lunes, 2 de septiembre de 2019

La religiosidad poética simbolista de Altolaguirre


: notas para una lectura filantropológica:

Una de las primeras curiosidades que saltan a la vista cuando se hojean las Poesías completas de Manuel Altolaguirre es la frecuencia con que en sus páginas aparecen ciertas palabras características. Por ejemplo: la palabra “nube”, sólo en los títulos de los poemas, puede leerse unas cinco veces, y siempre con el mismo significado religioso: la nube, en tanto que vapor celeste, es un símbolo de ascensión espiritual; y puesto que las nubes son agua, todos los estados de ésta se contagiarán del simbolismo de aquélla: la lluvia será símbolo de fertilidad y de nacimiento (aunque también de caída); las corrientes de los ríos serán símbolo del fluir del tiempo y de la vida; y la mar será símbolo de la muerte, pero también, al ser origen ─por evaporación─ de las nubes, lo será de resurrección. Y todo el conjunto es símbolo sistémico (atención al término) de la creatividad cíclica de la naturaleza. Además todos estos estados o fases del agua se dan a menudo juntos en los poemas del malagueño, lo cual no es de extrañar, habida cuenta de que todos son fenómenos no sólo física, sino ─por ello─ metonímicamente relacionados.
Pero asociado a este simbolismo físico del agua hay en la obra del poeta otro de igual o semejante significado que, integrado con frecuencia en el paisaje simbolizante que la nube corona, representa una suerte de contrapunto metafórico: el árbol. Con frecuencia este otro símbolo extiende, en los versos de D. Manuel, su copa (término siempre usado con intención dilógica, por cuanto siempre hace referencia en su segundo sentido a una copa recipiente) para recibir el vivificante producto de la elevada causa celeste. El árbol, por ende, es símbolo que entraña significaciones contrarias, porque en tanto crece hacia arriba simboliza elevación, pero en tanto hunde sus raíces en lo oscuro de la tierra madre simboliza descenso ad inferos, intimación en las tinieblas, aunque también origen, de modo similar a como las semillas (e incluso las hojas, como se verá) simbolizan renacimiento; y además el tronco, que simbolizaría el nivel de contacto con el mundo fenoménico ─este mundo─, aporta otras dos significaciones: su interior, transido de acuosas savias que ascienden por las venas del árbol hasta el ramaje de la copa es símbolo de ascensión, pero su corteza es símbolo de ascesis: protegiendo la médula de los ataques del mundo sufre la mortificación de su rechazo, lo que vale como inicio de una vía purgativa, previa a la iluminación y el éxtasis.
Pues bien. Podría perfectamente describirse este aspecto temático de la obra poética de Altolaguirre a partir de los estudios de antropología de la religión que llevara a cabo Mircea Eliade en su Tratado de historia de las religiones (v. biblio.), sobre todo si usamos de los elementos de análisis mito─morfológicos de los capítulos dedicados a “Las aguas y el simbolismo acuático” (cuyo primer apartado las pone en relación con los gérmenes y, por tanto, con las semillas y lo germinal o seminal) o a “La vegetación. Símbolos y ritos de renovación.”, en donde repasa todas la semántica simbológica del árbol.
Por otro lado, Altolaguirre muy a menudo asocia metafóricamente la lluvia al llanto, metonimia causal (efecto por causa) psíquica del sufrimiento ─que suele ligar de nuevo al concepto de ascesis─, y, lo que es más interesante: la nube al sueño. Interesante, digo, porque la metáfora emparenta dos campos diferenciados por todo pensamiento dualista: el físico y psíquico.
Y es esto último lo que me permite un segundo examen antropológico de la poesía de Altolaguirre, esta vez a la luz de las ideas de Gilbert Durand sobre Las estructuras antropológicas del imaginario (v. bibl.), de donde tomo casi toda la terminología: porque todos los símbolos del malagueño aparecen registrados en la obra antropológica del francés, quien los estudia a partir de la arquetipología junguiana.
Por fin, para estudiar las relaciones simbólicas metafóricas, metonímicas y trópicas o figurativas en general ─e incluso lógicas─ que articulan el sistema de imágenes que estudiamos, interesa tener presente las ideas de Paul Ricoeur sobre la semántica de La metáfora viva (v. bibl.), en especial los capítulos dedicados a la función referencial del lenguaje metafórico, “Metáfora y referencia”, que incluye un interesante estudio del concepto de “verdad metafórica”, y también al que estudia las relaciones sobre “Metáfora y discurso filosófico”.
Dadas las necesariamente restringidas dimensiones de este ensayo, sólo podré dar estas pocas muestras de lo que podría ser una lectura antropológica del simbolismo poético─religioso de Altolaguirre.
Quien en Las islas invitadas de 1936 escribía:

Ni un músculo se mueve
en tu fuga veloz, nube tranquila;
no eres ya como el cuerpo
líquido que saltaba
en la tierra, en tu vida,
no eres ola ni río,
eres un alma o ángel
que, pese a su blancura,
ha de ser condenado
a descender su túnica
en lluvia, nieve o llanto.

La nube es metafóricamente espíritu puro, descarnado e incorpóreo, que al estar en el cielo ya no está en la vida o en la tierra, id est, es el alma angélica de un cuerpo muerto; por ello llover o nevar es lo mismo que volver a la tierra: nacer, lo cual se entiende como una condena penosa y, por lo tanto propiciadora de llanto, ergo: nacer es una caída. Pero como dice en de Las islas… del 44:

Oh libertad errante, soñadora,
desnuda de verdor, libre de venas,
arboleda del mar, errante nube;
si en lluvia el desengaño te convierte,
la forma de mi copa podrá darte
una pequeña sensación de cielo.
Vuelve a la tierra, oh mar, vuelve a la vida,
a las cadenas de los largos ríos,
a las prisiones de los hondos lagos;
vuelve afilada a penetrar mil veces
angostos laberintos vegetales.
(…)Todo sueño que es nube se deshace(…)
No sueñe más el agua y tenga vida
En la savia o la sangre(…)

La nube yerra libre de venas, o sea, sin sangre, y sin verdor de vida vegetal, sin savia: no vive; y no lo hace porque la nube es arboleda del mar, bella metáfora que nos permite visualizar la evaporación como si fuera ramazón boscosa de unos árboles cuyas copas blancas serían precisamente las nubes, cosa que hace que su interlocutor poético adopte el rol de árbol cuya “copa” puede ser como un pequeño “cielo” inverso, sito abajo, en la tierra, y que puede, así, amortiguar el efecto penoso de la caída pluvial. Así la vida de la nube no es animal ni vegetal, no es natural, acaso porque sea sobrenatural. Pero sobrenatural en este poema no implica vida eterna: la nube es sueño y los sueños se deshacen en metafórica lluvia, lo que implica volver a la realidad de la vida: despertar/nacer. Por eso invita al mar, símbolo de muerte, a que vuelva a la vida, a los ríos y lagos, y a que se vuelva savia que vivifica la vegetación y sangre vivificadora de la carne. Y eso es lo mismo que dejar de soñar. Sólo que el sueño/nube parece ser el único camino que tiene el mar para volver a la vida. Teniendo en cuenta que el “sueño eterno” es metáfora lexicalizada de la muerte y que toda nube está “condenada” a deshacerse en “llanto”, el poeta parece contradecir dos cosas: la eternidad de la muerte (lo cual implica nuestra condena a renacer, cosa que me hace recordar creencias pitagóricas, búdicas o hinduistas) y a sí mismo, porque, si toda condena es indeseable por llevar impuesta una pena, de sentido común es preguntarse cómo se puede desear vivir o renacer, siendo además la falta de libertad condición sine qua non de toda condena. Más énfasis en la contradicción si recordamos estos versos:

Como el alma de un río,
como el sueño de un árbol
la nube por el cielo
desdeñosa, avanzando,
desprecia las miradas
amorosas del campo.
Perderá su hermosura
deshaciéndose en llanto
cuando su amor conceda
a la sed de unos labios.
No te entregues, blanquísima
virgen de los espacios,
que tu amante es el polvo
y tu amor será el barro

En qué quedamos: ¿que llueva o que no lleva? ¿Renacemos y vivimos nuestra vida terrestre sin libertad y con pena? ¿O nos quedamos en las nubes, libres y sin pena, lejos del polvo del memento mori y del barro de Adán? La nube ha sido definida como alma de un río/vida y “sueño de un árbol”: libertad espiritual de quien no la tiene ni para moverse de su sitio. (Idea que, por otra parte, negará en el machadiano “A un olmo” describiendo la “lenta libertad” del árbol como un desarrollo arborescente que culmina en las hojas y frutos de la copa: “estás bien arraigado, pero creces,/ y conquistas el cielo sin derrota” ─subr. mío─. Es una libertad arraigada, a diferencia del propio poeta que no logra sentirse hermano del árbol porque va “suelto” por el mundo. Parece contradecir lo anteriormente dicho sobre la libertad espiritual de la nube.) Pero más:

Roca maternal, te olvido
buscando el mar de la muerte,
dibujando un largo río
de recuerdos trasparentes.
Agua primera de vida,
voy con un blanco torrente
detrás, que me empuja y brama
vida de nubes y nieves.(…)
Mi vida está enamorada,
su prometida es la muerte.

Vemos como el poeta habla del manantial de su nacimiento, el río de su vida, de la potencia de las nieves nevadas por las nubes, o sea del empuje del mundo espiritual del sueño que, trasformado en nieve caída alimenta la vida de su futura y querida muerte: a la pregunta sobre si el poeta desea permanecer en el mundo espiritual del sueño como la nube a la que invita a no corresponder al amor de la tierra y de la vida mortal, o si desea la caída del espíritu libre para que se produzca la condena del nacimiento, o si el amor de su vida es la muerte porque para el poeta implica resurrección (puesto que las evaporaciones del mar indican ascensión al cielo), cerrando de este modo un ciclo que Eliade denomina eterno retorno, contesta el propio poeta resolviendo las aparentes contradicciones:

No hay muerte ni principios.
Sólo hay un mar donde estuvimos y estaremos.(…)
Nuestra vida dibuja
su ascensión y descenso
sobre ese mar humano,
donde la humanidad realmente vive.
No hay muerte ni principios.
Sólo hay un árbol grande
que sacude sus hojas
para nutrirse de ellas
cuando caigan al suelo.

Es decir: no hay principio ni muerte; pero el mar humano no deja de ser un humano símbolo de la muerte: en ella realmente vivimos. Curiosa paradoja que se explica si pensamos que el poeta nada ha dicho de nacimientos y finales: se nace, sí, pero eso no es el principio; se acaba la vida, sí, pero eso no es la muerte. Porque la muerte no es el final; porque no es eterna: es cíclica como ese inmenso “árbol”, símbolo cósmico según Durand, que se despoja de sus hojas para alimentarse de ellas: la “ascensión y descenso” de las almas implica una autoalimentación (¿o feedback?) de un único sistema.
Tenemos, pues dos sistemas simbólicos emparentados: el ciclo de las aguas es metafóricamente semejante al del árbol cósmico.
Y me pregunto: si la concepción lineal del tiempo se origina en el monoteísmo bíblico ¿cómo encaja Dios, a Quien el poeta tanto alude, en un sistema temporal cíclico, tan pagano en su forma:
Sentidos ignorados del Universo:

(…)¿En qué vísceras yo, Dios mío estoy?
(…)Es tu cuerpo, Dios mío el Universo?
¿Estás en lo creado
como el alma en la carne
o tienes la arboleda de tu sueño
alborotada, fuera de tu frente,
en la Nada infinita,
igual que yo en tu mundo?

Se trata de una pregunta metafísica: ¿El Universo y Dios son cuerpo y alma en el mismo sentido en que lo somos los seres humanos? ¿O el Alma de Dios creador (recuérdense las correspondencias entre ascensión, arboleda, copa, nube, sueño, alma) está “alborotada” (nótese la paronomasia) en la Nada exterior a Él, como tiene el poeta su arboleda/sueño/alma en el mundo de Dios? Si los sueños son ilusiones y el poeta sueña con Dios y los sueños de Dios están en la Nada, ¿no será el Dios de los sueños del poeta una nada, una mera ilusión?
Pues parece que no:

Mi cuerpo,
no te separes de tu sombra,
que se muere.
Que se muere el cuerpo
(sombra que es del alma).
Alma,
no te separes de tu cuerpo.
Que se muere el alma
(sombra que es de Dios).
Dios mío,
no te separes de mi alma,
que se muere.

Lo mismo que el cuerpo tiene más entidad ─es más real─ que su sombra, el alma tiene más entidad que el cuerpo (que moriría sin ella), y Dios tiene más entidad que el alma (que sin Él moriría): luego si Dios es el ser de mayor entidad, es ser más real, podrá ser considerado alma del Cosmos incluso si nosotros fuéramos producto de sus sueños arbóreos en la Nada, porque los sueños de Dios son más entitativos y reales que nosotros mismos: sueño/copa/nube/Alma, subrayo la mayúscula, son la causa y la Causa, fons y origo. Ahora bien: ¿no resulta contradictorio hablar de Causa del Cosmos si no hay “principios”? La respuesta en “Olvido”:

Dios mío, estoy
en tu Voz sin espacio ni tiempo,
entre otras voces tuyas creadoras
(…) Ahora me burlo de mi cuerpo,
de mi sensible cuerpo que cogía
líneas, perfumes, roces y sonidos,
queriendo despertarme
cuando yo desvelado vislumbraba,
más allá de la forma, tu reinado.

El poeta se siente vocablo de la Voz de Dios y de otras voces de Dios también creadoras (¿las fuerzas creadoras de la Naturaleza?), que es por una parte sentirse un cristo, Verbo de Dios, y por otra, Palabra creadora, herramienta poética con la que Dios crea el mundo: fiat. Pero lo más interesante es que esa voz es eterna (sin espacio ni tiempo) y lo eterno parecía no existir en la cosmología poética de Altolaguirre: es porque las palabras y las percepciones crean formas y esas formas conforman la Naturaleza y el Cosmos; no obstante, más allá de la forma está el “reinado” de Dios (pregunta: ¿más acá no?; respuesta: “quédate mundo, adiós”: Dios no reina en el mundo: rasgo de carácter gnóstico, que enfatiza la necesidad de una ascesis mundana para ver más allá: “Era mi dolor tan alto/ que miraba al otro mundo/ por encima del ocaso”: Que es como decir que el dolor lo eleva de tal modo que hasta puede ver lo invisible: lo que está más allá del último horizonte: el “otro mundo”.) Puede, pues, verse que el concepto clave es más allá: allende el mundo hay otro; allende las formas reina Dios. Pero allende las formas sólo puede estar el Caos informe: ¿es Dios el Caos? Difícilmente si allí reina, impone orden, Dios. ¿Orden sin formas? Sin espacio ni tiempo. Parece que estuviera hablando de la singularidad originaria del big bang que, según la ciencia vigente, produjo el Universo. De hecho, las primeras formulaciones teóricas que aventuraban la teoría cosmológica actual, las de De Sitter o Lamaitre, se hicieron poco después de la publicación de la Teoría General de la Relatividad de Einstein en 1916, y ya en 1930, fecha de publicación de estos poemas, habría tenido tiempo Altolaguirre de obtener alguna noticia de ellas. Pero eso no es lo más importante: más allá de las formas sensibles de la percepción, cuya condición gnoseológica, según Kant, son el espacio y el tiempo, sólo puede estar el incognoscible “noúmeno” (fons y origo del mundo fenoménico, aunque real, de la física); “cosa en sí” que, al ser ajena a las formas a priori de nuestra sensibilidad, no puede tener volumen o tamaño ni duración, o así pienso que pudo entenderlo nuestro poeta, porque para él lo único existente, en tanto que no aparente o no fenoménico es ese noúmeno eterno: Dios, lo único real en sí, la Entidad fundamental sin la cual las demás entidades son como sombras sin cuerpo, Que se halla más allá de las formas a priori, del espacio y el tiempo: recuérdense expresiones altolaguirreanas como “mundo inexistente”, “Nada existe” o “No existo”). La última pregunta sería: cómo puede vincularse la eternidad sin tiempo con un mundo en que dicho tiempo se concibe cíclicamente (o rítmicamente, en términos de Durand): de nuevo Altolaguirre nos responde: la eternidad es “tiempo a vista de pájaro”: mirar el decurso temporal desde una perspectiva celeste. Sin embargo, es el propio tiempo “inteligente” el que permite la visión del más allá:

Un reloj inteligente
mueve en el cielo sus brazos,
y sus dos flechas cautivas
descorren celajes blancos
mostrando glorias posibles
alrededor de sus ángulos.
Velocidades de hélices
enturbian su centro opaco(…)

Las “glorias” están más allá de los límites y horizontes del mundo, pero el torbellino helicoidal, caótico está en el centro del ciclo o del círculo virtuoso que traza el tiempo de la mente inteligente. El turbulento caos es el motor de creatividad cíclica, y está en el centro del círculo temporal y fenoménico. Pero hay “glorias posibles” más allá de los “celajes blancos” o nubosos/espirituales visibles, cielo extracósmico incognoscible, o sólo cognoscible mediante la experiencia mística, si bien debe apuntarse que esta descripción analítica es pobre, porque localiza en el espacio una entidad que no está sometida al mismo, o está en ninguna parte.
Finalmente obtenemos una correspondencia de sabor hermético o alquímico entre el macrocosmos, el Universo, y el microcosmos, el ser humano:

Nube a nube, hasta muy hondo
haciéndome un alma estoy
dentro de mí, donde gozo
tristezas que se hacen luces
y música, donde lloro
deleites que se hacen humo,
Humo negro y silencioso.

Las nubes/sueños del poeta eran un viaje íntimo hacia un fondo o centro tenebroso (vale decir: caótico) de donde, enfrentado a sus contradicciones, expresadas por los oxímoros (rasgo típico de la mística), un deleitoso “humo negro” llorado nuevamente asciende hacia los cielos, si bien ahora su color es negro como la noche oscura del alma. En el “Soneto en elogio del sentimiento místico” volverá a expresar lo mismo, ahora mediante el también recurrente símbolo del árbol:

Árboles que tenéis corteza dura
insensible a la yedra trepadora,
de terrestres amores defensora,
mostráis en cambio vegetal ternura
en los últimos brotes que, en la altura
del cielo, abren los labios de su flora
a la amorosa luz que en esta hora
derrama en ellos toda la hermosura.
Así los hombres tengan como escudo
una insensible piel a las bajezas
de amor que ofenden ese noble empeño
con que alcanzar la cumbre del bien pudo
aquel que, haciendo alarde de cortezas,
abrió sus flores a un celeste dueño.

Tras los celajes nubosos espirituales (antes descorridos por la agujas del reloj inteligente), la “amorosa luz” del sol, símbolo de un “bien” sito más allá de los sueños, que son la aventura del alma, fecunda ahora las flores que se abren en la copa para recibirla. (La analogía Bien/Sol estaba ya en Platón, aunque su origen debe ser tan antiguo como la imaginación y el lenguaje humano: consúltese el capítulo “El sol y los cultos solares” del ya citado libro de Mircea Eliade.) La luz solar constituiría un nuevo sistema simbólico que se imbricaría con los otros (agua/árbol/sueño) que aquí hemos estudiado. Quede, por razones de espacio ─y por ahora─, la cosa aquí.
***
Un último comentario a modo de conclusión muy sumaria y precipitada: atendiendo a la tesis de Ricoeur que defiende que las metáforas y en general toda figura poética tiende a cumplir una función de catacresis dando nombre (e imagen) a lo que, de otra manera, no lo tendría; y teniendo, por fin en cuenta la tesis de Bunge (v. bibl.); la de que todo conjunto organizado sistémicamente posee la facultad de crear “propiedades emergentes” que no existen en los elementos componentes individualizados por el análisis ─lo que implica el hecho de la creatividad natural de todo conjunto sistémico─; teniendo en cuenta todo esto, digo, no sería descabellado apostar a favor de la fantástica trascendental de Durand, que ve en las constelaciones sistémicas de símbolos de la imaginación, fundados en viejos arquetipos de la psique, no ya una ficción falsa e irreal, sino una facultad psicolingüística creadora por catacresis de verdades emergentes.
La poesía de Manuel Altolaguirre parece demostrarlo.
────
Obras citadas.-
Bunge, Mario, Emergencia y convergencia, Gedisa, Barcelona, 2003.
Durand, Gilbert, Las estructuras antropológicas del imaginario, FCE, Madrid, 2004.
Eliade, Mircea, Tratado de historia de las religiones, Cristiandad, Madrid, 1981.
Ricoeur, Paul, La metáfora viva, Trotta, Madrid, 2001.


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