domingo, 1 de diciembre de 2019

INSPIRACION Y OFICIO

(Texto para la inauguración de un Taller de Escritura)

I. Para hacer un poema hacen falta dos cosas que por su carácter de básicas puede decirse que son la madre y el padre de la poemática criatura, las dos condiciones sine qua non, los dos elementos constitutivos fundamentales e imprescindibles y, por lo tanto, los dos monstruos a lidiar en esta ardua y arriesgada faena de hacer poesía. Esos dos elementos pueden ser aludidos con infinidad de expresiones, y es por ello por lo que un servidor preferirá las más sencillas y menos pretenciosas: son los dos términos que dan título a estas líneas. Al hablar de Inspiración y Oficio como componentes básicos del proceso compositivo en cuestión me arriesgo -y soy consciente de ello- a las más arduas y enconadas críticas por parte de los poetas y poetillas de moda, esos que se han empeñado en afirmar con incomprensible tozudez que el poema es sólo el resultado de la voluntad de divulgar la experiencia personal de un individuo llamado poeta y que, puesto que los dioses y las musas no existen, pero por lo visto sí esa cosa que se inventó unadmirable monomaníaco austriaco bautizándola con el nombre de subsconciente, será de ahí, de los sótanos de la psique humana, de donde brota la poesía o al menos de donde surge ese primer impulso misterioso que desencadena el proceso creativo lírico y que, en consecuencia, eso que se llamó inspiración no existe, pues que ningún espíritu existe que pueda introducirse dentro de nosotros para desencadenar una reacción cuyo resultado sea el poema.
Paralelamente la palabra oficio también se encuentra sometida a un alto grado de descrédito entre la legión del poetillismo versosimplista actual, porque parece ser que el oficio sólo era necesario cuando la métrica y el verso eran obligados medios creativos de la poesía lírica, más no ya hoy cuando, una vez descubierto ese curioso engendro moderno conocido como verso libre, hemos podido descubrir en seguida que para expresar libre y espontáneamente lo primero que se nos ocurra no nos hace falta ningún oficio ni ningún conocimiento del lenguaje ni ningún dominio de sus infinitos recursos expresivos sino sencillamente soltar una palabra detrás de otra según sale. Y a eso, al resultado que se obtenga mediante tan dificultosa tarea hay todavía quien tiene la desfachatez de llamarla poema. Según esa regla, un poema sería cualquier fragmento de discurso, por lo que la palabra poema carecería de significado específico y no sería necesaria excepto sólo como sinónimo de "texto". Tal afirmación no entraña mentira alguna: todo poema es un texto. Pero eso no quiere decir que todos los textos sean poemas. Y hay que saber en qué radica la diferencia. Y para ello hay que saber qué es un poema. Y como parece ser que la cosa no está muy clara voy a permitirme ofrecer una definición: un poema es una combinación armónica de signos lingüísticos.
En esta definición habrán ustedes visto que intervienen dos términos o conceptos: el de signo lingüístico y el de combinación armónica. Pues bien, veámoslos por separado:

Como todo el mundo sabe un signo lingïístico es una unidad significativa que consta de dos aspectos solidarios e indisolubles: para que un signo lo sea, es decir, para que un signo sea significativo es necesario que conste de un parte perceptible por los sentidos, esto es, una parte material, significante, que esté asociada a otra parte sólo concebible por la inteligencia, esto es, una parte mental, o significado.
Y todo el mundo sabe qué es combinación pero a lo mejor no se tiene tan claro lo que es armonía, por lo que yo me voy a permitir el lujo y el atrevimiento de recordárselo: armonía es el efecto que produce en la mente de un contemplador la contemplación de un objeto que cumple las propiedad de que sus partes guarden, aun siendo distintas, e incluso contrarias (y cuanto más, mejor) una relación de justa proporción entre sí. O sea que un objeto armónico es una entidad sometida a un tipo específico de orden que implica convivencia, tensional, sí, pero pacífica, acordada, de opuestos coincidentes.
En las artes plásticas, que son artes del espacio, esto puede observarse y descubrirse sin dificultad. Todo objeto artístico, toda obra de arte tiende a ser por naturaleza un objeto hermoso. De hecho, a los seres humanos nos parece hermoso lo que es proporcionado, sometido al tipo de orden que sea, y todo lo desproporcionado nos parece monstruoso y caótico. Por eso nos gustan más miss mundo que la mujer más gorda del idem y los atletas más que Quasimodo.
Es en la elección del orden específico que cada artista elija donde radicará su originalidad y por lo tanto su talento y su genio.
Y está claro que el orden es un concepto fundamentado en el principio de identidad  y contraste y por lo tanto de repetición. El orden más simple de todos cuantos existen es el de la simetría. Cójase un borrón caótico de tinta cualquiera y reprodúzcase su mancha al lado mediante la sencilla técnica de plegamiento del papel en que la tinta haya sido vertida, y se verá una demostración de lo que acabo de decir: un caos, un manchurrón simétricamente repetido se convierte en un dibujo rudimentario, en un objeto sometido a un principio de orden.
Así pues, todo orden parte de la relación de identidad o similitud que guardan entre sí los distintos elementos repetidos por imitación que compongan el conjunto ordenado.

Pero claro, el arte del lenguaje, la poesía y la literatura, no es un arte del espacio sino, como la música, del tiempo. Desde al menos Saussure sabemos que la lengua es lineal y que tiene que darse en el tiempo. Un sonido detrás de otro, una sílaba tras otra, una palabra tras otra.
Pues bien: creo que voy a poder demostrar que la armonía a nivel de significante, de sonido, se llama verso y por lo tanto métrica, y que la armonía a nivel de sentido, de significados se llama inteligencia analógica y por lo tanto metáfora, alegoría y mito. Y que lo primero es una cuestón de Oficio, mientras que lo segundo es una cuestión de Inspiración.

II. Insisto: es evidente que la literatura y la música son artes de tiempo, artes que se desarrollan en el tiempo, porque son sonoras. Y si la armonía es una cuestión de identidades y similitudes de los elementos distintos que componen el todo, será obvio que la repetición de elementos afines a lo largo de la cadena sonora será la base de esa armonía sonora. Repetir periódicamente elementos o conjuntos de elementos sonoros es un fenómeno desde siempre conocido como ritmo. El ritmo es el fundamento del sonido artístico.
Así que el ritmo en el lenguaje se consigue sólo de una manera: repitiendo sonidos o repitiendo grupos de sonidos.
Por supuesto que la veriedad de los elementos fónicos a repetir es infinita: podemos repetir fonemas o grupos de fonemas y tendremos un tipo de métrica aliterativa, básica en las literaturas célticas antiguas. Podemos repetir periódicamente las cantidades durativas de las vocales en las lenguas en que las haya y tendremos una métrica basada en los llamados pies métricos, propios de las métricas latina y griega. Podemos colocar los acentos a distancias proporcionales unos de otros repitiendo la misma combinación de sílabas átonas y tónicas y tendremos una métrica de pies acentuales. Podremos repetir sonidos y grupos de sonidos vocálicos o consonanticos colocados a distancias estratégicas unos de otros y tendremos un ritmo tímbrico o rima. Podemos repetir períodos constituidos por el mismo número de sílabas y tendremos lo que se conoce en crítica literaria con el nombre de isometría.
Lo que queda claro con esto es que la armonía de los sonidos está basada en la métrica. Y que toda métrica debe ser definida como el sometimiento del lenguaje a pautas fónicas preestablecidas por la voluntad y el gusto del autor. Por tanto, y como ya antes insinué, la expresión verso libre es absurda. Porque si el verso resulta del sometimiento del lenguaje a pautas, nunca podrá ser libre sino sometido, producto de un sometimiento y de una sumisión. Las pautas, eso sí, estarán elegidas por la voluntad del compositor, que ésa sí es libre. Pero el verso no. Y si fuera libre, no estaría sometido a ninguna pauta métrica y no sería verso. Sería prosa. Por supuesto que pueden componerse poemas en prosa y yo mismo lo he hecho y continúo haciéndolo. Pero esa prosa, si quiere ser bella, armónica, literaria tiene que hacer lo posible por parecerse al verso aunque sea un mínimo, y montarse sobre períodos sintácticos cuyos elementos funcionales reproduzcan una suerte de ritmo lógico, ya que no sonoro.
Y piénsese que esto del sometimiento es algo bueno porque produce fecundidad y por tanto riqueza. Lo mismo que el agricultor somete la tierra y la naturaleza para obtener sus frutos, el poeta debe someter el lenguaje para obtener los suyos.
Y piénsese además que cuanto más dificultosa sea la tarea mayor fruto producirá a la postre, por lo que la elección de una estructura rítmica más difícil producirá el parto de los más intensos y esplendentes significados.
Porque la poesía y la poeticidad del lenguaje surgen precisamente cuando, sometido éste a pautas, el ingenio del poeta se ve obligado a emplearse a fondo para conseguir que el primer impulso expresivo no se pierda al adaptarse a la estructura rítmica; o mejor dicho: es al producirse esa adaptación cuando nace la poeticidad del lenguaje: el poeta se ve obligado a parafrasear su primitiva idea enriqueciéndola así de matices significativos por él insospechados hasta entonces, se ve obligado acaso a añadir adjetivos que complementan la significación de los nombres haciéndola más precisa, o tal vez a sustituir esos adjetivos por sinónimos de más sílabas cuyo significado añada otro nuevo matiz que sea otro descubrimiento, o a sustituir términos simples por proposiciones subordinadas que obligan a desarrollar un idea que vivía comprimida en la semilla de su lexema y ahora, convertida en frase que quiere adaptarse a las pautas sonoras, crece y se alarga y se carga de significados nuevamente nuevos; o quizás también al revés, quizás alguna vez habrá que desprenderse de una sílaba que no nos cabe en el verso y para ello no tendremos más remedio que buscar otra palabra con menos sílabas que signifique lo mismo o, de no encontrarla, tendremos que acudir a nuestro ingenio para encontrar la solución adecuada a tan arduo problema. Y así, si la encontramos, volverá a ser todo un descubrimiento, y hemos dicho de nosotros mismos cosas que ahora vemos que son verdad, pero que no sabíamos.
Es decir: hemos sido inspirados. Inspirados porque en nuestra conciencia se ha producido una revelación cuyo origen nos resulta misterioso porque, según dicta la razón, "de la nada no puede provenir el ser" o, según dicta el sentido común, "de donde nada hay nada se puede sacar"; y antes de empezar el poema nada sabíamos de los descubrimientos hechos luego por sus contenidos. E, inspirados en el sentido etimológico de la palabra, puesto que inspirarse es "spirare in se" que, traducido al cristiano, significa "meter un soplo -un espíritu- dentro de sí mismo". Y ese espíritu de origen desconocido surge en nosotros cuando nos empeñamos en componer poemas como Dios manda, y nos dejamos de estas zarandajas modernísimas de hacer poesía prosaica, cuando, según creo haber demostrado lo que cabría hacer es más bien lo contrario: hacer siempre -siempre que de arte se trate- prosa poética, lo más poética que sepamos, lo más parecida al verso de que seamos capaces, y, si lo somos del todo, mejor y siempre hacer sencillamente versos.
Eso por un lado. Pero por otro nos queda por estudiar en qué consista la armonía vista desde la perspectiva de los significados.

III. Y si antes quedó claro que la armonía se consigue siempre mediante la puesta en relación de elementos semejantes aunque diversos y aun contrarios, será lógico concluir que en la repetición de similaridades semánticas se hallará el quid de la armonía de los contenidos. Y las tales semejanzas, similitudes o similaridades ha de encontrarlas cada poeta asociando rasgos semejantes de elementos diferentes de modo que pueda establecerse comparación. Y al hablar de comparación hablamos de la base de un modo de conocimiento que podríamos llamar inteligencia analógica.
La inteligencia poética es una inteligencia que compara y relaciona realidades, de modo que mediante esa comparación que la imaginación lleva a cabo, el misterio de las cosas queda iluminado con una luz distinta de la pobre razón o del pobre sentido común.
Porque estoy de acuerdo con Poe en aquello de que el poema es una operación de la inteligencia, y en consecuencia también estoy de acuerdo con su discípulo y traductor Baudelaire en aquello de que la inteligencia del poeta no es la inteligencia del filósofo:
porque la inteligencia del filósofo se basa en el razonamiento deductivo, mientras que la del poeta se basa en la intuición analógica que, añado yo, es la base de una visión mítica del mundo.
Ni más ni menos que el mismísimo Ortega y Gasset defendía que la razón es un modo más -uno entre tantos- de la fantasía humana, entendida ésta como la capacidad humana de representación psíquica de una Realidad -el Ser- que, en el fondo, desconocemos: representación que no es otra cosa . pensar empezó a dar respuestas que al principio quisiseron ser versión aproximativa del misterio, esto es, mito.
Y el mito es un fenómeno o fantasía que, en principio inventa la poesía, y que  que luego los administradores de la sociedad utilizarán para someter a los individuos, pues que habrán descubierto el tremendo poder de fascinación casi hipnótica que los tales mitos ejercían en las conciencias de los seres inteligentes.
Así surgió ni más ni menos que la religión; porque, como todo poeta serio sabe, poesía y religión son dos cosas muy relacionadas, pues mientras que la religión persigue como fin someter al individuo acentuando su miedo ante el misterio para consolarlo después a cambio de fantásticas promesas y hacerlo de este modo fácilmente gobernable, la poesía pretende liberar al individuo de su miedo al misterio enseñándole el camino de la única revelación posible, la fantástica inteligencia analógica que defendió Baudelaire, esa inteligencia que al enfrenterse con el misterio reconoce humildemente "no sé que es esto" para afirmar a continuación: "pero se parece a esto otro que si conozco", y con ello lo compara produciéndose en la inteligencia comparativa una iluminación que ha sido posible gracias al entrenamiento metafórico al que es habitualmente sometida.
Y ese entrenamiento de las facultades comparativas es la base de las alegorías que son el resultado de la comparación de lo desconocido por los seres humanos con lo que para ellos es más conocido o, por lo menos, más familiar, es decir, ellos mismos, y así toda alegoría es una antropomorfización de entidades inexplicables. Y si los Dioses y por tanto las Musas son como quería Giordano Bruno alegorías de las fuerzas de la Naturaleza, que es sagrada, es la alegoría simbólica el origen del mito y de la fábula y por lo tanto de la literatura que es una de las hijas mayores de la poesía. De las Musas, que son las Diosas de la Inspiración.
Y esa inteligencia que escruta y compara, esa inteligencia creativa, esa inteligencia de la imaginación que -decía el ya citado Wordswoth- salta por encima de los muros y golfos de misterio que la razón nunca podrá sobrepasar, es una inteligencia que se halla sembrada en la tierra de la sensibilidad y que sólo puede fertilizarse con el abono de la emoción.
Porque la emoción es el combustible de la verdadera inteligencia.
Para saber pensar, antes hay que aprender a sentir, a sentir hondo.
Y, si, cuando nos hemos dedicado vocacionalmente a sentir hondo, a experimentar en nosotros mismos y en profundidad el misterio de todo lo que nos rodea, intentamos expresarlo sometiéndolo a la pauta de la armonía, empezaremos en el momento de la composición a poner orden en nuestra conciencia, y de esa manera nacerá de ella el Espíritu Demiúrgico que producirá la oxigenación y fertilización de nuestra materia gris, el Fantástico Soplo vivificador que barrerá las nieblas e iluminará las tinieblas y eliminará toda gris traslucidez para volver nuestra conciencia trasparente para nosotros mismos, y ese espíritu o soplo (que no es más que -o que es ni más ni menos que- un expresión analógica para aproximarnos a la verdad de un fenómeno psíquico misterioso), ese espíritu, digo, se habrá metido dentro de nosotros, nos habrá inspirado, habrá producido dentro de nosotros Inspiración, gracias a nuestro trabajo y a nuestro ingenio y a nuestras capacidades en el manejo de las formas, gracias en última instancia, a la sabiduría de nuestro oficio.

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