domingo, 1 de septiembre de 2019

JRJ Y LA IMAGINACIÓN CIENTÍFICA CONTEMPORÁNEA


Creo que nadie se sorprenderá si confieso que llevo años intentando demostrar lo que hace muchos empezó como intuición espontánea y que más tarde, también por mucha casualidad y fortuna, llegó a convertirse en mi tesis doctoral La razón del mito en la poesía modernista de Rubén Darío: la Ilustración y luego el cientificismo materialista y positivista del XIX habían desencantado y desacralizado el mundo y, por lo tanto, los poetas modernistas, y en especial el fundador oficial del movimiento, habían intentado, sin renunciar a las verdades descubiertas por las ciencias de la Naturaleza, recuperar aquel encanto sagrado construyendo una nueva mitología que, en el caso del poeta nicaragüense, se basó en los cimientos de un neopaganismo pánico, venéreo y panerótico que a su vez dio lugar a un sincretismo físico-religioso “entre la catedral y las ruinas paganas”, y hermético, que no excluyó en ningún momento a Cristo como miembro preeminente de tan extraño panteón. Fue, pues, la ciencia la desencadenante del proceso creativo que (empezando con la visión negativa y catastrófica de la misma que tuvieron poetas como Núñez de Arce, pero pasando por la rebelión anticientifcista, que no anticientífica, de casi todos los modernistas y 98istas, y postmodernistas de la Generación del 14, e incluyendo marginales como León Felipe, y acabando con Juan Ramón, el futurismo y el 27 más profundo y metafísico,  este últimos malagueño o muy unido a la Ciudad del Paraíso), podría despejar la incógnita de esa ecuación que ahora tácitamente explica el quid radical de la poesía siglovigésima.
Ya en otros escritos, y fundamentándome en informaciones de especialistas como F. Chica, hice ver cómo Emilio Prados había estudiado no sólo a Kant y a sus discípulos, Schopenhauer y los fenomenólogos, sino además a científicos vigésimos como Einstein; y cómo Altolaguirre pudo estar influido por teorías científicas de su momento; y, digo ahora, cómo Bergamín manifestó estar muy al tanto de esos descubrimientos del nuevo paradigma científico, dado que expresamente menciona y cita en El pasajero a los protagonistas y creadores de las nuevas teorías (Heisenberg, Dirac, De Broglie, Schroedinger, etc.) al objeto de criticar el materialismo de la ya en su tiempo obsoleta modernidad decimonónica.
Parece ser que el conflicto ciencia/religión fue algo muy vivido y sufrido (piénsese en Unamuno) por los poetas del cambio de siglo, mientras que no da la impresión de que ocurriera lo mismo en los poetas posteriores, que se declaraban tranquilamente ateos o creyentes a contratiempo, sin que ninguna angustia existencial fuera provocada por una concienciada vivencia del problema cultural y antropológico que dicho enfrentamiento había producido en sus padres y abuelos literarios: de hecho, el Dios silencioso de Blas de Otero fue más bien algo así como una crítica sesgada del nacional-catolicismo franquista, y sus razones, a mi entender, sólo sociopolíticas; y, aún así, el ateísmo militante de un Ángel González por ejemplo, no excluyó nunca zonas de sacralidad teológica como la música, la poesía, el arte y el amor, tal como mostré en el prólogo de mi antología temática La música ateológica del eros (Málaga, Puerta del Mar, 2003).
Pues bien: defiendo que la explicación de este cambio de mentalidad respecto del asunto puede sondearse ni más ni menos que en Juan Ramón Jiménez.
Sabemos que el moguereño tuvo sus flirteos con el modernismo y, lo mismo que Machado (quien sintió siempre el afán de “querer y no poder/ creer, creer y creer”) pronto rompió con la escuela de su admirado Rubén, por razones relativas a la, para e onubense, ineficiencia y superficialidad de sus soluciones. Así, después de aquel voluntario abandono (al que el poeta opuso la elevada torre de su divino pensamiento) y, tras el largo y tenso esfuerzo de su buscada evolución estilística y metafísica, desembocó en su etapa suficiente o verdadera en que una suerte de poesía mística y panteísta a la vez, continuamente vivida como un proceso de revelación teo-antrópico-física, no sólo culminó, rematando tan incómoda problemática, su “libro interior, ideal, espiritual”, su conciencia de poeta, sino que puso su colofón a aquella poética que había comenzado con el romanticismo de Coleridge y Worsworth, y también con el de Novalis, y que había recorrido toda la modernidad hasta el “eterno” presente del andaluz.
Fue el primero de estos poetas quien escribió con más diafanidad sobre el asunto: para Samuel Taylor la imaginación (que no la fantasía) era un medio de conocimiento intuitivo, así como para su gran amigo William, el otro lakista, la ciencia, o la conquistadora razón “autoglorificada (self-glorified)”, no podría salvar nunca los muros o golfos de misterio que sólo la “fe imaginativa (imaginative faith)” puede sobrepasar. Y sabemos que Coleridge conocía muy bien la filosofía alemana y que había extraído de Kant ese especial concepto de imaginación creadora, pues para el de Königsberg dicha facultad era la que ordenaba (creativamente) mediante las formas a priori de nuestra sensibilidad y nuestra categorías internas), las impresiones de nuestros sentidos conformándolas en objetos de nuestra experiencia. Así la imaginación quedaba consagrada como órgano básico de conocimiento de la realidad fenoménica, sólo que al precio de dejar la nouménica cosa-en-sí para el eterno misterio de lo incognoscible.
No es raro, pues, que Juan Ramón, el último romántico verdadero (no los hubo en España de su categoría, si exceptuamos la prosa de Bécquer, en especial el de Cartas desde mi celda y el prólogo de su Libro de los gorriones, así como El amor de los amores de la Coronado), haya aquilatado sendos firmes conceptos de tres entidades psíquicas muy relacionadas con la poesía y, por ello, con la poetización (o el reencanto) del mundo: la Ilusión, Imaginación y, aunque parezca paradoja, su interpretación místico/física -yo así lo creo y lo defiendo- de las noticias que le llegaran en lo que se refiere al nuevo paradigma científico de su tiempo.
Vayamos por partes:

A)

LAS ILUSIONES

No era nadie, el agua.
¿Nadie?
¿qué no es nadie el agua?
No
hay nadie, es la flor.
¿No hay nadie?
¿pero no es nadie la flor?

No es nadie, era el viento.
¿Nadie?
¿no es el viento nadie?
No
hay nadie, ilusión.
¿No hay nadie?
¿y no es nadie la ilusión?

De ilusiones, dice, también se vive; es más: las ilusiones son eso de que, aparte de pan, vive el hombre: o el hombre de sensibilidad poética, mejor dicho. El ficticio interlocutor, realista ingenuo, de Juan Ramón en este poema considera que el agua, la flor, el viento y la ilusión son “nadie”. Téngase en cuenta que nadie es pronombre indefinido de persona: los elementos naturales, físicos o psíquicos, no tienen personalidad. No nos importan, no nos dicen nada, nada significan para nosotros. Pero el poeta no está de acuerdo: a él la flor, el agua y el viento, respectivos símbolos de primavera y, por lo tanto de vitalidad y lozanía, de la vida sometida al tiempo (al menos desde Heráclito y en especial desde Manrique) y del espíritu (voz latina que significa viento) sí que le dicen cosas. Pero ahora viene lo mejor: la psique (voz griega que significa alma ─del latín anima: soplo o viento─ y cuya psi inicial es onomatopeya de soplo), considerada epifenómeno de la materia gris -o blanca- del cerebro por los neurólogos materialistas, y creadora de la ilusión que nos vivifica e ilusión también ella misma, es alguien, como lo es la misma ilusión (y no sólo algo): vive y nos permite comunicarnos con la poesía de los elementos percibidos y concebidos por nuestra imaginación kantiana y colerídgica, poetizando el universo: la ilusión es tan real como la experiencia.

B)

¿Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día
no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas puras
del río eterno, árbol
en un poniente inmarcesible─
de la divina y májica imaginación!

La romántica, simbolista y modernista imaginación creadora del poeta crea o recrea al propio poeta desde su libre voluntad hasta burlar el crimen de la Muerte, saliéndose del tiempo vital del fluvial Todo Fluye en donde crece el árbol-símbolo de la propia creatividad última y originaria, física (y metafísica), de la imaginación que, por mágica, reencanta y resacraliza el mundo haciendo posible la inmortalidad tras la margen divina y eterna del fuera del “todo, que es el colmo de la nada” ─como la fantasía es, a la viceversa, espuma de la realidad, y por tanto, real en tanto que las espuma del mar también es agua:
FANTASISTA, y por lo tanto realista, por que la fantasía es la espuma de la realidad ─dijo el poeta en uno de sus menos divulgados y más atinados aforismos.

Y C)

DIOS PRIMERO

Días nulos, cual los días
de parada indiferencia
de dios antecreador.

(Todo duro, entero todo,
en mole de un orden negro,
como un yo tan sólo yo.)

De pronto un día de gracia
todo me ve con mis ojos.
me parto en mundos de amor.

El poema, muy poco antologado, pero mantenido en la póstuma recopilación de su poesía, Leyenda ─lo que debe ser leído, que es lo legendario, lo fantástico, lo imaginativo─, no puede ser, para mí al menos, más claro: hay días nulos idénticos a ese tiempo del caos indistinto, anterior a la creación, que es también la Creación, cuando no había diferencias que separaran unas cosas de otras y (como todo es dios ─"deseado y deseante"─), ese todo divino era nulo o, lo que es lo mismo, nada (ni nadie), y el dios-poeta estaba inactivo: todo era una mole prieta y sin luz como un ego tan egoísta que no podía sentir amor por nadie ni por nada (ni por todo). Pero de súbito, no se sabe por qué, por gracia divina, el poeta-dios “se parte” (se va de sí y se rompe) en mundos que le sirven a Dios-poeta para verse y amarse.
Pertenece el texto a Estación total, libro escrito entre 1923 y 1936.
Y da la casualidad de que fue en 1917 cuando Willem de Sitter encontró una solución a las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad de Einstein, publicada un año antes, que predecía el carácter expansivo del universo, cosa que sería demostrada experimentalmente por Edwin Hubble en 1929, aunque ya en 1927 el padre Lamaitre, sacerdote y físico, había propuesto la teoría del Átomo Primigenio: si el universo se expande, dedujo, debe haber habido, en un lejanísimo pasado, un instante en que toda la materia del cosmos estaría toda junta y algo (¿la Gracia de Dios?) hizo que toda esa mole se quebrara a modo de explosión, una explosión que todavía permanece (y que ha posibilitado que nosotros estemos aquí para buscar al Dios de los Orígenes). Por supuesto que Lamaitre no consideró en esta ocasión (el Principio de Indeterminación de Heisenberg es también de 1927) el hecho de que los átomos estaban compuestos de partículas cuánticas que son a la vez onda y que todo su espacio interior, subatómico, estaba mayoritariamente vacío y que, en consecuencia, la gravedad inmensa de esa teórica masa de apretada materia originaria habría hecho que los electrones, venciendo su repulsión eléctrica frente a los protones, dieran lugar a una fusión de ambos quanta, los cuales habrían terminado convertidos en neutrones y que a su vez estos, compuestos de tres quarks, se aplastarían hasta hacerlos entrar en contacto produciendo un megachispazo implosivo de radiación que se arrugaría (ondas eran) hasta plegarse constreñida en un punto matemáticamente conocido como singularidad, en donde toda la energía del universo yacería viva y concentrada en un no-espaciotiempo de volumen cero y densidad infinita, cuya propia naturaleza caótica, pero repleta de información potencial, la haría propensa al orden cósmico.
Y, por lo tanto, tampoco nuestro poeta pudo entonces tener ni la más remota idea de todo ello.
Pero sí que había tenido tiempo, aunque no sé (todavía) si ocasión, para tener noticias del universo teórico de Einstein-De Sitter, e incluso podría se que del descubrimiento de la expansión del espacio intergaláctico hecho en los radiotelescopios de Hubble en el monte Wilson.
Pero lo que enteramente sí que parece es que las había tenido de la teoría de Lamaitre, tal como el último poema aquí citado parece demostrar: una mole negra se parte en muchedumbre de mundos  ("de amor") independientes, y a su vez interdependiente, gracitación mediante,en torno a estrellas que sería como los ojos de dios, que así se ve a sí mismo, si bien con la mediación de nuestra conciencia de ellas y de ello, leit-motive de su 3ª etapa.
El esclarecimiento definitivo de esta sospechosa suposición se obtendría datando exactamente la fecha de composición de este pequeño gran poema para ver si fue redactado después de 1927. Pero aunque el de Huelva hubiera escrito el poema antes del 27, es seguro que lo escribió después del 17, por lo que sí que habría tenido tiempo suficiente como para haber recibido noticias de la solución de De Sitter, sobre todo si tenemos en cuenta que con el experimento exitoso de Lord Eddington en 1919 toda la prensa se hizo eco de la confirmación experimental de la teoría de la relatividad, divulgando a mansalva sensacionalista su verismo y poniendo, en consecuencia, de moda, a partir de ese año, el fenómeno Einstein.
Comprobando la fecha exacta de redacción de “Dios primero”, sin embargo, podríamos verificar con más contundencia mi verosímil hipótesis.
A la búqueda de esa prueba me consago.

(Después de publicado en ensayo, compruebo, y aquí lo añado, que el poema en cuestión fue publicado en la revista cubana Nadie Parecía con fecha de 1927.)





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