I.
Habitualmente la
derecha neoliberal más inculta, que con no poca frecuencia suele ser la más
pobre, suele defender que es necesario, para poder favorecer a las clases
desfavorecidas, dar votos de transitiva confianza a los Grandes Empresarios,
mediante el voto en urnas a la derecha más vendida a sus Magnas Corporaciones
Económicas, que son a menudo multinacionales y, por lo tanto, apátridas, aunque
curiosamente muy poco cosmopolitas por la catetez de su provincianismo egoísta,
habida cuenta de su supuesto de que es cierta la falacia de que gobernar
en interés de esos Super-empresarios los incentiva a reinvertir sus ganancias en
empresas que creen nuevos puestos de trabajo.
Los progresivos y
antiprogresistas últimos 30 o 40 años de Historia Económica occidental han
largamente demostrado que esto no es en absoluto así, sino más bien todo lo
contrario:
Cuanto más se ha
legislado a favor de los Magnates Capitalistas, en pro de la liberalización o
desregulación estatal de sus actividades financieras, los excedentes de beneficio que de ese modo se hayan obtenido han ido a
parar mayormente a
a) paraísos
fiscales, donde ese capital beneficiario no reinvertido renta a sus propietarios -de dinero- tales
cantidades de rendimientos por interés que los desincentiva y desestimula y los
disuade de invertir sus inversas pero no invertidas inversiones en nuevas
empresas, porque invertir en ellas es más riesgoso que absorber el brutal producto
de los intereses astronómicos que rentan sus depósitos bancarios.
b) O los estimula
e incentiva y persuade a invertir en empresas sitas y con sede en Tercer Mundo,
fuera de su Patria, donde la mano de obra es más barata y explotable −aún−, en zonas deprimidas y oprimidas
en donde todavía ni se ha olisqueado en la atmósfera mental ni el más remoto
concepto relativo al de Estado de Derecho.
c) O se ha financiarizado esecapital, id est: no se
ha invertido en necesaria producción de bienes de necesidad y consumo, o
riqueza real, sino en una riqueza ficticia o fantasmal: en desmesuradas
operaciones riesgosas que podríamos en resumen agrupar bajo el concepto de mercado de futuros: deuda, seguros,
apuestas en el juego de la bolsa, comercio de divisas, etc.
Y es aquí donde
se forma un ouroboros económico, o pescadilla
autocaníbal que no sólo es la cola lo que se muerde, y sino que, en verdad y a
la postre, es devorada por un comensal sobre- (y ultra-) plebiscitario cada vez
menor y más opulent: “una espiral viciosa en sentido descendente” (la expresión
es de Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, 2001, en El precio de la desigualdad, Madrid 2014)
que nos guía desviadamente y desorienta ennortándonos hacia la ruina y hacia la bancarrota de Todos por penuria inducida desde Arriba
(y Afuera):
Si hay menos
empresas industriosas y productivas, hay menos puestos de trabajo y, en
consecuencia, los potenciales consumidores cada vez más empobrecidos compran
menos, porque no pueden hacerlo: entonces los grandes empresarios, por mor de
no obtener menos beneficios, cierran fábricas poco rentables y despiden al
personal, lo que hace aumentar el paro que, agotándose los subsidios de
desempleo que cada trabajador se ha pagado y ganado con el mérito de su tiempo
de cotización (por injusta ley dictada como consecuencia de la falta de
inversión por parte del Estado en el Gasto Público −por razón de insolvencia pública
causada por inicuos rescates estatales a bancos mal gestionados por expolíticos
corrompidos por su accesibilidad al Chollazos vía Puertas Giratorias−), y así el número de los
consumidores insolventes aumenta; y los empresarios, al ver que venden menos,
dejan de fabricar tanto como antes y despiden más todavía: y así en una espiral
viciosa descendente o un círculo vicioso negativo que no lleva a ninguna parte,
como no sea a devorarnos de autocaníbal modo a nosotros mismos, es decir: al
igualitarismo de la miseria universal:
Porque, si no se
produce casi nada, o nada, casi nada o nada puede comprarse ni venderse, y en
ese caso el dinero en sí no es más que montones de papel mojado que no sirve
como herramienta cuya función es precisamente facilitar la compraventa
comercial de productos de diversa índole intercambiable: habría, si se sigue
esa senda improductiva, según esta extrema e hiperbólica hipótesis,
multimillonarios que no tendrían casi nada o nada que comprar a casi nadie o nadie,
y menos a ellos mismos, que no producen casi nada o nada, ni aun para sus primeras
y básicas necesidades.
Y este sendero
es, aunque asintótica, inexorablemente descendente hacia la ruina y la
extinción por hambre y necesidad.
No es, pues, de
extrañar que ya haya habido quien propusiera una Ley de Emergencia, que los Ricachones,
si fueran listos, y no digamos ya si sensatos e inteligentes (la moralidad
solidaria con los más ni siquiera se la supongo), deberían aceptar en pro de su
propio beneficio: el de sobrevivir como Ricachos.
Pero qué ciega es
la avaricia.
Por otro lado,
desde luego que la situación es de una urgente emergencia para todos los demás,
que seremos los primeros en morirnos de inanición.
Y por eso digo:
al fin un político, un grupo de ellos que, con sensatez ha propuesto propuso una Ley de Emergencia Económica. Pero hasta se
han reído sus enemigos de él o de ellos y, lo que es peor, el pueblo
trabajador, que siendo el mayor beneficiario de esa ley, lo o los ha calificado
de utópicos.
Y sí se puede.
II.
La palabra emergencia es muy interesante: emerger es lo contrario de sumergir o sumergirse, irse por el sumidero a los abismos del cieno y la
basura, a las simas de lo desconocido en donde no estaríamos adaptados −no hay tiempo de hacerlo− para sobrevivir.
Una situación de emergencia
implica una necesidad de subir a la superficie antes de ahogarnos: de emerger.
Pero lo que a mí
me llama la atención como curioso intelectual es que esa palabra es la que han
utilizado ciertos filósofos de la ciencia (léase, v. gr., Mario Bunge) para
explicar fenómenos creativos diferentes
de lo anterior y previo: la creación de la conciencia a partir de la carne
de las células vivas inconscientes; la creación de la vida a partir de
moléculas y átomos muertos; la creación de la materia a partir de una energía
que interactúa consigo misma mediante elementos que se comportan como
partículas y ondas a la vez (¿ondapartículas?) inmateriales, y la creación de la energía informada a partir de una nada sin
volumen ni tiempo en el seno de esa entidad que los físico-matemáticos llaman
una singularidad.
El emergentismo no explica gran cosa, es
cierto, pero describe un hecho irrefutable que podría expresarse sumariamente
así: Más es Diferente.
Cosa que siempre
me ha recordado el salto cualitativo
por acumulación cuantitativa (catastrófica, dirían los matemáticos actuales)
que, según Marx, se produce por añadiduras de elementos nuevos al sistema social considerado.
Imaginemos un
conjunto de particulondas; por ejemplo: dos que intereactúan entre
sí: pongamos, dos átomos de hidrógeno: el conjunto mínimo que pueda constituir
el más pequeño montoncito posible de ese hidrogénico material. Y ahora imaginemos
también que a ese montoncito mínimo se asocia otro elemento: un átomo de
oxígeno, for instance: el resultado ya no es un conjunto o montoncito de
tres elementos, sino otra cosa distinta, id est: agua: algo que en nada se
parece por sus caracteríaticas y cualidades supra-nivel a los tres átomos previos
considerados individualmente.
Y así la energía,
la materia, la vida, la conciencia…
III.
Y la Justicia
social: cuando hay dos partidos idénticos disputándose alternativamente el
poder, si aparece algún partido nuevo y distinto
−excluyo
por ello, por lo tanto, a Ciudadanos, y no digamos ya Vox, por ser una burbuja
inflada por los bancos y empresas Ricachoncísimos, y no se distingue, pues, de
lo anterior: más átomos de hidrógeno− y entra con fuerza en el juego democrático social, emerge una −ya ha emergido al menos la propuesta de una Ley de Emergencia− que, de aplicarse, lograría algo
distinguido del vulgar montoncito de los partidos anteriores y sus añadidtas
semejantes en ideología y servidumbres: la Justicia Social, que es buena para
todos por ser lo único que puede salvarnos a todos de la Voracidad de lo Ruin y
lo Ruinoso.
Frente a una
Emergencia, una Ley de Emergencia, que arregle las cosas verdaderamente: desde
abajo: pues cualquier otra cosa sería −se ha largamente demostrado− un bluff.
Si salvamos a los
trabajadores empobrecidos, y aun parados y sin subsidios, de su precariedad,
aumentará el número de consumidores que expresen una urgente −oemergente− demanda de productos de 1ª
necesidad, y luego de 2ª, y los empresarios podrán aprovecharse e invertir
sobre seguro productos de necesario consumo, seguros del producto de sus
inversión y, por tando, de sus ganancias y beneficios.
Es posible que
esos señores Ricachondísimos (sic: siempre están cachondos de dinero y se
cachondean de la turba insensata que los apoya, y más aún: insultan y calumnian
a los que no) no ganen tanto como antes, pero aún así seguirían ganando
muchísimo, muchísimo más que nosotros los currantes bajos y medianos.
No es que sea sólo
una ley humanitaria promotora de la igualdad entre los seres humanos y
defensora de la libertad de los esclavos: es una ley que beneficia a todo el
mundo y que de entrada detiene el camino cuesta abajo y sin frenos con que nos llevan
y nos llevamos todos hacia la ruindad suicida de la absoluta ruina.
Pero al día de
hoy toda una mayoría catetizada y carca de españoles, y ahora no me refiero a
sólo los bajos opinadores desinstruidos, de escasa formación, sino que también
incluyo ahí a los altos profesionales del intelecto, con formación
universitaria, supuestamente cultos, los que tienen el coco autocomido por el
Alien, teledirigidos por la obvia
propaganda subliminal por la que no se sienten influidos porque dicen no
verla, creen que es mejor para todos seguir apoyando a la derecha pro-neoliberal
del Capitalismo Ensimismado, la que se
está cargando las esperanzas de nuestros hijos y de nuestro Hogar −en griego: Ecos− planetario.
Y lo más −mejor dicho: menos− sorprendente, al menos para mí,
es que, fuera y aparte de los pepistas, los barones tradicionales y, de toda la
vida, chupabotes del Partido Socialista, espero que no así sus bases, sean,
junto con los dichos y sus nuevos remedadores ideológicos, los máximos partidarios
de semejante simpleza y disparate.
Cómo podremos los
humanos ser −los ántropos− tan brutos y antropoides.
O cómo tan descaradamente
perros −cínicos− y sinvergüenzas.