(Homenaje a mi querido amigo Francisco Ruiz Noguera.)
Este verso aparece en dos poemas de
los dos últimos libros de Francisco Ruiz Noguera: El año de los ceros y
El oro de los sueños. Dos poemas gemelos o mellizos que son dos variaciones
sobre el mismo tema: la amistad. Dos poemas que incluyen una lista de poetas y
artistas que encabeza Góngora, calificado, como ya se ha leído, con un adjetivo
que excluye la amistad: los soberbios no son buenos amigos (si bien aquí soberbio
también tiene un sentido supermeliorativo: el absolutamente indiscutible). Y es
que, en verdad, a quien Ruiz Noguera considera un buen amigo no es al poeta,
ser humano insufrible, con todos los defectos de la obra imperfecta, inacabada,
por hacer; sino más bien a su poesía, que es, en verdad, quien lo ha acompañado
y acompaña desde siempre como una buena amiga. Una lista de amigos que son
libros y otras obras de arte, que no excluye a los amigos de carne y hueso,
sino que los pospone para otra poética y acaso un tanto irónica ocasión.
La poesía de Góngora, tan conocida
como mal comprendida por tantos, así contemporáneos del poeta barroco como
contemporáneos de todas las edades, por ejemplo la nuestra, pero también tan
admirado por tantos otros, tanto de aquellos como de estos, acompaña la obra
del poeta contemporáneo Ruiz Noguera desde su primer libro, tal como puede
confirmar la obsesiva cita que preside cada uno de ellos y da título al volumen
que reúne su poesía anterior a los dos últimos: “A batallas de amor, Campo
de pluma”. Suave pluma de la escritura poética que tanto acompaña nuestra
soledad de seres humanos siempre escasos de amor y de amistad, y a veces,
demasiadas acaso, lastimados y heridos por la ausencia y el fraude, pues como
el mismo Góngora advertía, “la dulce boca que a gustar convida,… amantes, no
toquéis, si queréis vida, porque entre un labio y otro colorado, Amor está, de
su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida.” Ya que, en verdad,
las rosas de la belleza, ésas que tanto invitan al placer y la felicidad, manzanas
son de Tántalo y no rosas. Así que déjanos en paz, Amor tirano, podríamos
cantar con el maestro, o prepáranos un campo de mullida pluma donde poder gozar
de tus dulces batallas.
La manzana de Tántalo, otro título de Francisco Ruiz
Noguera, del mismo modo que la pluma y el campo y las batallas, son términos
que, usados sabiamente, se convierten en símbolos -o algunos ya lo eran desde
tiempos remotos. Y el mismo Ruiz Noguera en alguna entrevista nos informa de la
afición de los poetas simbolistas franceses a Góngora, de modo que no puede
sorprendernos que el libro último de Francisco Ruiz Noguera empiece con cita de
Esteban Mallarmé.
Tal vez se trate de una apuesta y de
una empresa: el simbolismo, decantación del mejor romanticismo europeo, el
alemán y anglosajón, y que explotó en un vástago precioso, el modernismo
español e hispanoamericano, todavía no ha sido superado por ninguna poética;
todo lo más el gongorino 27 menos vanguardista empata con la fuente de la
poesía moderna, heredera de aquellos excelentes antiguos, tan discutidos
siempre por discípulos rebeldes que, intentando ser modernos, no han podido
desmentir aún el tantas veces demostrado dicho aquel que dice que la
modernidad está en los clásicos.
Después de un siglo de obsesión por
el valor estético de la pura novedad, y de tanta revolución inútil, y de tanta
necia vulgaridad, más nos valdría, siguiendo a Ruiz Noguera, un poco de
humildad y de respeto a los indiscutibles.
Y hacer, así, poesía verdadera.(Homenaje a mi querido amigo Francisco Ruiz Noguera.)
Este verso aparece en dos poemas de
los dos últimos libros de Francisco Ruiz Noguera: El año de los ceros y
El oro de los sueños. Dos poemas gemelos o mellizos que son dos variaciones
sobre el mismo tema: la amistad. Dos poemas que incluyen una lista de poetas y
artistas que encabeza Góngora, calificado, como ya se ha leído, con un adjetivo
que excluye la amistad: los soberbios no son buenos amigos (si bien aquí soberbio
también tiene un sentido supermeliorativo: el absolutamente indiscutible). Y es
que, en verdad, a quien Ruiz Noguera considera un buen amigo no es al poeta,
ser humano insufrible, con todos los defectos de la obra imperfecta, inacabada,
por hacer; sino más bien a su poesía, que es, en verdad, quien lo ha acompañado
y acompaña desde siempre como una buena amiga. Una lista de amigos que son
libros y otras obras de arte, que no excluye a los amigos de carne y hueso,
sino que los pospone para otra poética y acaso un tanto irónica ocasión.
La poesía de Góngora, tan conocida
como mal comprendida por tantos, así contemporáneos del poeta barroco como
contemporáneos de todas las edades, por ejemplo la nuestra, pero también tan
admirado por tantos otros, tanto de aquellos como de estos, acompaña la obra
del poeta contemporáneo Ruiz Noguera desde su primer libro, tal como puede
confirmar la obsesiva cita que preside cada uno de ellos y da título al volumen
que reúne su poesía anterior a los dos últimos: “A batallas de amor, Campo
de pluma”. Suave pluma de la escritura poética que tanto acompaña nuestra
soledad de seres humanos siempre escasos de amor y de amistad, y a veces,
demasiadas acaso, lastimados y heridos por la ausencia y el fraude, pues como
el mismo Góngora advertía, “la dulce boca que a gustar convida,… amantes, no
toquéis, si queréis vida, porque entre un labio y otro colorado, Amor está, de
su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida.” Ya que, en verdad,
las rosas de la belleza, ésas que tanto invitan al placer y la felicidad, manzanas
son de Tántalo y no rosas. Así que déjanos en paz, Amor tirano, podríamos
cantar con el maestro, o prepáranos un campo de mullida pluma donde poder gozar
de tus dulces batallas.
La manzana de Tántalo, otro título de Francisco Ruiz
Noguera, del mismo modo que la pluma y el campo y las batallas, son términos
que, usados sabiamente, se convierten en símbolos -o algunos ya lo eran desde
tiempos remotos. Y el mismo Ruiz Noguera en alguna entrevista nos informa de la
afición de los poetas simbolistas franceses a Góngora, de modo que no puede
sorprendernos que el libro último de Francisco Ruiz Noguera empiece con cita de
Esteban Mallarmé.
Tal vez se trate de una apuesta y de
una empresa: el simbolismo, decantación del mejor romanticismo europeo, el
alemán y anglosajón, y que explotó en un vástago precioso, el modernismo
español e hispanoamericano, todavía no ha sido superado por ninguna poética;
todo lo más el gongorino 27 menos vanguardista empata con la fuente de la
poesía moderna, heredera de aquellos excelentes antiguos, tan discutidos
siempre por discípulos rebeldes que, intentando ser modernos, no han podido
desmentir aún el tantas veces demostrado dicho aquel que dice que la
modernidad está en los clásicos.
Después de un siglo de obsesión por
el valor estético de la pura novedad, y de tanta revolución inútil, y de tanta
necia vulgaridad, más nos valdría, siguiendo a Ruiz Noguera, un poco de
humildad y de respeto a los indiscutibles.
Y hacer, así, poesía verdadera.
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