domingo, 15 de septiembre de 2019

LOS CONFINES DE LA EXPERIENCIA


             Realista es alguien que cree ciegamente en la realidad. Y los ciegos no ven.
Hugo de Los

  Kasner y Newman, en su libro Matemáticas e imaginación (Salvat, Barcelona, 1994) hablaron de un curioso aparato: el matescopio. Era curioso porque era un aparato inmaterial, pero no por ello inexistente: servía para aumentar nuestra capacidad de visión, de la misma manera en que lo hacen el telescopio y el microscopio (y de ahí su nombre). Pero si estos últimos se caracterizan por estar contruidos de metal y vidrio, el matescopio se caracteriza por estar hecho de conceptos y reglas para combinarlos. Por supuesto que el matescopio no es otra cosa que las propias matemáticas consideradas en conjunto.
  En efecto, lo mismo que el telescopio ha aumentado nuestro alcance de visión dilatando nuestro horizonte hasta galaxias remotísimas, y el microscopio ha aumentado la precisión de nuestra visión concentrándola hasta el tamaño de los átomos de silicio, el matescopio, o sea, la imaginación racional de la matemática ha dilatado los antes estrechos confines de nuestra capacidad de experiencia hasta los bordes inexistententes del propio universo, e incluso hasta el instante inmediatamente posterior al origen del mismo. Observando los rasgos objetivos del universo actual y próximo, los astrofísicos y cosmólogos han podido deducir, haciendo un esfuerzo de imaginación matemática, rasgos del universo remoto a los que nunca podremos llegar con la visión de nuestros ojos.
  El interesante problema que suscita la efectividad visionaria de la matemática (esto es, "¿Por qué un producto subjetivo, una creación pura de la razón, de la mente humana, funciona tan eficazmente para describir la realidad objetiva?") llevó al químico físico de Oxford Peter W. Atkins, en la nueva edición de su libro Cómo crear el mundo (Grijalbo Mondadori, Barcelona 1995) a una posible respuesta inspirada en la Gramática Generativa de Noam Chomsky, y que Atkins ha denominado hipótesis del estructuralismo profundo.
  Como se sabe, Chomsky supone que "los cerebros tienen una capacidad innata, parecida al hardware, para el lenguaje. El habla es, por tanto, una especie de estructura superficial que se genera -se trasforma- a partir de una estructura innata". Todos los cerebros humanos parecen tener la misma estructura innata -la facultad del lenguaje- pero sus estructuras superficiales dependen del entorno cultural en donde hayan aprendido el código específico de su lengua: español, inglés, etc. "La estructura profunda es innata y esencialmente idéntica" en todo ser humano, pero "la estructura superficial es diferente" dependiendo del entorno de su educación. Pues bien: la hipótesis del estructuralismo profundo supone que la Naturaleza por un lado y la mente humana por otro tienen acaso estructuras superficiales distintas pero la misma estructura profunda. Lo que es lo mismo que decir que hay una lógica que es la raíz de la razón matemática a la vez que la raíz de las leyes de la Naturaleza. El mismo Atkins (quien, por cierto, se muestra a lo largo de su libro como un ateo militante) insinúa que la idea del Logos -raíz de la palabra "lógica"- de Heráclito, aquella especie de divinidad inmanente que, según el filósofo griego, otorgaba a la Naturaleza su razón de ser, o de sus cambiar, puede ser una idea científica verosímil. En efecto, Heráclito de Éfeso, hace dos milenios y medio, explicó que el universo podía ser entendido por los seres humanos porque todos llevamos dentro una chispa divina de ese Logos en que se basa la Naturaleza.
  Algo parecido defendió Pitágoras, nuestro primer gran matemático conocido e inventor del término "matemáticas", quien, afirma Atkins, intuyó "que la armonía y, por ende, la belleza estaban aliadas con la estructura del espacio".
  Pero también, añado yo, intuyó lo que de maravilloso hay en el hecho mismo de que el universo sea comprensible: Arthur Koestler insistió mucho en su libro Los sonámbulos (Salvat, Barcelona, 1994) sobre la idea de que la separación que actualmante tiene lugar en el seno de nuestra cultura entre lo sagrado y lo profano es una especie de traición al espíritu que dió origen al conocimiento científico: porque el conocimiento matemático del mundo fue para Pitágoras, y para la mayoría de los filósofos naturales primitivos -y no tan primitivos: Kepler o Einstein pensaron lo mismo- una manera de adoración mental del Cosmos (palabra que también debemos a Pitágoras y que significa "Orden"; pero también Belleza, y de ahí “cosmético”: embellecedor-) cuya armonía matemática, cuyas simetrías y proporciones, expresables por números, eran espectáculo digno de admiración y de canto celebraticio: no olvidemos, insiste Koestler, que Pitágoras fundó su orden monacal siguiendo el modelo de las mal llamadas "sectas" órficas: grupos iniciáticos que tenían por patrón simbólico a Orfeo, el poeta mítico, el que cantaba a la Creación de manera tan solidaria que ésta se quedaba extasiada escuchándolo, del mismo modo que todos los poetas auténticos que en el mundo han sido, (Pitágoras fue un poeta de los números -y Fray Luis lo supo mejor que nadie-), se han extasiado, recíprocamente, contemplando las maravillas de la Creación, sus "ecoarmonías", si se me permite el neologísmo, y sus simetrías profundas.
  No en vano vengo repitiendo desde hace años la cantinela de que "a veces hay más poesía en un libro de física que en uno de poemas". Y digo que no en vano porque ya hay poetas, e incluso poetas de la experiencia, a quienes no parecía interesar hasta hace poco nada que no estuviera contenido dentro de los confines inmediatos de la realidad de la vida cotidiana (de la estructura superficial de las cosas), que han repetido más de una vez mi frase, e incluso hay quien me ha hecho el honor de colocarla como titular de alguna entrevista a él dedicada, señal de que uno no iba del todo descaminado en sus excéntricas afirmaciones sobre física y poesía.
  Y todo ello, además, indica que los tiempos están cambiando: el fundador y principal abanderado de la Poesía de la Experiencia, el galardonadísimo y superreconocido Luis García Montero, dijo en la prensa que en poesía hay que abrir las ventanas a la realidad, mientras que en algún poema del libro motivdor de aquella interviú, muy acertadamente mi juicio, lo que hizo fue abrir su particular ventana al mundo de los sueños.
  Me parece que todo esto no puede ser sino positivo. Pero me pregunto si los poetas conscientemente soñadores, los que hemos reivindicado los sueños y los mitos y, en última instancia, la imaginación inteligente como método poético de dilatación de los confines de nuestra experiencia, vamos a ser algún mejor entendidos. Quiero creer, aunque much me temo que no, que sí.
  Después de todo, todos llevamos dentro una chispa del Logos.
  Lo que pasa es que al actual fanatismo realista se niega a verlo.

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