Realista es alguien que cree
ciegamente en la realidad. Y los ciegos no ven.
Hugo de Los
Kasner y Newman, en
su libro Matemáticas e imaginación
(Salvat, Barcelona, 1994) hablaron de un curioso aparato: el matescopio. Era
curioso porque era un aparato inmaterial, pero no por ello inexistente: servía
para aumentar nuestra capacidad de visión, de la misma manera en que lo hacen
el telescopio y el microscopio (y de ahí su nombre). Pero si estos últimos se
caracterizan por estar contruidos de metal y vidrio, el matescopio se
caracteriza por estar hecho de conceptos y reglas para combinarlos. Por
supuesto que el matescopio no es otra cosa que las propias matemáticas
consideradas en conjunto.
En efecto, lo mismo
que el telescopio ha aumentado nuestro alcance de visión dilatando nuestro
horizonte hasta galaxias remotísimas, y el microscopio ha aumentado la
precisión de nuestra visión concentrándola hasta el tamaño de los átomos de
silicio, el matescopio, o sea, la imaginación racional de la matemática ha
dilatado los antes estrechos confines de nuestra capacidad de experiencia hasta
los bordes inexistententes del propio universo, e incluso hasta el instante
inmediatamente posterior al origen del mismo. Observando los rasgos objetivos
del universo actual y próximo, los astrofísicos y cosmólogos han podido
deducir, haciendo un esfuerzo de imaginación matemática, rasgos del universo
remoto a los que nunca podremos llegar con la visión de nuestros ojos.
El interesante
problema que suscita la efectividad visionaria
de la matemática (esto es, "¿Por qué un producto subjetivo, una creación
pura de la razón, de la mente humana, funciona tan eficazmente para describir
la realidad objetiva?") llevó al químico físico de Oxford Peter W. Atkins,
en la nueva edición de su libro Cómo
crear el mundo (Grijalbo Mondadori, Barcelona 1995) a una posible respuesta
inspirada en la Gramática Generativa de Noam Chomsky, y que Atkins ha
denominado hipótesis del estructuralismo
profundo.
Como se sabe,
Chomsky supone que "los cerebros tienen una capacidad innata, parecida al
hardware, para el lenguaje. El habla es, por tanto, una especie de estructura
superficial que se genera -se trasforma- a partir de una estructura
innata". Todos los cerebros humanos parecen tener la misma estructura
innata -la facultad del lenguaje- pero sus estructuras superficiales dependen
del entorno cultural en donde hayan aprendido el código específico de su
lengua: español, inglés, etc. "La estructura profunda es innata y
esencialmente idéntica" en todo ser humano, pero "la estructura
superficial es diferente" dependiendo del entorno de su educación. Pues
bien: la hipótesis del estructuralismo profundo supone que la Naturaleza por un
lado y la mente humana por otro tienen acaso estructuras superficiales
distintas pero la misma estructura
profunda. Lo que es lo mismo que decir que hay una lógica que es la raíz de
la razón matemática a la vez que la raíz de las leyes de la Naturaleza. El
mismo Atkins (quien, por cierto, se muestra a lo largo de su libro como un ateo
militante) insinúa que la idea del Logos
-raíz de la palabra "lógica"- de Heráclito, aquella especie de
divinidad inmanente que, según el filósofo griego, otorgaba a la Naturaleza su
razón de ser, o de sus cambiar, puede ser una idea científica verosímil. En
efecto, Heráclito de Éfeso, hace dos milenios y medio, explicó que el universo
podía ser entendido por los seres humanos porque todos llevamos dentro una
chispa divina de ese Logos en que se basa la Naturaleza.
Algo parecido
defendió Pitágoras, nuestro primer gran matemático conocido e inventor del
término "matemáticas", quien, afirma Atkins, intuyó "que la
armonía y, por ende, la belleza estaban aliadas con la estructura del
espacio".
Pero también, añado yo, intuyó lo que de
maravilloso hay en el hecho mismo de que el universo sea comprensible: Arthur
Koestler insistió mucho en su libro Los
sonámbulos (Salvat, Barcelona, 1994) sobre la idea de que la separación que
actualmante tiene lugar en el seno de nuestra cultura entre lo sagrado y lo
profano es una especie de traición al espíritu que dió origen al conocimiento
científico: porque el conocimiento matemático del mundo fue para Pitágoras, y
para la mayoría de los filósofos naturales primitivos -y no tan primitivos:
Kepler o Einstein pensaron lo mismo- una manera de adoración mental del Cosmos (palabra que también debemos a
Pitágoras y que significa "Orden"; pero también Belleza, y de ahí
“cosmético”: embellecedor-) cuya
armonía matemática, cuyas simetrías y proporciones, expresables por números,
eran espectáculo digno de admiración y de canto celebraticio: no olvidemos,
insiste Koestler, que Pitágoras fundó su orden monacal siguiendo el modelo de
las mal llamadas "sectas" órficas: grupos iniciáticos que tenían por
patrón simbólico a Orfeo, el poeta mítico, el que cantaba a la Creación de
manera tan solidaria que ésta se quedaba extasiada escuchándolo, del mismo modo
que todos los poetas auténticos que en el mundo han sido, (Pitágoras fue un
poeta de los números -y Fray Luis lo supo mejor que nadie-), se han extasiado,
recíprocamente, contemplando las maravillas de la Creación, sus
"ecoarmonías", si se me permite el neologísmo, y sus simetrías
profundas.
No en vano vengo
repitiendo desde hace años la cantinela de que "a veces hay más poesía en
un libro de física que en uno de poemas". Y digo que no en vano porque ya
hay poetas, e incluso poetas de la experiencia, a quienes no parecía interesar
hasta hace poco nada que no estuviera contenido dentro de los confines
inmediatos de la realidad de la vida cotidiana (de la estructura superficial de
las cosas), que han repetido más de una vez mi frase, e incluso hay quien me ha
hecho el honor de colocarla como titular de alguna entrevista a él dedicada,
señal de que uno no iba del todo descaminado en sus excéntricas afirmaciones sobre
física y poesía.
Y todo ello, además,
indica que los tiempos están cambiando: el fundador y principal abanderado de
la Poesía de la Experiencia, el galardonadísimo y superreconocido Luis García
Montero, dijo en la prensa que en poesía hay que abrir las ventanas a la
realidad, mientras que en algún poema del libro motivdor de aquella interviú,
muy acertadamente mi juicio, lo que hizo fue abrir su particular ventana al
mundo de los sueños.
Me parece que todo
esto no puede ser sino positivo. Pero me pregunto si los poetas conscientemente
soñadores, los que hemos reivindicado los sueños y los mitos y, en última
instancia, la imaginación inteligente como método poético de dilatación de los
confines de nuestra experiencia, vamos a ser algún mejor entendidos. Quiero
creer, aunque much me temo que no, que sí.
Después de todo,
todos llevamos dentro una chispa del Logos.
Lo que pasa es que
al actual fanatismo realista se niega a verlo.
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