediante el método extático de místicos, profetas, chamanes y
poetas-vates en general.
Si definimos la cultura, como campo de cultivo del espíritu,
Litoral significa o simboliza la relación limítrofe y fronteriza
pero traspasable de lo trascendental (e incluso trascedente) de la
cultura y el espíritu, siempre minoritarios, con la divulgación de ese
espíritu de cultura por la vulgar (del latín vulgus, pueblo inculto e
incivilizado, opuesto a populus) materia de la tierra no cultivada
y, por tal, dicho sea sin ánimo de ofensa, bruta o silvestre o salvaje o
inculta: insensibilizada frente a lo cultural, donde el espíritu demiúrgico del
conocimiento debe aparecer poniendo en armonía lo caótico del agreste pagus (étimo
de pagano) o campo cultivable.
No obstante, también hay que destacar que cuando sus
fundadores pensaron en el nombre Litoral, por homofonía paronomásica
tenían presente en la conciencia (o en el inconsciente, o en el
transconsciente) el vocablo literal, si bien que, aunque Litoral es una
revista de letras, no era el sentido literal, sino el literario
el que estaba siendo invocado (de ahí el cambio de vocal: o por e) por la
elección del título de la revista de cultura y, hoy ya, de culto: el sentido literal
es contrario al literario o poético, que es siempre sentido
figurado: la letra, al pie de la letra, mata; el espíritu, manifiesto en el
sentido figurado de las figuras que se organizan en símbolos y mitos y poemas,
vivifica.
Por otra parte Litoral es un nombre inconscientemente
sincopado: puede relacionarse con el sintagma nominal literatura oral:
permaneciendo sólo los tres primeros fonemas o letras de la primera palabra y
el adjetivo final aludimos in- o transconscientemente a la literatura
originaria anterior al invento de la escritura y de las litterae, las
letras: aquella literatura sin letras que, primigenia, se sirvió de los mitos y
los símbolos -previos al triunfo del Logos desde los presocráticos-, para
ahondar el pensamiento de la imaginación poética elevándolo a esas profundas
alturas figuradas que la razón lógica todavía no ha podido alcanzar, preparando
así el imaginario antropólogico para el análisis lógico-racional de los
filósofos: así que, de modo no consciente, sincopóse de la parte interna del
sintagma (o apocopóse del final del primera palabra del mismo) lo que estaba
velado a la consciencia de todo escritor que use de letras: lo originario y
creador por antonomasia, iletrado o preletrado, pero entroncado radicalmente en
el sustrato antropológico más profundo de la psique: la ausencia de “eratura”
en el sintagma lit-eratura oral dejaban solas tres letras o fonemas que
reconvertían no-conscientemente el semilexema lit- en un lexema funcional
poético que relacionado por asociación catéctica sonora con el litos
griego, o sea piedra o roca, como en monolito, evocaba
elementos simbolizantes plásticos monumentales arcaicos relacionados con un simbolizado
arquetípico y recurrente en todas las culturas: la idea que asocia dureza a duración
permanente o infinita, en fin, a eternidad.
Y por fin, abreviando: debemos contemplar dos cosas
relativas precisamente a la religiosidad o espiritualidad mito-metafísica, o
simbolista si se quiere, que se observa en los dos poetas fundadores: hay, como
se ha demostrado, un simbolismo del agua en ambos poetas, y yo mismo
esbocé alguna vez una sintaxis arquetipológica de ese símbolo dinámico según
sus diversas apariciones textuales alusivas a las formas diversas que el
líquido elemento adquiere (nube, fuente, río, mar, vapor, etc.) en la obra
poética de Altolaguirre y, aunque mi ignorancia me ciega ante otros posibles
estudios semejantes que puedan existir y no he leído, hago saber que sería
sencillo realizar un estudio homólogo sobre lo mismo en Prados, que en ambos
entroncaría radicalmente con la simbología arquetípica universal del
transconsciente antropológico, donde los arcanos cuatro elementos siempre
estuvieron presentes.
Y piénsese, ya para acabar, en un último análisis poético
trascendental etimológico, pero ahora al modo ciceroniano y clásico en general,
más psiquico y poético, creativo, que filológico, tan usado en la Etimologías
de San Isidoro de Sevilla: oral es adjetivo del étimo léxico ora,
en latín, boca, de donde, mediante la adición de otro morfema, ahora
desinencial, -ar, construimos el verbo orar que significa hablar,
pero que simboliza más: hablar con Dios: nada extraño para el
inconsciente de dos poetas metafísicos simbolistas, que vieron en la poesía un
medio de aproximación a la vivencia creativa de una verdad fundamental y eterna
que remite, como no puede ser de otra manera, a una mística cuya vía de
perfección ascética hacia el éxtasis o el trance no es otra que el uso poético
del lenguaje.
Litoral es, pues, hoy, un doble símbolo
arquetipológico: de una parte, por todas las significaciones que revela el
psicoanálisis morfoléxico y etimológico de la palabra elegida como nombre de la
revista; y por otra, y no menos fundamental, porque la revista, gracias a su
historia, que culmina en Saval, se ha convertido en arquetipo, en modelo ideal
de todo cuanto debe ser una revista de arte, literatura, poesía y pensamiento.
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