martes, 10 de diciembre de 2019

POEMA RADICAL II.


 Variación de una idea del poeta Federico Gallego Ripoll. (Comunicación personal por facebook.)

Cuando el alma de Hitler posee a un desgraciado
que se cree superior por ser un ignorante,
me da lástima el pobre: sometido a ese Hado
de diseño psicópata por la Fuerza Gigante

del Tifón y el Encédalo (que dominan la punta
de la extrema pirámide en su altura derecha
-aplastando al cimiento que soporta su yunta-
desde su subterráneo búnker, socios de estrecha

relación con Plutón, que causan terremotos
y erupciones volcánicas) y las artes de Hefesto
contratado por ellos -los que compran los votos
del imbécil a cambio de un gran Cero en su cesto

de la compra-, nos gruñe con su triple cabeza
cancerbera, el retrato haciéndole a su facha
ideológica, o parla, y no acaba si empieza,
como un disco rayado que de hambre se empacha,

y se queda tan pancho, al creer que manduca;
y te pide respuestas que le has dado y no entiende,
y a pedir te las vuelve, y no escucha, y farruca
se le pone su lengua de cotorra…, sorprende

que se empeñe en dar clases de una abstrusa materia
que jamás estudiara, pero opina que opina,
un dislate tras otro propalando con seria
ironía sabionda: es doctor en doctrina

de frontón narcisista, que sacó de su infusa
omnisciencia infalible, al mirarse el ombligo,
donde late el embuste de su cínica musa:
el Patrón que le ordena ser su propio enemigo.

Cuando el alma de Hitler predispone votantes
en su pro desde el fondo del peor inconsciente
donde habita la Bestia, por caminos errantes
a otro mundo me iría donde viva otra gente,

en herencia dejándoles esta Aldea. No puedo,
sin embargo, marcharme, de manera que sigo
intentando que piense, y por ello me quedo.
Y parece que quiere que yo sufra el castigo

que desea imponernos: destrúír esta especie
suya y mía o le violen sus sudados derechos,
esperando un Diluvio Terminal que ya arrrecie
con la necia esperanza de dejarnos maltrechos.

Y es que el pobre fascista por cateto no sabe
lo que hace ni dice -y me da mucha pena-
ni que, juntos, de nautas tripulamos la Nave
que al naufragio, compinche de un mal Capi, condena.

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