Y el cisne.
El cisne rojo consagrado al sol, como dice Cirlot, y
el cisne blanco a Apolo como dios de la música y la profecía porque se decía
que el elegante pájaro cantaba sólo justo antes de morir, pero también y sobre
todo a Venus, la diosa del amor y el sexo y la belleza; y de la fertilidad, y
de los huertos y jardines, del Lucero del alba y de la tarde, en latín Lucifer,
de la sangre seminal del Cielo Uranos emasculado por su hijo Cronos el Tiempo;
del mar o sus espumas anadiómenas, y de la vida.
Parece que en lugar de un gran poeta del siglo XXI
estuviéramos hablando de Rubén Darío.
Y es posible que algún crítico profesional, pagado
por la prensa al servicio de las grandes editoriales propietarias de su
capital, diría esto mismo que estoy diciendo yo, pero, por defender la línea de la
empresa finanadora, juzgaría negativa la relación de semejanza con el maestro modernista.
Desde luego no seré yo, es imposible, quien tal
haga. Porque llevo diciendo muchos años que cualquier modernista
hispanoamericano de segunda fila o incluso de tercera es más poeta que muchos
de los secuaces de ese realismo sentimentaloide que la ideología vigente, falsa
como todas las ideologías y demás sistemas dogmáticos, ha impuesto como estilo
y poética obligatorios.
Críticos hay que han dicho, por ejemplo, que el
modernista Fernando Fortún hubiera sido mejor poeta si hubiera cedido a la moda
del momento y hubiera escrito poemas ultraístas, o que qué lástima que José del
Río Saínz, coetáneo del 27 –e incluido por Gerardo Diego en su fina Antología-,
se mantuviera fiel a formas modernistas obsoletas o caducas.
O sea: que para ser buen poeta hay que escribir
poemas que se parezcan a los que hace todo el mundo, o al menos a los que
hicieran en su momento la mayoría de los contemporáneos del poeta.
Bueno: Y si a uno le parece abominable y falsa la
poesía de su tiempo, y además desconfía, después de un siglo de disparates y
bodrios vanguardistas, de todo lo que pretenda ser innovación, y vuelve con
genial humildad la vista hacia los grandes maestros, ¿tiene por redaños que
hacer lo que es contrario a su conciencia moral y artística?
Por qué.
¿Porque los dogmas ideológicos de los mayoritarios
poetas actuales a la moda son poseedores de la verdad absoluta?
A veces olvidamos que lo que es bueno para la
política no lo es en absoluto para la poesía, que suele ser creación de un
genio solitario, esto es: de un ciudadano que sólo debe tener derecho a un solo
voto.
Pero es un hecho: para ser un poeta verdadero hay
que ser libre y elegir desde dentro. Contra viento y marea.
Juan Miguel González demuestra en este libro que lo
es:
Porque ¿qué mejor manera de abordar la enigmática
paradoja de un mundo inmundo como el nuestro que recurrir al viejo simbolismo
modernista?
Un simbolismo en donde lo más importante, aunque
algunos lectores de hoy no se hayan enterado aún, es la creación de esa
atmósfera mágica, poética que alude críticamente, por agravio comparativo, a
esta realidad prosaica y mezquina que hemos fabricado los seres humanos a base
de políticas avariciosas e inicuas que, como todas la que siempre han sido, con alguna excepción como la augústea, han
exiliado de ella a la poesía.
Y si la poesía está exiliada de este mundo, habrá
que ir a buscarla al Otro: al Más Allá.
Allá donde no llega la razón científica ni
filosófica, dicen (aunque, paradójicamente, con frecuencia encuentra uno más
poesía en libros científicos y filosóficos que en muchos poemas de inspiración
realista).
La rebelión contra el prosaísmo desencantado de éste
mundo ha llevado, sin embargo, aunque con coherencia, a Juan Miguel (como ya
hicieran Borges con su conservadurismo ultra, o Eliot con su anglicanismo, o Valle-Inclán con su carlismo por estética) a sumarse a neocatolicismo sentimental que lo ha
aproximado a una ideología conservadora de cuño tradicionalista.
Con todos mis respetos, tal suceso ha sido para mí
un error: el fervor religioso por el sacrificio del (pese a su historicidad) mítico y fabuloso Cristo no es razón para ponerse de parte de una Iglesia que
ha traicionado su verdadera Palabra, entrando en complicidad con los poderosos
del Imperio y del imperialismo, y, en su día, hasta del nazional-socialismo.
Sobre todo porque como defiende la Teología de la
Liberación, Jesús, si tomó partido por alguien, lo hizo por los pobres, y se
opuso a los mercaderes que profanaban la sacralidad de un Templo que utilizaban
como ocasión para el negocio, y esa unión de actividad para la ganancia
económica con el espacio dedicado a la divinidad le pareció tan inmundo que
acabó, predicador como era del amor incluso al enemigo, a zurriagazos con
vendedores de materiales para el sacrificio.
Por tanto esa especie de reacción anticomunista de
cuño nacional-católico que ha aceptado el poeta en el mismo paquete de su conversión
es impropia de un cristiano que quiera seguir la Palabra y el Ejemplo de
Cristo. Y no hay que decir que la obra de Marx, que pudo tener errores de estrategia, no
los tuvo de intención: don Karl escribió en defensa del proletariado, dadas sus
condiciones de Pobreza, consecuencia de la explotación del libre mercado de
los superriquísimos.
El simbolismo evangélico o neotestamentario está
claro: la Iglesia no debe ser jamás una empresa económica ni debe tener ninguna
relación con ninguna de ellas.
Este error ideológico es, no obstante, ajeno a la poesía
de Juan Miguel González y, después de todo este tipo de meteduras de pata no le
quita grandes la grandeza poética ni a Pound, por más fascita que fuera, no a Neruda, por
estalinista.
Pero el mercado que, insisto como siempre, no es
malo o inmoral en sí, o lo es sólo cuando se convierte en medio para la iniquidad
y el mal para con los pobres,
como en el neoliberalismo vigente, es demasiado terrenal para mezclarlo
con la sobrenaturalidad del Padre, a Quien, por cierto no se puede llegar con
el lenguaje del realismo, al tratarse de una prosopopeya de un Ideal
Trascendente: con ese registro lingüístico gris, estrecho y romo del realismo ideológico
no vamos ni al Más Allá, ni a Ninguna Parte.
Ni como indagación o pregunta sin respuesta.
Ni como indagación o pregunta sin respuesta.
Nos quedamos aquí.
Y para eso, maldita la falta que nos hace hacer
poesía.
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