jueves, 12 de septiembre de 2019

MATERIA Y ESPÍRITU

I. SOBRE ESTÉTICA CUÁNTICA



  Para empezar debo hacer una declaración de la máxima importancia: la estética cuántica, a la que aludo en el título de esta 1ª sección, no existe. Quiero decir que todavía no existe. Puede existir algún producto artístico aislado (como, modestia aparte, alguno de mi autoría) que tenga algo que ver con la física cuántica, porque el autor de ese producto sea un hombre de singular sabiduría y de plural curiosidad, que por una rara casualidad entiende de mecánica cuántica lo bastante como para que sus conocimientos más o menos profundos se reflejen de alguna manera en su obra. Pero no existe, como digo, esa estética cuántica, y eso es un grave defecto de nuestra cultura artística, máxime si tenemos en cuenta que el concepto de cuantum fue inventado por Max Panck hace ya más un siglo.
  Y no existe esa estética cuántica porque no existe una mentalidad cuántica o cuanticista en la que aquella pueda fundamentarse. Y no existe esa mentalidad porque las implicaciones filosóficas que podrían por lógica derivarse de los supuestos y principios cuánticos no pueden interesar a la ética moderna, la de moda, la que responde a los intereses administrativos del poder establecido, cuyos principios básicos vigentes son aquellos que inventaron nuestros tatarabuelos en el siglo XIX.
  En efecto, en el siglo XIX Laplace llegó a concebir el universo como un conjunto de partículas -etimológicamente "partecillas"- de materia que interactuaban por azar. Pero para Laplace el azar no era sino una medida de nuestra ignorancia: si existiera, decía el eminente científico, un diablo poseedor de una supermente que supiera en todo momento la posición, velocidad, dirección, etc., de cada una de las partículas del universo, ese demonio superinteligente podría conocer el futuro porque podría calcularlo sin problemas. Nosotros no podemos hacerlo por las limitaciones de nuestra pobre mente, que solo puede, defendía el científico, acceder a dicho conocimiento mediante aproximados cálculos probabilísticos. Pero todo tiempo futuro estaría, según él, insisto, determinado por el movimiento específico de las partículas que le han antecedido en el pretérito.
  Costaba trabajo creer que también la psique humana, con su conciencia inteligente y sus sentimientos e instintos, pudiera reducirse a interacciones azarosas de partículas materiales integradoras de las moléculas de las células de nuestro cuerpo, cuyo conjunto funcionaba mecánicamente. Pero era así: la ciencia de entonces lo había demostrado, y todo aquel que aspirara a la conciencia sabia e inteligente de la verdad tenía que reconocer que, aunque no le gustara, el universo era una máquina ciega y sin sentido en el que el hombre ocupaba un lugar de tantos entre otras criaturas contra las que competía encarnizadamente en la lucha por la vida, lucha en que obtendrían la victoria los más aptos, los que supieran adaptarse a las circunstancias, los que supieran aprovecharse de la ocasión, sacar partido a la situación, según la conocida teoría evolucionista de Darwin, otro neto producto decimonónico.
  Está claro, con independencia de la buena fe con que se elaboraran tales sistemas físicos o biológicos, que la naturaleza de la ideologías "naturalistas" que podían deducirse de la Naturaleza mecanicista y competitiva interesaban sobremanera a la clase dominante del momento: por un lado, la libre competencia en la economía de mercado era, según lo antedicho, una ley natural, mientras que, por otro lado, un mundo mecánico en el que todo estuviera previamente determinado excluía la posibilidad de ser libres y, de paso, responsables, lo que hacía superflua toda moral que no fuera de conveniencias, sobre todo si en esa máquina universal no había sitio para la conciencia, considerada sólo un epifenómeno ilusorio de las reacciones químicas provocadas por la mecánica de las partículas componentes de las neuronas; en definitiva, un espejismo, una alucinación del cerebro, considerado sólo un aparato que reacciona a los diversos estímulos externos con respuestas internas, de la misma forma, se ha llegado a decir, que un termostato reacciona a las diferencias de temperatura.
  Sobre esta base científica se conformó una mentalidad que hoy día es mayoritaria. Una mentalidad que se basa en que la única fuerza que mueve el mundo es el interés, y que quien quiera vivir según otra ley sucumbirá, pese a la paradoja de que quien tome tal decisión lo habrá hecho, conforme tal mentalidad predica, determinado por la particularidad de su pasado cósmico. Contrariamente a lo que temieron los primeros poetas y filósofos que se enfrentaron con la nueva cosmovisión inherente al cientifismo decimonónico, recuérdese a Unamuno, qué bien se vive sin valores éticos espirituales, qué bien se vive sin Dioses que nos exijan responsabilidades cósmicas o universales. Nosotros a vivir, que son tres días y siempre barriendo para adentro. El arte debe convertirse en una actividad útil y productiva y remunerada, tiene que tener una función social, y tiene que estar hecho para el presente, pues la posteridad es un dudoso premio para un artista que se piensa limitado a su tiempo por su mortalidad. Tiene, por tanto, que producir dinero para el artista que lo produce y negocia. Para eso es necesario que sea vendible. Y para que sea vendible tiene que ser un producto liviano, light, fácil de interpretar, que sea como un espejo en donde el consumidor se vea reflejado. Un producto que refleje lo anodino de la vida de las personas normales a quien va dirigido, y que no se meta en líos complicados que impliquen preguntas sobre la dignidad, la belleza o la significación de nuestros actos y de nuestra vida.
  Por supuesto que contra esta manera de entender las cosas se han opuesto muchos artistas y escritores, sobre todo poetas, y algunos nos seguimos oponiendo.
  Pero lo más curioso del caso es que a esa cosmovisión cientifista decimonónica vigente le ha salido una diméstica contestona y contestataria de mayor poder de convicción que los opositores habituales, y que ha venido a aguarles la fiesta a los señores del capital, o de la Competencia y la Maquinación.  
  Y esa matordomo es, curiosamente, la misma ciencia.

 
II. HACIA UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD

 Todos sabemos que el protagonismo cultural y, por lo tanto, social que alcanzó la Ciencia a lo largo del s. XIX -y que tuvo como origen aquella larga ristra de éxitos utilitarios que produjo la tecnología en ella inspirada y que acabaron por trasformar el mundo- la aureoló de un prestigio que hizo que sus verdades fueran consideradas prioritarias frente a verdades extraíbles de otras disciplinas.
  Y todos sabemos que el primer tipo de verdades que entraron en flagrante contradicción con las verdades científicas fueron las verdades religiosas.
  El conflicto ciencia/religión data, de hecho, de los orígenes de la ciencia moderna, y más aún que la muerte en la hoguera de Giordano Bruno, el proceso de Galileo es, o son los dos, ejemplos históricos del mismo, si bien es cierto que, quizás porque los autos de fe ya no se estilaban en aquel tiempo, fue con Darwin y su Teoría de la Evolución con quien la Ciencia acabó llevándose el gato al agua y marcando el gol que resolvería definitivamente el match a su favor.
  Aquella famosa polémica terminó dejando claro una cosa: que Adán y Eva eran como mucho meros símbolos y que, como ocurre con los mitos, las fábulas, los cuentos y la obras literarias en general, su sentido literal era a todas luces falso.
  Desde entonces la palabra "mito" -que es el elemento narrativo primordial con que el simbolismo religioso había querido aludir a las verdades espirituales- se cargó de significado negativo y aún hoy día, u hoy día más que nunca, cuando se usa esta palabra, al menos en el habla coloquial, siempre se hace con la intención de trasmitir la idea de "falsedad" o -como vulgarmente se dice- "camelo".
  El cientifismo a ultranza de los dos últimos siglos ha llevado a que todo intelectual que se pretenda serio y "moderno" presuma de su escepticismo, pues se tiende a pensar en esas atmósferas de culturillas superficiales que la inexistencia de las realidades espirituales es un hecho científicamente demostrado.
  Por ello no dejará de sorprender a quien así piense que tres de los físicos más importantes del s. XX hayan negado con tajante determinación la verdad de tales afirmaciones.
  En efecto, el premio Nobel Erwin Schrödinger, uno de los padres de la Física Cuántica o o Subatómica, escribió páginas defendiendo las verdades espirituales de las filosofías religiosas indias, mientras que David Bohm, uno de los más aventajados discípulos de Einstein, ha desarrollado una teoría física que a veces recuerda vertiginosamente las más trascendentales  ideas budistas sobre la naturaleza. Por su parte Sir Arthur Eddington, el físico que demostró vía experimental por primera vez la Teoría de la Relatividad llegó a afirmar con rotundidad lo que a continuación les cito: "Yo afirmo que la realidad es de naturaleza espiritual".
  Pero lo más curioso de todo es que estos físicos (y otros que no cito) llegaron a estas conclusiones como consecuencia de la perplejidad y el asombro que produjeron en su conciencia de hombres curiosos los descubrimientos que, sobre la naturaleza de la materia, estaba realizando por aquel entonces la propia ciencia que ellos mismos desarrollaban.
  Porque es verdad que la ciencia negó en el siglo XIX la verdad de los mitos religiosos. Pero los intelectuales de pacotilla que tanto abundan en el mundo no se dieron cuenta de que la verdad es verdaderamente más compleja de lo que las mentes simples piensan. De hecho la verdad es un fenómeno plural.
  La ciencia negó la verdad literal de los mitos. Pero nunca negó por sí misma -ni lo ha hecho hasta ahora: no puede- la verdad literaria de los mismos. Su verdad poética.
  No olvidemos que la literatura puede definirse como el arte de decir verdades por medio de mentiras (que solemos llamar "ficciones").
  Pero hay más: una vez recordado que las verdades de los mitos religiosos son literarias y no literales, hay que recordar que el lenguaje literario se construye a base de recursos estilísticos y figuras poéticas -cuyo sentido no es literal sino figurado-, el más frecuente de los cuales es la metáfora, y que la metáfora más frecuente del lenguaje religioso se haya escondida en el término "espíritu".
  Etimológicamente espíritu significa "aire" o "viento” (al igual que anima, alma). Por lo que es fácil deducir que con el término "espíritu" quien lo inventara quiso referirse a algo que es como el viento: invisible pero "animado", vivo, vital y, en última instancia verdadero, y de tal naturaleza que sin ser materia podía hacer sentir sus efectos sobre ella.
  Ya Sir James Jeans, eminente físico de finales del XIX y principios de éste, había dicho que la ciencia no negaba la existencia de las realidades espirituales ni podía hacerlo sencillamente porque su objeto era otro. O dicho de otra forma: porque la ciencia no entendía de eso. Pero es que los propios descubrimientos de la ciencia del s. XX nos deben obligar a replantearnos la cuestión. Cuando los físicos han indagado hasta los fundamentos últimos de la materia no han tenido otro remedio que concluir comprendiendo que el concepto de "materia" se ha quedado obsoleto y que propiamente ya no significa nada. Por el contrario, todavía no conozco disciplina que haya demostrado experimentalmente que al término "espíritu" le haya pasado lo mismo. Por lo que las verdades literarias de los mitos siguen vigentes, siempre que no olvidemos que "literario" es lo contrario de "literal", y que "no literal" es casi lo mismo que "metafórico".
  Frank Wilczek, profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara, y premio Nobel de Física, dijo en su día que la causa de "exista algo (el Universo) en lugar nada -cuestión cuya formulación más famosa debemos a Leibniz- es que la nada es físicamente inestable". A esa inestabilidad de la nada que propicia la aparición de un cosmos en evolución -y que no es otra cosa que esa creatividad pura inherente ya no sólo a todo lo que existe sino también a la misma nada-  se refirieron los mitos con la metáfora literaria "Dios" (o Dioses), las primerass Entidades segregadas por el divino Caos, a quienes más de una vez se ha aludido mediante otra teológica metáfora literaria: "Espíritu puro". Algo invisible (inexistente desde el punto de vista científico) pero que hace sentir sus efectos sobre la materia sensible y pensante (antrópica, se dice hoy) y que, desde el mismo instante en que empezó a pensar y a sentir, empezó a utilizar el método literario, mito-poético,  para hablar y conocer la causa de esos efectos que en ella misma se manifestaban, siendo toda ella, la materia consciente, el gran Efecto cuya curiosidad se preguntaba por su Causa.
  Tal vez el espíritu no tenga existencia objetiva, y esa es la razón por lo que la ciencia no lo contempla -ni debe hacerlo- como hipótesis. Pero sí que tiene existencia subjetiva y es precisamente la poesía, esencia de la literatura, un fenómeno que en origen fue inventado para aludir al él con eficacia.
 No deja de ser paradójica la afirmación de Eddington frente al escepticismo generalizado que tan común es en la poesía de hoy.

III. HISTORIA  DE LA FUTURA ESTÉTICA CUÁNTICA.

  Porque la ciencia del siglo XX, desde 1900, ha venido quitándole sin parar la razón a Laplace en más de un sentido:
  1) Si entendemos que materia es la sustancia que integra los objetos que responden a las leyes de la física de Newton, el padre del paradigma decimonónico, tenemos que concluir que la materia, a niveles profundos de análisis, no existe. O al menos que la materia está compuesta por partículas de algo que no es material porque no se comporta como los objetos hechos de materia. Por ejemplo: en el mundo de la física clásica de Laplace y Newton, todos los cuerpos materiales en movimiento se definen por la trayectoria que trazan en el espacio y por su velocidad. En el mundo de la mecánica cuántica, el de las partículas mínimas que componen los objetos materiales, los conceptos de trayectoria y velocidad son excluyentes mutuos. Según el premio Nobel Werner Heisemberg, si medimos una característica, la velocidad o el ímpetu o impulso por ejemplo, no podremos saber la posición de la partícula, porque nosotros, los observadores, habremos desviado su trayectoria hacia no se sabe dónde. Y viceversa: si localizamos la partícula nunca podremos conocer su velocidad o etc. Según Heisenberg y la llamada Interpretación de Copenhague, la observación transforma a lo observado. Lo cual implica a la conciencia como ingrediente o rasgo constitutivo básico de la materia perceptible. Una materia compuesta de conciencia es desde luego una materia no del todo material.
 2) Pero ¿qué le ocurre a la partícula, podría objetarse, cuando no está siendo observada por ninguna conciencia? El Principio de Indeterminación del mismo  Heisemberg responde: nada; o mejor dicho todo: le ocurre todo lo que puede ocurrirle: la partícula no observada no es un cosa sino una probabilidad pura de ser algo todavía no determinado.
  3) Además, desde los descubrimientos de los también premios Nobel Erwin Schroedinger y Louis DeBroglie sabemos que, a niveles profundos y fundamentales, las partículas se comportan a veces como diminutos trozos de materia pero a veces, por el contrario, como ondas. Si las ondas son un movimiento en la materia y vemos que a veces la materia consiste en ondas ¿qué mueven esas ondas? No pueden mover materia porque ellas son la única materia que existe. Tienen que mover otra cosa. Y lo que no es materia ha sido tradicionalmente aludido como espíritu.
  4) Max Born entendió la ondas de materia como ondas de probabilidad, lo que significa algo así como que una partícula tiene una determinada probabilidad, por ejemplo, de aparecer en un sitio concreto pero puede, como por una decisión azarosa, no aparecer. Las partículas fundamentales de la materia, a diferencia de las partes mayores no fundamentales de la materia, son caprichosamente fantasmales. 
   Y eso que no he citado otras características más espectaculares -más fantasmales aún- que pose estos nuestros micro fundamentos cuánticos, como por ejemplo su capacidad de pasar por dos agujeros distintos a la vez o atravesar obstáculo infranqueables por el fantasmático  medio de desaparecer de lugar anterior del mismo y aparecer en el posterior, etc
  Y 5)  Si nos salimos de los fundamentos cuánticos de la materia y miramos el resto de la ciencia vigésima, veremos cosas aún más sorprendentes:
  a) La Teoría de la Relatividad viene a decir que las propiedades de los fenómenos físicos cambian según las coordenadas en que se encuentre el observador.
  b) La Geometría Fractal viene a decir que la forma compleja y verdadera de un objeto no puede describirse si no tenemos en cuenta la distancia desde donde se realiza la observación.
  Y, por fin, c) La Teoría del Caos y de las Catástrofes dice que, habida cuenta de que las condiciones iniciales que determinan el futuro de todo sistema, no sólo las cuánticas, son infinitas -y, por lo tanto, indeterminables-, el azar -y, por tanto, la probabilidad- no son una medida de nuestra ignorancia, como quería Laplace, sino que el azar indeterminado y probabilístico es objetivo e inherente a la creatividad evolutiva del universo, pues como dice el también premio Nobel Ilya Prigoguine "a la ignorancia se le pueden atribuir muchas cosas pero no la responsabilidad de habernos creado". La probabilidad -y, por tanto, el azar-  no son una ilusión de nuestra defectuosa mente ignorante: lo que equivale a decir que el universo es indeterminado y que la máquina determinista universal es una hipótesis errónea cuando no una mentira tendenciosa, quiero decir una falsedad ideológica.
   El indeterminismo del cosmos, por otra parte, implica la libertad y, por tanto, la responsabilidad, del ser humano. Y el ser humano tiene responsabilidades, porque su libertad le permite ser creador, como por otra parte lo es el propio universo al que pertenece.
  El universo material, como se ha visto, no puede describirse objetivamente sin tener en cuenta la subjetividad observadora, por muy paradójico que parezca. Y precisamente lo único que Laplace creía subjetivo, esto es, el azar aparente de la máquina determinista, es objetivo, todo lo cual produce una solidaria armonía entre las leyes que rigen la actividad mental y las que rigen el funcionamiento de la Naturaleza y el Cosmos.
  Porque la creatividad del hombre es la creatividad de la Naturaleza pero, como dijo Howard Georgi, "con la diferencia de que la Naturaleza es mucho más imaginativa que nosotros" porque, añado yo, ha sido capaz de crear evolutivamente un mundo que supera con creces en ingenio y fantasía creadores a nuestro realismo vigente, que no es otro que el que se inventó en el siglo XIX, copiando una visión reduccionista de las cosas, que hoy se manifiesta insignificante.
  Por ello, aunque desde nuestra estrecha y decimonónica visión adoraticia de la realidad del realismo no nos quepa en la cabeza que pueda existir por ejemplo una singularidad, objeto de densidad infinita pero volumen cero, que puede hallarse en el corazón de los agujeros negros y en el del Big Bang del principio de los tiempos, cuando el universo tenía un tamaño muy inferior a la punta de un alfiler; aunque todas esas maravillas, digo, sean impensables para nuestra mente realista, la ciencia ha demostrado que esas maravillas son ciertas y tenemos que aceptarlas si nos interesa la sabia inteligencia de la verdad.
  Y es que, como ya tantas veces he dicho, la realidad que nos revela la nueva ciencia no es uan realidad realista: es una realidad fantástica.
  En ella tienen cabida muchas más cosas de las esperables en el siglo pasado.
  No es de extrañar, por tanto, que el filósofo Jean Guitton y los astrofísicos Grichka e Igor Bogdanov hayan acuñado, para referirse a ella el neologismo "metarrealismo". Porque una realidad que necesita de la participación de la conciencia de los observadores para colapsar las funciones de onda, acto necesario para que la probabilidad inherente a la sustancia cósmica se convierta en hechos reales, no sólo no excluye, sino que necesita, para ser inteligible, de una Conciencia Cósmica que con su observación panorámica haya “realizado”, actualizado todas las funciones de onda inherentes a la Evolución del universo desde el momento originario de su Creación misma en el Big Bang, cuando no existía, ni pudo existir, dadas las condiciones cósmicas del momento, ninguna conciencia humana, ni tampoco, por cierto, ninguna que no fuera trascendente a ese universo recién nacido.
  Un Universo Inteligente, utilizando la expresión de astrofísico Alfred Hoyle, y básicamente inmaterial, aparece en el panorama de nuestra cosmovisión cuántica.
  De manera que ¿qué podemos decir hoy día de la supermáquina universal de Laplace? Podemos decir lo que Davis y Gribbin dicen cuando hablan sobre Descartes y Ryle. El primero entendió que el cuerpo humano era una máquina gobernada por un espíritu que habitaba en la glándula pineal. El segundo se cachondeó del primero hablando del “fantasma de la máquina”. La ironía de Ryle ha resultado ser justa. Pero no porque el fantasma no existiera. Lo que no existía era la máquina.
  Si tenemos en cuenta que fantasma, fantasía y fenómeno tienen la misma raíz léxica griega y consideramos que los fenómenos naturales son el objeto de estudio de la física cuántica, tendremos que concluir que nuestra fantasía creativa de artistas responsables debe imitar, como dijera Aristóteles, a la Naturaleza, pero sin olvidar la naturaleza cuántica -y relativista, fractal y caos/catastrófica- de la misma Naturaleza.
  Llevamos un siglo de retraso. Ya va siendo hora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario