Creo que nadie se sorprenderá si
confieso que llevo años intentando demostrar lo que hace muchos empezó como
intuición espontánea y que más tarde, también por mucha casualidad y fortuna,
llegó a convertirse en mi tesis doctoral La razón del mito en la poesía
modernista de Rubén Darío: la Ilustración y luego el cientificismo
materialista y positivista del XIX habían desencantado y desacralizado el mundo
y, por lo tanto, los poetas modernistas, y en especial el fundador oficial del
movimiento, habían intentado, sin renunciar a las verdades descubiertas por las
ciencias de la Naturaleza, recuperar aquel encanto sagrado construyendo una
nueva mitología que, en el caso del poeta nicaragüense, se basó en los
cimientos de un neopaganismo pánico, venéreo y panerótico que a su vez dio
lugar a un sincretismo físico-religioso “entre la catedral y las ruinas
paganas”, y hermético, que no excluyó en ningún momento a Cristo como miembro
preeminente de tan extraño panteón. Fue, pues, la ciencia la desencadenante del
proceso creativo que (empezando con la visión negativa y catastrófica de la
misma que tuvieron poetas como Núñez de Arce, pero pasando por la rebelión
anticientifcista, que no anticientífica, de casi todos los modernistas y
98istas, y postmodernistas de la Generación del 14, e incluyendo marginales
como León Felipe, y acabando con Juan Ramón, el futurismo y el 27 más profundo
y metafísico, este últimos malagueño o muy unido a la Ciudad del
Paraíso), podría despejar la incógnita de esa ecuación que ahora tácitamente explica
el quid radical de la poesía siglovigésima.
Ya en otros escritos, y fundamentándome
en informaciones de especialistas como F. Chica, hice ver cómo Emilio Prados
había estudiado no sólo a Kant y a sus discípulos, Schopenhauer y los
fenomenólogos, sino además a científicos vigésimos como Einstein; y cómo
Altolaguirre pudo estar influido por teorías científicas de su momento; y, digo
ahora, cómo Bergamín manifestó estar muy al tanto de esos descubrimientos del
nuevo paradigma científico, dado que expresamente menciona y cita en El
pasajero a los protagonistas y creadores de las nuevas teorías (Heisenberg,
Dirac, De Broglie, Schroedinger, etc.) al objeto de criticar el materialismo de
la ya en su tiempo obsoleta modernidad decimonónica.
Parece ser que el conflicto
ciencia/religión fue algo muy vivido y sufrido (piénsese en Unamuno) por los
poetas del cambio de siglo, mientras que no da la impresión de que ocurriera lo
mismo en los poetas posteriores, que se declaraban tranquilamente ateos o
creyentes a contratiempo, sin que ninguna angustia existencial fuera provocada
por una concienciada vivencia del problema cultural y antropológico que dicho
enfrentamiento había producido en sus padres y abuelos literarios: de hecho, el
Dios silencioso de Blas de Otero fue más bien algo así como una crítica sesgada
del nacional-catolicismo franquista, y sus razones, a mi entender, sólo
sociopolíticas; y, aún así, el ateísmo militante de un Ángel González por
ejemplo, no excluyó nunca zonas de sacralidad teológica como la música,
la poesía, el arte y el amor, tal como mostré en el
prólogo de mi antología temática La música ateológica del eros (Málaga,
Puerta del Mar, 2003).
Pues bien: defiendo que la explicación
de este cambio de mentalidad respecto del asunto puede sondearse ni más ni
menos que en Juan Ramón Jiménez.
Sabemos que el moguereño tuvo sus
flirteos con el modernismo y, lo mismo que Machado (quien sintió siempre el
afán de “querer y no poder/ creer, creer y creer”) pronto rompió con la escuela
de su admirado Rubén, por razones relativas a la, para e onubense, ineficiencia y superficialidad
de sus soluciones. Así, después de aquel voluntario abandono (al que el poeta
opuso la elevada torre de su divino pensamiento) y, tras el largo y tenso
esfuerzo de su buscada evolución estilística y metafísica, desembocó en su
etapa suficiente o verdadera en que una suerte de poesía mística y
panteísta a la vez, continuamente vivida como un proceso de revelación
teo-antrópico-física, no sólo culminó, rematando tan incómoda problemática, su
“libro interior, ideal, espiritual”, su conciencia de poeta, sino que puso su
colofón a aquella poética que había comenzado con el romanticismo de Coleridge
y Worsworth, y también con el de Novalis, y que había recorrido toda la
modernidad hasta el “eterno” presente del andaluz.
Fue el primero de estos poetas quien
escribió con más diafanidad sobre el asunto: para Samuel Taylor la imaginación
(que no la fantasía) era un medio de conocimiento intuitivo, así como para su
gran amigo William, el otro lakista, la ciencia, o la conquistadora razón
“autoglorificada (self-glorified)”, no podría salvar nunca los muros o
golfos de misterio que sólo la “fe imaginativa (imaginative faith)” puede
sobrepasar. Y sabemos que Coleridge conocía muy bien la filosofía alemana y
que había extraído de Kant ese especial concepto de imaginación creadora, pues
para el de Königsberg dicha facultad era la que ordenaba (creativamente)
mediante las formas a priori de nuestra sensibilidad y nuestra categorías
internas), las impresiones de nuestros sentidos conformándolas en objetos
de nuestra experiencia. Así la imaginación quedaba consagrada como órgano
básico de conocimiento de la realidad fenoménica, sólo que al precio de dejar
la nouménica cosa-en-sí para el eterno misterio de lo incognoscible.
No es raro, pues, que Juan Ramón, el
último romántico verdadero (no los hubo en España de su categoría, si
exceptuamos la prosa de Bécquer, en especial el de Cartas desde mi celda
y el prólogo de su Libro de los gorriones, así como El amor de los
amores de la Coronado), haya aquilatado sendos firmes conceptos de tres
entidades psíquicas muy relacionadas con la poesía y, por ello, con la
poetización (o el reencanto) del mundo: la Ilusión, Imaginación y, aunque
parezca paradoja, su interpretación místico/física -yo así lo creo y lo
defiendo- de las noticias que le llegaran en lo que se refiere al nuevo
paradigma científico de su tiempo.
Vayamos por partes:
A)
LAS ILUSIONES
─No era nadie, el agua.
─¿Nadie?
¿qué no es nadie el agua?
─No
hay nadie, es la flor.
─¿No hay nadie?
¿pero no es nadie la flor?
─No es nadie, era el viento.
─¿Nadie?
¿no es el viento nadie?
─No
hay nadie, ilusión.
─¿No hay nadie?
¿y no es nadie la ilusión?
De ilusiones, dice, también se vive; es
más: las ilusiones son eso de que, aparte de pan, vive el hombre: o el hombre
de sensibilidad poética, mejor dicho. El ficticio interlocutor, realista
ingenuo, de Juan Ramón en este poema considera que el agua, la flor, el viento
y la ilusión son “nadie”. Téngase en cuenta que nadie es pronombre
indefinido de persona: los elementos naturales, físicos o psíquicos, no tienen personalidad.
No nos importan, no nos dicen nada, nada significan para nosotros. Pero el
poeta no está de acuerdo: a él la flor, el agua y el viento, respectivos
símbolos de primavera y, por lo tanto de vitalidad y lozanía, de la vida
sometida al tiempo (al menos desde Heráclito y en especial desde Manrique) y
del espíritu (voz latina que significa viento) sí que le dicen cosas.
Pero ahora viene lo mejor: la psique (voz griega que significa alma ─del
latín anima: soplo o viento─ y cuya psi inicial es onomatopeya de
soplo), considerada epifenómeno de la materia gris -o blanca- del cerebro por los
neurólogos materialistas, y creadora de la ilusión que nos vivifica e ilusión
también ella misma, es alguien, como lo es la misma ilusión (y no sólo algo):
vive y nos permite comunicarnos con la poesía de los elementos percibidos y
concebidos por nuestra imaginación kantiana y colerídgica, poetizando el
universo: la ilusión es tan real como la experiencia.
B)
¿Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un
día
no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas
puras
del río eterno, árbol
─en un poniente inmarcesible─
de la divina y májica imaginación!
La romántica, simbolista y modernista
imaginación creadora del poeta crea o recrea al propio poeta desde su libre
voluntad hasta burlar el crimen de la Muerte, saliéndose del tiempo vital del
fluvial Todo Fluye en donde crece el árbol-símbolo de la propia creatividad
última y originaria, física (y metafísica), de la imaginación que, por mágica,
reencanta y resacraliza el mundo haciendo posible la inmortalidad tras la
margen divina y eterna del fuera del “todo, que es el colmo de la nada”
─como la fantasía es, a la viceversa, espuma de la realidad, y por tanto, real
en tanto que las espuma del mar también es agua:
FANTASISTA, y por lo tanto realista,
por que la fantasía es la espuma de la realidad ─dijo el poeta en uno de sus menos
divulgados y más atinados aforismos.
Y C)
DIOS PRIMERO
Días nulos, cual los días
de parada indiferencia
de dios antecreador.
(Todo duro, entero todo,
en mole de un orden negro,
como un yo tan sólo yo.)
De pronto un día de gracia
todo me ve con mis ojos.
me parto en mundos de amor.
El poema, muy poco antologado, pero
mantenido en la póstuma recopilación de su poesía, Leyenda ─lo que debe
ser leído, que es lo legendario, lo fantástico, lo imaginativo─, no
puede ser, para mí al menos, más claro: hay días nulos idénticos a ese tiempo
del caos indistinto, anterior a la creación, que es también la Creación, cuando
no había diferencias que separaran unas cosas de otras y (como todo es dios
─"deseado y deseante"─), ese todo divino era nulo o, lo que es lo mismo, nada (ni
nadie), y el dios-poeta estaba inactivo: todo era una mole prieta y sin luz
como un ego tan egoísta que no podía sentir amor por nadie ni por nada (ni por
todo). Pero de súbito, no se sabe por qué, por gracia divina, el poeta-dios “se
parte” (se va de sí y se rompe) en mundos que le sirven a
Dios-poeta para verse y amarse.
Pertenece el texto a Estación total,
libro escrito entre 1923 y 1936.
Y da la casualidad de que fue en 1917
cuando Willem de Sitter encontró una solución a las ecuaciones de la Teoría
General de la Relatividad de Einstein, publicada un año antes, que predecía el
carácter expansivo del universo, cosa que sería demostrada experimentalmente
por Edwin Hubble en 1929, aunque ya en 1927 el padre Lamaitre, sacerdote y
físico, había propuesto la teoría del Átomo Primigenio: si el universo se
expande, dedujo, debe haber habido, en un lejanísimo pasado, un instante en que
toda la materia del cosmos estaría toda junta y algo (¿la Gracia de Dios?) hizo
que toda esa mole se quebrara a modo de explosión, una explosión que
todavía permanece (y que ha posibilitado que nosotros estemos aquí para buscar
al Dios de los Orígenes). Por supuesto que Lamaitre no consideró en esta
ocasión (el Principio de Indeterminación de Heisenberg es también de 1927) el
hecho de que los átomos estaban compuestos de partículas cuánticas que son a la
vez onda y que todo su espacio interior, subatómico, estaba mayoritariamente
vacío y que, en consecuencia, la gravedad inmensa de esa teórica masa de
apretada materia originaria habría hecho que los electrones, venciendo su
repulsión eléctrica frente a los protones, dieran lugar a una fusión de ambos quanta,
los cuales habrían terminado convertidos en neutrones y que a su vez estos,
compuestos de tres quarks, se aplastarían hasta hacerlos entrar en contacto
produciendo un megachispazo implosivo de radiación que se arrugaría (ondas eran) hasta
plegarse constreñida en un punto matemáticamente conocido como singularidad,
en donde toda la energía del universo yacería viva y concentrada en un
no-espaciotiempo de volumen cero y densidad infinita, cuya propia naturaleza
caótica, pero repleta de información potencial, la haría propensa al orden
cósmico.
Y, por lo tanto, tampoco nuestro poeta
pudo entonces tener ni la más remota idea de todo ello.
Pero sí que había tenido tiempo, aunque
no sé (todavía) si ocasión, para tener noticias del universo teórico de
Einstein-De Sitter, e incluso podría se que del descubrimiento de la expansión del espacio
intergaláctico hecho en los radiotelescopios de Hubble en el monte Wilson.
Pero lo que enteramente sí que parece
es que las había tenido de la teoría de Lamaitre, tal como el último poema aquí
citado parece demostrar: una mole negra se parte en muchedumbre de mundos ("de amor") independientes, y a su vez interdependiente, gracitación mediante,en torno a estrellas que sería como los ojos de dios, que así se ve a sí mismo, si bien con la mediación de nuestra conciencia de ellas y de ello, leit-motive de su 3ª etapa.
El esclarecimiento definitivo de esta
sospechosa suposición se obtendría datando exactamente la fecha de composición
de este pequeño gran poema para ver si fue redactado después de 1927. Pero
aunque el de Huelva hubiera escrito el poema antes del 27, es seguro que lo
escribió después del 17, por lo que sí que habría tenido tiempo suficiente como
para haber recibido noticias de la solución de De Sitter, sobre todo si tenemos
en cuenta que con el experimento exitoso de Lord Eddington en 1919 toda la
prensa se hizo eco de la confirmación experimental de la teoría de la
relatividad, divulgando a mansalva sensacionalista su verismo y poniendo, en
consecuencia, de moda, a partir de ese año, el fenómeno Einstein.
Comprobando la fecha exacta de
redacción de “Dios primero”, sin embargo, podríamos verificar con más
contundencia mi verosímil hipótesis.
A la búqueda de esa prueba me consago.
(Después de publicado en ensayo, compruebo, y aquí lo añado, que el poema en cuestión fue publicado en la
revista cubana Nadie Parecía con fecha de 1927.)
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