viernes, 6 de diciembre de 2019

UNA EDICIÓN CUIDADA DE GÓNGORA, EL SOBERBIO…

(Homenaje a mi querido amigo Francisco Ruiz Noguera.)

Este verso aparece en dos poemas de los dos últimos libros de Francisco Ruiz Noguera: El año de los ceros y El oro de los sueños. Dos poemas gemelos o mellizos que son dos variaciones sobre el mismo tema: la amistad. Dos poemas que incluyen una lista de poetas y artistas que encabeza Góngora, calificado, como ya se ha leído, con un adjetivo que excluye la amistad: los soberbios no son buenos amigos (si bien aquí soberbio también tiene un sentido supermeliorativo: el absolutamente indiscutible). Y es que, en verdad, a quien Ruiz Noguera considera un buen amigo no es al poeta, ser humano insufrible, con todos los defectos de la obra imperfecta, inacabada, por hacer; sino más bien a su poesía, que es, en verdad, quien lo ha acompañado y acompaña desde siempre como una buena amiga. Una lista de amigos que son libros y otras obras de arte, que no excluye a los amigos de carne y hueso, sino que los pospone para otra poética y acaso un tanto irónica ocasión.
La poesía de Góngora, tan conocida como mal comprendida por tantos, así contemporáneos del poeta barroco como contemporáneos de todas las edades, por ejemplo la nuestra, pero también tan admirado por tantos otros, tanto de aquellos como de estos, acompaña la obra del poeta contemporáneo Ruiz Noguera desde su primer libro, tal como puede confirmar la obsesiva cita que preside cada uno de ellos y da título al volumen que reúne su poesía anterior a los dos últimos: “A batallas de amor, Campo de pluma”. Suave pluma de la escritura poética que tanto acompaña nuestra soledad de seres humanos siempre escasos de amor y de amistad, y a veces, demasiadas acaso, lastimados y heridos por la ausencia y el fraude, pues como el mismo Góngora advertía, “la dulce boca que a gustar convida,… amantes, no toquéis, si queréis vida, porque entre un labio y otro colorado, Amor está, de su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida.” Ya que, en verdad, las rosas de la belleza, ésas que tanto invitan al placer y la felicidad, manzanas son de Tántalo y no rosas. Así que déjanos en paz, Amor tirano, podríamos cantar con el maestro, o prepáranos un campo de mullida pluma donde poder gozar de tus dulces batallas.
La manzana de Tántalo, otro título de Francisco Ruiz Noguera, del mismo modo que la pluma y el campo y las batallas, son términos que, usados sabiamente, se convierten en símbolos -o algunos ya lo eran desde tiempos remotos. Y el mismo Ruiz Noguera en alguna entrevista nos informa de la afición de los poetas simbolistas franceses a Góngora, de modo que no puede sorprendernos que el libro último de Francisco Ruiz Noguera empiece con cita de Esteban Mallarmé.
Tal vez se trate de una apuesta y de una empresa: el simbolismo, decantación del mejor romanticismo europeo, el alemán y anglosajón, y que explotó en un vástago precioso, el modernismo español e hispanoamericano, todavía no ha sido superado por ninguna poética; todo lo más el gongorino 27 menos vanguardista empata con la fuente de la poesía moderna, heredera de aquellos excelentes antiguos, tan discutidos siempre por discípulos rebeldes que, intentando ser modernos, no han podido desmentir aún el tantas veces demostrado dicho aquel que dice que la modernidad está en los clásicos.
Después de un siglo de obsesión por el valor estético de la pura novedad, y de tanta revolución inútil, y de tanta necia vulgaridad, más nos valdría, siguiendo a Ruiz Noguera, un poco de humildad y de respeto a los indiscutibles.

Y hacer, así, poesía verdadera.(Homenaje a mi querido amigo Francisco Ruiz Noguera.)

Este verso aparece en dos poemas de los dos últimos libros de Francisco Ruiz Noguera: El año de los ceros y El oro de los sueños. Dos poemas gemelos o mellizos que son dos variaciones sobre el mismo tema: la amistad. Dos poemas que incluyen una lista de poetas y artistas que encabeza Góngora, calificado, como ya se ha leído, con un adjetivo que excluye la amistad: los soberbios no son buenos amigos (si bien aquí soberbio también tiene un sentido supermeliorativo: el absolutamente indiscutible). Y es que, en verdad, a quien Ruiz Noguera considera un buen amigo no es al poeta, ser humano insufrible, con todos los defectos de la obra imperfecta, inacabada, por hacer; sino más bien a su poesía, que es, en verdad, quien lo ha acompañado y acompaña desde siempre como una buena amiga. Una lista de amigos que son libros y otras obras de arte, que no excluye a los amigos de carne y hueso, sino que los pospone para otra poética y acaso un tanto irónica ocasión.
La poesía de Góngora, tan conocida como mal comprendida por tantos, así contemporáneos del poeta barroco como contemporáneos de todas las edades, por ejemplo la nuestra, pero también tan admirado por tantos otros, tanto de aquellos como de estos, acompaña la obra del poeta contemporáneo Ruiz Noguera desde su primer libro, tal como puede confirmar la obsesiva cita que preside cada uno de ellos y da título al volumen que reúne su poesía anterior a los dos últimos: “A batallas de amor, Campo de pluma”. Suave pluma de la escritura poética que tanto acompaña nuestra soledad de seres humanos siempre escasos de amor y de amistad, y a veces, demasiadas acaso, lastimados y heridos por la ausencia y el fraude, pues como el mismo Góngora advertía, “la dulce boca que a gustar convida,… amantes, no toquéis, si queréis vida, porque entre un labio y otro colorado, Amor está, de su veneno armado, cual entre flor y flor sierpe escondida.” Ya que, en verdad, las rosas de la belleza, ésas que tanto invitan al placer y la felicidad, manzanas son de Tántalo y no rosas. Así que déjanos en paz, Amor tirano, podríamos cantar con el maestro, o prepáranos un campo de mullida pluma donde poder gozar de tus dulces batallas.
La manzana de Tántalo, otro título de Francisco Ruiz Noguera, del mismo modo que la pluma y el campo y las batallas, son términos que, usados sabiamente, se convierten en símbolos -o algunos ya lo eran desde tiempos remotos. Y el mismo Ruiz Noguera en alguna entrevista nos informa de la afición de los poetas simbolistas franceses a Góngora, de modo que no puede sorprendernos que el libro último de Francisco Ruiz Noguera empiece con cita de Esteban Mallarmé.
Tal vez se trate de una apuesta y de una empresa: el simbolismo, decantación del mejor romanticismo europeo, el alemán y anglosajón, y que explotó en un vástago precioso, el modernismo español e hispanoamericano, todavía no ha sido superado por ninguna poética; todo lo más el gongorino 27 menos vanguardista empata con la fuente de la poesía moderna, heredera de aquellos excelentes antiguos, tan discutidos siempre por discípulos rebeldes que, intentando ser modernos, no han podido desmentir aún el tantas veces demostrado dicho aquel que dice que la modernidad está en los clásicos.
Después de un siglo de obsesión por el valor estético de la pura novedad, y de tanta revolución inútil, y de tanta necia vulgaridad, más nos valdría, siguiendo a Ruiz Noguera, un poco de humildad y de respeto a los indiscutibles.
Y hacer, así, poesía verdadera.

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