lunes, 23 de septiembre de 2019

DE LA CREATIVIDAD EVOLUTIVA


... EN LA NATURALEZA, LA SOCIEDAD Y LA CULTURA.

En Ideas sobre la complejidad del mundo (Tusquets, Col. Metatemas. Barcelona, 1994.) Jorge Wagensberg, profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Facultad de Física de la Universidad de Barcelona, hace la siguiente observación: "La materia viva, el arte, la propia acción de (digamos) crear consiste en la conquista de estructuras improbables".
            La afirmación de Wagensberg tiene que ver con una profunda trasformación de consecuencias metafísicas que ha sufrido la física -Ciencia Modélica- en los últimos años.
            Tradicionalmente, desde la fundación de la física moderna, llamada clásica,  con Galileo y Newton, el análisis científico de la realidad venía sufriendo una especie de esquizofrenia racional: el tiempo, categoría a la que están sometidos todos los fenómenos físicos, había sido definido, siguiendo a Aristóteles -tal como recuerdan Prigogine y Stengers en Entre el tiempo y la eternidad (Alianza, Madrid 1988)- como "el número del movimiento en la perspectiva del antes y el después. Esta definición (...) podía suscitar así la cuestión de saber quién determina la perspectiva del antes y el después. ¿Es ésta relativa al alma que cuenta o bien está inscrita en el movimiento eterno a partir del cual es posible la cuenta?". La física clásica se decantó por la segunda opción, por lo que Newton inventó la idea de una tiempo absoluto, aunque luego la filosofía de Kant lo hiciera por la primera, y de ahí que se considerara al tiempo como un fenómeno -una apariencia- que depende de la estructura interna de la conciencia perceptora -"forma a priori de la sensibilidad interna"-, pero no de la cosa-en-sí, el noúmeno, que  no podía ser, por incognoscible, el objeto de la ciencia, que no tendría otro remedio que reducir su ambición, retringiéndola al humilde conocimiento de lo que es, de hecho, accesible a nuestra sensibilidad y que, en última instancia, no puede ser sino conocimiento de sus propios contenidos en tanto que “perceptos” (neologismo del filósofo García Bacca) mentales, dándose así la curiosa paradoja de la admisión de las apariencias de los fenómenos físicos como objetos constitutivos de la realidad natural que la física estudia.
            En efecto, con el determinismo mecanicista de la ciencia decimonónica y sus herramientas conceptuales de punto material y trayectoria se pretendió explicar todos los fenómenos, a tal punto que el descreído Laplace se atrevió a inventar un hipotético demonio (jamás un Dios: tal cosa iría contra la evidencia científica) que tuviera una inteligencia tan vasta que, siendo capaz de conocer un estado dado de todo el universo, es decir, la posición, dirección, velocidad, etc., de todos los puntos materiales componentes de todos los objetos existentes, sería capaz de predecir todas las trayectorias y, por tanto, todos los hechos futuros. Los seres humanos, al tener una inteligencia tan limitada, sólo podíamos conformarnos con un conocimiento aproximado del asunto: no podemos saber lo que pasará, sino sólo lo que es probable que pase. La probabilidad, cuyas matemáticas son tan fundamentales en tantas ramas de la ciencia, sería, pues, una medida de nuestra ignorancia.
            Pero la más curiosa consecuencia de todo esto es que el tiempo a nivel nouménico, o al menos a nivel de ecuaciones matemáticas, se convertía en un proceso reversible: bastaba una inversión de las velocidades de todas las trayectorias de un sistema para que éste pudiera ser considerado como viajando hacia atrás en el tiempo. Se suponía así que a nivel fundamental las dos flechas eran igualmente posibles y que sólo a nivel fenoménico, apariencial, las cosas evolucionaban en una direción privilegiada hacia el futuro, siendo nuestra ignorancia fundamental -nuestra torpe conciencia- la única causante de tan trágico espejismo.
            Fué precisamente el ya citado Ilya Prigogine, premio Nobel de Química, quien aportó a las ciencias duras su necesaria corrección: si la segunda ley de la termodinámica dictaba que el universo evoluciona hacia su estado más probable, el de entropía máxima o de equilibrio térmico, un estado en el que ya no ocurre nada, a partir del cual ya no se puede evolucionar (por lo que la aparición y evolución de la vida -y de la conciencia- serían, desde ese punto de vista, dos fenómenos que constituirían una excepción azarosa en el desarrollo del cosmos, siendo el azar otra vez un síntoma de nuestra ignorancia, que una supermente no sufriría: desde esa super-perspectiva la vida sería sólo una fluctuación que acabaría siendo anulada por la tendencia mayoritaria del resto del sistema hacia la inactividad), Prigogine supo descubrir algo importante: que en los sistemas físicos en estados alejados del equilibrio -en los estados inestables- esas reglas evolutivas se invierten, puesto que, al disipar más energía -aumentando así la entropía en sus cósmicas afueras- de la que dicho sistemas usan para la organización de su interior, consiguen que su progreso temodinámico de dirija hacia el estado más improbable, el opuesto a la muerte térmica.
            Este es el método de los seres vivos: "roban orden al ambiente por medio de un flujo negativo de entropía". (Wagensberg, op. cit.). Y esto sólo puede ocurrir porque la flecha del tiempo es unidireccional también a cierto nivel fundamental: una vez que un sistema caótico ha superado cierto horizonte temporal el proceso es irreversible, y esto es consecuencia de algo que yo creo trascendente: la probabilidad de que algo ocurra no es una medida de nuestra ignorancia o de nuestro sólo relativo conocimiento de las numerosas condiciones iniciales de un sistema, sino que es algo inherente a la naturaleza de los procesos físicos. Porque hay procesos azarosos y probabilísticos -tan sencillos como el lanzamiento de una moneda- cuyas condiciones iniciales, necesarias para la predicción exacta, no probabilística, del resultado, necesitan de una precisión infinita para ser conocidas. Sólo la mente de Dios podría predecirlas. De hecho dentro de una cosmovisión determinista como la de Leibniz, la distancia entre  y la infinita de Dios la mente finita del hombre era lo que hacía posible la libertad -y, por tanto, la responsabilidad y la voluntad- del segundo. Pero si Dios no existe (como quería Laplace) la probabilidad es entonces una medida del comportamiento inestable -inpredecible y caprichoso- de los sistemas físicos (incluidos los ántropes) y no de nuestra ignorancia, y el azar un síntoma de esa ingeniosa "voluntad" creativa de dichos sistemas. Porque como ha afirmado el mismo Prigogine en múltiples ocasiones, nuestra ignorancia puede ser la culpable de muchos males, pero no podemos considerarla capaz de crearnos.
            La probabilidad es, pues, la medida de la creatividad del universo y no de nuestra ignorancia. Porque son las mismas reglas de probabilidad las que permiten el surgimiento de lo improbable dentro de la inestable periferia de los sistemas alejados del equilibrio, en donde el caos se organiza espontánea y caprichosamente produciendo cosas como la vida, la conciencia, la belleza, la poesía y todas esas cosas que despiertan nuestra atención.
            El equilibrio puro es indiferencia, como el otra-vez-lo-mismo circular vicioso, esbirro de la Segunda Ley, es la autoridad termodinámica a desobedecer por la improbable singularidad de todo fenómeno interesante.
            Con la Historia de la Humanidad ha pasado y está pasando lo mismo: podemos considerarla en su conjunto evolutivo como un sistema alejado del equilibro en el que luchan dos fuerzas contrarias: la tendencia hacia lo más probable, la muerte igualitarizante de toda la actividad del proceso, enfrentada a la voluntad neguentrópica y autopoiética, auto-organizativa, de la improbable Novedad, y eso es sólo posible estableciendo una diferencia, creadora de orden dinámico, u organización, a partir del previo caos de la confusión de sus elementos en la absoluta simetría de lo indistinto.
            Es sabido, empero, que los extremos se tocan. Todo lo que funciona tiene que estar dentro de unos límites: la libertad absoluta impide toda autopoiesis. Y, más importante: todo lo que funciona tiene que poder moverse dentro de la holgura que  ciertos grados de libertad, lo cual implica diferencias y diversidad.
            Cuando la diferencia se vuelve desproporcionada, la inmensa mayoría de los integrantes del sistema social quedan igualitarizados en la pobreza obediente a una mínima y parca minoría que goza de todos los privilegios que otorgan la Riqueza y el Poder. Y esa desproporción asimétrica, que ostenta la marca del totalitarismo, anquilosa el sistema y lo mata. Ejemplo del pasado reciente: la URSS. Ejemplo de un muy probable, casi más que probable, me atrevo a decir, próximo futuro: la inminente supercrisis del sistema capitalista neoliberal, en el cual se da una contradicción de términos lógicos –y sociológicos, puesto que exige absoluta libertad para para la micro-clase superriquísima, y Ninguna libertad para el resto de la gente, que sólo termina pudiendo elegir entre la obediencia absoluta al empresario o la muerte por indistinción en el caos de la miseria entrópica.
            Es evidente que los políticos que suelen ser elegidos por nuestra ignorancia son herramienta ordinal -y ordinaria- del capricho codicioso de los Afortunados Pudentísimos impudentes del celo  tendencioso a la máxima entropía de la muerte política.
            Es obvio que las orientaciones neguentrópicas sociales están concentradas, en España, en la vivificadora fuente UP, que está siendo boicoteadas y saboteadas por gentes y agentes al servicio del maxentrópico e improductivo Inmovilismo.
            La ignorancia activa de los Potentadísimos y sus esbirros los teme por problemáticos para éxito de su ruin proyecto, y trata de anularlos.
            La ignorancia pasiva de las masas despistadas por los media los teme porque son Nuevos y, por ende, Extraños –o “malos por conocer”.
            No obstante, tanto en la natura como en la sociedad y la cultura, lo original, lo raro, lo novedoso, lo singular es lo que salva a la totalidad de su tendencia a la insignificancia probabilística, y el tiempo es -ya no un juez aparente que nos condena a la máxima entropía- sino un fautor de la creatividad evolutiva que opera cambios, no pocas veces por efecto mariposa, con el instrumento de sus singularidades.
            A ellos, y a personas como ellas, vamos a deberles, si sobrevivimos, el regalo de nuestra supervivencia.

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