Helena, hija de Zeus, hermana de los Dióscuros, no sólo era
la personificación de la divina belleza afrodisíaca, que la misma Afrodita,
diosa del mar nacida de su espuma, le cediera para pagar a Paris su juicio
estético: era también la Independencia, la Libertad (la obligaron a casarse con
Hefesto, el dios más feo, pero bien que se resarció la diosa con sus amores
libre con Ares, con Adonis y, más significativo, con Anquises, padre venéreo
del fundador de la estirpe Julia, que fundaría Roma y que en ella imperaría).
Cosa nada rara, pues, como también se sabe, la razón
histórica y prosaica que la helénica épica disfraza de poesía no era otra cosa
que la lucha por la liberación de un dominio estratégico que sobre el
Mediterráneo oriental ejercían los troyanos en el estrecho de los Dardanelos,
lo que impedía el paso gratuito de los griegos a sus colonias del Mar Negro,
habida cuenta de los fuertes arnaceles de navegación que los dardanios
cobraban.
Pero si la Ilíada significa el triunfo de Europa sobre Asia
en lo que se refiere a la adquisición y explotación de los Valores Helénicos,
su más preclaro valor literario y poético se debe a que dio lugar a esa
variación sobre un tema de la Iliada que es la Odisea. En el segundo poema
homérico es la práctica totalidad del Mediterráneo oriental el que se convierte
en protagonista de una epopeya que tiene la particularidad de NO tener por tema
primordial la guerra: Ulises es nuestro primer aventurero existencial, y el
Mediterráneo de su odisea es el campo iniciático cuyas pruebas demoníacamente
divinas -como la misma existencia humana- el héroe deberá superar para alcanzar
la recuperación de su sereno y regio estatus en Ítaca: la calma que sucede a
las tempestades de la vida.
El mayor éxito de la Odisea es, como se sabe, el valor
simbólico de su aventura: hoy decimos que la vida humana, la existencia de los
existencialistas, es, con minúscula, una odisea, cuya superación iniciática es
el decepcionante descanso de la muerte, razón por al que el poeta Konstantinos
Kavafis nos invitaba a que “Cuando viajes a Ítaca/ pide que el camino sea
largo/ y rico en experiencias y aventuras.”
Sin embargo, como ustedes saben, la peripecia troyana estaba
por comenzar: la odisea de Eneas, hijo de Afrodita y abuelo ancestral y mítico de
los césares, contada por el homérico Virgilio, nos hablaría de cómo un troyano
fundaría un pueblo que conquistaría Grecia y Asia Menor y el Norte de África y
todo el litoral y adláteres interiores del Mediterráneo, siendo así los romanos
el primer pueblo que pudo llamar al Mediterráneo Mar Nuestro.
Pero, jugando con las palabras, tal como debe hacer siempre
toda buena literatura, hablar de Nuestro Mar Interior es lo mismo que decir que
nuestro interior es como un mar. Como un Mare Nostrum. Y nuestra vida es como
un río que va a dar a la mar, que es el morir, como cantó Manrique. Si el Mar
es nuestro, navegar por la vida ya no es la aventura riesgosa por los
desconocidos avatares de la existencia como en la Odisea, la Eneida -o el viaje
de los Argonautas- lo que simboliza: lo que simboliza es algo tan conocido como
nuestro, algo que llevamos dentro y que es vía plural que nos pone en contacto
con nosotros mismos, pese a miedos al naufragio que, aparte de en los poemas
citados, pueden verse también por ejemplo en los poemas ovidianos del exilio
póntico o, dando un salto histórico, tanto en las novelas bizantinas y moriscas
de Cervantes y otros autores del Siglo de Oro, algunas testimoniales como El
viaje de Turquía, de Cristóbal de Villalón, como en las primeras páginas de
El Criticón de Baltasar Gracián que, también como se sabe, es una novela
que alegoriza la vida humana y que, comenzando con un naufragio en una isla
real (Santa Elena, aunque ésta sin hache, y no de Troya, aunque sí de otro mar
que entonces era nuestro), acaba con la conquista espiritual de esa Ítaca que
es la Isla de la Inmortalidad.
Así, Gracián es un buen complemento de Manrique puesto que
en el mar de éste -que es el morir- se yergue la inmortalidad de aquél, que es
el vivir eternamente.
Aquí es donde surge el problema moderno: el jesuita era
creyente. Los existencialistas y, en concreto, por ejemplo, Camus, no.
Todo empieza precisamente con un cambio de hegemonías:
enseñoreaba la corona española un imperio en donde no se ponía el sol sobre los
siete mares y una victoria naval en pleno Mediterráneo oriental, prácticamente
en el Egeo de la Odisea, en Lepanto, contra el Islam de los turcos otomanos,
-así como el descubrimiento de Colón- nos había hecho dueños del Mar Nuestro y
del Otro Mar Nuestro, el Atlántico, respectivamnte (y no acabábamos de
relamernos por la euforia de la victoria, cuando el desastre de la Invencible
con el Felipe II empezaba a marcar la decadencia que culminaría con otro
desastre naval, esta vez junto a la isla de Cuba en 1898, y contra la que sería
a partir de ese momento potencia hegemónica durante el próximo siglo XX, los EEUU),
y Gracián lo cantaba en su exaltada artística prosa mirando hacia las glorias
del reciente pasado, y sin nada saber de las desgracias del los dos siguientes
siglos futuros, pero mientras tanto los países que en seguida pasarían a ser
modernos daban lugar, si bien con dificultades de parto, a Galileo, a
Descartes, algo después a Newton, y, mientras España perdía el tranvía de la
renovación y la modernidad, Francia, Italia, Inglaterra tomaban el relevo, luego
Estados Unidos, y ya en pleno siglo XX nos encontramos derrotados, necesitados
de regeneración, modernización, lo que era lo mismo que decir europeización,
porque no queríamos decir afrancesamiento ni anglificación, y hete aquí que nos
encontramos con la siguiente paradoja: el desastre del 98 produce la obra del
primer existencialista europeo del siglo XX: Miguel de Unamuno escribe Del
sentimiento trágico de la vida y El Cristo de Velázquez antes de que
Sartre se hubiera puesto los pantalones largos: y es que la guerra de cuba fue
para nosotros tan impactante y conmovedora como para el resto de Europa la 2ª
Guerra Mundial.
Y, anécdota curiosa, la obra y la vida del exitencialista
heterodoxo Camus, que tanto pendenciara con Jean-Paul, se hace a salto de Mediterráneo,
entre Argel y París, siendo ese mar de la odisea humana más suyo que de nadie,
por experiencia personal.
Pues bien, el racionalismo de la Ilustración, que en España
fue minoritario, que le costara a nuestro gran poeta Meléndez Valdés su
punición por afrancesado cuando la Guerra de la Independencia de 1808, y que a
Napoleón le acabara costando a la postre su exilio en Santa Elena (también sin
hache y no de Troya), dió a Francia, como la Enlightment al mundo anglosajón,
una mentalidad moderna abierta al descubrimiento científico, que entre nosotros
no llegará sino con Ramón y Cajal, lo que, puesto que la ciencia nació a
contrapelo de la religión -y, si no, que se lo pegunten a Galilei-, daría lugar
a la famosa y paradigmática conversación entre Napoleón y el científico por
antonomasia del siglo XIX, Pierre-Simon de Laplace. Como se sabe, el emperador
le preguntó al sabio qué lugar ocupaba Dios en su científica cosmovisión, y el
científico, como se sabe, le contestó: Sire, no he necesitado de tal hipótesis.
Y entonces ya estaba liada la de Dios no es Cristo. Porque
Dios es sólo una hipótesis científica obsoleta. Y pese a rebeliones de
románticos, simbolistas y modernistas, cada uno inventando sus nuevas o
recicladas mitologías antirracionalistas o al menos aticientifistas, algunas de
ella satánicas o gnóstico-herméticas como la de Byron o Baudelaire, los
existencilistas de postguerra, contemplando de cuánta maldad arbitraria e
injustificada era capaz la realidad del mundo, concluyeron que la vida humana
era absurda y sin sentido, una pasión inútil.
El extranjero llega a decir que asesinó por culpa del
sol que brillaba con mediterránea intensidad mareante, y nadie lo entiende, con
excepción de los lectores de su historia.
Porque ya en aquel Camus se adivinaba el siguiente, el que
afirmaría que precisamente porque no están en el mundo todos los valores que se
fueron con la nietzscheana muerte de Dios, precisamente por eso, somos los
seres humanos los que tenemos que traerlos al mundo, reinventarlos, redescubrirlos,
importando, desde nuestro consciente ateísmo, como el San Manuel Bueno de
Unamuno, todo lo que de divino pueda haber en la creatividad de la imaginación
humana, para que así la inexistencia de un Dios de Justicia, de Solidaridad, de
Libertad y de Amor, no sea incompatible con, ni obstáculo para, la existencia
de sus más divinos y humanos atributos.
Porque aunque Santa Elena exista, y Helena de Troya, aunque ésta
sólo en tanto que mito, es la Belleza del Divino Valor lo que motiva nuestra
existencia y le da Valor Divino a la misma en sí misma, y nuestra lucha por
esos divinos valores podemos decir muy camusiana y anti-sartrianamente nos da el
valor suficiente para crear un sentido en el que poder vivir para ganarnos,
después de tanta odisea y tanta navegación, el merecido descanso eterno de una,
aunque inexistente, divinísima (y ética) Ítaca, que equivaldrá para nosotros a
la gracianesca Isla de la Inmortalidad.
Aunque dicha inmortalidad sea sólo un mito. Por que lo más
interesante de la odisea por el mar interior de nuestra existencia es la
helénica, selénica, lunática si se quiere, motivación divina de nuestro ser tan
sólo -y tanto como- seres humanos capaces de poesía, esa poesía que inventa los
valores por los que la existencia merece la pena de su experimentación.
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