martes, 10 de septiembre de 2019

MARE NOSTRUM VITAE

Creo que podría afirmarse, sin temor a disparatar, que la literatura occidental empieza con el Mediterráneo como protagonista: dos pueblos mediterraneos, uno europeo, los aqueos, otro menorasiático, los troyanos, se pelean por la posesión de cierto valor, la Belleza, que los primeros afirman que los segundos le habían robado. Lo llamaron Helena, que parece que significa lo mismo que Griega, pero que según el sabio Robert Graves, es nombre etimológicamente relacionado con Selene, la Luna, símbolo, como se sabe, más que de castidad, de regeneración virginal: recuérdese que Artemisa o Diana, al igual que tantas otras diosas lunares, regeneraba su virginidad bañándose en sus aguas lustrales y lacustres de mágica purificación (mágica o hecática, porque la diosa maga o bruja Hécate es también Artemisa en el cielo nocturno, como lo es Perséfone en los ínferos plutónicos), cuando el pobre Acteón la sorprendiera en cueros y ella lo trasformara en ciervo para echarle sus perros a la zaga: el gran Mircea Eliade dice que esta fábula, así como la mal llamada virginidad de Diana simbolizan Independencia de la mujer en un mundo patriarcal de hombres; de ahí que todas las diosas vírgenes fueran guerreras o brujas: poderosas y amazonas. Del mismo modo que la Venus mesopotámica, Ishtar o Inanna, era diosa del amor y de la guerra.
Helena, hija de Zeus, hermana de los Dióscuros, no sólo era la personificación de la divina belleza afrodisíaca, que la misma Afrodita, diosa del mar nacida de su espuma, le cediera para pagar a Paris su juicio estético: era también la Independencia, la Libertad (la obligaron a casarse con Hefesto, el dios más feo, pero bien que se resarció la diosa con sus amores libre con Ares, con Adonis y, más significativo, con Anquises, padre venéreo del fundador de la estirpe Julia, que fundaría Roma y que en ella imperaría).
Cosa nada rara, pues, como también se sabe, la razón histórica y prosaica que la helénica épica disfraza de poesía no era otra cosa que la lucha por la liberación de un dominio estratégico que sobre el Mediterráneo oriental ejercían los troyanos en el estrecho de los Dardanelos, lo que impedía el paso gratuito de los griegos a sus colonias del Mar Negro, habida cuenta de los fuertes arnaceles de navegación que los dardanios cobraban.
Pero si la Ilíada significa el triunfo de Europa sobre Asia en lo que se refiere a la adquisición y explotación de los Valores Helénicos, su más preclaro valor literario y poético se debe a que dio lugar a esa variación sobre un tema de la Iliada que es la Odisea. En el segundo poema homérico es la práctica totalidad del Mediterráneo oriental el que se convierte en protagonista de una epopeya que tiene la particularidad de NO tener por tema primordial la guerra: Ulises es nuestro primer aventurero existencial, y el Mediterráneo de su odisea es el campo iniciático cuyas pruebas demoníacamente divinas -como la misma existencia humana- el héroe deberá superar para alcanzar la recuperación de su sereno y regio estatus en Ítaca: la calma que sucede a las tempestades de la vida.
El mayor éxito de la Odisea es, como se sabe, el valor simbólico de su aventura: hoy decimos que la vida humana, la existencia de los existencialistas, es, con minúscula, una odisea, cuya superación iniciática es el decepcionante descanso de la muerte, razón por al que el poeta Konstantinos Kavafis nos invitaba a que “Cuando viajes a Ítaca/ pide que el camino sea largo/ y rico en experiencias y aventuras.”
Sin embargo, como ustedes saben, la peripecia troyana estaba por comenzar: la odisea de Eneas, hijo de Afrodita y abuelo ancestral y mítico de los césares, contada por el homérico Virgilio, nos hablaría de cómo un troyano fundaría un pueblo que conquistaría Grecia y Asia Menor y el Norte de África y todo el litoral y adláteres interiores del Mediterráneo, siendo así los romanos el primer pueblo que pudo llamar al Mediterráneo Mar Nuestro.

Pero, jugando con las palabras, tal como debe hacer siempre toda buena literatura, hablar de Nuestro Mar Interior es lo mismo que decir que nuestro interior es como un mar. Como un Mare Nostrum. Y nuestra vida es como un río que va a dar a la mar, que es el morir, como cantó Manrique. Si el Mar es nuestro, navegar por la vida ya no es la aventura riesgosa por los desconocidos avatares de la existencia como en la Odisea, la Eneida -o el viaje de los Argonautas- lo que simboliza: lo que simboliza es algo tan conocido como nuestro, algo que llevamos dentro y que es vía plural que nos pone en contacto con nosotros mismos, pese a miedos al naufragio que, aparte de en los poemas citados, pueden verse también por ejemplo en los poemas ovidianos del exilio póntico o, dando un salto histórico, tanto en las novelas bizantinas y moriscas de Cervantes y otros autores del Siglo de Oro, algunas testimoniales como El viaje de Turquía, de Cristóbal de Villalón, como en las primeras páginas de El Criticón de Baltasar Gracián que, también como se sabe, es una novela que alegoriza la vida humana y que, comenzando con un naufragio en una isla real (Santa Elena, aunque ésta sin hache, y no de Troya, aunque sí de otro mar que entonces era nuestro), acaba con la conquista espiritual de esa Ítaca que es la Isla de la Inmortalidad.
Así, Gracián es un buen complemento de Manrique puesto que en el mar de éste -que es el morir- se yergue la inmortalidad de aquél, que es el vivir eternamente.
Aquí es donde surge el problema moderno: el jesuita era creyente. Los existencialistas y, en concreto, por ejemplo, Camus, no.

Todo empieza precisamente con un cambio de hegemonías: enseñoreaba la corona española un imperio en donde no se ponía el sol sobre los siete mares y una victoria naval en pleno Mediterráneo oriental, prácticamente en el Egeo de la Odisea, en Lepanto, contra el Islam de los turcos otomanos, -así como el descubrimiento de Colón- nos había hecho dueños del Mar Nuestro y del Otro Mar Nuestro, el Atlántico, respectivamnte (y no acabábamos de relamernos por la euforia de la victoria, cuando el desastre de la Invencible con el Felipe II empezaba a marcar la decadencia que culminaría con otro desastre naval, esta vez junto a la isla de Cuba en 1898, y contra la que sería a partir de ese momento potencia hegemónica durante el próximo siglo XX, los EEUU), y Gracián lo cantaba en su exaltada artística prosa mirando hacia las glorias del reciente pasado, y sin nada saber de las desgracias del los dos siguientes siglos futuros, pero mientras tanto los países que en seguida pasarían a ser modernos daban lugar, si bien con dificultades de parto, a Galileo, a Descartes, algo después a Newton, y, mientras España perdía el tranvía de la renovación y la modernidad, Francia, Italia, Inglaterra tomaban el relevo, luego Estados Unidos, y ya en pleno siglo XX nos encontramos derrotados, necesitados de regeneración, modernización, lo que era lo mismo que decir europeización, porque no queríamos decir afrancesamiento ni anglificación, y hete aquí que nos encontramos con la siguiente paradoja: el desastre del 98 produce la obra del primer existencialista europeo del siglo XX: Miguel de Unamuno escribe Del sentimiento trágico de la vida y El Cristo de Velázquez antes de que Sartre se hubiera puesto los pantalones largos: y es que la guerra de cuba fue para nosotros tan impactante y conmovedora como para el resto de Europa la 2ª Guerra Mundial.
Y, anécdota curiosa, la obra y la vida del exitencialista heterodoxo Camus, que tanto pendenciara con Jean-Paul, se hace a salto de Mediterráneo, entre Argel y París, siendo ese mar de la odisea humana más suyo que de nadie, por experiencia personal.
Pues bien, el racionalismo de la Ilustración, que en España fue minoritario, que le costara a nuestro gran poeta Meléndez Valdés su punición por afrancesado cuando la Guerra de la Independencia de 1808, y que a Napoleón le acabara costando a la postre su exilio en Santa Elena (también sin hache y no de Troya), dió a Francia, como la Enlightment al mundo anglosajón, una mentalidad moderna abierta al descubrimiento científico, que entre nosotros no llegará sino con Ramón y Cajal, lo que, puesto que la ciencia nació a contrapelo de la religión -y, si no, que se lo pegunten a Galilei-, daría lugar a la famosa y paradigmática conversación entre Napoleón y el científico por antonomasia del siglo XIX, Pierre-Simon de Laplace. Como se sabe, el emperador le preguntó al sabio qué lugar ocupaba Dios en su científica cosmovisión, y el científico, como se sabe, le contestó: Sire, no he necesitado de tal hipótesis.
Y entonces ya estaba liada la de Dios no es Cristo. Porque Dios es sólo una hipótesis científica obsoleta. Y pese a rebeliones de románticos, simbolistas y modernistas, cada uno inventando sus nuevas o recicladas mitologías antirracionalistas o al menos aticientifistas, algunas de ella satánicas o gnóstico-herméticas como la de Byron o Baudelaire, los existencilistas de postguerra, contemplando de cuánta maldad arbitraria e injustificada era capaz la realidad del mundo, concluyeron que la vida humana era absurda y sin sentido, una pasión inútil.
El extranjero llega a decir que asesinó por culpa del sol que brillaba con mediterránea intensidad mareante, y nadie lo entiende, con excepción de los lectores de su historia.
Porque ya en aquel Camus se adivinaba el siguiente, el que afirmaría que precisamente porque no están en el mundo todos los valores que se fueron con la nietzscheana muerte de Dios, precisamente por eso, somos los seres humanos los que tenemos que traerlos al mundo, reinventarlos, redescubrirlos, importando, desde nuestro consciente ateísmo, como el San Manuel Bueno de Unamuno, todo lo que de divino pueda haber en la creatividad de la imaginación humana, para que así la inexistencia de un Dios de Justicia, de Solidaridad, de Libertad y de Amor, no sea incompatible con, ni obstáculo para, la existencia de sus más divinos y humanos atributos.
Porque aunque Santa Elena exista, y Helena de Troya, aunque ésta sólo en tanto que mito, es la Belleza del Divino Valor lo que motiva nuestra existencia y le da Valor Divino a la misma en sí misma, y nuestra lucha por esos divinos valores podemos decir muy camusiana y anti-sartrianamente nos da el valor suficiente para crear un sentido en el que poder vivir para ganarnos, después de tanta odisea y tanta navegación, el merecido descanso eterno de una, aunque inexistente, divinísima (y ética) Ítaca, que equivaldrá para nosotros a la gracianesca Isla de la Inmortalidad.
Aunque dicha inmortalidad sea sólo un mito. Por que lo más interesante de la odisea por el mar interior de nuestra existencia es la helénica, selénica, lunática si se quiere, motivación divina de nuestro ser tan sólo -y tanto como- seres humanos capaces de poesía, esa poesía que inventa los valores por los que la existencia merece la pena de su experimentación.

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