De hecho, uno de los asuntos que esas teorías siglovigésimas había
dilucidado con mayor rotundidad tenían que ver, aparte de con el
cuestionamiento del concepto clásico de materia,
improcedente desde un punto de vista básico o fundamental (o sea, que tuviera
en cuenta los fundamentos básicos de la materia), con la redefinición de la
frontera tradicional entre sujeto y objeto, porque ya no parecía valer el
modelo que de ella proponía la física clásica: no podía existir un sujeto que
hiciera una medición absolutamente objetiva de ningún fenómeno físico, habida
cuenta de que a ciertos niveles de análisis la
observación trasforma lo observado, tal como predica la mecánica cuántica
desde por lo menos 1927 ─curiosa coincidencia─ en que el premio Nobel Werner
Heisenberg dio a la luz su Principio de Incertidumbre (o de Indeterminación), que viene a decir que
no podemos medir ciertas parejas de
propiedades físicas de un partícula cuántica a la vez, por ejemplo impulso
y posición, o energía y tiempo, dado que, al medir una de ellas, concretamos
su valor intensificando su grado de realidad experiencial, y hacemos incierta, o mejor indeterminada la otra.
Por otra parte podía deducirse de la Teoría de la Relatividad Especial
de Einstein que los parámetros habituales con que construimos nuestra experiencia
de la realidad eran relativos a un absoluto, la velocidad de la luz, además de
al estado de movimiento en que se encontrara el sujeto que realizaba la
observación.
Y por otra parte (más) el premio Nobel Erwin Schroedinguer, el que
descubrió la fórmula de la Función de Onda de las partículas materiales,
después de reflexionar largamente sobre la filosofía implicada por estos
sorprendentes descubrimientos de su siglo, llegó a proponer (si bien no a modo
de teoría científica, sino sólo como idea directriz u orientativa), para
solucionar las paradojas del nuevo paradigma, cierto tipo de fenomenismo de
tono kantiano con toques hinduistas o budistas: todo lo percibido por el
observador tenía lugar en la mente del mismo en tanto que proceso cerebral consecuencia
de señales electromagnéticas que procedían de un exterior que, como quiso
también el biólogo chileno Humberto Maturana, sólo podíamos inferir, lo cual es también un acto de
la mente. Si añadimos a esto que el cerebro que se supone es la base física la
mente es un objeto material, y la materia tal como la entendemos según los
patrones de nuestra experiencia no existe
a niveles fundamentales, o sólo existe como abstracción mental en tanto que
supuesto sustrato y soporte de las cualidades sensibles que nos parece ver y percibir en las cosas,
no es de extrañar que Lord Eddington, quien demostrara experimentalmente por primera vez la validez de las teorías
einstenianas en 1919, acabara afirmando
con contundencia de catedrático oxionense que “la realidad es de naturaleza
espiritual”.
Y explica, item más, la curiosa pregunta de los emblemáticos, y sin lo susodicho eneigmáticos, versos de
Prados:
¿Barco en el mar o en el alma? (..)
¿en dónde terminarán
loa límites de mi cuero?
¿en dónde terminarán
loa límites de mi cuero?
Si 1927 fue año de coincidencias,
más lo es 2005: año de cumplesiglos:
Don Quijote cumple cuatro y la Teoría de la Relatividad Especial, uno. Pero
aquí no se acaban las coincidencias entre estos dos genios: la segunda parte
del Quijote y la segunda de la Teoría de la Relatividad ─la Relatividad
General─ también cumplirán siglo juntas en 2016. Y más coincidencias todavía:
en 1927 el Nobel Heisenberg ya aludido daría una enorme paso en la confirmación
de la Teoría Cuántica, que el propio Albert Einstein, en su annus mirabilis de 1905, había iniciado
tomando una idea de Max Planck, la del cuanto
de acción (1900), para proponer una explicación del efecto fotoeléctrico (por la que recibiría el premio Nobel años
después) consistente en admitir y propugnar la existencia de los cuantos de
luz, que luego llamaríanse fotones: la luz estaba hecha de corpúsculos. Cosa
que entraba en contradicción con la teoría vigente que, contrastada una y otra
vez con la experiencia y la experimentación, afirmaba que la luz estaba hecha
de ondas electromagnéticas. No obstante, la explicación vigente seguía tan
vigente como antes, y todavía vige: lo que Einstein aportó es una idea que, al
completar la idea vigente, demostraba que aquella idea vigente estaba
incompleta y que necesitaba de esta otra idea nueva para poder explicar todo el fenómeno. Así pues, miren
ustedes qué sorpresa, la luz es una onda electromagnética que está siempre
asociada a un corpúsculo, un “cuerpecillo”, un objeto, una cosa “sólida”. El
tipo de asociación fue lo que el gran Albert no supo o no quiso ver del todo,
de modo que hubo de ser diseñado después un experimento que mostrara el
misterio de la relación partícula/onda, y de ese modo nació el experimento de la doble rendija que
demuestra que dicha relación es ontológica: la luz que se hace pasar por una
sola rendija abierta en un panel opaco se comporta como chorro de partículas
materiales, e incidirá puntualmente sobre una placa fotográfica colocada detrás
ad hoc, lo que demuestra que la luz consiste en corpúsculos; pero la luz
disparada sobre un panel de dos rendijas mostrará en la trasera placa patrones de interferencia, que no pueden
sino significar que la luz consiste en ondas. Id est: la luz es las dos cosas a la vez: corpúsculo y onda.
Pues bien: lo más gordo viene ahora: el príncipe francés Louis de
Broglie, en tesis doctoral, dio un inmenso paso adelante relativo a la
demostración de la realidad del fenómeno, si bien dándole la vuelta al asunto:
si la luz es una onda electromagnética
y la materia se compone de átomos integrados por núcleos y electrones circundantes que son partículas (“partecillas”)
corpóreas, podemos aplicar a los electrones el mismo tipo de presión
experimental que a los fotones, y el resultado deberá ser el mismo. Lo que
demostrará que la materia corpuscular subatómica está compuesta de entidades
que son a la vez partícula y onda. Pero ondas en qué ─decía Arthur Koestler─,
si ya no hay materia sobre la que ondular, puesto que esa materia es, ella misma, onda.
Las partículas cuánticas que Einstein había tomado de Planck eran una
entidad dual, por lo que el físico danés Niels Bohr, otro grande de la ciencia
del XX, expresó la necesidad teórica de un Principio de Complementariedad: esas
entidades elementales en que se fundamenta la composición de la materia sólo
pueden ser entendidas si las miramos desde dos perspectivas contrarias o
incompatibles, pero complemantarias: la materia está hecha de algo que no es
materia, sino de algo distinto que a veces se comporta, si la miramos desde una
de las perspectivas experimentales, como partícula corpórea, y a veces, cuando
la miramos desde la otra, como una onda en un misterioso campo, vieja metáfora que ideara Faraday para velar el
oxímoron “espacio vacío vibratorio”, hoy
lexicalizada como tecnicismo de la física muchas veces demostrado.
La realidad fundamental necesita, pues, de dos perspectivas para poder
ser comprendida. Y lo curioso es que la Teoría de la Relatividad de 1905 venía
a decir lo mismo, sólo que desde otra perspectiva (más).
Si comparamos la ondas luminosas con otras, por ejemplo las del sonido,
que consisten en movimientos ondulatorios en el aire, comprobaremos que, si
viajamos hacia la fuente emisora, nos parecerá que esas ondas viajan hacia
nosotros más deprisa que si lo hiciéramos estáticos, porque la velocidades de
los dos movimientos contrarios y relativos se suman. Pues bien, las ondas
luminosas siempre viajan a la misma velocidad, la midamos como la midamos, ya
moviéndonos o ya parados: la teoría de la relatividad especial dice que todo es
relativo menos la velocidad de la luz, que es absoluta. Lo
cual sólo resulta explicable si cambia alguna
otra cosa en compensación, v. gr., el espacio
del vehículo ─con sus ocupantes─ que viaja hacia la fuente de luz: en efecto,
todo vehículo que se dirija hacia una de esas fuentes luminosas se acorta lo
suficiente como para que los minúsculos fotones tarden más en llegar hasta el
observador, justo el tiempo necesario para que no puedan sumarse las
velocidades relativas. Esto es importante porque implica dos cosas. Que la masa
del contraído vehículo ─con la de sus ocupantes─ aumenta con la velocidad y
que, por lo tanto, su tiempo se alarga,
es decir, se ralentiza.
Esto se suele explicar con la paradoja
de los gemelos. Si un hipotético miembro de una pareja de gemelos viajara
por el espacio durante cierto tiempo a una velocidad próxima a la de la luz,
cuando volviera a la Tierra sería mucho
más joven que su hermano sedentario, porque el tiempo objetivo del navegante
habría sido mucho más lento que el del terrícola (si bien aquél no notaría la
diferencia hasta encontrarse con éste y comparar los resultados): sus instantes
se habrían hecho más largos que los del otro, pero para el ahora más joven no
habría cambiado su percepción de la duración de su tiempo.
De manera que: la velocidad hace que los espacios de los cuerpos se
acorten y sus tiempos se alarguen, lo que nos lleva a la conclusión de que las dimensiones
espaciales son intercambiables con la temporal, cuando la velocidad ─que es una medida de tiempo por espacio─ del
sujeto observador determina el proceso físico de que se trate.
Que la velocidad de la luz sea absoluta implica que el tiempo y el
espacio no lo son.
Y pensemos que toda nuestra física anterior, la newtoniana, se basaba en
la suposición teórica de que el espacio y el tiempo eran absolutos, y todo lo
demás relativo a ellos: todo suceso concreto se daba en un espacio inamovible y
un tiempo que fluía siempre con el mismo ritmo de idénticos instantes: todo
ocurría en algún lugar y alguna vez, todo era relativo a esas dos dimensiones
absolutistas. Y nuestra física clásica estaba basada en los datos de nuestra
experiencia: lo que quería decir que era aproximadamente correcta y que servía
para permitirnos sobrevivir, cosa nada rara si tenemos en cuenta que la
experiencia sensible de nuestros órganos perceptores había sido un producto de
la evolución, y sólo sobreviven los que se adaptan a las exigencias naturales
de sus nichos ecológicos; más no era nada correcta cuando salíamos de esos estrechos
límites perceptivos.
Era necesario, desde 1905, caer en la cuenta de que el mundo de nuestra
experiencia ocupa sólo una mera franja dentro de un vasto y vario campo de experiencialidad posible, que hace de nuestra visión de las cosas algo muy parcial.
Por otra parte, en 1916, Einstein publicó su Relatividad General, una
teoría relativista de la gravedad: cayó en la cuenta de que en un hipotético
ascensor en caída libre los objetos que estuvieran dentro de él se comportarían como si no hubiera gravedad: flotarían, o eso
le parecería al usuario del aparato con destino a estrellarse contra el suelo
del sótano. Y que además, si un proyectil atravesara en línea recta y horizontal el ascensor de lado a
lado, su trayectoria, desde el punto de vista del pobre observador interno,
trazaría una línea curva ascendente. Si, por ende, tenemos en cuenta que la
caída es un modo de trasformar la energía potencial de un objeto dotado de masa
(situado en la azotea) en la energía cinética del movimiento uniformemente
acelerado del mismo objeto (camino de un invertido estrellato de espachurre
definitivo), podría suponerse que había algún tipo de relación entre las
magnitudes que intervenían en el imaginario experimento: la energía, la masa,
la velocidad y, sobre todo, las trayectorias: desde dos marcos de referencia distintos, desde dos perspectivas distintas
(desde dentro y fuera del ascensor) un mismo objeto flotaría y caería, el mismo
proyectil trazaría una recta y una curva.
Por analogía esto, junto con su otro descubrimiento mirabilis, la famosa fórmula que explica que la energía es igual a
la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, le sirvió para
postular mucho tiempo después que los objetos masivos tendían a combar el
espaciotiempo de su campo gravitatorio, de tal guisa que todo lo que se elevara
de la superficie del astro tendría que seguir una curva parabólica impuesta por
dicha deformación geométrica que le obligaría a caer de nuevo, a no ser que el
impuso del salto fuera tan potente que aplanara la parábola hasta hacerla
coincidir con esa circunferencia concéntrica al planeta que conocemos con el
nombre de órbita, o, si fuera aún más enérgico, se escapara de ella. Por ende,
si el astro es excesivamente masivo, la materia se rompería y se hundiría hacia
su centro, dando lugar a un boquete negro,
chisme sidéreo de una fuerza gravitatoria tal que ni la luz podría escapar de
él, de modo que cualquier cosa, por ejemplo el gemelo astronauta, que se
aproximara al horizonte de sucesos
del monstruo estelar caería dentro a una velocidad de vértigo hasta dejar de
sentir, desde su perspectiva, su casi instantáneo destino estelar de espachurre
espaguetiforme, si bien desde la
perspectiva del gemelo que lo observara desde la Tierra, tal suceso tardaría
años en desarrollarse, caso de que, desde luego, pudiera verlo, cosa poco
probable. Porque el hermano de arriba no notaría la diferencia de velocidad,
puesto que para él sus instantes de tiempo serían iguales a los de siempre,
aunque no así para el de abajo. Y lo que es mejor: los dos comportamientos del
astronauta serían equivalentes y objetivos, si existiera un observador que
pudiera contemplar la cosa desde las dos perspectivas a la vez.
Y todo esto, qué tiene que ver con el Quijote, preguntará el ocioso lector.
Pues mucho: Cervantes fue, según el
historiador social de la literatura Arnold Hauser, el primer pensador
dialéctico, dado que supo construir en su novela una visión sintética de una
tesis y de una antítesis. Y no sólo porque en las conversaciones de Don Quijote
y Sancho se combinen dos perspectivas opuestas: la idealista y poética de la
caballería, y la realista y rústica de un pobre hombre de a pie montado en
rucio. Sino porque el fracaso y la derrota sufridos por el ─desde un punto de
vista realista─ ridículo caballero andante, siempre es explicada desde el punto
de vista fantástico de las caballerías como astucias mágicas de malos
encantadores enemigos que sabían crear una ilusión tan tenaz como la realidad,
que sólo podía engañar a los gañanes ignorantes de las verdades predicadas por
las sabios libros que narraban las aventuras de los Amadises y Esplandianes.
Así, la fantasía caballeresca resultaba derrotada por la realidad, pero
esto sólo ocurría desde el punto de vista del bruto Sancho y sus iguales
catetísimos.
Cervantes añade una segunda relatividad en su segunda parte de 1916:
Sancho se quijotiza, y la gente de escasa visión caballeresca, es decir, escasa
imaginación fantástica, ideal y poética, se monta el subterfugio escénico de
interpretar los papeles del mundo de D.
Quijote para reírse del loco siguiéndole la corriente, lo que hace que
cierta poesía caballeresca aparezca en la realidad como ficción dramática
burlesca interpretada por la corte de unos duques ociosos, por lo que el mundo
real se contagia de apariencia de quijotismo.
La visión realista es real sólo para los que creen en la realidad. Para
los idealistas sólo es verdad la idealidad,
la cual es internamente coherente y, por ello, capaz de autoexplicación. Como
las matemáticas. Pero es que, además,
son mutua y relativamente influibles.
Claro que sólo alguien que pudiera ver las cosas desde las dos
perspectivas vería la verdadera realidad.
Y ese personaje es Cide Hamete, narrador
omnisciente del Las aventuras de
ingenioso hidalgo, tras quien el autor de la obra se oculta para no
manifestar con demasiado descaro su amor por la visión de D. Quijote, aquella que los malos encantadores, que
manejaban la ilusión mágica del tiempo, estaban aniquilando conforme éste
pasaba inexorable.
Y Einstein, acaso sin saberlo, le dio la razón
al esforzado caballero: “el tiempo es tan sólo una ilusión, aunque una ilusión
tenaz”, dijo, como si hablara de las ilusiones mágicas de los enemigos del de la Triste Figura. En
realidad el tiempo no existe, porque depende del estado de movimiento del
sujeto que lo sufre, y una propiedad del sujeto sólo relativamente puede
existir en realidad objetiva. Tal vez por ello Prados hablaba, según Gemma
Suñé, de un “presente infinito”: una negación espacialmente paradójica del
devenir del tiempo.
La verdad se esconde detrás de una pluralidad de perspectivas
espaciotemporales relacionadas o relativas, y la realidad de la experiencia
cotidiana es sólo un minúsculo fragmento luminoso de un caleidoscopio perspectivista.
Cervantes supo siempre que la verdad del ideal de la caballería es
invencible. Por eso todavía, cuatro siglos después, aún quedamos caballeros en
el mundo, aunque sintética ─y cervantinamente─ seamos caballeros de a pie.
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