LA VIGENCIA DE LA HEREJÍA
VOLTERIANA
A raíz de Variaciones Voltaire de Juan Hurtado, ganadora del VIII Premio de Teatro
Enrique Llovet
I. Esta obra que paso a comentar,
hoy inencontrable, razón de más para escribir sobre ella, resulta interesante en
más de un aspecto.
En primer lugar, porque el texto
dramático en cuestión implica una vuelta al sentido común prevanguardista en lo
que se refiere a la concepción y composición del mismo: montada sobre claros
parlamentos de personajes característicamente definidos guarda una coherencia
de principio a final que la hace legible e inteligible, lo que la deja bien
orientada hacia la inteligencia de un lector o espectador avispado y atento.
Pero, en segundo lugar, es
interesante porque, a pesar de esa configuración aparentemente reñida con las
locuras vanguardistas a las que me he referido, y que, por otra parte, con
tanto acierto cultivara el mismo autor en otros textos dramáticos por él
paridos y engendrados, no deja de ser un texto moderno, que presta atención a los modi faciendi -y concipiendi- de toda la historia de las concepciones dramáticas,
incluyendo en esa serie lo aprovechable de los propios vanguardismos.
En efecto en Variaciones Voltaire aparecen anacronismos incompatibles con las
reglas de las tres unidades y otros preceptos clásicos por el estilo, tales
como los diálogos del propio Voltaire con personajes históricamente posteriores
a su ilustrado tiempo, como por ejemplo Isidore Ducasse, conde de Lautreàmont;
o la fusión de niveles de realidad −de ficción− distintos que entrañan los
diálogos mantenidos entre el personaje-autor (Voltaire) y los personajes de sus
novelas y dramas, o los dramas de otros, verbi gratia "Gilles
Shakespeare" tal como es llamado por el propio personaje Voltaire. Por
supuesto que las menciones que los tales personajes volterianos (incluido el
Voltaire/personaje de Hurtado) hacen de teorías científicas concebidas en el
siglo XX, como la expansión y la implosión del universo del la teoría
cosmológica del Big Bang, o del "efecto mariposa" de la teoría del
caos y las catástrofes, contribuyen a darle ese aire de ficción fantástica, o
imaginativa -que tanto he dicho y defendido que debe ser el objetivo primordial
de todo arte que se precie- lo cual será por tanto la tercera cosa interesante
que deberemos imputarle al heterodoxo drama de Hurtado.
Pero, a mi modo de ver, lo más
interesante de todo es la elección del personaje central, Voltaire, que,
también a mi modo de ver, y esto es también especialmente interesante, es un
Voltaire heterodoxo.
Si ya, de por sí mismo, Voltaire
fue, y es, un heterodoxo, la heterodoxia de la heterodoxia eleva al cuadrado el
interés heterodoxo de Variaciones
Voltaire.
Aclarémonos: inmediatamente
después de leer la pieza y dispuesto engendrar, concebir y parir este escrito
que el amabilísimo lector se está tomando la molestia de leer, me quise -o hube
de- plantear su encabezamiento titular, y se me ocurrió que un buen y noble
título para este ensayo hubiera sido: "Voltaire, místico ateo",
porque como luego abundaré, este heterodoxo Voltaire de Hurtado exhalaba un
herético y "nebuloso" (de Niebla)
tufillo unamunesco más que pirandelliano (o mejor: del Grau de El Señor de Pigmalión) que más de un adalid de la causa volteriana podría señalar
con dedo inquisitorial. De hecho el diálogo de Voltaire con sus personajes de
ficción implica una "nebulización" de la pieza, que propiciará una
paradójica situación escénica en la que el padre del escepticismo moderno,
Voltaire, acabe por dirigirse al autor de sus días, que no puede ser otro, pues
el peso mítico de la tradición es de gravedad, que el Autor, con mayúscula,
Dios; un Dios, eso sí, que no puede evitar uno confundir con el nada divino
Hurtado, que es el autor de éste
Voltaire de ficción, aunque esta última observación sólo tiene categoría de
Nota a Pie de Página en el mismo drama de Hurtado.
Pero había un problema: si bien
es cierto que el Voltaire histórico, literario y filosófico fue un incansable
protagonista de la lucha ilustrada contra la superstición (léase a E. Trías: La
edad del espíritu), palabra que simbolizaba la ignorancia pasiva -el error- del
vulgo sometido a la ignorancia activa -el engaño- de sacerdotes y de iglesias,
de religiones y palabras de Dios reveladas a profetas, de biblias y de -citando
a Blake- "libros de error" sagrados, de mitos y demás cuentos
fabulosos, con tácitas o expresas promesas falsas de paraísos para los buenos e
infiernos para los malos, y demás elementos ideológicos inventados para hacer
más gobernables, más esclavizados a los pueblos..., si es verdad que Voltaire
fue tan escéptico como todo eso indica, también es cierto que no podemos en
honor a la verdad decir de él, no que fuera un místico -más de un sacerdote de
la religión volteriana se habrá llevado las manos a la cabeza-, sino que fuera
ateo.
II. Porque, como sabemos, el
descreído Voltaire no fue ateo: fue deísta. Al igual, por cierto, que la
mayoría de los ilustrados. Como todo el mundo sabe, el deísmo es una creencia
-o un conocimiento- filosófico que defiende la existencia de un dios creador
del universo mundo, considerado a menudo en estos casos como una gran máquina,
y, que como ocurre con todos los creadores, constructores o diseñadores de
máquinas, una vez construido -el universo y la máquina, modélicamente
identificados- se retira a descansar para convertirse, según terminología de
Eliade, en un deus otiosus que no
vuelve a intervenir para nada en la creación, ni mucho menos en la vida de sus
criaturas.
Volteriana, aun no siendo el
primero que la usó, es la famosa metáfora del Gran Relojero: si el universo es
como una máquina inmensa que funciona según ciertas leyes -científicas-
precisas, como por ejemplo un reloj, la existencia de ese universo mecánico
implica la existencia del diseñador mecánico, en este caso el Gran Relojero
que, una vez fabricado su reloj, le daría cuerda y se retiraría a dormir hasta
que el despertador sonara.
Así, si el noble título de místico ateo no me valía, entonces no
tendría otro remedio que buscar otra antítesis u oxímoron, que se
correspondiera más con los hechos. Quise entonces proponerme como solución a
este problema de armonía de contrarios el noble título de "místico
deísta". Pero la verdad es que dicho oxímoron no significaba lo que yo
pretendía: el Dios de los deístas es demasiado racional para que mi
controvertido sintagma fuera lo suficientemente revulsivo, que de eso es de lo
que se trataba.
Entonces se me ocurrió buscar un
sinónimo para deísta -o, en su defecto, para místico- y no pude evitar
acordarme del término agnóstico, que ilustrados y románticos pusieron
tan de moda para querer significar algo así como "adherido a la causa de
los que defienden que la idea de la existencia o inexistencia de Dios, el Más
Allá o el alma inmortal es indemostrable por la razón, y que mejor nos dejamos
de preguntas sin respuesta".
Pero, aparte de que la mística
agnóstica es verosímilmente posible, y de hecho existe con derivaciones
panteístas, inmanentistas, paganas, budistas, jainistas y meramente poéticas
como en el caso del ateo o agnóstico militante Shelley, Voltaire no cuadraba
con la denominación, porque él entendió siempre que el deísmo era una exigencia
de la razón -y, por tanto, del conocimiento, por lo que "agnóstico",
literalmente "no conocedor" en griego, no es término adecuado-, y
ello puede comprobarse por ejemplo en la crítica que hace al padre Meslier en
el epílogo del libro de este último, Crítica
de la religión y del estado, en que ya desde su claro título puede verse el
mensaje de ateísmo y acracia que el cura arrepentido disparaba sobre sus
propios ex fieles intentando salvarlos del error o el engaño que él mismo había
contribuido a perpetrar con sus actividades profesionales de toda una vida.
Voltaire venía a insinuar que el hecho verdadero de que la religión sea una
poderosa herramienta del estado para sojuzgar con mayor facilidad a sus
súbditos nada decía a favor ni en contra de la existencia de Dios, de un Dios,
eso sí, distinto del que las iglesias acostumbraban a presentarnos.
Pero la expresión "místico
agnóstico" resultó, a la postre, fértil, pues me retrotrajo a la que había
sido, desde la perspectiva de mis significativas intenciones, mi primera idea
titular: "Voltaire: gnóstico agnóstico", llevando el oxímoron a un
estado non plus ultra de filigrana semántica paradójica.
Porque si Voltaire creía en algo
ciegamente, valga la paradoja, era en la luz de la razón como método exclusivo
de alcanzar el conocimiento de la verdad. Un místico, pues, de la razón y del
conocimiento. Pero conocimiento se dice gnosis
en griego, y Gnosis, en la historia del cristianismo primitivo, revela una
manera de entender la religión distinta de la Iglesia oficial. Si ésta hablaba
de creencia, de fe en Dios, los gnósticos hablaban de gnosis, de conocimiento
de Dios. Eran herejes: el non plus ultra de todas las heterodoxias.
No es nada raro: la Ilustración
misma, el racionalismo ilustrado mismo fue una herejía: la ciencia misma fue
una herejía, y si no, que se lo pregunten a Galileo (y no digamos a Giordano
Bruno); que se lo digan a Darwin ya en pleno XIX cuando gracias a Dios −pero al
dios al que se llega por el conocimiento, no por la fe− en Gran Bretaña ya no
existía Inquisición y sólo tuvo que vérselas con algún que otro obispo
fanático, chillón y soplagaitas.
Porque el heterodoxo Voltaire fue
hereje por ilustrado y racionalista, por enemigo de la superstición y de la
iglesias, pero fue doblemente hereje porque, paso a demostrarlo, fue un gnóstico
moderno.
III. El problema fundamental que
se plantea el Gnosticismo es una cuestión de teodicea: la causa (o la justificación)
de la existencia del Mal en el mundo. Sabemos que esto tiene que ver mucho, o
mejor dicho, todo, con Voltaire, y con el Voltaire de Hurtado que ahora
analizamos, porque ambos Voltaires dedicaron una obra, Cándido, a criticar con grave sarcasmo la teodicea más bochornosa
que la Historia del Pensamiento haya dado: esa en que el racionalista Leibniz
afirma que el mal existe en este mundo creado por un infinitamente bondadoso
Dios diseñador de mecánicas armonías preestabecidas no porque, como quisieron
la gnósticos, fuera, al contrario de lo que dice la Iglesia, la creación de un
Dios malvado, sino porque éste es el
mejor de todos los universos posibles.
La afirmación de Leibniz resulta,
según Voltaire, rebatible, con sólo mirar el mundo y observar el sufrimiento de
los inocentes: "si este es el mejor de los mundos posibles, cómo serán los
otros" afirma Cándido.
Y frente a eso, hete ahí la
defensa de la tesis contraria puesta en boca del anacrónico Lautreàmont, Isidore
para los amigos (de Hurtado): el mundo es una chapuza, hecha por un dios
chapucero (paráfrasis resumida).
Ese dios de chapuzas no puede ser
el dios verdadero, infinita y perfectamente bondadoso; y así lo entendieron los
gnósticos: desde cátaros y bogomilos, pasando por maniqueos, basilidianos y
valentinianos, naasenos u ofitas y otras sectas helenísticas hasta llegar a su
posible origen en el mitraísmo o incluso en el mazdeísmo fundado por el propio
Zaratustra, gnósticos y afines han defendido la naturaleza dual de la
Naturaleza: el universo está integrado por dos fuerzas contrarias, el Bien y el
Mal (pero también la Verdad y la Mentira, la Luz y las Tinieblas, la Sabiduría
-la Gnosis- y la Ignorancia, Ahura Mazda o Mitra y Ahrimán o Angra Mainyu, Dios
y el Demonio, etc.) que luchan por la hegemonía y la victoria. El ser humano
tiene que tomar partido (hasta mancharse)
por una de ellas y colaborar así a la victoria final de los Buenos, Verdaderos,
Brillantes, Sabios, Justos, etc, frente a los Malos, Mentirosos, Oscurantistas,
Ignorantes, Inicuos, etc., para obtener la salvación. Esa salvación es el
premio de una lucha mental, intelectual, espiritual contra la inconsciencia, la
ignorancia, el error y la estupidez, fuente de todo mal y pecado.
Los tales gnósticos, además, piensan
que la presencia del mal, ignorancia, oscurantismo en el mundo es sólo
consecuencia de que dicho mundo es una creación de un Dios de las Tinieblas,
malvado e ignorante y embustero, favorecedor del éxito de los injustos y perversos, de los
granujas y sinvergüenzas, en este su mundo. Ese Dios maléfico y torpe llegó a
ser identificado con el Yahveh Sebaoth (Dios de los Ejércitos) de la Biblia,
del mismo modo que al Cristo se le consideró hijo de un Dios de Luz y Amor,
"el Padre Celeste", que no aparece en las Escrituras (aunque tal vez
haya sido respectado en el Génesis con la denominación de Elohim,
literalmete "Dioses" en hebreo). El profeta Mani, fundador del
maniqueísmo, se consideró a sí mismo el último -por entonces- de una lista de
Enviados de ese Dios Desconocido (Agnóstos Zeos), de la cual formarían
parte también Cristo, Buda y otros.
Podríamos considerar a Voltaire
como un gnóstico sin mitologías. Y si no, atiéndase a este párrafo del Diccionario de grandes filósofos de
Ferrater Mora: "...en el secreto fondo de Voltaire alienta la visión de
una lucha universal -de la que se siente principal representante- entre el
fanatismo de la verdad y el fanatismo de la mentira, y entre la razón
reveladora de luz y la razón justificadora de tinieblas, entre la naturaleza auténtica
y entre la naturaleza oscura, entre el bien eminente y el mal."
Donde los gnósticos colocaron
dioses que representaron la sacralidad de las fuerzas espirituales implicadas
en la lucha cósmica, donde los gnósticos escribieron Mayúsculas, Voltaire colocó
energías y cualidades humanas, y escribió minúsculas, pero fue como ellos
defensor partidario -y partisano- de la luz de la razón reveladora y
militantemente enemigo del oscurantismo y la estupidez, por lo que su Gnosis,
fue sólo una gnosis. La diferencia se halla, como se ve, sólo en el tamaño de
una letra.
No es de extrañar, pues, que la
acción del texto de Hurtado arranque del instante dramático en que el personaje
Voltaire intenta corregir su Cándido:
la causa de los muchísimos sufrimientos de Cándido fue un capricho de su autor:
quería Voltaire criticar y ridiculizar la teodicea de Leibniz, esa absurda idea
de un universo malo creado por un
Dios Bueno, por ejemplo el bíblico y terrorífico Yahveh, por tratarse su obra
del mejor de los mundos posibles. Como responsable de las desgracias de su
criatura Cándido, Voltaire quiere corregir su obra para corregir él, a su nivel
creativo de ficción novelesca, la semejanza de su comportamiento como creador
con el comportamiento del Creador, Yahveh Sebaoth, el Dios de la Iglesia (o las
iglesias), puesto que él ha hecho lo mismo que Él: ambos son responsables del
sufrimiento de sus criaturas inocentes. Y la lucha de la razón por el
conocimiento -o la gnosis- de la verdad no debe causar dolor ni a la más evanescente
de las criaturas.
Es normal que, en la obra de
Hurtado, los personajes de Voltaire se rebelen contra su autor, como su autor
siempre se rebeló contra el Dios de las religiones de la iglesias y sus
secuaces.
Quizá por ello Hurtado ha
procurado tratar bien a sus personajes, lo que explica el por otra parte
verosímil premio erótico insinuado con que recompensa a su personaje-autor hacia el final
de su vida y de su obra.
Y IV. Pero, a pesar de los años que han pasado desde el día del premio y la publicación de esta poco divulgada pieza, lo más destacable de la misma es la vigencia de su actualidad: es evidente que la “maniqueización” bipolar de los dos bloques enemigos que protagonizaron la Guerra Fría, tras la destrucción del simbólico Muro de Berlín y la “capitalistización” neoliberal de los Estados antes estalinistas –o comunistas, como vulgar e inexactamente se dice− no tiene hoy día mucho sentido. Y, sin embargo, el antiguo bloque, al final vencedor, que se auto-consideraba representante del Bien planetario, exportador de libertad y democracia al resto del mundo y defensor de los pueblos amenazados por la mentida maldad de las dictaduras comunistas a base de torturar y masacrar a esos mismos pueblos, que siempre dicen defender, y a sus legítimos representantes democrática y libremente elegidos por esos mismos pueblos, sigue usando la excusa del comunismo para cargarse cuanta democracia surge, en especial en su llamado Patio Trasero, id est, Latino-América, y conspirando contra las libertades y los derechos humanos ahí donde la soberana voluntad de un pueblo se manifiesta contraria a los beneficios económicos de sus emporios empresariales norte-americanos, como vuelve a ocurrir en el presente con Bolivia y Chile y, no digamos Venezuela, la Bestia Negra del Neoliberalismo Fascista gringo, cuyo cabezón visible es Donald Trump, y cuyo gabinete ya está hablando otra vez de invasiones, para que revueltas populares no se conviertan en una revolución comunista.
Y IV. Pero, a pesar de los años que han pasado desde el día del premio y la publicación de esta poco divulgada pieza, lo más destacable de la misma es la vigencia de su actualidad: es evidente que la “maniqueización” bipolar de los dos bloques enemigos que protagonizaron la Guerra Fría, tras la destrucción del simbólico Muro de Berlín y la “capitalistización” neoliberal de los Estados antes estalinistas –o comunistas, como vulgar e inexactamente se dice− no tiene hoy día mucho sentido. Y, sin embargo, el antiguo bloque, al final vencedor, que se auto-consideraba representante del Bien planetario, exportador de libertad y democracia al resto del mundo y defensor de los pueblos amenazados por la mentida maldad de las dictaduras comunistas a base de torturar y masacrar a esos mismos pueblos, que siempre dicen defender, y a sus legítimos representantes democrática y libremente elegidos por esos mismos pueblos, sigue usando la excusa del comunismo para cargarse cuanta democracia surge, en especial en su llamado Patio Trasero, id est, Latino-América, y conspirando contra las libertades y los derechos humanos ahí donde la soberana voluntad de un pueblo se manifiesta contraria a los beneficios económicos de sus emporios empresariales norte-americanos, como vuelve a ocurrir en el presente con Bolivia y Chile y, no digamos Venezuela, la Bestia Negra del Neoliberalismo Fascista gringo, cuyo cabezón visible es Donald Trump, y cuyo gabinete ya está hablando otra vez de invasiones, para que revueltas populares no se conviertan en una revolución comunista.
Pero no quiero, por agravio
comparativo, ofender al gran Voltaire. El mentiroso y embustero argumento
anticomunista no procede de una Razón Justificadora de Tinieblas.
Sino de una irracionalidad, por
no decir subnormalidad, término políticamente incorrecto, mitómana y simplista:
se basa en la credulidad de la ignorancia de las mundiales masas hipnotizadas a
la Goebbels por los mass-media en manos de esas grandes corporaciones
económicas. Para el Capitalismo Bárbaro todo lo sea estorbo contra la acumulación
rapaz de la riqueza ajena sigue siendo dictadura comunista.
Y hay que salvar los propios
intereses de esas agresiones del Mal, aunque eso les cueste incluso la vida a
miles de inocentes cuyo único delito ha sido intentar defender los suyos, a los
que, además, tienen derecho, al contrario de lo que ocurre con los potenciales
Invasores bárbaros del Norte.
Como se ve, el Gnosticismo,
volteriano o no, es una tentación para todo intelecto buscador de explicaciones
teodiceicas: el Neocapitalismo Salvaje y Caníbal parece a primera vista una
encarnación diabólica del Mal en el mundo.
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