I. Para
hacer un poema hacen falta dos cosas que por su carácter de básicas puede
decirse que son la madre y el padre de la poemática criatura, las dos
condiciones sine qua non, los dos elementos constitutivos fundamentales e
imprescindibles y, por lo tanto, los dos monstruos a lidiar en esta ardua y
arriesgada faena de hacer poesía. Esos dos elementos pueden ser aludidos con
infinidad de expresiones, y es por ello por lo que un servidor preferirá las
más sencillas y menos pretenciosas: son los dos términos que dan título a estas
líneas. Al hablar de Inspiración y Oficio como componentes básicos del proceso
compositivo en cuestión me arriesgo -y soy consciente de ello- a las más arduas
y enconadas críticas por parte de los poetas y poetillas de moda, esos que se
han empeñado en afirmar con incomprensible tozudez que el poema es sólo el
resultado de la voluntad de divulgar la experiencia personal de un individuo
llamado poeta y que, puesto que los dioses y las musas no existen, pero por lo
visto sí esa cosa que se inventó unadmirable monomaníaco austriaco bautizándola
con el nombre de subsconciente, será de ahí, de los sótanos de la psique
humana, de donde brota la poesía o al menos de donde surge ese primer impulso
misterioso que desencadena el proceso creativo lírico y que, en consecuencia,
eso que se llamó inspiración no existe, pues que ningún espíritu existe que
pueda introducirse dentro de nosotros para desencadenar una reacción cuyo
resultado sea el poema.
Paralelamente
la palabra oficio también se encuentra sometida a un alto grado de descrédito
entre la legión del poetillismo versosimplista actual, porque parece ser que el
oficio sólo era necesario cuando la métrica y el verso eran obligados medios
creativos de la poesía lírica, más no ya hoy cuando, una vez descubierto ese
curioso engendro moderno conocido como verso libre, hemos podido descubrir en
seguida que para expresar libre y espontáneamente lo primero que se nos ocurra
no nos hace falta ningún oficio ni ningún conocimiento del lenguaje ni ningún
dominio de sus infinitos recursos expresivos sino sencillamente soltar una
palabra detrás de otra según sale. Y a eso, al resultado que se obtenga
mediante tan dificultosa tarea hay todavía quien tiene la desfachatez de
llamarla poema. Según esa regla, un poema sería cualquier fragmento de
discurso, por lo que la palabra poema carecería de significado específico y no
sería necesaria excepto sólo como sinónimo de "texto". Tal afirmación
no entraña mentira alguna: todo poema es un texto. Pero eso no quiere decir que
todos los textos sean poemas. Y hay que saber en qué radica la diferencia. Y
para ello hay que saber qué es un poema. Y como parece ser que la cosa no está
muy clara voy a permitirme ofrecer una definición: un poema es una combinación
armónica de signos lingüísticos.
En esta
definición habrán ustedes visto que intervienen dos términos o conceptos: el de
signo lingüístico y el de combinación armónica. Pues bien, veámoslos por
separado:
Como
todo el mundo sabe un signo lingïístico es una unidad significativa que consta
de dos aspectos solidarios e indisolubles: para que un signo lo sea, es decir,
para que un signo sea significativo es necesario que conste de un parte
perceptible por los sentidos, esto es, una parte material, significante, que esté asociada a otra parte sólo concebible por la
inteligencia, esto es, una parte mental, o significado.
Y todo
el mundo sabe qué es combinación pero a lo mejor no se tiene tan claro lo que
es armonía, por lo que yo me voy a permitir el lujo y el atrevimiento de
recordárselo: armonía es el efecto que produce en la mente de un contemplador
la contemplación de un objeto que cumple las propiedad de que sus partes guarden,
aun siendo distintas, e incluso contrarias (y cuanto más, mejor) una relación
de justa proporción entre sí. O sea que un objeto armónico es una entidad
sometida a un tipo específico de orden que implica convivencia, tensional, sí, pero
pacífica, acordada, de opuestos coincidentes.
En las
artes plásticas, que son artes del espacio, esto puede observarse y descubrirse
sin dificultad. Todo objeto artístico, toda obra de arte tiende a ser por
naturaleza un objeto hermoso. De hecho, a los seres humanos nos parece hermoso
lo que es proporcionado, sometido al tipo de orden que sea, y todo lo
desproporcionado nos parece monstruoso y caótico. Por eso nos gustan más miss
mundo que la mujer más gorda del idem y los atletas más que Quasimodo.
Es en
la elección del orden específico que cada artista elija donde radicará su
originalidad y por lo tanto su talento y su genio.
Y está
claro que el orden es un concepto fundamentado en el principio de identidad y contraste y por lo tanto de repetición. El
orden más simple de todos cuantos existen es el de la simetría. Cójase un
borrón caótico de tinta cualquiera y reprodúzcase su mancha al lado mediante la
sencilla técnica de plegamiento del papel en que la tinta haya sido vertida, y
se verá una demostración de lo que acabo de decir: un caos, un manchurrón
simétricamente repetido se convierte en un dibujo rudimentario, en un objeto
sometido a un principio de orden.
Así
pues, todo orden parte de la relación de identidad o similitud que guardan
entre sí los distintos elementos repetidos por imitación que compongan el
conjunto ordenado.
Pero
claro, el arte del lenguaje, la poesía y la literatura, no es un arte del
espacio sino, como la música, del tiempo. Desde al menos Saussure sabemos que
la lengua es lineal y que tiene que darse en el tiempo. Un sonido detrás de
otro, una sílaba tras otra, una palabra tras otra.
Pues
bien: creo que voy a poder demostrar que la armonía a nivel de significante, de
sonido, se llama verso y por lo tanto métrica, y que la armonía a nivel de
sentido, de significados se llama inteligencia analógica y por lo tanto
metáfora, alegoría y mito. Y que lo primero es una cuestón de Oficio, mientras
que lo segundo es una cuestión de Inspiración.
II. Insisto:
es evidente que la literatura y la música son artes de tiempo, artes que se
desarrollan en el tiempo, porque son sonoras. Y si la armonía es una cuestión
de identidades y similitudes de los elementos distintos que componen el todo,
será obvio que la repetición de elementos afines a lo largo de la cadena sonora
será la base de esa armonía sonora. Repetir periódicamente elementos o
conjuntos de elementos sonoros es un fenómeno desde siempre conocido como
ritmo. El ritmo es el fundamento del sonido artístico.
Así que
el ritmo en el lenguaje se consigue sólo de una manera: repitiendo sonidos o
repitiendo grupos de sonidos.
Por
supuesto que la veriedad de los elementos fónicos a repetir es infinita:
podemos repetir fonemas o grupos de fonemas y tendremos un tipo de métrica
aliterativa, básica en las literaturas célticas antiguas. Podemos repetir
periódicamente las cantidades durativas de las vocales en las lenguas en que
las haya y tendremos una métrica basada en los llamados pies métricos, propios
de las métricas latina y griega. Podemos colocar los acentos a distancias
proporcionales unos de otros repitiendo la misma combinación de sílabas átonas
y tónicas y tendremos una métrica de pies acentuales. Podremos repetir sonidos
y grupos de sonidos vocálicos o consonanticos colocados a distancias
estratégicas unos de otros y tendremos un ritmo tímbrico o rima. Podemos
repetir períodos constituidos por el mismo número de sílabas y tendremos lo que
se conoce en crítica literaria con el nombre de isometría.
Lo que
queda claro con esto es que la armonía de los sonidos está basada en la
métrica. Y que toda métrica debe ser definida como el sometimiento del lenguaje
a pautas fónicas preestablecidas por la voluntad y el gusto del autor. Por
tanto, y como ya antes insinué, la expresión verso libre es absurda. Porque si el verso resulta del sometimiento
del lenguaje a pautas, nunca podrá ser libre sino sometido, producto de un
sometimiento y de una sumisión. Las pautas, eso sí, estarán elegidas por la
voluntad del compositor, que ésa sí es libre. Pero el verso no. Y si fuera
libre, no estaría sometido a ninguna pauta métrica y no sería verso. Sería
prosa. Por supuesto que pueden componerse poemas en prosa y yo mismo lo he
hecho y continúo haciéndolo. Pero esa prosa, si quiere ser bella, armónica,
literaria tiene que hacer lo posible por parecerse al verso aunque sea un
mínimo, y montarse sobre períodos sintácticos cuyos elementos funcionales
reproduzcan una suerte de ritmo lógico, ya que no sonoro.
Y
piénsese que esto del sometimiento es algo bueno porque produce fecundidad y
por tanto riqueza. Lo mismo que el agricultor somete la tierra y la naturaleza
para obtener sus frutos, el poeta debe someter el lenguaje para obtener los
suyos.
Y
piénsese además que cuanto más dificultosa sea la tarea mayor fruto producirá a
la postre, por lo que la elección de una estructura rítmica más difícil
producirá el parto de los más intensos y esplendentes significados.
Porque
la poesía y la poeticidad del lenguaje surgen precisamente cuando, sometido
éste a pautas, el ingenio del poeta se ve obligado a emplearse a fondo para
conseguir que el primer impulso expresivo no se pierda al adaptarse a la
estructura rítmica; o mejor dicho: es al producirse esa adaptación cuando nace
la poeticidad del lenguaje: el poeta se ve obligado a parafrasear su primitiva
idea enriqueciéndola así de matices significativos por él insospechados hasta
entonces, se ve obligado acaso a añadir adjetivos que complementan la
significación de los nombres haciéndola más precisa, o tal vez a sustituir esos
adjetivos por sinónimos de más sílabas cuyo significado añada otro nuevo matiz
que sea otro descubrimiento, o a sustituir términos simples por proposiciones
subordinadas que obligan a desarrollar un idea que vivía comprimida en la
semilla de su lexema y ahora, convertida en frase que quiere adaptarse a las
pautas sonoras, crece y se alarga y se carga de significados nuevamente nuevos;
o quizás también al revés, quizás alguna vez habrá que desprenderse de una sílaba
que no nos cabe en el verso y para ello no tendremos más remedio que buscar
otra palabra con menos sílabas que signifique lo mismo o, de no encontrarla,
tendremos que acudir a nuestro ingenio para encontrar la solución adecuada a
tan arduo problema. Y así, si la encontramos, volverá a ser todo un
descubrimiento, y hemos dicho de nosotros mismos cosas que ahora vemos que son
verdad, pero que no sabíamos.
Es
decir: hemos sido inspirados. Inspirados porque en nuestra conciencia se ha
producido una revelación cuyo origen nos resulta misterioso porque, según dicta
la razón, "de la nada no puede provenir el ser" o, según dicta el
sentido común, "de donde nada hay nada se puede sacar"; y antes de
empezar el poema nada sabíamos de los descubrimientos hechos luego por sus
contenidos. E, inspirados en el
sentido etimológico de la palabra, puesto que inspirarse es "spirare in
se" que, traducido al cristiano, significa "meter un soplo -un
espíritu- dentro de sí mismo". Y ese espíritu de origen desconocido surge
en nosotros cuando nos empeñamos en componer poemas como Dios manda, y nos
dejamos de estas zarandajas modernísimas de hacer poesía prosaica, cuando,
según creo haber demostrado lo que cabría hacer es más bien lo contrario: hacer
siempre -siempre que de arte se trate- prosa poética, lo más poética que
sepamos, lo más parecida al verso de que seamos capaces, y, si lo somos del
todo, mejor y siempre hacer sencillamente versos.
Eso por
un lado. Pero por otro nos queda por estudiar en qué consista la armonía vista
desde la perspectiva de los significados.
III. Y
si antes quedó claro que la armonía se consigue siempre mediante la puesta en
relación de elementos semejantes aunque diversos y aun contrarios, será lógico
concluir que en la repetición de similaridades semánticas se hallará el quid de
la armonía de los contenidos. Y las tales semejanzas, similitudes o
similaridades ha de encontrarlas cada poeta asociando rasgos semejantes de
elementos diferentes de modo que pueda establecerse comparación. Y al hablar de
comparación hablamos de la base de un modo de conocimiento que podríamos llamar
inteligencia analógica.
La
inteligencia poética es una inteligencia que compara y relaciona realidades, de
modo que mediante esa comparación que la imaginación lleva a cabo, el misterio
de las cosas queda iluminado con una luz distinta de la pobre razón o del pobre
sentido común.
Porque
estoy de acuerdo con Poe en aquello de que el poema es una operación de la
inteligencia, y en consecuencia también estoy de acuerdo con su discípulo y
traductor Baudelaire en aquello de que la inteligencia del poeta no es la
inteligencia del filósofo:
porque
la inteligencia del filósofo se basa en el razonamiento deductivo, mientras que
la del poeta se basa en la intuición analógica que, añado yo, es la base de una
visión mítica del mundo.
Ni más
ni menos que el mismísimo Ortega y Gasset defendía que la razón es un modo más
-uno entre tantos- de la fantasía humana, entendida ésta como la capacidad
humana de representación psíquica de una Realidad -el Ser- que, en el fondo,
desconocemos: representación que no es otra cosa versión
aproximativa del misterio, esto es, mito.
Y el mito
es un fenómeno o fantasía que, en principio inventa la poesía, y que que luego los administradores de la sociedad
utilizarán para someter a los individuos, pues que habrán descubierto el
tremendo poder de fascinación casi hipnótica que los tales mitos ejercían en
las conciencias de los seres inteligentes.
Así
surgió ni más ni menos que la religión; porque, como todo poeta serio sabe,
poesía y religión son dos cosas muy relacionadas, pues mientras que la religión
persigue como fin someter al individuo acentuando su miedo ante el misterio
para consolarlo después a cambio de fantásticas promesas y hacerlo de este modo
fácilmente gobernable, la poesía pretende liberar al individuo de su miedo al
misterio enseñándole el camino de la única revelación posible, la fantástica
inteligencia analógica que defendió Baudelaire, esa inteligencia que al
enfrenterse con el misterio reconoce humildemente "no sé que es esto"
para afirmar a continuación: "pero se parece a esto otro que si
conozco", y con ello lo compara produciéndose en la inteligencia
comparativa una iluminación que ha sido posible gracias al entrenamiento
metafórico al que es habitualmente sometida.
Y ese
entrenamiento de las facultades comparativas es la base de las alegorías que
son el resultado de la comparación de lo desconocido por los seres humanos con
lo que para ellos es más conocido o, por lo menos, más familiar, es decir,
ellos mismos, y así toda alegoría es una antropomorfización de entidades
inexplicables. Y si los Dioses y por tanto las Musas son como quería Giordano Bruno
alegorías de las fuerzas de la Naturaleza, que es sagrada, es la alegoría
simbólica el origen del mito y de la fábula y por lo tanto de la literatura que
es una de las hijas mayores de la poesía. De las Musas, que son las Diosas de
la Inspiración.
Y esa
inteligencia que escruta y compara, esa inteligencia creativa, esa inteligencia
de la imaginación que -decía el ya citado Wordswoth- salta por encima de los
muros y golfos de misterio que la razón nunca podrá sobrepasar, es una
inteligencia que se halla sembrada en la tierra de la sensibilidad y que sólo
puede fertilizarse con el abono de la emoción.
Porque
la emoción es el combustible de la verdadera inteligencia.
Para
saber pensar, antes hay que aprender a sentir, a sentir hondo.
Y, si,
cuando nos hemos dedicado vocacionalmente a sentir hondo, a experimentar en
nosotros mismos y en profundidad el misterio de todo lo que nos rodea,
intentamos expresarlo sometiéndolo a la pauta de la armonía, empezaremos en el
momento de la composición a poner orden en nuestra conciencia, y de esa manera
nacerá de ella el Espíritu Demiúrgico que producirá la oxigenación y
fertilización de nuestra materia gris, el Fantástico Soplo vivificador que
barrerá las nieblas e iluminará las tinieblas y eliminará toda gris traslucidez
para volver nuestra conciencia trasparente para nosotros mismos, y ese espíritu
o soplo (que no es más que -o que es ni más ni menos que- un expresión
analógica para aproximarnos a la verdad de un fenómeno psíquico misterioso),
ese espíritu, digo, se habrá metido dentro de nosotros, nos habrá inspirado,
habrá producido dentro de nosotros Inspiración, gracias a nuestro trabajo y a
nuestro ingenio y a nuestras capacidades en el manejo de las formas, gracias en
última instancia, a la sabiduría de nuestro oficio.
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