domingo, 15 de septiembre de 2019

DE LA POESÍA FÍLIPICA


Había sido servidor invitado a un Encuentro de Poetas Ibero-americanos en la Universidad de Salamanca organizada por el poeta y profesor doctor titular de la misma, Juan Antonio González Iglesias, cuando tuve la oportunidad de conocer a José Emilio Pacheco, sabio y veterano poeta mejicano y, tras intercambiarnos nuestros libros, invitados a cenar por la Institución financiadora del cultural evento, empezamos, cómo no, a hablar de poesía. A la mesa también estaba mi maestro y admirado amigo Jaime Siles y otros poetas ibero-americanos, portugueses y españoles que ahora prefiero no enumerar, habida cuenta de la brumosidad variable que nubla mi memoria, y que podría inducirme a lamentables errores. Hablamos, entre otras cosas, del poema épico del mejicano Francisco Terrazas, sobre la conquista de Méjico contra el imperio azteca, en el que se trata, creo recordar que me dijo, como en la Ilíada, con más respeto y simpatía o admiración a los vencidos que a los vencedores, cuando alguien mencionó a otro gran poeta español establecido, Méjico, éste por razones, no de nacimiento, sino de exilio, con cuya grandeza don José Emilio manifestó su desacuerdo, disintiendo con elegante y cariñosa paternalidad de nuestra apreciación:
-Bueno, no es que León Felipe no me guste: me gusta; pero considerarlo un gran poeta…
Y, joven entonces, callé. Pero no podía estar de acuerdo con el maestro. Y empecé a investigar cuáles podrían ser las razones de nuestra diferencia de criterios y, cuando recordé que también había dicho que “Alberti es muy malo”, me pregunté si la razón de su juicio -no demasiado- negativo no sería más bien ideológica que crítico-literaria.
Ahora creo saber por qué, no necesariamente el maestro mexicano, sino la crítica en general, ha intentado mantener en segunda fila a mi admirado Léon Felipe, y para mostrarlo baste la siguiente cita:

Cuando Franco, ese sapo Iscariote y ladrón con su gran escuadrón de cardenales y banqueros…

    León Felipe es un fervoroso anticapitalista revolucionario, el más explícitamente antifranquista de entre todos nuestros poetas, pero su singularidad está en que, pese a ser un espíritu profundamente religioso y cristiano, fue un radicalísimo anticlerical y antieclesiástico, y un heterodoxo, por no decir hereje, que, para empezar, decía saber que “no  hay tierra ni estrella prometidas./ Lo sabemos, Señor, lo sabemos/, y seguimos contigo trabajando”; y defendía una suerte de sincresis cristiano/órfica que incluía la reencarnación (

“Somos como un caballo sin memoria,
somos como un caballo
que no se acuerda ya
de la última valla que ha saltado.
Venimos corriendo y corriendo
por una larga pista de siglos y de obstáculos,
De vez en vez, la muerte...
¡el salto!
y nadie sabe cuántas
veces hemos saltado
para llegar aquí, ni cuántas saltaremos todavía
para llegar a Dios que está sentado
al final de la carrera...
esperándonos.

 …); dudaba -¿metódicamente?- de que dentro de la mente de Dios estuviera la Luz o la Nada, pero estaba seguro de que la palabra era el medio de descubrirlo (

Pero, ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modisto:
que si desceñida o apretada...
que si la túnica o que si la casaca...
la palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis?...
¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre...y la Torre
tiene que ser alta…alta, alta, alta...
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo, la última palabra,
para tirársela a Dios,
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria...
y romperle la frente...A ver si dentro de su cráneo
está la Luz...o está la Nada.

            ) y para más coraje entendía que la Revolución era un fenómeno natural, tal como en su poema de ese título expresa: Revolución

Siempre habrá nieve altanera
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
-un sol verdugo y amigo-
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.

            Ingredientes todos ellos para dar motivo de odio a cuantas ortodoxias conservadoras y carcas andan y han andado sueltas por el mundo desde que el mismo es ídem, intentando sus fideístas defensores, de paso, que los demás, tanto incluso los siniestros increyentes por voluntad cuanto los por natura incrédulos u otros disidentes no podamos soltarnos o emanciparnos de sus vocacionales hipnosis alienantes al diestro servicio ideológico de Cacos o Patrones, o en su defecto como a veces, aunque pocas, ocurre, quemando vivos a los heréticos heterodoxos y rebeldes, y masacrando en masa a sus excepcionales seguidores, que si unos pueden y suelen serlo por conciencia de la necesidad ética de defensa de los menesterosos por desposeídos por la fortuna y el poder que detentan los privilegiados, otros terminan siéndolo por hambre mera y desesperación: todo aquel que no tiene nada que perder acaba por no temer aun la pérdida -otra más- de su vida miserable, porque muchas veces la única alternativa a la insurrección -la sufrida mansedumbre- se percibe como menos temible que la muerte.
            Y es posible que esos hayan sido los dogmas por los que se ha incluido al leónida poeta entre la caterva de los menores (injusticia que también durante cierto tiempo se cometiera con Altolaguirre y Prados, curiosamente también afines a la justa y necesaria revolución, y compañeros de exilio mexicano), así como las razones por las que yo siempre he querido reconocerlo como uno de los grandes.
            Piénsese que, pese la lavadura de cara que la pseudo democracia neoliberal -y anti libertaria- pretende hacerle a la capa capadora de la Capa Capi en Occidente -y China-, sobre todo en España, Estado aún franquista por inercia de teatral Transición entronizadora de Iscariotes y otros delincuentes apandadores, sólo nos está sirviendo, sin servirnos, para hacer a la sociedad retroceder a las inicuas desigualdades económicas y explotadoras propias del típico atropello social del s. XIX -y en denantes-, perpetradas por el hábito entendido como moral (del latín: Mos, moris: costumbre): un criminal discrimen de lesa Antropia, sólo -o ni siquiera- justificable en brutos pitecántropos.
            Pero, anécdotas e ideologías aparte, entiendo que hay hechos lingüísticos y poéticos e histórico-literarios bastantes para demostrar que soy yo quien está en lo cierto:
            1) LF es uno de los grandes simbolistas “naturales” de siempre.
            2) Es de los primeros escritores en castellano en hacer poemas en prosa casi coloquial.
            Y 3) Lo es también de insuflar en las letras española el espíritu whitmánico.        
1) Simbolismo, verbi gratia, el Viento: una suerte de cósmica energía ubicable en síntesis o sincresis entre las ciega Voluntad de Schopenhauer, la romana Fortuna, la triple Moira helena -frente a la que el héroe trágico se rebelaba, como el mismo León, por sufrir el furioso morbo de la hybris- y cierta concepción de la católica Providencia divina como parva ristra de puntos suspensivos que abren algo de espacio a la existencia de algún grado de humana libertad, de un libre albedrío que nos permita tener la esperanza de, al menos, poder combatir el determinismo tiránico para-naturalista decimonónico que con frecuencia casi absoluta nos viene impuesto por la injusticia de la castas asentadas en el inicuo privilegio . Por lo que         
2) Poema en prosa no poética: el primer verso de la humana historia fue el monsílabo “¡ay!”:
Yo no soy el filósofo.
El filósofo dice: Pienso… luego existo.
Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo… luego existo.
Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!
¡Ay!
Este es le verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡Ay! por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la Poesía. Un día este ¡Ay! se organiza y santifica. Entonces nace el salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre muchos siglos.
Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido, blasfemia… y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.
Éste es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra. Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque la diferencia esencial entre le poeta y el filósofo no está, como se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico, cristalino y musical, y el filósofo con palabras abstrusas, opacas y doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.
El filósofo dice:
Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y el Poeta:
Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran fichero filosófico.
Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.
Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.
Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.
Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy… que lo decida la suerte.
¿Cara o cruz?

            Por ello esta vocación de síntesis de poeta y filósofo que yo defiendo, al menos para mi propia actividad como poeta, es, desde la perspectiva filípica, como se ha podido leer poco menos que un imposible, así que yo con humildad ante el maestro, no tengo más remedio que ponerme, y sólo en eso, en su contra: no en vano mi primer libro se tituló De la Locura Metódica, de 1985, (hoy solo accesible en mi poesía reunida: Gaya Ciencia y Otros..-Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2015-), pero es posible por igual que uno persiga tan utópica meta porque, más que metódico, sea servidor un orate desatado.
Y 3) León Felipe no escribió jamás un soneto o una lira o una octava real o etc.: la música de sus versos se logra y basa, como la de los versículos de Whitman, a quien tradujo, combinando la distribución aproximadamente simétrica de los acentos, pero sobre todo en los ritmos sintáctico´s y de ideas: reiteraciones de cláusulas o de estructuras oracionales de manera anafórica o paralelistica, con la diferencia respecto del gran Walt de que don León echa mano del refuerzo de las asonancias con mas absoluta frecuencia que el americano anglosajón. Y en eso Felipe ha sido casi único. Y no sólo en eso es único o mero mérito del whitmanismo del ibérico, sino que también los es el largo aliento de la larga tirada de creatividad enumerativa y redundante por énfasis, si bien, si don Walt es un optimista cantor extático de la alegría y fuerza natural de vivir y de ser, nuestro poeta contrapone al estadounidense un malditismo basado, así y con todo, en una cristiana Bienaventuranza: “Bienaventurados los perseguidos por la justicia…”, entendiendo o debiendo entenderse este último término como eufemismo de Policía a las órdenes de Jueces que sentencian según Injustas Leyes dictadas por tiranos arbitrarios, de los que Franco se convierte a lo largo de los filípicos verso en caso paradigmático, aunque cualquier dictador totalitario es para LF identificable en principio con la misma muerte, contra la que también se rebela:

...¿quién es el último que habla, el sepulturero o el Poeta?
¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No. He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el Viento
para crear mi gloria con mi llanto.
¡Eh, Muerte... escucha!
Yo soy el último que hablo:
El miedo y la ceguera de los hombre han llenado de viento tu cráneo,
han henchido de orgullo tus huesos
y hasta el trono de un dios te han levantado.
Y eres necia y altiva como un dictador totalitario. (Subr. mío)

           Aunque más bien cabría decir que se rebela contra una concepción, ancestral y occidental, de la muerte:

Tiraste un día una gran línea negra sobre el globo terráqueo;
te atrincheraste en los sepulcros y dijiste: "Yo soy el límite de todo lo creado...
¡Atrás! ¡Atrás, seres humanos!..."
Y no eres más que un segador, un esforzado segador... un buen criado.
Tu guadaña no es un cetro, sino una herramienta de trabajo.
En el gran ciclo, en el gran engranaje solar y planetario,
tu eres el que corta la espiga, y yo ahora... el grano,
el grano de la espiga que cae bajo tu esfuerzo necesario.
Necesario... no para tu orgullo, sino para ver cómo logramos
entre todos un pan dorado y blanco.
Desde tu filo iré al molino. En el molino me morderán las piedras de basalto,
como dos perros a un mendigo hasta quitarme los harapos.
Perderé la piel, la forma y la memoria de todo mi pasado.
Desde le molino iré a la artesa.
En la artesa me amasarán, sudando, y sin piedad unos robustos brazos.
Y un día escribirán en los libros sagrados:
El segundo hombre fue de masa cruda como el primero fue de barro.
Luego entraré en el horno... en el infierno.
Del fuego saldré hecho ya pan blanco y habrá pan para todos.
Podréis partir y repartir mi cuerpo en miles y millones de pedazos...
podréis hacer entonces con el hombre una hostia blanquísima... el pan ázimo
donde el Cristo se albergue. Y otro día dirán en los libros sagrados:
El primer hombre fue de barro,
el segundo de masa cruda y el tercero de Pan y Luz. Será un sábado
cuando se cumplan las grandes Escrituras... Entre tanto,
a trabajar con humildad y sin bravatas, Segador Esforzado.
            En esa concepción, con el renacimiento cíclico del cosmos -si bien ajen al, nietzscheano o arcaico, Eterno Retorno- de las revoluciones -de los orbes celestes-, responsables de los cambios estacionales que por analogía poética simbolista nos permiten mantener desde el infernal invierno del presente la esperanza en una siempre renovada primavera de prosperidad, justicia, solidaridad y amor, combina el poeta sincréticamente, como se puede suso leer, una linealidad evolutiva -o progresista- hacia un Mundo Futuro, en cuyo camino hasta la muerte trabaja como instrumento: el Segador, después de todo, siega para cosechar un trigo con el que luego se hará harina, y pasando por el horno/infierno, pan, que si es ázimo, funciona como analogía de la Comunión de la Comunidad Humana con Dios del manso eterno Día de Descanso en un reino de este mundo: una especie de Anarquía o Sociedad Comunista sin Estado que equivale el Reino (sin rey) del Otro -mejor- Mundo.
Podremos estar de acuerdo con el maestro de la filípica o no. Pero no debemos tomarnos su palabra como un credo dogmático: se trata más bien de una pascaliana apuesta revolucionaria. LF apuesta por la trascendencia de nuestra humanidad, y se la juega a “¿Cara o cruz?” (v. supra).
Recuerdo, valgan estos párrafos a modo de epílogo, que en un homenaje a poetas norteamericanos de USA organizada por el profesor Mark Aldridge del Dickinson College se habló de dos traducciones de un poema de Whitman. Donde el gring escribió creeds Jorge Luis Borges tradujo sectas y León Felipe credos. Seguro que el argentino, ya conservador, prefirió conservar la sacralidad del concepto de credo religioso, y degradó tan solemne y teológico término a uno más antrópico, puesto que Whitman los cuestionaba todos -en su poema. El español lo tradujo literalmente; porque para don León no hay credo que valga, dado que lo que sus filípicas proponen nada tiene que ver las credulidades de los conservadurismos: no se trata de dogmas sino de mitemas de la imaginación poética: “Riman los sueños y los mitos”, aludiendo a los universales y junguianos arquetipos del reprimido subconsciente de Todos los Ántropes, todos, políticamente reprimidos por las censuras de los Santos Oficios.
En estos momentos presentes de involución y retrogradismo general, basados en el incentivo de la credulidad en lo falso que incentivan los sibliminales mass-media en manos de los inicuos Potentados del Capital, una relectura del alternativo sieniestro León Felipe nos vendría muy bien a todos para sanarnos de nuestra indigna falta de esperanza, dictada por una creencia insuflada por el perverso Poder, en que pueda haber salud social que nos depare una sana Mejoría para este dogmático morbo de la consentida, si inconsciente, alienación que, en un periodo histórico en que la Tecnología al fin podría traernos el metafórico Reino de Dios, sin reyes ni dictadores, está induciéndonos a  practicar el superfluo deporte, no ya del conformismo, sino el de la cobarde complicidad suicida con nuestros depredadores económicos.


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