Filantropología cognitiva
del símbolo en el arte de JRJ y el 27.
Érase una vez un padre viudo que tenía dos
hijos pequeños, aún sin uso de razón, y que sabía que las inminentes
circunstancias de su vida iban a ejecutar entre ellos la pena tajante de una
separación. Sabía además este buen padre que la mortal enfermedad que le
afectaba no le iba a permitir organizar el reencuentro de sus hijos. De manera
que ideó una manera de posibilitarlo, de ayudar al azar a serles favorable,
porque no hay mejor favor de la fortuna que el de gozar de la existencia de un
buen hermano o hermana cuando los buenos padres han dejado de existir. La
suerte podría reunir a los hermanos separados, si el destino no se mostraba
demasiado contrario y testarudo. Pero el problema a superar por el ingenio del
amante padre era el del futuro reconocimiento mutuo de los niños: cuando los
dioses los volvieran a reunir, los niños habrían crecido y ya no serían niños,
serían adultos, habrían cambiado y no se parecerían a la imagen que guardaban
en su memoria recíproca, por lo que el recuerdo no les seviría para
identificarse como hijos de su padre. Éste, así pues, tomó una vieja medalla
que pertenecía por herencia a la familia y la partió en dos, entregando un
fragmento de la misma a cada uno, encareciéndoles que la guardaran consigo como
lo más precioso de su vida.
Años y años después, en efecto, se produjo el
esperanzado reencuentro.
Ambos hermanos vieron un curioso fragmento de
medalla pendiendo de sus cuellos e ipso facto trataron de ver si los tales
encajaban. Y encajaban a la perfección.
Y, cuando ambas partes del símbolo fueron reconstruidas en su unidad, tuvo
lugar el reconociento. Ambos hermanos se conocieron otra vez. Y conocieron que
eran hermanos, y conocieron cuánto los había cambiado el tiempo y la separación.
Y se fueron juntos a celebrar el reencuentro y a brindar por el ingenio del
amante padre desaparecido.
La etimología de la palabra símbolo -que
acabo de ilustrar con técnica narrativa de cuento de hadas- nos remite, como se
ha visto, al concepto de reconocimiento.
Y éste último, al de conocimiento,
porque reconocer algo es conocerlo por segunda vez, sólo que teniendo en cuenta
informaciones que en el primer conocimiento no se retuvieron, porque no se
tuvieron coscientemente y no se percibieron como tales, y porque la experience
acumulada durante años de vida nos cambia -a nosostros y nuestra forma de
percibir y entender las cosas.
De ahí el uso del termino “cognitivo” en el
título de este ensayo. Dicha palabra ha venido usándose en los últimos 15 ó 20
años como miembro de un sintagma nominal que pretende -y lo está consiguiendo-
erigirse en nombre propio a la vez que tecnicismo de una nueva disciplina
científica: estoy hablando de la Ciencia Cognitiva. Una de las novedades de
esta ciencia cognitiva es su transdisciplinariedad. Si lo característico de las
ciencias clásicas ha sido desde siempre su tendencia a la especialización, la
novedad de la ciencia cognitiva radica en su tendencia contraria a esa
corriente general: los científicos cognitivos son psicólogos, pero también
-como es mi caso- lingüistas y antropólogos, o incluso filósofos, en especial
epistemólogos o gnoseólos, y, lo que es más llamativo, teóricos de la
computación o de la Inteligencia Artificial.
La pregunta, para un neófito en el tema,
podría ser: qué tienen en común todos esas especialidades científicas como para
que con ellas se esté constituyendo un nuevo saber. La respuesta es sencilla:
todas se ocupan de lo mismo: la percepción y la adquisición de conocimiento, la
cognición, a través de un instrumento que recibe técnicamente el nombre de
“símbolo”.
La problemática de esta nueva ciencia empieza
precisamente ahí: con la elección de ese tecnicismo. Porque “símbolo” es
término muy usado en ciertas disciplinas anteriores, si bien todas relacionadas
de una u otra manera con la cognición, pero no siempre con el mismo sentido:
hablamos de símbolos matemáticos o químicos, y estamos en el campo de la
ciencia dura, y de símbolos lógicos, y estamos en el campo de la filosofía;
pero también decimos símbolo cuando hablamos de un mandala hindú, una cruz o
una media luna, un cáliz o un príapo, o un candelabro de siete brazos, o un
dragón de una o de siete cabezas, y estamos en el campo de la historia de las
religiones; de las pinturas rupestres o de las plumas en la cabeza de un
pielroja, y estamos en el campo de la antropología o la historia del arte; de
imágenes procedentes del inconsciente y ligadas a arquetipos, y estamos en el
del psicoanálisis; de las correspondencias de Baudelaire, y lo estamos en el
del arte literaria o la historia de la literatura… y, saltándonos un largo y
vario etcétera, decimos símbolo cuando queremos explicar la naturaleza del
signo lingüístico y adláteres y semejantes, y entonces estamos en el campo de
la semiótica y la filología.
El lío puede ser de intrincado órdago si no
ponemos un poco de orden en torno de su intríngulis: todo lo que hemos referido
arriba es cultura, objeto de estudio de la antropología, puesto que el hombre,
hasta el más inculto, es un animal cultural, que para Cassirer, era lo mismo
que decir, un animal simbólico, homo
simbolicus.
Para desliarnos y desvelar el quid de la
traslúcida cuestión, podemos dividir toda nuestra cultura en tres grandes hiperparadigmas: el arte, la religión y
la ciencia. Y ver, claro, que el simbolismo es común a todas ellas. Así el
estudio cognitivo del símbolo es el estudio científico de la cultura,
definición que Malinowski daba de la antropología.
Pero hay un pequeño problemilla con la
definición ésta: el tipo de conocimiento que persigue y consigue la ciencia no
es del mismo tipo que el que persigue la religión o el arte. De hecho, la
ciencia se fundamenta en la construcción de un tipo de simbolismo o lenguaje de
siginificación literal cuya función predominante, por no decir absoluta, debe
ser la referencial, la que informa fielmente sobre el referente o realidad,
mientras que en el lenguaje del arte y en especial del arte literaria o
poética, aun en el del realismo, la función predominante tiende a ser entre
expresiva y poética (id est: emotiva y conmovedora), y su sentido, figurado. El caso de la religión es aún
más complejo, porque por un lado la religión se vale de la figuración poética y
del sentido figurado de los mitos, pero por otro de los dogmas de fe, vale decir
elementos ideológicos, que con harta frecuencia, al menos entre nosotros, han
pretendido viciar el sentido figurado de los mitos proponiendo una
interpretación literal- referencial de los mismos, lo que las ha hecho entrar
en colisión con la ciencia al estar usurpándole a ésta el espacio que le es
propio. Lo que demuestra que con harta frecuencia los complejos ideológicos son
falsos, lo que nos obliga a pensar que cuando una ideología es verdadera debe
de serlo sólo por pura casualidad, por cuanto las ideologías no son simbólicas,
sino dogmáticas, es decir, están hechas a base de opiniones impuestas por fuerza o seducción. Y las opiniones no se
basan en el conocimiento del referente sino en simpatías arbitrarias de la
subjetividad, inducidas educacionalmente. Hay, no obstante, religiones en que,
al no haber estado durante mucho tiempo -o nunca- implicadas políticamente con
el poder, el elemento ideológico está ausente, y por tanto lo que resta en
ellas es sólo el componente mitopoético; no está claro, sin embargo, que la
función cognitiva del símbolo mitopoético en la religión sea idéntica a la del
mismo en arte, ni siquiera en arte poética. Aunque la inteligencia humana es,
según quería Aristóteles, siempre poética: nous poetikós.
Se trata por tanto de especificar cuál es el
objeto de conocimiento de cada sistema simbólico, puesto que ningún científico
de pro admitirá jamás por conocimiento científico -e incluso ni siquiera por
conocimiento a secas- lo que por medio del simbolismo religioso o artístico
pueda conocerse. Pero es evidente que no podemos juzgar la facultad cognitiva
de los simbolismos religiosos o artísticos desde la perspectiva de la ciencia,
como no podemos juzgar la del simbolismo científico desde la perspectiva
artística o religiosa, sencillamente porque la religión apunta al conocimiento
de entidades espirituales, ya sean inmanantes o trascendentes, mientras que la
ciencia apunta al de las entidades materials, contrastables con la experiencia.
Y en cuanto al arte nadie se pone de acuerdo sobre la especificidad de su
objeto cognitivo.
El estudio de la simbología de los tres
hiperparadigmas ha de hacerse pues, desde un perspectiva exterior a los tres,
desde una perspectiva trascendental, y esa sólo puede encontrarse en la
filosofía y más concretamente en la antropología filosófica, que sólo podrá
integrarse en la antropología cognitiva adhiriéndose a la ciencia una vez que
desde fuera haya situado las especificidades temáticas de la simbologías
científica, artística y religiosa, y aún así seguirá siendo más cognitiva que
ciencia propiamente dicha, tal como se entiende el término “ciencia” hoy.
Tratemos de hacerlo empezando desde el punto
más cercano a cero.
En primer lugar, si revisemos los
significados literales y simbólicos del concepto “símbolo” en el habla
coloquial, veremos que es precisamente el simbolismo científico el que resulta
contradictorio con la significación del término: cuando decimos que algo es simbólico queremos decir que no es
literal, esto es, que es literario o poético, figurado: que lo decimos en sentido figurado, que el significante
de lo que decimos está usado a modo de figura
poética o literaria. Así cuando hablamos de un “precio simbólico” lo que decimos es que ese precio no es un precio en
realidad, que no usamos la expresión en su sentido literal, que hablamos de
algo distinto de un precio, que el precio que pedimos por el servicio que
prestamos no paga en realidad lo que nuestro servicio vale ni nos cuesta, sino
que esa parca cantidad con que se nos paga nuestro trabajo no es en realidad
una paga, sino otra cosa, algo que no es material, o sí lo es pero no es su
materialidad lo que nos interesa y la define, sino -y aquí está la clave- lo
que ese acto, exiguo y mínimo de materia contante y sonante, significa para nosotros.
Un símbolo es algo que es lo que no es, o que
no es lo que es en realidad, sino otra cosa, otra que no es real -del latín “res”: cosa-, que no es
cosa material, sino mental o psíquica o espiritual, según sea el campo
disciplinario desde el que símbolo se estudie. Lo importante de un símbolo no
es lo que el símbolo es desde el punto de vista de la física, sino de su
remisión significativa a una subjetividad. De entrada, por lo tanto, el símbolo
es algo paradójico, como lo son todas las figuras poéticas. No es -o no es solo-
lo que es, sino algo más que no está aquí con él y es distinto de él.
Piénsese, por ejemplo, en una cruz: dos palos
cruzados diseñados para torturar criminales o pobres diablos, o en una bandera:
un palo con un cacho de trapo en lo alto; la cruz no deja de ser en ningún
momento un objeto material, de acuerdo, ni la bandera tampoco, pero no es su
materialidad o su materia lo que ha hecho que tanta gente entregue su vida por
ellas, o les haya sido arrebatada en su nombre. No: lo que dichas cosas
significan, o figuran: lo que la
gente que murió por ellas o en su nombre se figuró
que significaban, eso fue lo que hizo que hicieran lo que hicieron.
Pero en verdad todos los objetos, al menos
los objetos significativos, significan: tienen algun sentido para nosotros; y,
si no, lo normal es que nos pasen desapercibidos. Uno sólo se apercibe de lo
que significa algo para uno; si no, no figuran en nuestro índice aperceptivo y,
aunque los percibamos, es como si no: aunque exista -y de hecho existe- el
pensamiento no lingüístico, no existe -ni puede existir- el pensamiento no
simbólico: toda cognición es, por naturaleza, semántica. Y por lo tanto,
semiótica.
Primera incursión cognitiva: los
significados, los sentidos de los signos y de los símbolos son en origen
siempre sentidos figurados. Incluso
los sentidos literales. Porque todo
objeto de percepción y conocimiento es algo que significa algo para nosotros,
que figura -mental, psíquicamente-
para nosotros. Porque todo significado es en origen una imagen mental. Y una imagen es una figura. Una figura poética. Y
toda figuración poética, un acto de imaginación. La cognición produce efectos figurativos en la imaginación. Y
es que toda experiencia es de naturaleza simbólica. Todas las cosas que nos
ocurren tiene un sentido, un significado para nosotros, y, si no lo tienen, nos
preguntamos por él; la respuesta a esa pregunta sólo podemos en principio figurárnosla, imaginárnosla. Después
podremos comprobar e incluso demostrar nuesta figuración (imaginación, hipótesis). Y trataremos de crear el
sentido literal, exactamente fiel al supuesto referente: ese es el objetivo de
la ciencia: desfigurar el símbolo,
para que se adecue a la realidad material, crear un modelo simbólico de la
realidad que coincida y se corresponda punto a punto con ella, que encaje con
ella como las roturas de dos pedazos quebrados de medalla. Una imagen compleja
que sea lo menos imaginativa posible, una figura cuyo efecto de figuración sea
mínimo. Y digo bien: mínimo, no nulo, porque una imagen no puede existir sin
imaginación ni una figura sin figuración, y la capacidad cognitiva de la
simbología científica sería cero si su simbolismo
no fuera en absoluto simbólico, esto es, significativamente
figurativo-imaginativo. El hecho de que la realidad se resista a tanta
vocación de exacta literalidad representativa por parte de la ciencia, el
carácter asintótico de evolución de las sucesivas teorías científicas, su
carácter revisable sucesiva y
progresivamente aproximativo a una verdad teórica nunca definitiva, su
provisionalidad hasta la próxima revisión motivada por una novedad cognitiva
-un descubrimiento-, revela su carácter esencialmente mítico, si bien con
restricciones a los grados de libertad del vuelo imaginativo de su figuración
poética.
La ciencia moderna nació, recordémoslo, a
contracorriente de la religión. De lo cual el caso inquisitorial de Galilei es
ejemplo paradigmático. Y el de Wilberforce contra Darwin, el caso epigonal y
grotesco de esa agonía del dogma ideológico como método cognitivo. Triunfó,
digo, la ciencia a la postre y después de ese éxito nacieron todavía nuevas
disciplinas científicas cuyo objeto de estudio era el ser humano, ese animal
cultural o simbólico.
Una de ellas es la antropología científica o
sociocultural que desde Tylor y Frazer enfrentaron el problema de las culturas
que ellos llamaron primitivas por ser acientíficas, y que facilitaron una
inmensa cantidad de material antropológico a disciplinas posteriores como el
psicoanálisas y la historia de las religiones, y que sacaron el simbolismo de
su vida restringida al campo de los esoterismos y ocultismos militantes del s.
XIX, para colocarlo en una situación de protagonismo en el punto de mira de
tantos estudiosos serios: Freud, el último positivista, los estudió a la luz de
su técnica psicoanalítica reduciendo su significación a pulsiones psíquicas de
sexualidad organic represa, si bien su desobediente discípulo Jung le dio la
vuelta a la empanada viendo los símbolos culturales en conexión con la
efervescia subliminal de nuestra psique y con los arquetipos perennales de un
inconsciente colectivo, que el premio nobel de física Wolfgang Pauli quiso a su
vez conectar con los apriorismos kantianos, para que finalmente el nº 1 de la
historia de las religiones, el gran Mircea Eliade, diera una vuelta de tuerca
más al asunto cuando invirtiera el razonamiento de Freud apuntando que el sexo,
además de una función orgánica, era un símbolo de significación plural y que,
convenientemente ritualizado, aludía, simbolico
modo, como en los tantra hindúes y budistas, o los cultos de la fertilidad
en general, a una dimensión espiritual que, añado yo, no podía ser descubierta
por la ciencia, ya que, por definición y vocación, nada quiere ni puede ésta
saber de las cosas del espíritu -aunque ella misma sea un producto de él.
El símbolo se descubría como algo fundamental
en la experiencia mística, primero porque toda experiencia inefable o meramente
difícil debe expresarse mediante un símbolo complejo, un símbolo de símbolos, y
segundo porque la misma experiencia mística se vale de la mediación técnica de
diversos símbolos religiosos o míticos según las culturas, y tercero porque la
propia mística, como al final se volverá a decir de toda experiencia, es una
experiencia simbólica: la de dos entidades entre las que se produce un acto de
reconocimiento de amoroso parentesco o afinidad, el micro y el macrocosmos, el
hombre y el universo, hechos de los mismos números
concordes pero tajantemente separados por el principio de individuación
analítica que es inherente a toda conciencia inteligente y razonadora, que
rompe el mundo y lo divide, para empezar, en sujeto y objeto. Aquí el símbolo
sirve de puente unificador de dos naturalezas distintas, casi contrarias -pues
la madre Naturaleza es a menudo feroz y caníbal con sus unidades filiales
humanas-, y de ahí que el sexo se convierta en carnal símbolo de unión mística,
por antonomasia y excelencia. Unión de dos polos casi contrariamente diversos en
una totalidad armónica. La experiencia mística es pues un acto sexual
simbólico, figurado, espiritual, entre una psique, cuyo significante, cuya
media medalla, es un cuerpo humano, y un Espíritu Cósmico, cuyo significante,
la otra mitad de la medalla, su cuerpo, es todo el Cosmos. Todo lo cual apunta
hacia una cosmosemántica, puesto que
acabamos de definir místicamente el universo como un complejísimo Cuerpo Significante.
Y de paso podemos apuntar que la relación simbólica entre el místico y Dios
tiene carácter de sinécdoque, en la que el todo y una de sus partes se solapan
e intercambian semánticamente.
Pero lo curioso de todo es que la Cosmosemántica
no ha sido inventada por la antropología filosófica de la religión, ni siquiera
por la ciencia cognitiva, sino por la ciencia teórico experimental más pura y
dura. Aunque tal vez sin querer, y no con ese nombre.
Aunque la ciencia no admita la realidad
objetiva de las experiencias espirituales, deberíamos recordar que la letra mata, el espíritu vivifica: las
leyes, por ejemplo, tomadas en su sentido literal a veces pueden resultar
tiránicas e inhumanas por inflexibles, inadecuadas al caso concreto, real, de
experiencia a que deben aplicarse; es entonces, si se quiere ser justo, cuando
hay que apelar al espíritu de la ley,
a la intención significativa del organismo que la concibiera y gestara. La
expresión la letra quiere decir -en
sentido figurado- el sentido literal,
siempre estrecho, estricto, al dictado -de un dictador-, al pie de la letra,
con muy pocos grados de libertad, a ser posible uno sólo, cuando se preste a la
interpretación. La expresión el espíritu
quiere decir el sentido figurado, y
se caracteriza por prestarse a un grado mayor de libertad figurativa, casi de
ángel luciferino, si se me permite la figura, cuando se somete a dicho proceso
trujamánico o hermenéutico. Y lo curioso, digo, es que sólo de esa libertad
significativa, propia del arte, puede brotar la creatividad que nos permite ser
mejores y mejorar la realidad al rebelarnos contra la inhumanidad de algunas de
sus leyes: una de ellas, especialmente inhumana, la ley del más fuerte, esa que
predica que el pez grande se come al chico, es una de las primeras que la
humanidad trata a duras penas de reformar al menos dentro de la realidad
humana, apenas consiguiéndolo, de acuerdo, pero no es insignificante la
grandeza del intento: gracias a la fuerza creativa de la libre figuración
poética hemos descubierto -heurísticamente- alguna entidad que no existía en la
naturaleza, verbi gratia, la Justicia y su performance
el derecho, y podemos decir que poco a poco en el mundo va habiendo algo más de
justicia que antes, aunque es poco lo conseguido y queda todavía mucho por
construir y crear. Pero está claro que la moral y la ética son un fruto del
sentido figurado, de la creatividad cognitiva del simbolismo, y que la
invención del concepto de justicia -o de democracia o de progreso o incluso de
ciencia- es todo un hallazgo de la cultura del homo simbolicus.
Pero decía que la cosmosemántica puede ser
una creación de la ciencia experimental más que de las humanidades.
Para explicar esto quizá deberíamos empezar
por el comentario de unas ideas que aparecieron en 1902 en un escrito del
químico alemán Wilhelm Ostwald, a quien podemos encasillar dentro del paradigma
científico newtoniano decimonónico, anterior a la eclosión de la relatividad de
Einstein o la mecánica cuántica y no digamos a productos científicos
posteriores como la geometría fractal o la teoría del caos y las catástrofes.
Lo interesante de Ostwald es para mí, por lo que luego se verá, su descripción
de la conciencia humana en términos físicos. Después de criticar el
fundamentalismo del concepto materia
y de proponer su sustitución por el de energía
que le parecía más universal y científico, quiso explicar la existencia de la
conciencia como la trasformación de un tipo de energía, la electromagnética,
por ejemplo, de la luz que incide en nuestra retina en impulsos eléctroquímicos
que circulan por nuestros nervios, obteniendo así un modelo de correspondencias
energéticas consistente en las invariancias o simetrías de ciertos números que
no cambian y se mantienen después de producida la trasformación de la energía
externa en energía nerviosa.
Sería mucho después, y por parte ahora de un
biólogo chileno, Humberto Maturana, que la ciencia caería en la cuenta del
hecho de que de hecho la ciencia misma que estaba describiendo en términos
objetivos la transformación de una energía objetiva en una energia interior
-pero también objetiva- estaba haciendo uso para ello de un lenguaje de
vocación literal-referencial que era un producto de la bios objeto de estudio de la ciencia biológica. Maturana habló
desde la biología defendiendo que no había exterior ni interior, puesto que
toda la biosferan es un continuum ecológico de intercambios de energía, lo que
traía como consecuencia la superfluidad e inoperancia de la distinción
sujeto/objeto. Pero como para aludir a todo ello se estaba utilizando un
sistema simbólico que impedía la visión directa de la realidad objetiva, aunque
la explicara eficazmente, por que es imposible evitar el punto de vista
subjetivo cuando un sujeto usa de un sistema de significación, concluía que
toda la realidad de los objetos físicos se daba en el lenguaje, por lo que era
el concepto de realidad objetiva lo que quedaba críticamente minado como
conepto científico. Aclarando todo esto desde otra perspectiva: individualmetne
no podemos distinguir entre ilusión y percepción: sólo podemos hacerlo
cotejando nuestra experiencia con el vecino, y eso sólo puede hacerse mendiante
el lenguaje. Y el lenguaje científico es, en ese sentido, un lenguaje
especialmente eficaz.
Como sabemos, la realidad objetiva,
independiente del sujeto, también fue cuestionada por el paradigma científico
siglovigésimo: con la relatividad las propiedades físicas de los objetos
depende del estado de movimiento relativo del sujeto; a partir del principio de
incertidumbre de la mecánica cuántica sabemos que, dado que los fundamentos de
la materia dependen las elecciones experimentales del observador, toda
observación afecta lo observado; y la geometría fractal tiene en cuenta la
distancia del observador para hacer una descripción matemática del objeto. Todo
esto es de sobra conocido y es de suma importancia para un tema como el símbolo
que, después de todo implica siempre relación entre objetos y sujetos. Y en esa
onda es donde cabe sintonizar los estudios del físico cuántico John Wheeler,
uno de los grandes, sobre física de la información, contexto en el que ha
llegado al non plus ultra del aforismo lapidario con esta significativa y
rotunda afirmación: todo esta hecho de
bits. Si en el fondo de los fondos toda la materia se reduce a bits de
información, no sería raro que un producto de ese todo, la consciencia
inteligente, opere con bloques de información, porque, después de todo, ésta
última no es otra cosa que significado novedoso: rupturas de simetría en el
continuum virtual de la significación.
Pero no es esto todo.
En el plano macroscópico, quiero decir en el
plano antroposcópico, en el de este mundo que los seres humanos podemos ver y
vemos, pueden resultar de un valor inestimable las ideas de René Thom, el
inventor del concepto matemático de catástrofe, que tan fértil se ha revelado
en la teoría del caos y las ibidem. Thom es el autor de un curioso libro, Esbozo de una semiofísica, en el que se
porpone el estudio de las formas físicas significantes. Y para empezar propone
una explicación científica experimental de la significación y por tanto del
simbolismo. Se trata de fundar el fenómeno simbólico en la prueba de pavlov: la
carne (o la presa) es una forma saliente
-es terminología de Thom- que contiene un pregnancia
que afecta o catectiza al perro (o al
predador) de tal manera que produce en el una catástrofe de percepción y apresamiento. Cuando esa catástrofe se
hace coincidir con el sonido de una campanilla un número suficiente de veces,
llega un momento en que la pregnancia a pasado a la campanilla, de modo que su solo
sonido puede afectar al impregnado animal.
Se ha producido -es terminología de Thom- una catexia: la forma saliente
“carne” ha catectizado a la forma saliente “campanillada”. Cuando el perro
la oye, queda a su vez catectizado por el sonido tal como si estuviera siendo
catectizado por la carne: el sonido se ha convertido por contigüidad metonímica
en un signo que simboliza -es terminología de Thom- el objeto.
Finalmente, el paso de la catexia subjetiva a
una catexia objetiva se produce en el lenguaje científico.
Todo esto tiene importantes implicaciones
para la ciencia cognitiva, desde el momento en que ésta se autodefine como el
estudio de la cognición como la manipulación arquitectónica, por parte del
observador, de un sistema de símbolos. El proceso constaría de dos parte: la designación y la interpretación. Quedando definido el significado del símbolo como
un conjunto de cambios que tal símbolo efectúa en el procesamiento, por parte
de un sujeto, de un objeto, o en respuesta a un objeto o proceso obejtivo. La
conciencia tendría que ver con la propiedad recursiva de las estructuras
simbólicas: es la conciencia un proceso simbólico en que el proceso puede
figurar como un nuevo símbolo.
Designar sería interactuar con el ambiente
catectizándolo subjetivamente por contigüidad metonímica -y aquí, por más que
se quiera negar, la deixis básica, la del índice señalador, primero por contacto real del dedo con el objeto, y
luego por prolongación figurada del
dedo en dirección al objeto, id est, la indicación
de un indicio catectizándolo como
señal, como signo designado, tendría que ser considerada como proceso
fundamntal de la significación.
Interpretar sería -y esta idea es mía, con
todo lo que pueda contener de disparate- designar un proceso de interactuación
catéctica mediante un índice figurado
de catexia metafórica, basada en un relación de imagen y semejanza. La
revelación intuitiva se produce sobre todo cuando la metáfora es necesaria
catacresis: designación metafórica de un término que no tiene o no puede tener
otra designación. Por ejemplo: dios, voz indoeuropea que significó luz diurna, pero
que desde que una vez se usó modo
catacrético ha venido aludiendo a bien distinta y enigmática cosa.
Así la aparición del simbolismo podría
explicarse por lo que el propio Thom designa indicio de genitivo, y que el arqueólogo Steven Mithen en su
brillante ensayo Arqueología de la mente
llama significación no deliberada, haciendo ambos referencia a lo que la
semiótica llama indicios naturales.
El humo es indicio del fuego, y una huella de antílope es un indicio del
antílope, su genitivo, un signo no deliberado, natural, origen de la metonimia
de causa/efecto, que son los dos conceptos -lingüisticos- en que se basa el la
catexia objetiva del lenguaje científico, literal-referencial. Uno puede
aprender a no quemarse con el fuego alejándose de él cuando el humo causado por
él interactúa con nuestra pituitaria. Uno puede aprender a rastrear un ciervo
si los fotones que interactúan con la huella que causan sus pezuñas en la
tierra interactúan luego con nuestra retina, trasformándose en energía
nerviosa. Uno puede evocar el fuego a través del símbolo humo y al ciervo
mediante el símbolo huella, porque se han producido catexias subjetivas de esas
saliencias pregnantes por metonimia causa/efecto. Y finalmente uno puede
designarlas causas desconocidas de fenómenos misteriosos, el rayo o la lluvia
para un homo sapiens primigenio, interpretando el objeto designado a la luz
simbólica de una semejanza metafórica que alumbre una nueva imagen, el término
imaginario, atribuyéndole al hecho un significado proveniente de una
designación ya conocida. Esa atribución consiste en una catexia metafórica: la
lluvia es el llanto de algún dios, el rayo es su lanza de fuego. Nace el mito
que, por medio de un proceso de paulatina desfiguración dará lugar a un
complejo metonímico causa/efecto que se pretenderá literal, exacto y
referencial: la ciencia. Por lo que el fenómeno del simbolismo en última
instancia mítico de las teorías científicas queda explicado merced a un proceso
evolutivo autocorrector de estructuras dinámicas recursivas metonímicas
designantes y metafóricas interpretantes, que se aproximan asintóticamente a
una verdad que difícilmente aparecerá alguna vez como definitiva. Piénsese que
después de todo una teoría científica es una metáfora compleja cuyo término
imaginario funciona en correspondencia casi literal con el supuesto término
real (y esto que acabo de decir es una metáfora). Y que, de nuevo, sobre todo
en ciencias como la cosmología, cuyo objeto de estudio es siempre superior en
muchos órdenes de magnitud a la concienciencia inteligente que lo estudie, es
una relación simbólica de tipo sinecdóquico lo que permite una cognición
aproximada, puesto que de las leyes físicas de una parte del universo saltamos
a inferir las leyes del todo. Y lo más maravilloso de todo esto es que tal
hazaña, la de contemplar teóricamente el universo en su conjunto
espaciotemporal, no lo hemos hecho (sólo) con telescopios, ni microscopios,
sino mediante el uso de un simbolismo matemático de alto grado de precisión
(que nos ha permitido describir hasta incluso Los tres primeros minutos del universo, como reza el título del
libro del premio nobel de física Stephen Weinberg), por lo cual han sido las
matemáticas designadas por algún matemático metafóricamente como matescopio, y que yo me aventuro,
desarrollando la complejidad seminal de la metáfora, a designar como glososcopio, puesto que el simbilismo
matemático es un lenguaje, que formaría para te de un tipo de instrumentos más
universal, que incluirían también los símbolos no lingüísticos, y que
constituirían el semioscopio de la
antes aventurada cosmosemántica.
Visto, pues, como funciona el símbolo en la
religión y en la ciencia, nos queda por fin, dilucidar su funcionamiento en el
arte, aunque practicamente cabe ser deducido de todo lo anterior. Pero, de
hecho, la simbología es en gran medida una herramienta inventada por los
historiadores del arte, y en especial por los especializados en historia
antigua y sobre todo en prehistoria, cuando la escritura aún no había sido inventada
y sólo quedaban signos, deliberados o no, de la actividad humana. No puedo
ahora hacer un recorrido exaustivo desde las pinturas rupestres y los megalitos
hasta Picasso, ni tampoco me interesa hacerlo. Pero sí que puede ser
interesante pararse en unos cuantos mojones espectaculares de nuestra historia
de la cultura para seguir los cambios evolutivos de nuestro simbolismo, en
especial porque en un principio el simbolismo artístico era el único, no porque
no existiera ciencia o religión, sino porque todo ello era uno y lo mismo. El
simbolismo mítico parece que nace con la hominización, con la conciencia y el
lenguaje, y desde el principio parece ser uno con la figuración poética: los
animales cazados por los pueblos nómadas, en tanto que fuente de su alimentación
se convierten desde muy temprano en símbolos de la generosidad cósmica y pronto
pasarán a convertirse en dioses, siendo adscritos a las constelaciones que
rigen los destinos, claro que esto sucederá dicho grosso modo con la revolución
neolíta y la invención de la agricultura, en que es la correlación tierra cielo
la que adquiere carácter predominante, porque el cielo es quien decide la hora
de la siembra o de la cosecha. Justo en este momento aparece por primera vez la
vocación de literalidad, coincidiendo aproximadamente con en invento de las
letras, o, major, la escritura, allá por el 3000 adC, y con el subsecunete
invento del sentido literal en el arte monumental y las ideologías religiosas
que divinizan la autoridad y el poder: el faraón es un dios y por ello merece
una tumba del tamaño de una pirámide.
Los mitos se ideologizan, las religiones se
institucionalizan, los sentidos literales tienden a imponerse lexicalizándose,
y esto es lo que da lugar al primer escepticismo: la conducta de los dioses
hesiódicos, literalmente interpretada podía parecer brutal e inmoral, por lo
que, desde Tales, empiezan a ser revisados y en cierto grado sustituidos por
otros de mayor verosimilitud. Estoy hablando del famoso paso del Mito al Logos,
que que artísticamente ilustran los poemas de cosmogónicos de Alcmán,
Ferécides, Epiménides, Empedocles o Parménides, de las cosmologías de los
presocráticos, y de la filosofía y la ciencia griegas que culminarán en el más
grandioso monumento poético de la antigüedad: De rerum natura, de Lucrecio.
Poco después, en el 313 ddC, todos los mitos
antiguos quedarían abolidos como falsos, siendo sustituidos por un único mito
oficialmente verdadero y que por fuerza debería interpretarse en su sentido
literal, armándose entonces, como ustedes saben, la de Dios es Cristo.
Y al cambiar el simbolismo mítico por la
fuerza del dogma ideológico, hubo de cambiar también el arte, que permanecería
así hasta el renacimiento, empezando a cambiar drásticmante con la revolución
científica del XVII, a pesar de la suerte de Galilei -o de Bruno-, culminando
con Newton quien, pese a haber sido hombre de un fervor religioso casi místico,
dará lugar al paradigma de su nombre, dentro del cual el científico francés
Pierre-Simon de Laplace describiría a Dios como una hpótesis científica
innecesaria.
Es en ese momento cuando se produce un nuevo
resurgimiento del simbolismo artístico en su sentido prístino. Primero el
romanticismo, luego el simbolismo francés, después el modernismo
hispanoamericano y, por fin, y como brillantes herederos, el modernismo
español, no parnasiano, genuinamente simbolista, de Machado y aún más Juan
Ramón Jiménez, y al final, de los discípulos de éste, la generación del 27.
En mi tesis doctoral traté de explicar,
centrándome en el caso paradigmático y angular de Rubén Darío, cómo todo ese
simbolismo mito-poético responde a la necesidad antropológica de recuperar el sentido figurado como hábitat sagrado
donde tiene lugar la hierofanía de la verdad, y que la literalidad positivista
del cientificismo ideológico parecía haber desterrado para siempre.
Aquí sólo me permitiré un pequeño repaso
analítico de algunos símbolos del modernismo español y el 27, que vendrá creo a
demostrar todo lo hasta ahora afirmado en este ensayo.
Decía
el ultrasimbolista Juan Ramón:
Sí -dice
el día-. No
-dice la noche-.
¿Quién deshoja esta inmensa margarita,
de oro, blanca y negra?
¿Y
cuádo, di, Señor de lo increado,
creerás que te queremos?
El símbolo elegido aquí por Juan Ramón
Jiménez no puede ser más trivial, en incluso vulgar: esa margarita que los
enamorados deshojan preguntándole al azar si sus amados/as les correponden.
Aquí -catexia catacrética- un imaginario “Señor de lo increado”, alguien que
está fuera de este cosmos o es a él trascendente, deshoja una margarita
metafórica cuyos pétalos son los días positivos y las noches negativas. El
microcosmos responde con su positiva expresión de amor diurno o con la
negatividad del dios que se expresa en los pétalos nocturnos de esa aúrea -filosofal-
margarita hipercósmica.
No es de extrañar que en Jiménez, como en
Antono Machado la tarde, los crepúsculos sean tema recurrente, porque es ahí
donde el día se articula con la noche, la luz con el misterio, y de hecho en
ese quicio del mundo fue donde su discípulo Diego colocó a su jinete soñador
que jugaba al sí y al no, de su poema “Columpio”. Pero el funcionamiento del
símbolo poético en Diego se ve quizá mejor en su Ciprés de Silos: un “enhiesto
surtidor de sombra y sueño/ que acongojas el cielo con tu lanza,/ chorro que a
las estrallas casi alcanza/ devanado a si mismo en loco empeño.” El objeto de
simbolización elegido por Diego es un Ciprés, arbol mortuorio, que hay en un mentado
monasterio de Silos. El árbol está cargado de connotaciones religiosas y
místicas. Por eso es “flecha de fe, saeta de esperanza”: porque apunta en
dirección al cielo, paraíso cristiano de la inmortalidad: el árbol está
metafóricamenta tratado como un índice que señala el cielo catectizándolo con la religiosidad que predica la fe cristiana que
se cultiva en el sacro lugar donde ha sido plantado. El poeta, pues, siente
ansiedades de diluirse “y ascender como tú, vuelto en cristales,/ como tú,
negra torre de arduos filos,/ ejemplo de delirios verticales,/ mudo ciprés en
el fervor de Silos.” Las catexias metafóricas son claras: el árbol es un
símbolo de elevación al cielo por medio de esa locura delirante que es la fe
sin razón, pero es también un roque siniestro o fortaleza difícil de asaltar,
dadas las asperezas, los “arduos filos” del camino ascético hacia Dios que
plantea el fervor de la vida monástica en torno al símbolo arbóreo.
Y frente a esta visión nocturna de Diego, la
meridiana y veraniega de Guillén:
Queda
curvo el firmamento,
compacto azul sobre el día.
Es el redondeamiento
del esplendor: mediodía.
Todo es cúpula. Reposa,
central sin querer, la rosa
a un sol en zénit sujeta,
y, en tanto se da el presente,
el pie caminante siente
la integridad del planeta.
El mediodía es en Guillén, como se sabe, símbolo
de la plenitud de la vida, aún más, del hecho consciente de ser. La redondez de
la bóveda celeste con el sol en medio es ahora señalada, catectizada, por una
rosa, que establece un correspondencia cósmica cuando, topada por azar,
“central sin querer”, con el poeta, éste se siente integrado en integridad o
totalidad planetario. En realidad, aquí Guillén expresa la emoción que le ha
producido una experiencia catéctica.
Por otra parte me gustaría hablar del
simbolismo de los ángeles en Alberti, ángeles de luz y sombra enfrentados a
causa de un paraíso perdido, “Perdido por buscarte,/ yo, sin luz para siempre”
y de su origen maniqueo o incluso zoroástrico, cosa que el propio Alberti no sé
si supo, e iluminar semánticamente así ese campo de batalla donde el bien y el
mal se enfrentan de contino de una manera descarnada, quiero decir en la
conciencia humana, para demostrar hasta qué grado puede llegar la re-significación, mediante la
manipulación de símbolos extraídos de la tradición; o también del simbolismo
antiépico de los bandoleros, los gitanos y los negros de Lorca; de la desolada
Quimera de Cernuda, e incluso de la Málaga de la niñez de Aleixandre en su Sombra del paraíso.
Pero prefiero referirme a una efímera obra de Dalí, hoy sólo
contemplable en fotografía: al talento del genio se le ocurrió algo muy
especial: dispuso una serie de modélicos cuerpos desnudos de bellismas damas
entrelazados en diferentes posturas y contorsiones de tal forma que toda
aquella turgente carne joven, contemplada desde la adecuada distancia creaban
en el público la impresión de estar contemplando una ósea y cadavérica
calavera. Así la exuberancia de la vida en plenitud se articulaba artísticmente
para evocar lo contrario: sabemos que cada integrante de la conposición es un
hermoso y vital cuerpo femenitno rebosante de juventud, pero el conjunto
simboliza todo lo contrario: la muerte descarnada por el paso de tiempo
envejecedor. Y tal obra de arte no fue pintada ni esculpaida, sino montada en
vivo y directo para exhibirla ante el público espectador durante unos pocos
instantes, los que los músculos de las damiselas, en tensión, aguantaran. Dalí
evoca el paso destructor del tiempo que nos avecina a la “ultima hora, la que
mata”, y aun después, mediante átomos carnales de pura mocedad y lozanía. Ha
construido un ensablaje contradictorio por medio de una catexia paradójica, un oxímoron, tipo “la música callada” de san
Juan, sólo que con destino a la visión óptica objetiva.
Esa clase paradójica de impregnación catéctica de contrarios
coincidentes, tan divulgada por las tradiciones místicas que quieren expresar lo inefable, sostengo que se da
en la base de la Physis exterior a nuestra capacidad de experiencia –que no de
experimentación; un mero ejemplo: la materia de nuestro mundo fenoménico esta
compuesta e integrada por partículas que se comportan como cualquier otra parte
o trozo de materia de mayor tamaño jamás podrá comportarse (como no sea una ayuda
tecnológica por ahora inimaginable), verbi gratia, pasar por dos ranuras a la
vez, atrevesar obstáculos infranqueables o estar en dos o más estados distintos
a la vez (como a la vez estar en dos lugares diferentes): los cuerpos no pueden
hacer lo que hacen los corpúsculos:
Los fundamentos elementales del mundo físico
material o natural del universo nos se rigen tanto por un Logos, sino, más
bien, por una Paradoja.
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