De todos los tópicos sobre literatura oídos en los últimos
años ninguno me parece más exitoso por repetido hasta la saciedad que aquel que
reza: La realidad supera a la ficción.
Siempre que
lo he oído proferir por el pedante de turno no he tenido más remedio, con todo
el dolor de mi corazón, que concederle toda la razón: la que tal exhibición de
sabiduría tautológica se merece. En efecto, la realidad supera y siempre
superará a la ficción en una cosa: en realismo.
Pero es que, al menos en ciertas singulares ocasiones, el realismo tiene muy poco que ver con la realidad.
Pero es que, al menos en ciertas singulares ocasiones, el realismo tiene muy poco que ver con la realidad.
Aunque mucho
me temo que quien propala usualmente tal afirmación lo haga usándola en muy
otro sentido: acaso como queriendo dar a entender justo lo contrario: que la
realidad supera a la ficción en aquello de lo que la ficción es creadora: en
fantasía.
Para
empezar, cualquier frente de dos dedos sabe que tal aseveración es severamente
ridícula: la fantasía no tiene límites en cuanto a sus grados de libertad y es
ella misma -o la mente que la piensa y construye- quien elige a capricho y
según intención las leyes sobre las que habrá de sujetarse y funcionar,
pudiendo, en última instancia, formarse y funcionar en ausencia total de leyes
de formación y funcionamiento; la realidad, por el contrario, sí que tiene
límites y leyes, y además siempre los mismos: aquellos que la definen y
caracterizan como la realidad, eso
que perciben todas las conciencias con voluntad de sensatez y de visión
objetiva.
Mas además,
si el tópico se dice en el sentido de que la realidad supera a la ficción en
fantasía, la sentencia pasa de sabiduría tautológica a paradoja contradictoria:
si la realidad es superior a la ficción en tanto a su capacidad de producir
situaciones increíbles e inverosímiles (fantásticas), sólo puede ser porque la
realidad es más fantástica que la ficción, con lo que me temo que el imaginario
realista estaría defendiendo lo contrario de lo que pretendía. Porque la
existencia de una realidad fantástica serviría para demostrar que la fantasía
tiene una existencia real, lo que equivaldría a decir que la fantasía es
objetiva.
Si esto
segundo fuera cierto, resultaría que los defensores del realismo se
habrían metido un gol en propia meta y se habrían quedado sin argumentos frente
a los que defendemos la nobleza y bondad del método fantástico, si no fuera
porque los mismos nunca hemos dicho que la fantasía sea superior a la realidad
en cuanto a su realismo; es más, defendemos -los moderados- que la fantasía es
un modo eficaz de hablar de las realidades (tanto de la realidad conocida como
de la desconocida), o también -los radicales- que la fantasía forma parte de la
realidad, pero de una realidad más real que la de los realistas puesto que incluye
dentro de sí misma los fenómenos subjetivos a los que consideramos reales pero sin
olvidar su naturaleza subjetiva. Yo defiendo ambas cosas. Dicho de otro modo: que la subjetividad es tan
cierta o verdadera como la objetividad, solo que sus leyes -y sus funciones-
son distintas. En cualquier caso no nos gusta dejar de recordar que los seres
conscientes vivimos más de subjetividad que de objetividades, y sobre todo si
tenemos en cuenta que la pretendida objetividad no deja de ser nunca una
vivencia subjetiva, pues nada que sea objetivo en puridad puede vivir en una
conciencia. No sólo de pan vive el hombre. De ilusiones, también.
Recuerdo
que en cierta ocasión un realista quiso rebatirme públicamente afirmando, para
demostrar con un ejemplo su tesis de que la realidad es superior a la ficción,
que antes de las dos guerras mundiales nadie había sido capaz de imaginar la
posibilidad de las mismas. La realidad demostró ser superior -en monstruosidad-
a la ficción más terrorífica, y la experiencia a la imaginación.
No es
verdad.
Primero:
porque el hecho de que no haya quien sea capaz de imaginar que una situación
tan fantástica como aquellas pueda llegar a realizarse, a hacerse y ser real, no dice nada en contra de
la superioridad de la fantasía en tanto a su potencialidad para construir
monstruosidades mayores aunque irreales. De hecho antes de 1914 no sólo ya se
habían imaginado -aunque no como posibilidades reales- guerras mundiales, sino
que también se habían imaginado monstruosidades mayores como La guerra de los mundos de H. G. Wells,
que posteriormente Orson Welles llevó a la radio con tanto realismo que la
gente comenzó a huir despavorida ante la inminente invasión de los exterminadores marcianos,
por lo que a punto se estuvo del cataclismo social.
(Podríamos añadir,
a colación de lo anterior, la descripción de un fenómeno de ese tipo más
reciente y actual: si en el poco más de medio siglo que va de la Segunda Guerra
Mundial –en España en especial desde la muerte del dictador Franco− hasta 2007,
durante ese largo período de prosperidad económica −con sus altibajos, cierto−
que fue protagonizado por la búsqueda y mantenimiento del Estado de Bienestar,
alguien nos hubiera dicho que en Occidente, en concreto en EEUU, aunque con la
complicidad de Europa, se estaba fraguando y articulando una conspiración que
elevara la ideología neoliberal, involucionista y antidemocrática, protofascista
en la sombra, para -en espera del fracaso, increíble entonces, y hundimiento, y
posterior capitalistización brutal y zafia de los comunismos estalinistas-, para que más tarde pudiera
florecer una blufosa burbuja que
terminaría estallándonos a las mayorías masivas en las narices..., cualquiera que,
en efecto, hubiera escuchado semejante cosa habría tomado al predicador de tal profecía por un lunático o un cuentista de fábulas de terror. Pero la realidad era
que tal cosa, de hecho, estaba ocurriendo. Y ha ocurrido. Desde los años 70 una conjura de
financieristas del gran Pelotazo ha
ido colocando en puestos de estrategia, en especial Facultades de Económicas y
luego Bancos de Inversión y otras entidades financieras, a una serie de agentes que, tras adoctrinar a una generación o más de economistas, nos han hecho creer, ex cathedra, que, “puesto que el comunismo es malo, eso quiere
decir que el capitalismo es bueno”. Y todo el mundo se ha creído tan estúpido y
peligroso disparate. Durante la Guerra Fría nos parecía verosímil un Conflicto Nuclear, e incluso nos inquietaba la posibilidad de un Desastre Ecológico. Pero
jamás se nos ocurrió pensar que sería la Codicia Capitalista (que ya temió Adam
Smith, por ser contraria a los equilibrios autorregulatorios que genera la
competencia) la que, tras una crisis financiera de envergadura, iba a poner toda la riqueza del planeta, tanto la financiera como la de la economía real, ésta cada vez más parca, en
manos de unas pocas decenas de desaprensivos que toman, unilaterales y egoístas, las
decisiones políticas que nos van a afectar a todos, mediante la intermediación
de una clase de gobernantes a su servicio. Pero el hecho de que casi nadie fuera capaz de imaginarse ese cuento fantástico de
terror como algo realmente posible, no confirma la veracidad del dicho que
enjuiciamos: sobre todo porque en ese aludido CASI hubo, al menos, una persona que
si se lo imaginó. Y nos lo dijo. Cuando en el Tratado de Maastricht se acordaba que los Estados de UE en caso de crisis deberían pedir préstamos a bancos privados en vez de, como hasta entonces se había hecho, a los Centrales, nos avisó del peligro que suponía hacer depender a los Estados y su dinero público del Capital, siempre en manos particulares e interesadas sólo en el propio beneficio. Y hasta gente de su propio partido lo tachó de
visionario, lunático e incluso tonto. Y otras lindezas semejantes. Por supuesto
que me estoy refiriendo a Julio Anguita. A cuyos discípulos de UP deberíamos votar todos de una puñetera vez.)
Y segundo:
porque si afirmamos que la realidad puede producir engendros de naturaleza
fantástica, por definición tal cosa no querría sino decir que la realidad es la
fuente tanto de lo real como de lo fantástico, y que lo fantástico suele
resultar increíble sólo por la falta de antecedentes y, al fin y al cabo, por
falta de costumbre. Lo cual nos vuelve a desembocar en la paradoja de que lo
real es lo fantástico a que estamos acostumbrados.
Me parece muy
significativa esta aparente paradoja.
La realidad
siempre nos sorprenderá por su variedad -en la cual consiste el gusto (y, a veces, los disgustos)- porque
de la realidad de la naturaleza y sus leyes procede uno de los rasgos que la
caracterizan y definen: su creatividad evolutiva. La realidad es, en efecto, creativa y autocreativa, lo
mismo que la imaginación. Y eso es lo que hace de la segunda, su hermana gemela
-y paralela-, el método más apropiado para aprehender a la primera.
Otra cosa
será que haya quien quiera seleccionar de esa realidad rica, creativa e imaginativa los fragmentos que pretenda
más normales, más normales relativos a la norma: los más usualmente hallables en la media estadística cuyos vagos límites acotan la estrecha experiencia a la que estamos habituados. Pero no debemos
olvidar jamás que dicha realidad es plural y diversa y llena de singularidades
y de aspectos aún inexplorados que están llamando a todos los espíritus
aventureros que no se conforman con el cacho de realidad que la norma de la
costumbre dicta como único.
Podemos
escribir novelas, dramas y poemas que hablen de la experiencia cotidiana de uno
como persona normal. Pero hay muchas personas no normales cuya experiencia puede
ser muy otra: viajeros impenitentes que nos hablen de la vida cotidiana al sur
de la India, videntes que nos relaten sus experiencias con alucinógenos,
ascetas lamaístas que nos hablen de su experiencia mística del Vacío, y tantos
y tantos otros experimentadores de los más insólitos etcéteras.
(O visionarios
políticos que sepan predecir las consecuencias futuras de nuestros errores presentes,
personalidades que, por su genial lucidez, están condenadas a ser descreídas e incluso ignoradas y aun marginadas y censuradas y calumniadas por la miopía de sus contemporáneos y la flasedad activa de sus enemigos. Como se ha hecho con Pablo Iglesias y cía.)
Todas ellas
son experiencias humanas y por ello forman con todo derecho parte de esta
creativa, caprichosa e imaginativa
realidad antrópica.
Para que la razón pueda vaticinar el futuro, hace falta salirse de la pre-juiciosa costumbre, el hábito de la norma aceptada sin juicio, por su normalidad e irreflexión típica del sinsentido común. Y para empezar, no fiarse del realismo de los media en manos de la chusma neoliberal.
Y echarle muchísima imaginación. Sólo esa síntesis ratio-imaginativa puede facultarnos para ver los que Es en Verdad. Y lo que Va a Ser.
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