sábado, 7 de diciembre de 2019

ALGUNAS CONSIDERACIONES AL RESPECTO DE LA RELACIÓN PERSONAJE-GÉNERO EN LA NOVELA EL ARPA Y LA SOMBRA DE ALEJO CARPENTIER.


Al pueblo boliviano. Y a Javier Cruz.

En Las palabras trasparentes Luis Beltrán Almería (Cátedra, Madrid 1992) dice que V. Voloshinov afirma que "El tono especial de los géneros (trágico, heroico, satírico, etc.) se determina por la posición jerárquica del héroe o del objeto de la enunciación respecto del autor. Entre el autor y el héroe -sigue afirmando- se da una relación bilateral -como en política puede ser amo/esclavo o siervo/señor- y en esta relación el héroe y los hechos representados ocupan un puesto dentro de una escala de valores en relación con el autor o con el observador." Me ha parecido oportuno empezar por la cita de este párrafo por lo que tiene de sumario adelanto de lo que pretende ser este ensayo: un sondeo -no me atrevo a decir "estudio"- de las relaciones de simpatía o antipatía, si no políticas, sí "cortesanas", que se dan entre Carpentier y el héroe nuclear de su novela "El arpa y la sombra", esto es, Cristóbal Colón.
Para empezar, creo que es evidente que la novela nace de una voluntad de respuesta (por no decir de "contestación") a occidente, cuya cultura siempre ha propiciado historias de conquista y colonización de América fuertemente determinadas por un punto de vista propio e interesado -el de los conquistadores y colonizadores-, un punto de vista determinado por los intereses y beneficios que para tales supusiera la empresa trasatlántica del almirante y todas sus posteriores consecuencias.
El punto de vista americano tenía que ser forzosamente distinto: un punto de vista motivado por una conciencia de vencidos y explotados, una conciencia de tercermundistas o, lo que lo mismo, de víctimas paupérrimas de las rapiñas sistemáticas llevadas a cabo por la política colonial del Imperio durante casi cinco siglos de dominación europea.
Pero la gota que colmara el vaso de la paciencia de Alejo Carpentier respecto de su capacidad de convivencia intelectual con una versión falseada de la Historia de América fue la noticia, descubierta en Leon Bloy, sobre la necesidad de canonización del misterioso iniciador y culminador de la campaña del Descubrimiento. El propio Alejo Carpentier entendió su novela sobre el Almirante de la Mar Océana como una variación en el sentido musical del término: Lo que proponía el novelista era, valiéndose del derecho a la libertad de invención y fabulación que es inherente a toda producción artística, contar la cosa desde el punto de vista opuesto al de Bloy y afines. Esto le obligaba a dar una versión heterodoxa de los mal conocidos hechos relativos al Descubrimiento, lo que implicaba -con la Iglesia topamos- a una actitud cuasi herética por parte del escritor quien, no hacía, a fin de cuentas, otra cosa que enfrentarse a una idea defendida por dos papas anteriores al concilio Vaticano II, que es lo mismo que decir pertenecientes a la época en que la infalibilidad del Santo Padre era dogma de fe.
El pacto histórico entre Iglesia y Poder previo a la Ilustración parece ser para D. Alejo la causa que motiva lo que para él sin duda es un disparate, entendiendo que las causas de canonización de un personaje que ha traído a América más terror que otra cosa son fundamentalmente políticas y económicas, cosa que cuadra con exactitud con la historia de dicha Institución religiosa. Y es de esta idea de donde surge la necesidad primaria de dividir la novela en varios apartados genéricamente diferenciados.

En primer lugar, mediante la biografía novelada del papa Pío IX (el padre de la criatura), el novelista nos hace ver cuáles han sido en verdad las motivaciones que han llevado al papa a iniciar el proceso de canonización, y pronto empezamos a ver que todas ellas han sido consecuencia del hecho de que en el papa NO ha calado el espíritu de las Luces, lo cual ese futuro Santo Padre considera en su fuero más interno el fundamento de los desarreglos del Siglo que desembocan en una pérdida cada vez mayor del poder temporal de la Iglesia y de su influencia en una sociedad demasiado secularizada. Ésa es la motivación por la que, siendo todavía cardenal o menos, manifiesta un interés superior por el problema de hispanoamérica. Es evidente que la Ilustración no ha cuajado en España con la intensidad que en Inglaterra, Estados Unidos o Francia, o Alemania, por lo que las antiguas colonias del Imperio de Carlos I (cuyas riquezas naturales despilfarrara este último invirtiéndolas en campañas bélicas que en ningún momento repercutieron beneficiosamente en las colonias), herederas de las estructuras contrarreformistas españolas, eran campo abonado para un renacimiento de la fe y el dogma católicos: de las colonias, si se conseguía una unificación religiosa entre éstas y la patria madre, brotaría el renacimiento del poderío temporal de la Iglesia. Para eso hacía falta un Santo Universal, que no estuviera constreñido a los cultos y devociones localistas que, al ser tan diversos y tantos y al estar repartidos en una extensión tan grande de tierras tendía a la atomización de la Comunidad Católica haciéndola ineficaz en su resistencia a los ataques del enemigo herético de la modernidad. Ese Santo que uniera los dos continentes no podía ser otro que Colón.
La voluntad de la metrópoli de recuperar las colonias recién independizadas no era más que otra ayuda -básica - para los planes del futuro papa.
Así pues, toda la primera parte, titulada "El arpa" reconstruye, modo biografico, la vida del cardenal Mastaï, futuro Pío Nono, y así, poco a poco se nos va contando la historia de su obsesión canonizadora hasta que llegara a convertirse en un plan en la mente del religioso y de las motivaciones reales que la produjeron. Y éstas últimas no son otras que las que muestra esa especie de retrato interior del papa que Carpentier nos da a lo largo de la primera parte de su novela.
Así pues, el género autobiográfico sirve para cumplir una doble función: por un lado estudia y descubre las causas que motivaran la disparatada voluntad de canonizavión de quien Carpentier considerara poco menos que un sinvergüenza, lo que nos prepara para asumir la relación de simpática antipatía con el autor contemplará la vida de su personaje nuclear; y además nos muestra una radiografía de los hechos que la concibieron: el tono de investigación objetiva que es propio de las investigaciones históricas (o biográficas de un personaje histórico) justifica estéticamente la conducta del protagonista de la primera parte de la novela, habida cuenta que la relación entre el autor y su personaje en esta parte es de clara aversión y antipatía. En ella se retrata al personaje como la quinataesencia de la actitud más reaccionaria y retrógrada que darse pudiera en la Europa del XIX, y a su vez lo identifica con la que vulgarmente se entiende como un hábil político: una persona ladina que sabe ocultar sus verdaderas intenciones mientras no ha conseguido todavía el poder, para convertirse en un representante legítimo del antiguo régimen en cuanto lo hubiere conseguido, y tan fanático que hasta le resultó demasiado radical a Napoleón III "nada sospechoso de liberalismo" como el mismo D. Alejo escribe.
Efectivamente Pío IX representa todos los intereses contrarios a Hispanoamérica porque representa todos los intereses contrarios a cualquier tipo de progreso. Y esa es la razón por la que su biografía debe teñirse a veces del tono típico del estilo libre indirecto, en que el autor narra desde el punto de vista omnisciente los propios pensamientos, vivencias e intuiciones personalísimas de Mastaï.

Ese punto de vista cambia en la segunda parte de la novela, titulada "La mano". En ella el mismo Colón se narra a sí mismo su propia historia, en actitud preparatoria para recibir la última confesión en su lecho de muerte. Una suerte de monólogo interior narrativo que distará un tanto de la verdad oficial de los hechos de la vida del descubridor quien, a la postre será incapaz de confesar esa verdad al confesor para el que se ha venido preparando.
En ella el protagonista nuclear de la novela se revela a si mismo como un pícaro. Un personaje que, a pesar de sus continuas conspiraciones ardidosas fraguadas con el propósito exclusivo de su propio beneficio tanto material como "glorioso", no deja de entrañar cierta grandeza del alma sobre todo por su empeño de convertirse en Descubridor, cambiando desde el momento de su hazaña la historia -y la geografía- del mundo.
Pero no sólo el personaje está caracterizado como un pícaro, esto es, un semidelincuente o cuanto menos un falsario profesional que por las circunstancias de su su vida o los matices de su carácter termina cayéndonos simpático -lo mismo que a su autor- aunque nos parezcan inmorales las motivaciones de su conducta en general. La misma narración está concebida como una pequeña novela picaresca: el pícaro Colón, como antaño el pícaro Lázaro, se dirige a una autoridad eclesiástica tratando de justificar, con la verdadera narración de todos los hechos de su vida, aquellos que pudieran parecer censurables. La novedad de la narración del protagonista de Carpentier está en que su pícaro lo será hasta las últimas consecuencias, porque sólo a sí mismo revelará la verdad de los hechos (bien que con la sana y cierta intención de revelarlos posteriormente la confesor), ya que en última instancia preferirá morir no sólo en pecado, sino pecando de hecho: mintiendo al confesor o narrándole verdades a medias, ocultándole la parte pecaminosa de los hechos de su vida aventurera: hablará de sí dando una versión interesada desde el punto de vista de su inclusión en la gloria histórica.

La última parte de la novela -"La sombra"- supondrá otro cambio de género -o de tono genérico, si se me permite la expresión-, sólo que esta vez el género elegido será sintético. Quiero decir que, a mi modo de ver, en "La sombra" están fundidos dos géneros distintos: el de la narración de fantasmas (al estilo del cuento fantástico victoriano inglés o de Leyenda de Bécquer) con el auto sacramental de la más rancia estirpe calderoniana. Esta categoría de síntesis es totalmente consecuente si se piensa que "La mano" es la antítesis de "El arpa": en ésta se pretende canonizar a quien en aquélla se presenta a sí mismo como un pecador contumaz y reincidente. La única manera de que el propio Colón asistiese a su propio juicio de opción a la santidad era mediante las licencias del cuento de fantasmas, y la única manera de que en la narración de su juicio se vieran representadas todas las fuerzas sociales que hubieran tenido algo que ver con su caso era montar, en efecto, una gran representación escénica del tal juicio en el mismo Vaticano, a la cual el espectro pueda asistir como espectador silencioso. Pero de todas maneras ese montaje tiene mucho de estructura narrativa "metafísica" puesto que en la tradición calderoniana de "El Gran Teatro del Mundo" es el propio mundo el que se revela montado sobre unos fundamentos dramatúrgicos; y esto  quiere decir que, de esta manera, el mundo, la realidad accede a la categoría de fantasmagoría. De este modo un fantasma resulta el más idóneo de los espectadores posibles: desde la perspectiva del Más Allá barroco inherente a la concepción dramática del mundo que describimos, es la realidad lo que carece de entidad y el Más Allá, lo que está Allende la realidad, es lo que aparece como consistente. Sic transit gloria mundi.

La elección del complejo genérico depende en este caso de un a su vez complejo sentimiento del autor respecto de sus personajes: una simpatía por el pícaro en proceso −frustrado− de canonización, y una antipatía clara por la institución que la promoviera y, en consecuencia, por los personajes que manipularan los resortes que ponen en funcionamiento los poderes de dicha Institución. Una gran gran antipatía por las estructuras sociales que producen esas falsedades históricas que son síntoma de su inmoral e injusta organización.
La falaz Europa de los imperialismos coloniales queda así al descubierto, y es la voz americana (antiimperialista = herética) de Alejo Carpentier la que suena finalmente desnuda, desnudada mediante el paradójico procedimiento de vestirse de personajes y revestir a estos de convenciones típicas de géneros literarios diversos.

Y es trascendental esta obra de arte narrativa y prosística, que no prosaica (Carpentier es uno de los grandes poetas en castellano de todos los tiempos, precisamente por el arte poética de su prosa), porque ilumina los motivos radicales que explica la perpetua crisis política y económica que azota a Latinoamérica desde 1492.
La semilla contrarreformista, ideología de la Campaña de Colonización del imperio ibérico, germinó y se desarrolló en sus colonias, favoreciendo a una casta de propietarios caciques que venderían, después de las Guerras de Independencia, su productividad a los vecinos USA protestantes, en origen  mayoritario puritanos o calvinistas, otra ideología religiosa, de raíz agustiniana, que defiende la salvación de las almas no por las obras, sino por la fe, Gracia que Dios concede a sus Elegidos, otorgándoles como signo misticoide el Poder y Riqueza ya en esta vida, lo que inmplica el consecuente desprecio de los pobres, a los que tienden a considerar explotables por derecho divino de los dominadores (v. Max Weber).
Por contra, la Contrarreforma, bajo la excusa de la evangelización de los salvajes amerindios, pronto empezó a extenuarlos  (los del Norte anglófono fueron casi extaerminados en la conquista del Oeste, lo cual es peor) como mano de obra casi gratuita, y aun el padre De las Casas denunció el abuso contrario a la Palabra de Jesús el Cristo quien, como más tarde defendería la Teología de la Liberación, si tomó partido por alguien, fue por los pobres. Si bien el buen De las Casas, propuso sustituir a los indígenas por negros africanos, dentro como estaba de una corriente de pensamiento que culminó en los EEUU del XIX con, por ejemplo, el antidarwiniano Louis Agassiz, responsable de la falsa hipótesis poligenetista, que dictaba lecciones sobre el origen plural y diverso de las distintas razas humanas, llevándole tal disparatada e ideológica consigna racista a considerar a los esclavos de color como animales pertenecientes a otros géneros subhumanos o no humanos.
La emancipación de la negritud empezó, pese a ello, con el abolicionismo que dio lugar a la civil Guerra de Secesión norteamericana: había mucha oposición a la libertad de los esclavos, que eran trabajadores agrícolas en los latifundios del Sur. Pero la Abolición, al convertirlos en asalariados mal retribuidos, los convirtió en un proletariado paria, clave del enriquecimiento capitalista liberal subsiguiente a la industrialización. Mientras que el fracaso socioeconómico de Hispanoamérica, determinado, en principio, por la política del español Imperio Romano Germánico -que veía en ella sólo una inmensa mina de donde extraer financiación para la vigilancia policial y, en consecuencia, bélica, de tan vastas extensiones bajo su absolutista dominio, y a la misma España como un campo de reclutas para integrar sus ejércitos- que ocasionó, de esa forma, su propia bancarrota, ya denunciada en el Lazarillo o  por Quevedo, y que alcanzaría el profundo zénit de su final hundimiento con el Desastre del 98 (derrota, por cierto, infligida a España por los mismos Estados descendentes la Unión  vencedora de la Confederación sureña), se llevó por delante las bases del futuro democrático y próspero de las antiguas colonias.
Las culpas, como puede verse, no son sólo españolas: la guerra entre norte y sur continuó, empero, sólo que ahora se ubicó siempre fuera de Estados Unidos, y el enemigo resultó ser siempre el pueblo de su “Patio Trasero”, desde México a la Patagonia; y como la maldad egoísta de la invasión y masacre de las Republicas pobres (pobres por causa de la rapiña sistemática de la Compañías gringas, como la United Fruit), que habían osado rebelarse con todo su derecho contra el latrocinio del capitalismo extranjero, era demasiado evidente e injustificable, hubo que inventar entes de ficción que las justificara en apariencia. Y, ya en el siglo XX, el comunismo soviético post revolución se les ofreció como la gran Excusa. 
Y la Guatemala, maliciosamente considerada comunista, del demócrata Árdenz Guzmán sentó el precedente.

Las cosas han cambiado poco: todavía, por ejemplo, en Bolivia, los indígenas siguen teniendo el mismo problema que tuvieron con los españoles románico-germánicos de entonces, y de ahí el Golpe de Estado instigado por el imperialismo yanqui contra el legítimo y electo presidente Evo Morales, por poner sólo un caso ejemplar de actualidad de rabia.
¡Y fascistas caciquiles, como cierto escritor peruano afincado en España, al que la mafia económica neoliberal le ha regalado un programa de TV pantuflo, diciendo las cosas al revés!: acusando al Indio de dictador, porque, claro, lo han elegido con su votos los indios bolivianos, y para ese tipo de gentuza, todas las razas que no sean la Aria (a la que, por cierto, él mismo no pertenece en puridad) no son, con el pseudo-científico Agassiz, o con Hitler, ni siquiera especímenes humanos.
Y lo dice sin vergüenza. Y se que queda tan contento. 
Y lo peor de todo: hay idiotas que se lo creen.

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