domingo, 1 de septiembre de 2019

PRADOS, EINSTEIN Y CERVANTES

   Érase una vez que tuve la suerte de asistir a cierta presentación que Francisco Chica, uno de los más grandes especialistas actuales en Emilio Prados, hizo en el Centro Cultural de la Generación del 27, de un interesantísimo libro de Gemma Suñé, La cruz abierta. El presente infinito en la obra de Emilio Prados, texto que, publicado por la aludida entidad en su colección Estudios del 27 (Málaga, 2003), ha demostrado que su autora es otra de las especialistas imprescindibles en la obra pradiana. Al terminar el acto me tomé la libertad de acercarme a la tribuna para hacer una pregunta que, por parecerme un exceso de pedantería, no me había atrevido a formular desde el debate público: tras la exposición de la Dra. Suñé me había dado la impresión de que el gran Emilio conocía muy bien y de primera mano las teorías científicas que habían aparecido a principio de s. XX: ¿Era así? La respuesta por parte de ambos fue tajantemente afirmativa: en concreto, Chica, minucioso conocedor de la biblioteca del poeta del 27, propuso que ese extraño objetivo poético de Prados, usar del arte poética como vía para una mística de la materia, debía mucho, además de a Juan Ramón Jiménez, a ese tipo de lecturas científicas de vanguardia.
  De hecho, uno de los asuntos que esas teorías siglovigésimas había dilucidado con mayor rotundidad tenían que ver, aparte de con el cuestionamiento del concepto clásico de materia, improcedente desde un punto de vista básico o fundamental (o sea, que tuviera en cuenta los fundamentos básicos de la materia), con la redefinición de la frontera tradicional entre sujeto y objeto, porque ya no parecía valer el modelo que de ella proponía la física clásica: no podía existir un sujeto que hiciera una medición absolutamente objetiva de ningún fenómeno físico, habida cuenta de que a ciertos niveles de análisis la observación trasforma lo observado, tal como predica la mecánica cuántica desde por lo menos 1927 ─curiosa coincidencia─ en que el premio Nobel Werner Heisenberg dio a la luz su Principio de Incertidumbre  (o de Indeterminación), que viene a decir que no podemos medir ciertas parejas de propiedades físicas de un partícula cuántica a la vez, por ejemplo impulso y posición, o energía y tiempo,  dado que, al medir una de ellas, concretamos su valor intensificando su grado de realidad experiencial, y hacemos incierta, o mejor indeterminada la otra.
  Por otra parte podía deducirse de la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein que los parámetros habituales con que construimos nuestra experiencia de la realidad eran relativos a un absoluto, la velocidad de la luz, además de al estado de movimiento en que se encontrara el sujeto que realizaba la observación.
  Y por otra parte (más) el premio Nobel Erwin Schroedinguer, el que descubrió la fórmula de la Función de Onda de las partículas materiales, después de reflexionar largamente sobre la filosofía implicada por estos sorprendentes descubrimientos de su siglo, llegó a proponer (si bien no a modo de teoría científica, sino sólo como idea directriz u orientativa), para solucionar las paradojas del nuevo paradigma, cierto tipo de fenomenismo de tono kantiano con toques hinduistas o budistas: todo lo percibido por el observador tenía lugar en la mente del mismo en tanto que proceso cerebral consecuencia de señales electromagnéticas que procedían de un exterior que, como quiso también el biólogo chileno Humberto Maturana, sólo podíamos inferir, lo cual es también un acto de la mente. Si añadimos a esto que el cerebro que se supone es la base física la mente es un objeto material, y la materia tal como la entendemos según los patrones de nuestra experiencia no existe a niveles fundamentales, o sólo existe como abstracción mental en tanto que supuesto sustrato y soporte de las cualidades sensibles que nos parece ver y percibir en las cosas, no es de extrañar que Lord Eddington, quien demostrara experimentalmente  por primera vez la validez de las teorías einstenianas en 1919, acabara  afirmando con contundencia de catedrático oxionense que “la realidad es de naturaleza espiritual”.
  Y explica, item más, la curiosa pregunta de los emblemáticos, y sin lo susodicho eneigmáticos, versos de Prados:

 ¿Barco en el mar o en el alma? (..)
¿en dónde terminarán 
loa límites de mi cuero?

   Si  1927 fue año de coincidencias, más lo es 2005: año de cumplesiglos: Don Quijote cumple cuatro y la Teoría de la Relatividad Especial, uno. Pero aquí no se acaban las coincidencias entre estos dos genios: la segunda parte del Quijote y la segunda de la Teoría de la Relatividad ─la Relatividad General─ también cumplirán siglo juntas en 2016. Y más coincidencias todavía: en 1927 el Nobel Heisenberg ya aludido daría una enorme paso en la confirmación de la Teoría Cuántica, que el propio Albert Einstein, en su annus mirabilis de 1905, había iniciado tomando una idea de Max Planck, la del cuanto de acción (1900), para proponer una explicación del efecto fotoeléctrico (por la que recibiría el premio Nobel años después) consistente en admitir y propugnar la existencia de los cuantos de luz, que luego llamaríanse fotones: la luz estaba hecha de corpúsculos. Cosa que entraba en contradicción con la teoría vigente que, contrastada una y otra vez con la experiencia y la experimentación, afirmaba que la luz estaba hecha de ondas electromagnéticas. No obstante, la explicación vigente seguía tan vigente como antes, y todavía vige: lo que Einstein aportó es una idea que, al completar la idea vigente, demostraba que aquella idea vigente estaba incompleta y que necesitaba de esta otra idea nueva para poder explicar todo el fenómeno. Así pues, miren ustedes qué sorpresa, la luz es una onda electromagnética que está siempre asociada a un corpúsculo, un “cuerpecillo”, un objeto, una cosa “sólida”. El tipo de asociación fue lo que el gran Albert no supo o no quiso ver del todo, de modo que hubo de ser diseñado después un experimento que mostrara el misterio de la relación partícula/onda, y de ese modo nació el experimento de la doble rendija que demuestra que dicha relación es ontológica: la luz que se hace pasar por una sola rendija abierta en un panel opaco se comporta como chorro de partículas materiales, e incidirá puntualmente sobre una placa fotográfica colocada detrás ad hoc, lo que demuestra que la luz consiste en corpúsculos; pero la luz disparada sobre un panel de dos rendijas mostrará en la trasera placa patrones de interferencia, que no pueden sino significar que la luz consiste en ondas. Id est: la luz es las dos cosas a la vez: corpúsculo y onda.
  Pues bien: lo más gordo viene ahora: el príncipe francés Louis de Broglie, en tesis doctoral, dio un inmenso paso adelante relativo a la demostración de la realidad del fenómeno, si bien dándole la vuelta al asunto: si la luz es una onda electromagnética y la materia se compone de átomos integrados por núcleos y electrones circundantes que son partículas (“partecillas”) corpóreas, podemos aplicar a los electrones el mismo tipo de presión experimental que a los fotones, y el resultado deberá ser el mismo. Lo que demostrará que la materia corpuscular subatómica está compuesta de entidades que son a la vez partícula y onda. Pero ondas en qué ─decía Arthur Koestler─, si ya no hay materia sobre la que ondular, puesto que esa materia es, ella misma, onda.
  Las partículas cuánticas que Einstein había tomado de Planck eran una entidad dual, por lo que el físico danés Niels Bohr, otro grande de la ciencia del XX, expresó la necesidad teórica de un Principio de Complementariedad: esas entidades elementales en que se fundamenta la composición de la materia sólo pueden ser entendidas si las miramos desde dos perspectivas contrarias o incompatibles, pero complemantarias: la materia está hecha de algo que no es materia, sino de algo distinto que a veces se comporta, si la miramos desde una de las perspectivas experimentales, como partícula corpórea, y a veces, cuando la miramos desde la otra, como una onda en un misterioso campo, vieja metáfora que ideara Faraday para velar el oxímoron  “espacio vacío vibratorio”, hoy lexicalizada como tecnicismo de la física muchas veces demostrado.
  La realidad fundamental necesita, pues, de dos perspectivas para poder ser comprendida. Y lo curioso es que la Teoría de la Relatividad de 1905 venía a decir lo mismo, sólo que desde otra perspectiva (más).
  Si comparamos la ondas luminosas con otras, por ejemplo las del sonido, que consisten en movimientos ondulatorios en el aire, comprobaremos que, si viajamos hacia la fuente emisora, nos parecerá que esas ondas viajan hacia nosotros más deprisa que si lo hiciéramos estáticos, porque la velocidades de los dos movimientos contrarios y relativos se suman. Pues bien, las ondas luminosas siempre viajan a la misma velocidad, la midamos como la midamos, ya moviéndonos o ya parados: la teoría de la relatividad especial dice que todo es relativo menos  la velocidad de la luz, que es absoluta. Lo cual sólo resulta explicable si cambia alguna otra cosa en compensación, v. gr., el espacio del vehículo ─con sus ocupantes─ que viaja hacia la fuente de luz: en efecto, todo vehículo que se dirija hacia una de esas fuentes luminosas se acorta lo suficiente como para que los minúsculos fotones tarden más en llegar hasta el observador, justo el tiempo necesario para que no puedan sumarse las velocidades relativas. Esto es importante porque implica dos cosas. Que la masa del contraído vehículo ─con la de sus ocupantes─ aumenta con la velocidad y que,  por lo tanto, su tiempo se alarga, es decir, se ralentiza.
  Esto se suele explicar con la paradoja de los gemelos. Si un hipotético miembro de una pareja de gemelos viajara por el espacio durante cierto tiempo a una velocidad próxima a la de la luz, cuando volviera a la  Tierra sería mucho más joven que su hermano sedentario, porque el tiempo objetivo del navegante habría sido mucho más lento que el del terrícola (si bien aquél no notaría la diferencia hasta encontrarse con éste y comparar los resultados): sus instantes se habrían hecho más largos que los del otro, pero para el ahora más joven no habría cambiado su percepción de la duración de su tiempo.
   De manera que: la velocidad hace que los espacios de los cuerpos se acorten y sus tiempos se alarguen, lo que nos lleva  a la conclusión de que las dimensiones espaciales son intercambiables con la temporal, cuando la velocidad  ─que es una medida de tiempo por espacio─ del sujeto observador determina el proceso físico de que se trate.
  Que la velocidad de la luz sea absoluta implica que el tiempo y el espacio no lo son.
  Y pensemos que toda nuestra física anterior, la newtoniana, se basaba en la suposición teórica de que el espacio y el tiempo eran absolutos, y todo lo demás relativo a ellos: todo suceso concreto se daba en un espacio inamovible y un tiempo que fluía siempre con el mismo ritmo de idénticos instantes: todo ocurría en algún lugar y alguna vez, todo era relativo a esas dos dimensiones absolutistas. Y nuestra física clásica estaba basada en los datos de nuestra experiencia: lo que quería decir que era aproximadamente correcta y que servía para permitirnos sobrevivir, cosa nada rara si tenemos en cuenta que la experiencia sensible de nuestros órganos perceptores había sido un producto de la evolución, y sólo sobreviven los que se adaptan a las exigencias naturales de sus nichos ecológicos; más no era nada correcta cuando salíamos de esos estrechos límites perceptivos.
  Era necesario, desde 1905, caer en la cuenta de que el mundo de nuestra experiencia ocupa sólo una mera franja dentro de un vasto y vario campo de experiencialidad posible, que hace de nuestra visión de las cosas algo muy parcial.
  Por otra parte, en 1916, Einstein publicó su Relatividad General, una teoría relativista de la gravedad: cayó en la cuenta de que en un hipotético ascensor en caída libre los objetos que estuvieran dentro de él se comportarían  como si no hubiera gravedad: flotarían, o eso le parecería al usuario del aparato con destino a estrellarse contra el suelo del sótano. Y que además, si un proyectil atravesara en línea  recta y horizontal el ascensor de lado a lado, su trayectoria, desde el punto de vista del pobre observador interno, trazaría una línea curva ascendente. Si, por ende, tenemos en cuenta que la caída es un modo de trasformar la energía potencial de un objeto dotado de masa (situado en la azotea) en la energía cinética del movimiento uniformemente acelerado del mismo objeto (camino de un invertido estrellato de espachurre definitivo), podría suponerse que había algún tipo de relación entre las magnitudes que intervenían en el imaginario experimento: la energía, la masa, la velocidad y, sobre todo, las trayectorias: desde dos marcos de referencia distintos, desde dos perspectivas distintas (desde dentro y fuera del ascensor) un mismo objeto flotaría y caería, el mismo proyectil trazaría una recta y una curva.  Por analogía esto, junto con su otro descubrimiento mirabilis, la famosa fórmula que explica que la energía es igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, le sirvió para postular mucho tiempo después que los objetos masivos tendían a combar el espaciotiempo de su campo gravitatorio, de tal guisa que todo lo que se elevara de la superficie del astro tendría que seguir una curva parabólica impuesta por dicha deformación geométrica que le obligaría a caer de nuevo, a no ser que el impuso del salto fuera tan potente que aplanara la parábola hasta hacerla coincidir con esa circunferencia concéntrica al planeta que conocemos con el nombre de órbita, o, si fuera aún más enérgico, se escapara de ella. Por ende, si el astro es excesivamente masivo, la materia se rompería y se hundiría hacia su centro, dando lugar a un boquete negro, chisme sidéreo de una fuerza gravitatoria tal que ni la luz podría escapar de él, de modo que cualquier cosa, por ejemplo el gemelo astronauta, que se aproximara al horizonte de sucesos del monstruo estelar caería dentro a una velocidad de vértigo hasta dejar de sentir, desde su perspectiva, su casi instantáneo destino estelar de espachurre espaguetiforme, si bien desde la perspectiva del gemelo que lo observara desde la Tierra, tal suceso tardaría años en desarrollarse, caso de que, desde luego, pudiera verlo, cosa poco probable. Porque el hermano de arriba no notaría la diferencia de velocidad, puesto que para él sus instantes de tiempo serían iguales a los de siempre, aunque no así para el de abajo. Y lo que es mejor: los dos comportamientos del astronauta serían equivalentes y objetivos, si existiera un observador que pudiera contemplar la cosa desde las dos perspectivas a la vez.

   Y todo esto, qué tiene que ver con el Quijote, preguntará el ocioso lector.
Pues mucho: Cervantes fue, según el historiador social de la literatura Arnold Hauser, el primer pensador dialéctico, dado que supo construir en su novela una visión sintética de una tesis y de una antítesis. Y no sólo porque en las conversaciones de Don Quijote y Sancho se combinen dos perspectivas opuestas: la idealista y poética de la caballería, y la realista y rústica de un pobre hombre de a pie montado en rucio. Sino porque el fracaso y la derrota sufridos por el ─desde un punto de vista realista─ ridículo caballero andante, siempre es explicada desde el punto de vista fantástico de las caballerías como astucias mágicas de malos encantadores enemigos que sabían crear una ilusión tan tenaz como la realidad, que sólo podía engañar a los gañanes ignorantes de las verdades predicadas por las sabios libros que narraban las aventuras de los Amadises y Esplandianes.
  Así, la fantasía caballeresca resultaba derrotada por la realidad, pero esto sólo ocurría desde el punto de vista del bruto Sancho y sus iguales catetísimos.
  Cervantes añade una segunda relatividad en su segunda parte de 1916: Sancho se quijotiza, y la gente de escasa visión caballeresca, es decir, escasa imaginación fantástica, ideal y poética, se monta el subterfugio escénico de interpretar los papeles del mundo de D. Quijote para reírse del loco siguiéndole la corriente, lo que hace que cierta poesía caballeresca aparezca en la realidad como ficción dramática burlesca interpretada por la corte de unos duques ociosos, por lo que el mundo real se contagia de apariencia de quijotismo.
  La visión realista es real sólo para los que creen en la realidad. Para los idealistas sólo es verdad la idealidad, la cual es internamente coherente y, por ello, capaz de autoexplicación. Como las matemáticas.  Pero es que, además, son mutua y relativamente influibles.
  Claro que sólo alguien que pudiera ver las cosas desde las dos perspectivas vería la verdadera realidad.
 Y ese personaje es Cide Hamete, narrador omnisciente del Las aventuras de ingenioso hidalgo, tras quien el autor de la obra se oculta para no manifestar con demasiado descaro su amor por la visión de D. Quijote,  aquella que los malos encantadores, que manejaban la ilusión mágica del tiempo, estaban aniquilando conforme éste pasaba inexorable.
 Y Einstein, acaso sin saberlo, le dio la razón al esforzado caballero: “el tiempo es tan sólo una ilusión, aunque una ilusión tenaz”, dijo, como si hablara de las ilusiones mágicas de  los enemigos del de la Triste Figura. En realidad el tiempo no existe, porque depende del estado de movimiento del sujeto que lo sufre, y una propiedad del sujeto sólo relativamente puede existir en realidad objetiva. Tal vez por ello Prados hablaba, según Gemma Suñé, de un “presente infinito”: una negación espacialmente paradójica del devenir del tiempo.
  La verdad se esconde detrás de una pluralidad de perspectivas espaciotemporales relacionadas o relativas, y la realidad de la experiencia cotidiana es sólo un minúsculo fragmento luminoso de un caleidoscopio perspectivista.
  Cervantes supo siempre que la verdad del ideal de la caballería es invencible. Por eso todavía, cuatro siglos después, aún quedamos caballeros en el mundo, aunque sintética ─y cervantinamente─ seamos caballeros de a pie.





No hay comentarios:

Publicar un comentario