viernes, 6 de diciembre de 2019

LA VIGENCIA DE LA POÉTICA MODERNISTA


Desde siempre me he preguntado por qué en los manuales de literatura se les presta tan poquísima atención y espacio a poetas tan espléndidos como Rueda, Villaespesa, Manuel Machado, Tomás Morales, Carrere, Bacarisse o Fortún, por citar sólo a los que a mí me resultan más entrañables. También me resultó siempre sintomático que hasta la edición de sus Obras Completas por el Círculo de Lectores, la interesantísima poesía lírica de Valle-Inclán haya permanecido, si no inédita en su totalidad, inencontrable desde hace una serie considerable de años, salvo si en librería de viejo conseguía uno hacerse con las Claves líricas editadas por Austral.
Y digo yo que quizás una de las razones que pueda explicar tan lamentables insuficiencias en nuestra historia de la literatura sea que la gloria literaria de poetas que criticaron algún aspecto del Modernismo haya eclipsado la de aquellos que fueron sus compañeros de generación o sus maestros.
Por ejemplo Antonio Machado criticaba el "gay-trinar" de la legión de los malos imitadores de Rubén que por aquellos entonces infestaban la atmósfera literaria española (aunque en su Juan de Mairena decía de Villaespesa que era "un verdadero poeta"). Y enseguida el influyente Juan Ramón abandonaría la música modernista -no la poética "de fondo" del Modernismo que pretendía una adoración casi religiosa de la Belleza y de otros valores no mercantiles-. Y por fin, Cernuda, que será el maestro indiscutible de la poesía de medio siglo XX, y hasta hoy, defendiendo el tono austero y recogido, con vocación de reflexión profunda, de su propia poesía, abominó de la  retórica modernista, lle de objetos de lujo como cisnes en parques de palacios aristocráticos donde el mármol de Paros era herido por la “pitagórica” múscia de Wagner, hasta tal punto que de su rechazo no se salvó ni el maestro Rubén Darío.
Luego vino la Guerra y la diáspora, y en España se hizo imprescindible la poesía social. Y através de la Generación del 50 se pudo de moda cierto tipo de versificación que, originada en Cernuda, se oponía radicalmente al tono -y al timbre- modernista.
Sólo los Novísimos y adláteres -a quienes algún crítico llamó neomodernistas- pudieron suponer una recuperación de algunos aspectos de la poética modernista. Pero en los Novísimos pesaba demasiado el afán de novedad y tal vez un exceso de neovanguardismo ahogó lo que hubiera constituido la verdadera novedad: una poesía que partiera de la base del reconocimiento de que tras un siglo de continuas innovaciones la voluntad de no innovar es lo más novedoso y original que podemos intentar. Aunque en desagravio a los Novísimos hay que decir que en España, a partir de 1939, se había innovado menos que otros países europeos, y había urgencia de ponerse al día.
La diferencia entre la poética de los poetas de la postguerra y la modernista radica casi sólo en una cosa: los modernistas, una vez rechazada una realidad -la cotidiana o prosaica- que les parece brutal y antiestética, oponen a ella una realidad poética que sólo tiene vida en el interior del poeta -y en sus versos- y que está construida con la imaginación: los mundos exóticos de los modernistas operan por agravio comparativo con el mundo real, y tienen una gran vocación -aunque no lo parezca- de poesía social; ése es el mal entendido escapismo modernista. Sólo esto puede explicar hechos tales como la conversión que se operó en Valle-Inclán, quien, como se sabe, de "carlista por estética" pasó a filocomunista radical y admirador de Bakunin cuando superó su etapa modernista y bradominiana.
La vocación social de la mayoría de poetas de la postguerra está fuera de duda. Pero el mal social a que se enfrentaron estos últimos fue distinto. Los poetas de la postguerra se veían obligados a mostrar la cruda realidad tal cual es, para luchar contra la versión oficial de la misma que imponía el régimen de Franco −los famosos "40 años de paz"−, es decir, se vieron forzados a convertir su poesía en un instrumento de concienciación social.
Sin embargo, la intención profunda de las dos poéticas es la misma: atacar una realidad indeseable.
La originalidad del modernista de, por ejemplo, Fernando Fortún está precisamente ahí: el mundo alternativo que en su poesía surge como respuesta -y protesta- al mundo prosaico o antipoético de la modernidad (léase: sociedad burguesa cuyo único valor es el capital y el interés, pero nunca el corazón o el espíritu) no son los mundos asiáticos o paganos de Rubén o Villaespesa, sino un mundo mucho más cercano en el tiempo, donde el gusto por lo sentimental y lo melancólico, que tanto primaba en el poeta, era lo que parecía flotar en el ambiente: la Epoca Romántica.
En Fortún se confirma por tanto algo que Octavio Paz viene diciendo desde "Los hijos del limo": que nuestro Modernismo (paz se refiere a todo el Modernismo del área hispanohablante) es el Romanticismo que nunca tuvimos: ese movimiento que, rechazando el prosaísmo racionalista a ultranza de la Ilustración, reivindicó el sentiminto y la imaginación como camino hacia una sacralidad -hacia un Sentido de las Cosas- que el Cristianismo ya no podía dar a ninguna mente "moderna".
Hay, pues varias razones para volver a editar a nuestros modernistas, llamados menores: Su poética responde a un mundo en donde le racionalismo, el cientifismo, el mercantilismo, el materialismo y otros aspectos de la mentalidad burguesa, práctica, interesada, y, en última instancia, prosaica y vulgar, se han convertido en patrones absolutos, por no decir absolutistas, de la realidad humana. Este fenómeno, que a principios del siglo pasado podría verse como un paso incipiente del mundo hacia su maquinización, esto es, hacia su condición de inhumano, se ha convertido, ya a finales del mismo, en un paso definitivamente dado. Y ojo: no es que la razón o la ciencia sean valores desestimables. Por supuesto que no. Es que, sencillamente, no son los únicos valores que integran la totalidad de lo humano. Y nos hacen falta verdaderos poetas que canten esos valores, ya casi olvidados, y así salvar a este mundo moderno de una falta de belleza -por no decir: de un horror- que puede resultarle -o que ya le está resultando- catastrófica.
Y otra razón: que nada más necesario para los jóvenes poetas (me refiero a los verdaderamente jóvenes, los que todavía están aprendiendo a hacer versos) que leer a poetas que en verdad -y no como tan frecuentemente ocurre en nuestro pobre presente- supieron hacer versos verdaderos.

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