ÉPODO A VULGUICIO
Qué delito cometí
contra vosotros
Calderón
Odi profanun vulgum
Horacio
Os oía de pie junto al pupitre,
Orfeón oficiando de biomega-
fonía nazional,
de acorde estrépito,
para la voz cantante
de aquel catolicista, cruel belitre
que servía, con faldas, de estratega
al dictador decrépito ˗gran Buitre
de aquella patria muerta o protestante˗
en cuanto a Educación, que no tenía.
Cantábamos de coro y a porfía
a diario el catecismo y, tras la tabla,
floridos sacros himnos a María,
y a Isabel y Fernando,
cuyo espíritu impera.
Pero ya nadie habla,
tras tanta pelotera de recreos
sucesivos in cursu y
en komando,
de aquellos entusiasmos torpes,
feos,
con que todos, hablando,
y con las palmas, con la voz en grito,
alzadas, defendíaïs sin pausa
las limpiezas políticas y aseos
de “la Cruzada, glorïosa Causa
del Caüdillo ˗siempre sea bendito”,
echando a los arreos
retóricos manidos muchas manos
y mucho sanbenito.
Erais todos franquistas y
cristianos.
Hoy todos sois demócratas y ateos.
Por lo que os felicito.
Pero yo, que en aquel tirano
entonces
criticaba al Caudillo (igual que al Duce
o al Führer), era, por decirlo, el Tonto
del Pueblo, un pueblo de robots, con gonces,
del Imperio, grillados y de buche
pancista y pancho y por muy poco pronto
a ofenderse iracundo ante el escándalo
que eran mis disparates y dislates
y mis palabras de inocente vándalo,
sólo propias de rojos o de orates.
En fin, pasó aquel tiempo de
fascismo;
también, la Transición. Y el tipo mismo,
uno de aquellos que antes me llamaba
necio, loco, inconsciente,
con lengua que de escándalo se traba
todavía me lo dice;
pero al día presente
no es por el mal, o el bien, que entonces hice.
Más bien,
por lo que veo,
es que él, inquisidor, me cree creyente,
y, hereje, yo no creo,
por más que con su dedo catequice,
en esta su corrupta democracia.
La cosa tiene gracia.
(Ay mísero de mí, ay infelice.)
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