Desde
que se me propuso la idea de escribir sobre este libro de Carlos Marzal me he
venido preguntando si, pese a la coincidencia de nuestros dos títulos de
poemarios, sería yo el poeta más indicado para hacerlo: no conozco a dos poetas
más diferentes en su concepción del mundo y en su poética que Marzal y yo; ni
conozco dos poetas con éxito más desigual de público y de crítica: Carlos
representa y disfruta del éxito y el reconocimiento debido a todo poeta
laureado y público, a un poeta que desde sus primeros títulos fue acogido
cariñosa, solidaria y hasta familiarmente por el establishment crítico y
literario, y que, si bien es verdad que tardó, a diferencia de otros compañeros
coetáneos y colegas y amigos de generación en obtener cuantiosos premios
cuantiosamente remunerados en prestigio literario y en pasta, cuando obtuvo el
primero parece como si hubiera quedado abierta una inexistente veda y, de
pronto, en pocos años ha ganado unos pocos de los más importantes, entre ellos
el Loewe, por este su libro que comento, por título, como saben, Fuera de mí.
Por el
contrario, servidor jamás obtuvo premio alguno de poesía, y si gozo de
reconocimiento es casi de puro milagro y mi prestigio literario es de pura
magia, y como ya se sabe que la magia, como no sea ilusionismo, no funciona en
estos tiempos impregnados de espíritu científico decimonónico, podemos afirmar
sin temor a equivocarnos que soy, en palabra de uno de los reseñistas de mi
último poemario, por título Fuera de Sí (me refiero a mi muy querida
amiga Aurora Luque) un poeta casi secreto, conocido y reconocido sólo por
selectas minorías.
Pero
ahí no acaban las diferencias: Carlos Marzal es un poeta volteriano,
insobornablemente descreído y escéptico, de un ateísmo convencido y militante,
que sospecha de todo fenómeno que huela a religioso, y que en muchos de sus
poemas de, por ejemplo, Los países nocturnos vapuleó a base de andanadas
de versos agresivos y críticos rayanos en el insulto los dogmas más intocables
de nuestras religiones; allí acusaba a Dios de ser, en tanto que creador del
universo, un chapucero de cuidado, responsable, no sabemos si por maldad o
ineptitud, de todo el sufrimiento y el mal cósmico, verdadero fracaso en tanto
que unamuniano garante de sentido y eternidad personal -la única que tanto a
Unamuno como a Marzal parecía interesarles-, un Dios, en fin, con quien ni
siquiera resultaba legítima la stendhaliana disculpa de su inexistencia.
Según
la naturaleza y categoría de esos argumentos, podría habernos entonces parecido
que Marzal era en el fondo un gnóstico: alguien que acusaba al Dios oficial de
las iglesias oficiales de la falsedad de su categoría y naturaleza divinas,
para pasar a proponer, igual que los viejos gnósticos de principios de la era
cristiana, un Dios alternativo y extracósmico como Dios verdadero y verdadero
Dios, no responsable, pues, de la creación de este mundo ni de sus defectos,
Alguien cuyo primigenio poder había sido usurpado por un Demiurgo torpe y
demoníaco que se nos vendía como Dios por sus llamémosles arcónticos y
cardenalicios asesores de imagen. Pero qué va. Tampoco le valían a Marzal los
dioses ni las ideas ni las creencias de religión alternativa ninguna, las
cuales parecía considerar camelos producto de la ignorancia y del engaño que,
una vez desvelados, nos dejaban huérfanos y solos en un cosmos de insufrible pascalismo
en negativo, lo que de paso explica la omnipresencia a lo largo de su obra del
adjetivo absurdo para tantísimos sustantivos que nombran objetos en
puridad no susceptibles de admitir tal calificativo: recuerdo una marzaliana tarde
absurda, que después de dejarme por un instante perplejo ante el absurdo
semántico del sintagma, comprendí en seguida que se trataba del hallazgo
poético de una sutil hipálage, si no me equivoco de figura literaria, en que el
calificativo pasa a calificar, en vez al hombre que habla de una tarde por él
vivida dentro de los parámetros absurdos de su vida, a la tarde misma, entidad
de la que es absurdo decir que es absurda si hablamos en sentido literal, no
poético o figurado, porque la tarde es un producto natural del los ciclos
diarios y no de la lógica ni de la semántica ni de la contemplación filosófica
existencial de la vida, entidades, éstas sí, que sí lo admiten y que de hecho,
además, lo necesitan, caso de que las proposiciones de que consten no tengan
sentido. Y esto, también de paso, explicaría por qué un poeta de tanto
éxito ha hablado tanto de fracaso. No se trataba, claro, de fracaso
literario: se trababa de fracaso existencial, o de fracaso vital, según
trascripción literalísima de una vieja comunicación personal, que ya
posiblemente Carlos ni recuerde.
Yo no
no me he puesto a escribir para hablar de mí, sino de sí, me atrevería a decir,
si el juego de palabras no resultara demasiado ambiguo e inexacto: es el autor
de Fuera de Sí (yo) quien debe escribir sobre el autor de Fuera de mí
(Marzal); y el que está fuera de sí soy yo, si no hablo de Fuera de mí:
por tanto hablaré de Fuera de mí sin hablar de mí, pero diciendo o
mencionando, eso sí, una importante diferencia entre él y yo (o entre Sí
y mí): aunque yo descreí de credos oficiales desde hace mucho tiempo,
nunca he dejado de buscar mi propio credo alternativo, y sólo después de muchos
años de búsqueda he descubierto que yo no creo ni puedo creer en nada, ni
siquiera en mí, porque yo, en el fondo, no quiero creer, porque a mí las
creencias no me interesan: yo no quiero creer, lo que yo quiero es saber: a mi no
me interesan las ideologías y otros sistemas de creecias para creérmelos
(aunque sí quiero conocerlos todos -tal vez porque quiero conocerlo todo-),
porque a mi lo que en verdad me interesa es la sabiduría, y aunque algunas
cosas he estudiado e incluso aprendido, hoy me encuentro en el punto socrático:
sólo sé que no sé nada. Pero como me sigue interesando todo, pienso seguir
buscando. Aunque puede ser que, después de todo, ya haya encontrado algo, acaso
sólo una minucia de saber, a saber: lo que tiene de vivible el mundo es
su poesía, llámenlo el misterio de su encanto, o llámenlo x. O volviendo
a autocitarme: que se puede vivir sin poemas pero no sin poesía porque la vida
sin poesía no es una x: donde x = m. Y sé que esa incógnita de esa inadecuada
ecuación (donde x no es igual a m) se despeja mediante el esclarecimiento del
concepto de sacralidad. Mi hija es sagrada, mi amor es sagrado, mis
amigos son sagrados, todo lo que yo más quiero es sagrado; hay principios que
para mí son sagrados: hay cosas que no se tocan, son intocables: hay cosas que,
dígase lo que se diga, van a misa.
Mi
búsqueda se llama poesía. Y se llama así porque es la poesía la que ha motivado
mi búsqueda y porque es el objeto de mi búsqueda. La Fuente y el destino, el
alfa y la omega. Y la poesía es para mí pura sacralidad. Aunque Dios ni los
dioses ni los nirvanas budistas existan o sean o no creíbles.
Por
eso, aparte de la coincidencia de títulos me ha sorprendido la coincidencia
entre los contenidos últimos de mi libro y el de Marzal.
Fuera
de mí es un libro que canta la sacralidad de la vida. La sacralidad de la
paternidad, y de la maternidad, y de la filialidad. Y que canta la sacralidad
de todo lo creado, según reza el título de su segunda parte. Y que canta la
sacra solidaridad con todo lo que nace y que perece, como reza en el poema “Ubi
sunt”, porque todo es una corriente perpetua de materia y energía en la que
estamos sumidos y que somos, y que nos lleva, no importa si a ninguna parte, no
importa a dónde, puesto que, desde el punto de vista egoísta del yo que se
aferra a la mezquindad de sus cuatro dias locos, la muerte es la gran crisis y
el gran crack; pero, desde la perspectiva del yo que quiere salirse de sí mismo
para vivir en amor generoso con el mundo y la vida, la muerte es sólo el fin de
una cosa minúscula: mi ego. Y contemplado desde la perspectiva del big bang y
de la hawkingiana Historia del Tiempo, ya me dirán ustedes qué puede importar
esa minucia. La generosidad, la solidaridad, el amor, son sagrados. Son
sacralidad pura. Son poesía. Una poesía que nos lleva a formar parte, a
sentirnos, mejor dicho, parte de un todo que nosotros también hacemos y
creamos, con el que sagrada, poéticamente colaboramos con nuestras humildes
pero igualmente sagradas, sacratísimas aportaciones: nuestros hijos, nuestras
obras, nuestros poemas: nuestra vida. De esa gran Poesía, esa gran Creatividad
del universo cósmico e histórico, aunque del amoroso (y otros también) he
querido hablar yo, desde mi parco y mezquino ego en mi libro Fuera de Sí
(razón por la que ese Sí va escrito con mayúscula). Y por eso mi libro
es el libro de un narciso, aunque con la atenuante de su perspecitva irónica. Y
por eso es el libro de un soberbio autocrítico.
Desde
una perspectiva más humilde, y por ello tal vez más grandiosa, Carlos Marzal
nos habla de lo que está fuera de mí, quiero decir de él, esto es, de todas las
cosas que haciéndonos salir de nosotros mismos y de nuestro ego nos invitan a
su amor, al amor de todas las cosas y de paso al amor generoso, ya no mezquino,
de nosotos mismos, en tanto que nos vemos como una cosa de entre tantas.
Invita, pues, a la sacralidad de la poesía. A la alegría de vivir.
Ya iba
siendo hora.
Y esto
es algo que raya en lo místico, en una mística sin dioses tradicionales que yo
siempre he perseguido y que ahora encuentro con sorprendida y solidaria
admiración (a buena hora) en Carlos Marzal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario