Desde siempre me he preguntado por qué en los manuales de literatura se les
presta tan poquísima atención y espacio a poetas tan espléndidos como Rueda,
Villaespesa, Manuel Machado, Tomás Morales, Carrere, Bacarisse o Fortún, por
citar sólo a los que a mí me resultan más entrañables. También me resultó
siempre sintomático que hasta la edición de sus Obras Completas por el Círculo
de Lectores, la interesantísima poesía lírica de Valle-Inclán haya permanecido,
si no inédita en su totalidad, inencontrable desde hace una serie considerable
de años, salvo si en librería de viejo conseguía uno hacerse con las Claves líricas editadas por Austral.
Y digo yo que quizás una de las razones que pueda explicar tan lamentables
insuficiencias en nuestra historia de la literatura sea que la gloria literaria
de poetas que criticaron algún aspecto del Modernismo haya eclipsado la de
aquellos que fueron sus compañeros de generación o sus maestros.
Por ejemplo Antonio Machado criticaba el "gay-trinar" de la
legión de los malos imitadores de Rubén que por aquellos entonces infestaban la
atmósfera literaria española (aunque en su Juan de Mairena decía de Villaespesa
que era "un verdadero poeta"). Y enseguida el influyente Juan Ramón
abandonaría la música modernista -no la poética "de fondo" del
Modernismo que pretendía una adoración casi religiosa de la Belleza y de otros
valores no mercantiles-. Y por fin, Cernuda, que será el maestro indiscutible
de la poesía de medio siglo XX, y hasta hoy, defendiendo el tono austero y
recogido, con vocación de reflexión profunda, de su propia poesía, abominó de
la retórica modernista, lle de objetos de
lujo como cisnes en parques de palacios aristocráticos donde el mármol de Paros
era herido por la “pitagórica” múscia de Wagner, hasta tal punto que de su
rechazo no se salvó ni el maestro Rubén Darío.
Luego vino la Guerra y la diáspora, y en España se hizo imprescindible la
poesía social. Y através de la Generación del 50 se pudo de moda cierto tipo de
versificación que, originada en Cernuda, se oponía radicalmente al tono -y al
timbre- modernista.
Sólo los Novísimos y adláteres -a quienes algún crítico llamó
neomodernistas- pudieron suponer una recuperación de algunos aspectos de la
poética modernista. Pero en los Novísimos pesaba demasiado el afán de novedad y
tal vez un exceso de neovanguardismo ahogó lo que hubiera constituido la
verdadera novedad: una poesía que partiera de la base del reconocimiento de que
tras un siglo de continuas innovaciones la voluntad de no innovar es lo más
novedoso y original que podemos intentar. Aunque en desagravio a los Novísimos
hay que decir que en España, a partir de 1939, se había innovado menos que
otros países europeos, y había urgencia de ponerse al día.
La diferencia entre la poética de los poetas de la postguerra y la
modernista radica casi sólo en una cosa: los modernistas, una vez rechazada una
realidad -la cotidiana o prosaica- que les parece brutal y antiestética, oponen
a ella una realidad poética que sólo tiene vida en el interior del poeta -y en
sus versos- y que está construida con la imaginación: los mundos exóticos de
los modernistas operan por agravio comparativo con el mundo real, y tienen una
gran vocación -aunque no lo parezca- de poesía social; ése es el mal entendido
escapismo modernista. Sólo esto puede explicar hechos tales como la conversión
que se operó en Valle-Inclán, quien, como se sabe, de "carlista por
estética" pasó a filocomunista radical y admirador de Bakunin cuando
superó su etapa modernista y bradominiana.
La vocación social de la mayoría de poetas de la postguerra está fuera de
duda. Pero el mal social a que se enfrentaron estos últimos fue distinto. Los
poetas de la postguerra se veían obligados a mostrar la cruda realidad tal cual
es, para luchar contra la versión oficial de la misma que imponía el régimen de
Franco −los famosos "40 años de paz"−, es decir, se vieron forzados a
convertir su poesía en un instrumento de concienciación social.
Sin embargo, la intención profunda de las dos poéticas es la misma: atacar
una realidad indeseable.
La originalidad del modernista de, por ejemplo, Fernando Fortún está
precisamente ahí: el mundo alternativo que en su poesía surge como respuesta -y
protesta- al mundo prosaico o antipoético de la modernidad (léase: sociedad
burguesa cuyo único valor es el capital y el interés, pero nunca el corazón o
el espíritu) no son los mundos asiáticos o paganos de Rubén o Villaespesa, sino
un mundo mucho más cercano en el tiempo, donde el gusto por lo sentimental y lo
melancólico, que tanto primaba en el poeta, era lo que parecía flotar en el
ambiente: la Epoca Romántica.
En Fortún se confirma por tanto algo que Octavio Paz viene diciendo desde
"Los hijos del limo": que nuestro Modernismo (paz se refiere a todo
el Modernismo del área hispanohablante) es el Romanticismo que nunca tuvimos:
ese movimiento que, rechazando el prosaísmo racionalista a ultranza de la
Ilustración, reivindicó el sentiminto y la imaginación como camino hacia una
sacralidad -hacia un Sentido de las Cosas- que el Cristianismo ya no podía dar
a ninguna mente "moderna".
Hay, pues varias razones para volver a editar a nuestros modernistas,
llamados menores: Su poética responde a un mundo en donde le racionalismo, el
cientifismo, el mercantilismo, el materialismo y otros aspectos de la
mentalidad burguesa, práctica, interesada, y, en última instancia, prosaica y
vulgar, se han convertido en patrones absolutos, por no decir absolutistas, de
la realidad humana. Este fenómeno, que a principios del siglo pasado podría
verse como un paso incipiente del mundo hacia su maquinización, esto es, hacia
su condición de inhumano, se ha convertido, ya a finales del mismo, en un paso
definitivamente dado. Y ojo: no es que la razón o la ciencia sean valores
desestimables. Por supuesto que no. Es que, sencillamente, no son los únicos
valores que integran la totalidad de lo humano. Y nos hacen falta verdaderos
poetas que canten esos valores, ya casi olvidados, y así salvar a este mundo
moderno de una falta de belleza -por no decir: de un horror- que puede
resultarle -o que ya le está resultando- catastrófica.
Y otra razón: que nada más necesario para los jóvenes poetas (me refiero a
los verdaderamente jóvenes, los que todavía están aprendiendo a hacer versos)
que leer a poetas que en verdad -y no como tan frecuentemente ocurre en nuestro
pobre presente- supieron hacer versos verdaderos.
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