Para empezar debo hacer una declaración de la
máxima importancia: la estética cuántica, a la que aludo en el título de esta
1ª sección, no existe. Quiero decir que todavía
no existe. Puede existir algún producto artístico aislado (como, modestia aparte,
alguno de mi autoría) que tenga algo que ver con la física cuántica, porque el
autor de ese producto sea un hombre de singular sabiduría y de plural
curiosidad, que por una rara casualidad entiende de mecánica cuántica lo
bastante como para que sus conocimientos más o menos profundos se reflejen de
alguna manera en su obra. Pero no existe, como digo, esa estética cuántica, y
eso es un grave defecto de nuestra cultura artística, máxime si tenemos en
cuenta que el concepto de cuantum fue
inventado por Max Panck hace ya más un siglo.
Y no existe esa estética cuántica porque no
existe una mentalidad cuántica o cuanticista en la que aquella pueda
fundamentarse. Y no existe esa mentalidad porque las implicaciones filosóficas
que podrían por lógica derivarse de los supuestos y principios cuánticos no
pueden interesar a la ética moderna, la de moda, la que responde a los
intereses administrativos del poder establecido, cuyos principios básicos
vigentes son aquellos que inventaron nuestros tatarabuelos en el siglo XIX.
En efecto, en el siglo XIX Laplace llegó a
concebir el universo como un conjunto de partículas -etimológicamente
"partecillas"- de materia que interactuaban por azar. Pero para
Laplace el azar no era sino una medida de
nuestra ignorancia: si existiera, decía el eminente científico, un diablo
poseedor de una supermente que supiera en todo momento la posición, velocidad,
dirección, etc., de cada una de las partículas del universo, ese demonio
superinteligente podría conocer el futuro porque podría calcularlo sin
problemas. Nosotros no podemos hacerlo por las limitaciones de nuestra pobre
mente, que solo puede, defendía el científico, acceder a dicho conocimiento
mediante aproximados cálculos probabilísticos. Pero todo tiempo futuro estaría,
según él, insisto, determinado por el movimiento específico de las partículas
que le han antecedido en el pretérito.
Costaba trabajo creer que también la psique
humana, con su conciencia inteligente y sus sentimientos e instintos, pudiera
reducirse a interacciones azarosas de partículas materiales integradoras de las
moléculas de las células de nuestro cuerpo, cuyo conjunto funcionaba
mecánicamente. Pero era así: la ciencia de entonces lo había demostrado, y todo
aquel que aspirara a la conciencia sabia e inteligente de la verdad tenía que
reconocer que, aunque no le gustara, el universo era una máquina ciega y sin
sentido en el que el hombre ocupaba un lugar de tantos entre otras criaturas
contra las que competía encarnizadamente en la lucha por la vida, lucha en que
obtendrían la victoria los más aptos, los que supieran adaptarse a las
circunstancias, los que supieran aprovecharse de la ocasión, sacar partido a la
situación, según la conocida teoría evolucionista de Darwin, otro neto producto
decimonónico.
Está claro, con independencia de la buena fe
con que se elaboraran tales sistemas físicos o biológicos, que la naturaleza de
la ideologías "naturalistas" que podían deducirse de la Naturaleza
mecanicista y competitiva interesaban sobremanera a la clase dominante del
momento: por un lado, la libre competencia en la economía de mercado era, según
lo antedicho, una ley natural, mientras que, por otro lado, un mundo mecánico
en el que todo estuviera previamente determinado excluía la posibilidad de ser
libres y, de paso, responsables, lo que hacía superflua toda moral que no fuera
de conveniencias, sobre todo si en esa máquina universal no había sitio para la
conciencia, considerada sólo un epifenómeno ilusorio de las reacciones químicas
provocadas por la mecánica de las partículas componentes de las neuronas; en
definitiva, un espejismo, una alucinación del cerebro, considerado sólo un
aparato que reacciona a los diversos estímulos externos con respuestas
internas, de la misma forma, se ha llegado a decir, que un termostato reacciona
a las diferencias de temperatura.
Sobre esta base científica se conformó una
mentalidad que hoy día es mayoritaria. Una mentalidad que se basa en que la
única fuerza que mueve el mundo es el interés, y que quien quiera vivir según
otra ley sucumbirá, pese a la paradoja de que quien tome tal decisión lo habrá
hecho, conforme tal mentalidad predica, determinado
por la particularidad de su pasado cósmico. Contrariamente a lo que temieron
los primeros poetas y filósofos que se enfrentaron con la nueva cosmovisión
inherente al cientifismo decimonónico, recuérdese a Unamuno, qué bien se vive
sin valores éticos espirituales, qué bien se vive sin Dioses que nos exijan
responsabilidades cósmicas o universales. Nosotros a vivir, que son tres días y
siempre barriendo para adentro. El arte debe convertirse en una actividad útil
y productiva y remunerada, tiene que tener una función social, y tiene que
estar hecho para el presente, pues la posteridad es un dudoso premio para un
artista que se piensa limitado a su tiempo por su mortalidad. Tiene, por tanto,
que producir dinero para el artista que lo produce y negocia. Para eso es
necesario que sea vendible. Y para que sea vendible tiene que ser un producto
liviano, light, fácil de interpretar,
que sea como un espejo en donde el consumidor se vea reflejado. Un producto que
refleje lo anodino de la vida de las personas normales a quien va dirigido, y
que no se meta en líos complicados que impliquen preguntas sobre la dignidad,
la belleza o la significación de nuestros actos y de nuestra vida.
Por supuesto que contra esta manera de
entender las cosas se han opuesto muchos artistas y escritores, sobre todo
poetas, y algunos nos seguimos oponiendo.
Pero lo más curioso del caso es que a esa
cosmovisión cientifista decimonónica vigente le ha salido una diméstica contestona
y contestataria de mayor poder de convicción que los opositores habituales, y
que ha venido a aguarles la fiesta a los señores del capital, o de la
Competencia y la Maquinación.
Y esa matordomo es, curiosamente, la misma
ciencia.
II. HACIA UNA
NUEVA ESPIRITUALIDAD
Todos sabemos que el protagonismo cultural y,
por lo tanto, social que alcanzó la Ciencia a lo largo del s. XIX -y que tuvo
como origen aquella larga ristra de éxitos utilitarios que produjo la
tecnología en ella inspirada y que acabaron por trasformar el mundo- la aureoló
de un prestigio que hizo que sus verdades fueran consideradas prioritarias
frente a verdades extraíbles de otras disciplinas.
Y todos sabemos que el primer tipo de
verdades que entraron en flagrante contradicción con las verdades científicas
fueron las verdades religiosas.
El conflicto ciencia/religión data, de hecho,
de los orígenes de la ciencia moderna, y más aún que la muerte en la hoguera de
Giordano Bruno, el proceso de Galileo es, o son los dos, ejemplos históricos
del mismo, si bien es cierto que, quizás porque los autos de fe ya no se
estilaban en aquel tiempo, fue con Darwin y su Teoría de la Evolución con quien
la Ciencia acabó llevándose el gato al agua y marcando el gol que resolvería
definitivamente el match a su favor.
Aquella famosa polémica terminó dejando claro
una cosa: que Adán y Eva eran como mucho meros símbolos y que, como ocurre con
los mitos, las fábulas, los cuentos y la obras literarias en general, su
sentido literal era a todas luces falso.
Desde entonces la palabra "mito"
-que es el elemento narrativo primordial con que el simbolismo religioso había
querido aludir a las verdades espirituales- se cargó de significado negativo y
aún hoy día, u hoy día más que nunca, cuando se usa esta palabra, al menos en
el habla coloquial, siempre se hace con la intención de trasmitir la idea de
"falsedad" o -como vulgarmente se dice- "camelo".
El cientifismo a ultranza de los dos últimos
siglos ha llevado a que todo intelectual que se pretenda serio y
"moderno" presuma de su escepticismo, pues se tiende a pensar en esas
atmósferas de culturillas superficiales que la inexistencia de las realidades
espirituales es un hecho científicamente demostrado.
Por ello no dejará de sorprender a quien así
piense que tres de los físicos más importantes del s. XX hayan negado con
tajante determinación la verdad de tales afirmaciones.
En efecto, el premio Nobel Erwin Schrödinger,
uno de los padres de la Física Cuántica o o Subatómica, escribió páginas defendiendo
las verdades espirituales de las filosofías religiosas indias, mientras que
David Bohm, uno de los más aventajados discípulos de Einstein, ha desarrollado
una teoría física que a veces recuerda vertiginosamente las más trascendentales
ideas budistas sobre la naturaleza. Por
su parte Sir Arthur Eddington, el físico que demostró vía experimental por
primera vez la Teoría de la Relatividad llegó a afirmar con rotundidad lo que a
continuación les cito: "Yo afirmo que la realidad es de naturaleza
espiritual".
Pero lo más curioso de todo es que estos
físicos (y otros que no cito) llegaron a estas conclusiones como consecuencia
de la perplejidad y el asombro que produjeron en su conciencia de hombres
curiosos los descubrimientos que, sobre la naturaleza de la materia, estaba
realizando por aquel entonces la propia ciencia que ellos mismos desarrollaban.
Porque es verdad que la ciencia negó en el
siglo XIX la verdad de los mitos religiosos. Pero los intelectuales de
pacotilla que tanto abundan en el mundo no se dieron cuenta de que la verdad es
verdaderamente más compleja de lo que las mentes simples piensan. De hecho la
verdad es un fenómeno plural.
La ciencia negó la verdad literal de los mitos. Pero nunca negó
por sí misma -ni lo ha hecho hasta ahora: no puede- la verdad literaria de los mismos. Su verdad poética.
No olvidemos que la literatura puede
definirse como el arte de decir verdades por medio de mentiras (que solemos
llamar "ficciones").
Pero hay más: una vez recordado que las
verdades de los mitos religiosos son literarias y no literales, hay que
recordar que el lenguaje literario se construye a base de recursos estilísticos
y figuras poéticas -cuyo sentido no
es literal sino figurado-, el más
frecuente de los cuales es la metáfora, y que la metáfora más frecuente del
lenguaje religioso se haya escondida en el término "espíritu".
Etimológicamente espíritu significa
"aire" o "viento” (al igual que anima, alma). Por lo que es fácil deducir que con el término
"espíritu" quien lo inventara quiso referirse a algo que es como el
viento: invisible pero "animado", vivo, vital y, en última instancia verdadero, y de tal naturaleza que sin
ser materia podía hacer sentir sus
efectos sobre ella.
Ya Sir James Jeans, eminente físico de
finales del XIX y principios de éste, había dicho que la ciencia no negaba la
existencia de las realidades espirituales ni
podía hacerlo sencillamente porque su objeto era otro. O dicho de otra forma: porque la ciencia no entendía de eso. Pero es que los propios
descubrimientos de la ciencia del s. XX nos deben obligar a replantearnos la
cuestión. Cuando los físicos han indagado hasta los fundamentos últimos de la
materia no han tenido otro remedio que concluir comprendiendo que el concepto
de "materia" se ha quedado obsoleto y que propiamente ya no significa
nada. Por el contrario, todavía no conozco disciplina que haya demostrado
experimentalmente que al término "espíritu" le haya pasado lo mismo.
Por lo que las verdades literarias de
los mitos siguen vigentes, siempre que no olvidemos que "literario"
es lo contrario de "literal", y que "no literal" es casi lo
mismo que "metafórico".
Frank Wilczek, profesor de la Universidad de
California en Santa Bárbara, y premio Nobel de Física, dijo en su día que la
causa de "exista algo (el Universo) en lugar nada -cuestión cuya
formulación más famosa debemos a Leibniz- es que la nada es físicamente
inestable". A esa inestabilidad de la nada que propicia la aparición de un
cosmos en evolución -y que no es otra cosa que esa creatividad pura inherente
ya no sólo a todo lo que existe sino también a la misma nada- se refirieron los mitos con la metáfora
literaria "Dios" (o Dioses), las primerass Entidades segregadas por
el divino Caos, a quienes más de una vez se ha aludido mediante otra teológica metáfora
literaria: "Espíritu puro". Algo invisible (inexistente desde el
punto de vista científico) pero que hace sentir sus efectos sobre la materia
sensible y pensante (antrópica, se dice hoy) y que, desde el mismo instante en
que empezó a pensar y a sentir, empezó a utilizar el método literario,
mito-poético, para hablar y conocer la
causa de esos efectos que en ella misma se manifestaban, siendo toda ella, la
materia consciente, el gran Efecto cuya curiosidad se preguntaba por su Causa.
Tal vez el espíritu no tenga existencia
objetiva, y esa es la razón por lo que la ciencia no lo contempla -ni debe
hacerlo- como hipótesis. Pero sí que tiene existencia subjetiva y es
precisamente la poesía, esencia de la literatura, un fenómeno que en origen fue
inventado para aludir al él con eficacia.
No deja de ser paradójica la afirmación de
Eddington frente al escepticismo generalizado que tan común es en la poesía de
hoy.
III. HISTORIA DE LA FUTURA ESTÉTICA CUÁNTICA.
Porque la ciencia del siglo XX, desde 1900,
ha venido quitándole sin parar la razón a Laplace en más de un sentido:
1) Si entendemos que materia es la sustancia
que integra los objetos que responden a las leyes de la física de Newton, el
padre del paradigma decimonónico, tenemos que concluir que la materia, a
niveles profundos de análisis, no existe. O al menos que la materia está
compuesta por partículas de algo que no es material porque no se comporta como
los objetos hechos de materia. Por ejemplo: en el mundo de la física clásica de
Laplace y Newton, todos los cuerpos materiales en movimiento se definen por la
trayectoria que trazan en el espacio y por su velocidad. En el mundo de la
mecánica cuántica, el de las partículas mínimas que componen los objetos
materiales, los conceptos de trayectoria y velocidad son excluyentes mutuos.
Según el premio Nobel Werner Heisemberg, si medimos una característica, la
velocidad o el ímpetu o impulso por ejemplo, no podremos saber la posición de
la partícula, porque nosotros, los observadores, habremos desviado su
trayectoria hacia no se sabe dónde. Y viceversa: si localizamos la partícula
nunca podremos conocer su velocidad o etc. Según Heisenberg y la llamada
Interpretación de Copenhague, la
observación transforma a lo observado. Lo cual implica a la conciencia como
ingrediente o rasgo constitutivo básico de la materia perceptible. Una materia
compuesta de conciencia es desde luego una materia no del todo material.
2) Pero ¿qué le ocurre a la partícula, podría
objetarse, cuando no está siendo observada por ninguna conciencia? El Principio
de Indeterminación del mismo Heisemberg
responde: nada; o mejor dicho todo: le ocurre todo lo que puede ocurrirle: la partícula no observada no es un cosa sino una
probabilidad pura de ser algo todavía no determinado.
3) Además, desde los descubrimientos de los
también premios Nobel Erwin Schroedinger y Louis DeBroglie sabemos que, a
niveles profundos y fundamentales, las partículas se comportan a veces como
diminutos trozos de materia pero a veces, por el contrario, como ondas. Si las
ondas son un movimiento en la materia y vemos que a veces la materia consiste
en ondas ¿qué mueven esas ondas? No pueden mover materia porque ellas son la
única materia que existe. Tienen que mover otra cosa. Y lo que no es materia ha
sido tradicionalmente aludido como espíritu.
4) Max Born entendió la ondas de materia como
ondas de probabilidad, lo que significa algo así como que una partícula tiene
una determinada probabilidad, por ejemplo, de aparecer en un sitio concreto
pero puede, como por una decisión azarosa, no aparecer. Las partículas
fundamentales de la materia, a diferencia de las partes mayores no fundamentales de la materia, son
caprichosamente fantasmales.
Y eso que no he citado otras características
más espectaculares -más fantasmales aún- que pose estos nuestros micro
fundamentos cuánticos, como por ejemplo su capacidad de pasar por dos agujeros
distintos a la vez o atravesar obstáculo infranqueables por el fantasmático medio de desaparecer de lugar anterior del mismo
y aparecer en el posterior, etc
Y 5)
Si nos salimos de los fundamentos cuánticos de la materia y miramos el
resto de la ciencia vigésima, veremos cosas aún más sorprendentes:
a) La Teoría de la Relatividad viene a decir
que las propiedades de los fenómenos físicos cambian según las coordenadas en
que se encuentre el observador.
b) La Geometría Fractal viene a decir que la
forma compleja y verdadera de un
objeto no puede describirse si no tenemos en cuenta la distancia desde donde se
realiza la observación.
Y, por fin, c) La Teoría del Caos y de las
Catástrofes dice que, habida cuenta de que las condiciones iniciales que
determinan el futuro de todo sistema, no sólo las cuánticas, son infinitas -y,
por lo tanto, indeterminables-, el azar -y, por tanto, la probabilidad- no son
una medida de nuestra ignorancia, como quería Laplace, sino que el azar
indeterminado y probabilístico es objetivo e inherente a la creatividad
evolutiva del universo, pues como dice el también premio Nobel Ilya Prigoguine
"a la ignorancia se le pueden atribuir muchas cosas pero no la responsabilidad
de habernos creado". La probabilidad -y, por tanto, el azar- no son una ilusión de nuestra defectuosa
mente ignorante: lo que equivale a decir que el universo es indeterminado y que
la máquina determinista universal es una hipótesis errónea cuando no una mentira
tendenciosa, quiero decir una falsedad ideológica.
El indeterminismo del cosmos, por otra parte,
implica la libertad y, por tanto, la responsabilidad, del ser humano. Y el ser
humano tiene responsabilidades, porque su libertad le permite ser creador, como
por otra parte lo es el propio universo al que pertenece.
El universo material, como se ha visto, no
puede describirse objetivamente sin tener en cuenta la subjetividad
observadora, por muy paradójico que parezca. Y precisamente lo único que Laplace
creía subjetivo, esto es, el azar aparente de la máquina determinista, es
objetivo, todo lo cual produce una solidaria armonía entre las leyes que rigen
la actividad mental y las que rigen el funcionamiento de la Naturaleza y el
Cosmos.
Porque la creatividad del hombre es la
creatividad de la Naturaleza pero, como dijo Howard Georgi, "con la
diferencia de que la Naturaleza es mucho más imaginativa que nosotros"
porque, añado yo, ha sido capaz de crear evolutivamente un mundo que supera con
creces en ingenio y fantasía creadores a nuestro realismo vigente, que no es
otro que el que se inventó en el siglo XIX, copiando una visión reduccionista
de las cosas, que hoy se manifiesta insignificante.
Por ello, aunque desde nuestra estrecha y
decimonónica visión adoraticia de la realidad del realismo no nos quepa en la
cabeza que pueda existir por ejemplo una singularidad, objeto de densidad
infinita pero volumen cero, que puede hallarse en el corazón de los agujeros
negros y en el del Big Bang del principio de los tiempos, cuando el universo
tenía un tamaño muy inferior a la punta de un alfiler; aunque todas esas
maravillas, digo, sean impensables para nuestra mente realista, la ciencia ha
demostrado que esas maravillas son ciertas y tenemos que aceptarlas si nos
interesa la sabia inteligencia de la verdad.
Y es que, como ya tantas veces he dicho, la
realidad que nos revela la nueva ciencia no es uan realidad realista: es una
realidad fantástica.
En ella tienen cabida muchas más cosas de las
esperables en el siglo pasado.
No es de extrañar, por tanto, que el filósofo
Jean Guitton y los astrofísicos Grichka e Igor Bogdanov hayan acuñado, para
referirse a ella el neologismo "metarrealismo". Porque una realidad
que necesita de la participación de la conciencia de los observadores para
colapsar las funciones de onda, acto necesario para que la probabilidad
inherente a la sustancia cósmica se convierta en hechos reales, no sólo no
excluye, sino que necesita, para ser inteligible, de una Conciencia Cósmica que
con su observación panorámica haya “realizado”, actualizado todas las funciones
de onda inherentes a la Evolución del universo desde el momento originario de
su Creación misma en el Big Bang, cuando no existía, ni pudo existir, dadas las
condiciones cósmicas del momento, ninguna conciencia humana, ni tampoco, por
cierto, ninguna que no fuera trascendente
a ese universo recién nacido.
Un Universo Inteligente, utilizando la
expresión de astrofísico Alfred Hoyle, y básicamente inmaterial, aparece en el
panorama de nuestra cosmovisión cuántica.
De manera que ¿qué podemos decir hoy día de
la supermáquina universal de Laplace? Podemos decir lo que Davis y Gribbin
dicen cuando hablan sobre Descartes y Ryle. El primero entendió que el cuerpo
humano era una máquina gobernada por un espíritu que habitaba en la glándula
pineal. El segundo se cachondeó del primero hablando del “fantasma de la
máquina”. La ironía de Ryle ha resultado ser justa. Pero no porque el fantasma
no existiera. Lo que no existía era la máquina.
Si tenemos en cuenta que fantasma, fantasía y
fenómeno tienen la misma raíz léxica griega y consideramos que los fenómenos
naturales son el objeto de estudio de la física cuántica, tendremos que
concluir que nuestra fantasía creativa de artistas responsables debe imitar,
como dijera Aristóteles, a la Naturaleza, pero sin olvidar la naturaleza
cuántica -y relativista, fractal y caos/catastrófica- de la misma Naturaleza.
Llevamos un siglo de retraso. Ya va siendo
hora.
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