DE LOS
SIGNIFICADOS DEL CONCEPTO BOHEMIA EN ALGUNOS MODERNISTAS
(Darío,
Villaespesa, Carrere)
I. Darío
Rubén Darío
abominó de la bohemia porque le parecía, además de obsoleta, vulgar. Lo cual
resulta -como mínimo- chocante, puesto que para ciertas cosas el maestro era
bastante -e incluso demasiado- bohemio. Se entiende que uno de los rasgos
distintivos del concepto bohemia, uno de sus sememas, es el gusto de los
bohemios por la vida disipada, al margen de las buenas costumbres, de la Norma
-de la normalidad- contra la cual el poeta auténtico se rebela por considerarla
ridícula e hipócrita, ramplona y vacía, pobre y fúnebre, además de tiránica y,
en consecuencia, injusta. Y toda vida marginal con sesgo disoluto termina por
dar cabida en su amoroso seno a todo lo prohibido, léase sexo, drogas y
alcohol. El gusto de Darío por el sexo es el gran tema de su obra poética:
“Carne, celeste carne de mujer…”. El gusto de Rubén por el alcohol fue el gran
problema de su vida. Pero es evidente que el maestro tenía mucho gusto de lo
uno y de lo otro.
Cuando
joven se quejaba de que “Ya Dioniso…” no es el que era porque lo que antaño era
un rito sagrado -las libaciones rituales en invocación de un dios- ahora era
considerado como una enfermedad, el alcoholismo, propia de desafortunados y
desgraciados. Cuando mayor (no llegó a viejo) fue tentado por una vida retirada
en “La Cartuja”, porque sus achaques de gran bebedor lo habían aproximado a la
cirrosis que lo acabaría.
Sin
embargo, a pesar sus rasgos rebeldes y bohemios, el maestro no gustó de la
bohemia porque quería rebelarse contra la Norma marginándose por arriba.
No la marginalidad rebelde de los desarrapados y andrajosos, sino la
marginalidad del guante blanco y la chistera. La miseria de Rubén Darío es la
de ser rebelde a la vez que embajador y hasta ministro plenipotenciario de su
país.
Además, la
opinión que Darío tenía de la bohemia estaba influida no sólo por su voluntad
de ruptura con la norma social -burguesa o vulgar-, sino también con la norma
rectora de la literatura española inmediatamente anterior a él. Recordemos que
trató de desacreditar a Salvador Rueda como fundador del Modernismo elogiando
al malagueño en tanto que continuador de la obra de Zorrilla y Espronceda.
II.
Villaespesa
No
obstante, aunque tal descalificación encubierta pudo sentarle a Rueda como un
tiro, por regla general los modernistas españoles no veían demérito alguno en
tener a sus antecesores románticos por modelo, al menos en lo que respecta al
caso de Espronceda. Villaespesa le dedicó “A Espronceda” un poema encomiástico
en donde calificaba al maestro romántico de “Bohemio incansable”, entendiendo
que tal condición, la de bohemio, era consecuencia de la grandeza de su genio:
“¡Para encerrar el ave de tu genio/ era una jaula muy pequeña el mundo!”. Lo
cual convierte al bohemio romántico en un rebelde absoluto, contra el mundo (y
contra su Creador -de ahí que hable primero de la “inspiración atea” de
Espronceda, para hablar, versos después, de su rebeldía blasfematoria pese a su
condición de creyente-), porque toda la realidad es poca cosa para la grandeza
de un espíritu libre y creador. Huir de la realidad implica salirse de sus márgenes
y convertirse, por tanto, en un marginado: un bohemio.
En ese
sentido, los gitanos -a quienes en un principio se aplicara el término a modo
de sinécdoque-, con su vida nómada y errante, erradicada de la normalidad
civilizada y burguesa, se convierten en símbolo de ese desarraigo: “Adustos
bohemios,/ reyes andrajosos (…)/¡Parad un instante bajo mi ventana,/ y con
vuestros cantos calmad mi amargura,/ que quiero mostrarte mi mano, gitana,/
para que me digas la buenaventura!”, haciendo hincapié en las dimensiones
mágicas de la marginalidad, que la sociedad moderna había extirpado de su seno
junto con todas las otras infecciones de la superstición precientífica.
Los poetas,
bohemios por definición, aparecen, pues, en las listas de marginados típicos:
“leprosos, mendigos, tullidos, poetas”; pero porque quedan fuera de la Norma
-la moral, la ley, la religión- no como consecuencia de su
mala suerte, sino de un acto supremo de voluntad libre que, enfrentada a ella,
a la Norma, afirma su propia independencia con orgullo: “Mi moral es belleza,
mi ley es el instinto/ y mi única y suprema religión, la armonía.” Dejando
claro, además, que la Norma es fea, contraria a la vida y la a Naturaleza, y
ruidosa: totalmente ajena a la poesía y al arte.
Esa Norma
exige, por otra parte, la buena administración de la propia fortuna, cosa que
Villaespesa confiesa contraria a su carácter: “Yo siempre he sido un
manirroto,/ pródigo, sí, derrochador,/ con bizarrías de bohemio/ y gesto, a fe,
de gran señor. (…)¡y más aún que mi fortuna,/ he derrochado el corazón!” Como
puede observarse, la ruptura de la norma implica generosidad, grandeza de
corazón, magnanimidad y lo que resulta más interesante, cierta armonía entre
esos dos contrarios que Rubén consideraba inconciliables: la marginalidad
bohemia y la marginalidad aristocrática, “de gran señor”. En el
almeriense se produce una suerte de extraña solidaridad entre los enemigos de
la moderna sociedad capitalista: los de abajo y los de arriba.
Parece, en
cualquier caso, deducible de lo anterior que, aunque parezca desatino, el gusto
modernista por la bohemia responde a la misma tendencia que su gusto por el
exotismo oriental y mitológico: el culto por lo extraño, lo distinto, lo anormal
-en el mejor sentido de la expresión: lo ajeno a la Norma-, que responde al
deseo de evasión hacia mundos imaginarios, artificiales y artísticos,
producidos por culturas de prestigio y solera, a modo de protesta contra el desencanto
de la real normalidad del mundo moderno. Y digo que puede parecer desatino
porque lo que la bohemia tiene de exótico es, paradójicamente, su condición de
crudelísimo aspecto de la mísera realidad, tan del gusto de la novela
naturalista. Darío no podía simpatizar con los exotismos bohemios porque para
él abandonar el mundo cotidiano para meterse en el de la bohemia era como salir
de Guatemala -que no de Nicaragua- para meterse en Guatepeor.
Y III.
Carrere
Por eso es
curioso que el poeta de la bohemia por antonomasia, Emilio Carrere, en su
“Crónica y responso de los cafés románticos”, después de convertir -muy al
estilo de su casi coetáneo Fernando Fortún- la época del Romanticismo en otro
de esos paisajes exóticos objetivo de la evasión modernista, entonara una
nostálgica elegía a los tiempos gloriosos de los cafés románticos que frecuentara
Bécquer, pero también a los de la “Bohemia del año diez”, ya caducados, cuando
“en honor de Rubén se quemaba un incienso/ de exaltación y ensueño en todos los
cenáculos”, y personajes como Valle-Inclán, Azorín, Baroja y Alex Sawa añadían
con su presencia cotidiana un toque de dimensión mítica, sobre cuyo agotamiento
y extinción Carrere invita a lamentarnos: “lloremos las ruinas de los cafés
románticos”.
Sawa -o Max
Estrella- fue un bohemio impenintente, por lo que es natural que aparezca,
junto con Valle, el creador del personaje de Luces de Bohemia, en la
lista de esa “bohemia del año diez”. Pero el hecho de colocar a Darío (y no
digamos ya a Baroja o Azorín) como ídolo bohemio indica que para Carrere la
bohemia es una característica inherente a la condición de personaje literario
y, por tanto, ser bohemio, ejercer de tal, es añadir, en tanto que elemento de
rubricante prestigio, una prueba confirmadora a su naturaleza de poeta o de
artista. Pero lo más curioso del caso es que ese mágico prestigio de la bohemia
literaria le sirve al madrileño para darle la vuelta a la moneda del
evasionismo modernista, denunciando la impotencia de los ensueños poéticos
frente a la miseria descarnada y escarnecida de la realidad:
“¡Reina
mía!
Da tu
dolor al olvido;
yo te
contaré la historia
de una
princesa ilusoria
de un
reino que no ha existido.”
Y un
espíritu burlón
y cruel
que en la calle había,
al
escuchar mi canción
se reía,
se reía…
Ese
“espíritu burlón” resulta ser, al final del poema, un personaje alegórico: la Miseria.
Como se ve,
gracias al cliché de la bohemia, Carrere (como también, en cierto grado,
Villaespesa -pero en menor grado Darío-) resulta ser, en ese sentido, un poeta
moderno, de la más rabiosa actualidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario