miércoles, 4 de diciembre de 2019


LA VIGENCIA DE LA HEREJÍA VOLTERIANA

A raíz de Variaciones Voltaire de Juan Hurtado, ganadora del VIII Premio de Teatro Enrique Llovet

I. Esta obra que paso a comentar, hoy inencontrable, razón de más para escribir sobre ella, resulta interesante en más de un aspecto.
En primer lugar, porque el texto dramático en cuestión implica una vuelta al sentido común prevanguardista en lo que se refiere a la concepción y composición del mismo: montada sobre claros parlamentos de personajes característicamente definidos guarda una coherencia de principio a final que la hace legible e inteligible, lo que la deja bien orientada hacia la inteligencia de un lector o espectador avispado y atento.
Pero, en segundo lugar, es interesante porque, a pesar de esa configuración aparentemente reñida con las locuras vanguardistas a las que me he referido, y que, por otra parte, con tanto acierto cultivara el mismo autor en otros textos dramáticos por él paridos y engendrados, no deja de ser un texto moderno, que presta atención a los modi faciendi -y concipiendi- de toda la historia de las concepciones dramáticas, incluyendo en esa serie lo aprovechable de los propios vanguardismos.
En efecto en Variaciones Voltaire aparecen anacronismos incompatibles con las reglas de las tres unidades y otros preceptos clásicos por el estilo, tales como los diálogos del propio Voltaire con personajes históricamente posteriores a su ilustrado tiempo, como por ejemplo Isidore Ducasse, conde de Lautreàmont; o la fusión de niveles de realidad −de ficción− distintos que entrañan los diálogos mantenidos entre el personaje-autor (Voltaire) y los personajes de sus novelas y dramas, o los dramas de otros, verbi gratia "Gilles Shakespeare" tal como es llamado por el propio personaje Voltaire. Por supuesto que las menciones que los tales personajes volterianos (incluido el Voltaire/personaje de Hurtado) hacen de teorías científicas concebidas en el siglo XX, como la expansión y la implosión del universo del la teoría cosmológica del Big Bang, o del "efecto mariposa" de la teoría del caos y las catástrofes, contribuyen a darle ese aire de ficción fantástica, o imaginativa -que tanto he dicho y defendido que debe ser el objetivo primordial de todo arte que se precie- lo cual será por tanto la tercera cosa interesante que deberemos imputarle al heterodoxo drama de Hurtado.
Pero, a mi modo de ver, lo más interesante de todo es la elección del personaje central, Voltaire, que, también a mi modo de ver, y esto es también especialmente interesante, es un Voltaire heterodoxo.
Si ya, de por sí mismo, Voltaire fue, y es, un heterodoxo, la heterodoxia de la heterodoxia eleva al cuadrado el interés heterodoxo de Variaciones Voltaire.
Aclarémonos: inmediatamente después de leer la pieza y dispuesto engendrar, concebir y parir este escrito que el amabilísimo lector se está tomando la molestia de leer, me quise -o hube de- plantear su encabezamiento titular, y se me ocurrió que un buen y noble título para este ensayo hubiera sido: "Voltaire, místico ateo", porque como luego abundaré, este heterodoxo Voltaire de Hurtado exhalaba un herético y "nebuloso" (de Niebla) tufillo unamunesco más que pirandelliano (o mejor: del Grau de El Señor de Pigmalión) que más de un adalid de la causa volteriana podría señalar con dedo inquisitorial. De hecho el diálogo de Voltaire con sus personajes de ficción implica una "nebulización" de la pieza, que propiciará una paradójica situación escénica en la que el padre del escepticismo moderno, Voltaire, acabe por dirigirse al autor de sus días, que no puede ser otro, pues el peso mítico de la tradición es de gravedad, que el Autor, con mayúscula, Dios; un Dios, eso sí, que no puede evitar uno confundir con el nada divino Hurtado, que es el autor de éste Voltaire de ficción, aunque esta última observación sólo tiene categoría de Nota a Pie de Página en el mismo drama de Hurtado.
Pero había un problema: si bien es cierto que el Voltaire histórico, literario y filosófico fue un incansable protagonista de la lucha ilustrada contra la superstición (léase a E. Trías: La edad del espíritu), palabra que simbolizaba la ignorancia pasiva -el error- del vulgo sometido a la ignorancia activa -el engaño- de sacerdotes y de iglesias, de religiones y palabras de Dios reveladas a profetas, de biblias y de -citando a Blake- "libros de error" sagrados, de mitos y demás cuentos fabulosos, con tácitas o expresas promesas falsas de paraísos para los buenos e infiernos para los malos, y demás elementos ideológicos inventados para hacer más gobernables, más esclavizados a los pueblos..., si es verdad que Voltaire fue tan escéptico como todo eso indica, también es cierto que no podemos en honor a la verdad decir de él, no que fuera un místico -más de un sacerdote de la religión volteriana se habrá llevado las manos a la cabeza-, sino que fuera ateo.

II. Porque, como sabemos, el descreído Voltaire no fue ateo: fue deísta. Al igual, por cierto, que la mayoría de los ilustrados. Como todo el mundo sabe, el deísmo es una creencia -o un conocimiento- filosófico que defiende la existencia de un dios creador del universo mundo, considerado a menudo en estos casos como una gran máquina, y, que como ocurre con todos los creadores, constructores o diseñadores de máquinas, una vez construido -el universo y la máquina, modélicamente identificados- se retira a descansar para convertirse, según terminología de Eliade, en un deus otiosus que no vuelve a intervenir para nada en la creación, ni mucho menos en la vida de sus criaturas.
Volteriana, aun no siendo el primero que la usó, es la famosa metáfora del Gran Relojero: si el universo es como una máquina inmensa que funciona según ciertas leyes -científicas- precisas, como por ejemplo un reloj, la existencia de ese universo mecánico implica la existencia del diseñador mecánico, en este caso el Gran Relojero que, una vez fabricado su reloj, le daría cuerda y se retiraría a dormir hasta que el despertador sonara.
Así, si el noble título de místico ateo no me valía, entonces no tendría otro remedio que buscar otra antítesis u oxímoron, que se correspondiera más con los hechos. Quise entonces proponerme como solución a este problema de armonía de contrarios el noble título de "místico deísta". Pero la verdad es que dicho oxímoron no significaba lo que yo pretendía: el Dios de los deístas es demasiado racional para que mi controvertido sintagma fuera lo suficientemente revulsivo, que de eso es de lo que se trataba.
Entonces se me ocurrió buscar un sinónimo para deísta -o, en su defecto, para místico- y no pude evitar acordarme del término agnóstico, que ilustrados y románticos pusieron tan de moda para querer significar algo así como "adherido a la causa de los que defienden que la idea de la existencia o inexistencia de Dios, el Más Allá o el alma inmortal es indemostrable por la razón, y que mejor nos dejamos de preguntas sin respuesta".
Pero, aparte de que la mística agnóstica es verosímilmente posible, y de hecho existe con derivaciones panteístas, inmanentistas, paganas, budistas, jainistas y meramente poéticas como en el caso del ateo o agnóstico militante Shelley, Voltaire no cuadraba con la denominación, porque él entendió siempre que el deísmo era una exigencia de la razón -y, por tanto, del conocimiento, por lo que "agnóstico", literalmente "no conocedor" en griego, no es término adecuado-, y ello puede comprobarse por ejemplo en la crítica que hace al padre Meslier en el epílogo del libro de este último, Crítica de la religión y del estado, en que ya desde su claro título puede verse el mensaje de ateísmo y acracia que el cura arrepentido disparaba sobre sus propios ex fieles intentando salvarlos del error o el engaño que él mismo había contribuido a perpetrar con sus actividades profesionales de toda una vida. Voltaire venía a insinuar que el hecho verdadero de que la religión sea una poderosa herramienta del estado para sojuzgar con mayor facilidad a sus súbditos nada decía a favor ni en contra de la existencia de Dios, de un Dios, eso sí, distinto del que las iglesias acostumbraban a presentarnos.
Pero la expresión "místico agnóstico" resultó, a la postre, fértil, pues me retrotrajo a la que había sido, desde la perspectiva de mis significativas intenciones, mi primera idea titular: "Voltaire: gnóstico agnóstico", llevando el oxímoron a un estado non plus ultra de filigrana semántica paradójica.
Porque si Voltaire creía en algo ciegamente, valga la paradoja, era en la luz de la razón como método exclusivo de alcanzar el conocimiento de la verdad. Un místico, pues, de la razón y del conocimiento. Pero conocimiento se dice gnosis en griego, y Gnosis, en la historia del cristianismo primitivo, revela una manera de entender la religión distinta de la Iglesia oficial. Si ésta hablaba de creencia, de fe en Dios, los gnósticos hablaban de gnosis, de conocimiento de Dios. Eran herejes: el non plus ultra de todas las heterodoxias.
No es nada raro: la Ilustración misma, el racionalismo ilustrado mismo fue una herejía: la ciencia misma fue una herejía, y si no, que se lo pregunten a Galileo (y no digamos a Giordano Bruno); que se lo digan a Darwin ya en pleno XIX cuando gracias a Dios −pero al dios al que se llega por el conocimiento, no por la fe− en Gran Bretaña ya no existía Inquisición y sólo tuvo que vérselas con algún que otro obispo fanático, chillón y soplagaitas.
Porque el heterodoxo Voltaire fue hereje por ilustrado y racionalista, por enemigo de la superstición y de la iglesias, pero fue doblemente hereje porque, paso a demostrarlo, fue un gnóstico moderno.

III. El problema fundamental que se plantea el Gnosticismo es una cuestión de teodicea: la causa (o la justificación) de la existencia del Mal en el mundo. Sabemos que esto tiene que ver mucho, o mejor dicho, todo, con Voltaire, y con el Voltaire de Hurtado que ahora analizamos, porque ambos Voltaires dedicaron una obra, Cándido, a criticar con grave sarcasmo la teodicea más bochornosa que la Historia del Pensamiento haya dado: esa en que el racionalista Leibniz afirma que el mal existe en este mundo creado por un infinitamente bondadoso Dios diseñador de mecánicas armonías preestabecidas no porque, como quisieron la gnósticos, fuera, al contrario de lo que dice la Iglesia, la creación de un Dios malvado, sino porque éste es el mejor de todos los universos posibles.
La afirmación de Leibniz resulta, según Voltaire, rebatible, con sólo mirar el mundo y observar el sufrimiento de los inocentes: "si este es el mejor de los mundos posibles, cómo serán los otros" afirma Cándido.
Y frente a eso, hete ahí la defensa de la tesis contraria puesta en boca del anacrónico Lautreàmont, Isidore para los amigos (de Hurtado): el mundo es una chapuza, hecha por un dios chapucero (paráfrasis resumida).
Ese dios de chapuzas no puede ser el dios verdadero, infinita y perfectamente bondadoso; y así lo entendieron los gnósticos: desde cátaros y bogomilos, pasando por maniqueos, basilidianos y valentinianos, naasenos u ofitas y otras sectas helenísticas hasta llegar a su posible origen en el mitraísmo o incluso en el mazdeísmo fundado por el propio Zaratustra, gnósticos y afines han defendido la naturaleza dual de la Naturaleza: el universo está integrado por dos fuerzas contrarias, el Bien y el Mal (pero también la Verdad y la Mentira, la Luz y las Tinieblas, la Sabiduría -la Gnosis- y la Ignorancia, Ahura Mazda o Mitra y Ahrimán o Angra Mainyu, Dios y el Demonio, etc.) que luchan por la hegemonía y la victoria. El ser humano tiene que tomar partido (hasta mancharse) por una de ellas y colaborar así a la victoria final de los Buenos, Verdaderos, Brillantes, Sabios, Justos, etc, frente a los Malos, Mentirosos, Oscurantistas, Ignorantes, Inicuos, etc., para obtener la salvación. Esa salvación es el premio de una lucha mental, intelectual, espiritual contra la inconsciencia, la ignorancia, el error y la estupidez, fuente de todo mal y pecado.
Los tales gnósticos, además, piensan que la presencia del mal, ignorancia, oscurantismo en el mundo es sólo consecuencia de que dicho mundo es una creación de un Dios de las Tinieblas, malvado e ignorante y embustero, favorecedor del éxito de los injustos y perversos, de los granujas y sinvergüenzas, en este su mundo. Ese Dios maléfico y torpe llegó a ser identificado con el Yahveh Sebaoth (Dios de los Ejércitos) de la Biblia, del mismo modo que al Cristo se le consideró hijo de un Dios de Luz y Amor, "el Padre Celeste", que no aparece en las Escrituras (aunque tal vez haya sido respectado en el Génesis con la denominación de Elohim, literalmete "Dioses" en hebreo). El profeta Mani, fundador del maniqueísmo, se consideró a sí mismo el último -por entonces- de una lista de Enviados de ese Dios Desconocido (Agnóstos Zeos), de la cual formarían parte también Cristo, Buda y otros.
Podríamos considerar a Voltaire como un gnóstico sin mitologías. Y si no, atiéndase a este párrafo del Diccionario de grandes filósofos de Ferrater Mora: "...en el secreto fondo de Voltaire alienta la visión de una lucha universal -de la que se siente principal representante- entre el fanatismo de la verdad y el fanatismo de la mentira, y entre la razón reveladora de luz y la razón justificadora de tinieblas, entre la naturaleza auténtica y entre la naturaleza oscura, entre el bien eminente y el mal."
Donde los gnósticos colocaron dioses que representaron la sacralidad de las fuerzas espirituales implicadas en la lucha cósmica, donde los gnósticos escribieron Mayúsculas, Voltaire colocó energías y cualidades humanas, y escribió minúsculas, pero fue como ellos defensor partidario -y partisano- de la luz de la razón reveladora y militantemente enemigo del oscurantismo y la estupidez, por lo que su Gnosis, fue sólo una gnosis. La diferencia se halla, como se ve, sólo en el tamaño de una letra.
No es de extrañar, pues, que la acción del texto de Hurtado arranque del instante dramático en que el personaje Voltaire intenta corregir su Cándido: la causa de los muchísimos sufrimientos de Cándido fue un capricho de su autor: quería Voltaire criticar y ridiculizar la teodicea de Leibniz, esa absurda idea de un universo malo creado por un Dios Bueno, por ejemplo el bíblico y terrorífico Yahveh, por tratarse su obra del mejor de los mundos posibles. Como responsable de las desgracias de su criatura Cándido, Voltaire quiere corregir su obra para corregir él, a su nivel creativo de ficción novelesca, la semejanza de su comportamiento como creador con el comportamiento del Creador, Yahveh Sebaoth, el Dios de la Iglesia (o las iglesias), puesto que él ha hecho lo mismo que Él: ambos son responsables del sufrimiento de sus criaturas inocentes. Y la lucha de la razón por el conocimiento -o la gnosis- de la verdad no debe causar dolor ni a la más evanescente de las criaturas.
Es normal que, en la obra de Hurtado, los personajes de Voltaire se rebelen contra su autor, como su autor siempre se rebeló contra el Dios de las religiones de la iglesias y sus secuaces.
Quizá por ello Hurtado ha procurado tratar bien a sus personajes, lo que explica el por otra parte verosímil premio erótico insinuado con que recompensa a su personaje-autor hacia el final de su vida y de su obra.

Y IV. Pero, a pesar de los años que han pasado desde el día del premio y la publicación de esta poco divulgada pieza, lo más destacable de la misma es la vigencia de su actualidad: es evidente que la “maniqueización” bipolar de los dos bloques enemigos que protagonizaron la Guerra Fría, tras la destrucción del simbólico Muro de Berlín y la “capitalistización” neoliberal de los Estados antes estalinistas –o comunistas, como vulgar e inexactamente se dice− no tiene hoy día mucho sentido. Y, sin embargo, el antiguo bloque, al final vencedor, que se auto-consideraba representante del Bien planetario, exportador de libertad y democracia al resto del mundo y defensor de los pueblos amenazados por la mentida maldad de las dictaduras comunistas a base de torturar y masacrar a esos mismos pueblos, que siempre dicen defender, y a sus legítimos representantes democrática y libremente elegidos por esos mismos pueblos, sigue usando la excusa del comunismo para cargarse cuanta democracia surge, en especial en su llamado Patio Trasero, id est, Latino-América, y conspirando contra las libertades y los derechos humanos ahí donde la soberana voluntad de un pueblo se manifiesta contraria a los beneficios económicos de sus emporios empresariales norte-americanos, como vuelve a ocurrir en el presente con Bolivia y Chile y, no digamos Venezuela, la Bestia Negra del Neoliberalismo Fascista gringo, cuyo cabezón visible es Donald Trump, y cuyo gabinete ya está hablando otra vez de invasiones, para que revueltas populares no se conviertan en una revolución comunista.
Pero no quiero, por agravio comparativo, ofender al gran Voltaire. El mentiroso y embustero argumento anticomunista no procede de una Razón Justificadora de Tinieblas.
Sino de una irracionalidad, por no decir subnormalidad, término políticamente incorrecto, mitómana y simplista: se basa en la credulidad de la ignorancia de las mundiales masas hipnotizadas a la Goebbels por los mass-media en manos de esas grandes corporaciones económicas. Para el Capitalismo Bárbaro todo lo sea estorbo contra la acumulación rapaz de la riqueza ajena sigue siendo dictadura comunista.
Y hay que salvar los propios intereses de esas agresiones del Mal, aunque eso les cueste incluso la vida a miles de inocentes cuyo único delito ha sido intentar defender los suyos, a los que, además, tienen derecho, al contrario de lo que ocurre con los potenciales Invasores bárbaros del Norte.
Como se ve, el Gnosticismo, volteriano o no, es una tentación para todo intelecto buscador de explicaciones teodiceicas: el Neocapitalismo Salvaje y Caníbal parece a primera vista una encarnación diabólica del Mal en el mundo.

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