lunes, 2 de diciembre de 2019

Ensayo de autobiografía-ficción

I.

            Al principio fue el Caos.
            Y después la Catástrofe.
         Pero, según el matemático René Thom, las catástrofes son como aquellos saltos cualitativos consecuencia de previas acumulaciones cuantitativas de los que hablaba Marx: más es diferente, como defienden los emergentistas.
         El caos sin embargo nunca muere, por mucho que sea, como se ha descubierto, propenso al orden, y por mucho que ordenar el caos suponga o implique su muerte:
          muertes que son técnicamente denominadas rupturas de simetría, que son necesarias para las transiciones de fase, tal como cuando el agua se convierte en hielo o el vapor en líquido lluvioso, pero no eliminan la sustancia básica:
           el agua siempre es agua, moléculas compuestas de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, aunque la forma de su aspecto cambie por contacto y contagio con la temperatura del ambiente.
           La vida, o la proto-vida, tampoco.
           Todo es caos, y éste es propenso al orden.

     Una autobiografía deberá siempre empezar por ahí: al principio fue el caos indistinto e indiferenciado, el desorden -o un orden tan complejo y dinámico y vivo que se manifiesta como caos a nuestra conciencia, porque nuestra conciencia es posterior consecuencia del orden y de la diferencia, y emerge de la inconsciencia indiferenciada de la primera infancia, en que no se es consciente de nada, porque en verdad la infancia es pura inconciencia; y la inconciencia es caos, tal como nos lo demuestran esos furtivos accesos que tenemos a ella en los ensueños.
            O porque el orden en que consiste el caos es tan absoluto e igualitario que en su seno todos sus elementos integrantes y componentes son tan idénticos entre sí que no existe ni puede existir diferencia alguna entre ellos.
            Aunque todo caos indistinto bulle de fluctuaciones aleatoria de ida y vuelta.
        Porque orden y caos no son dos cosas tan distintas como para que debamos considerarlas y verlas, como suele ocurrir, como contrarias, separadas por un abismo negativo que las opone en tanto que clase ontológica, sino que hay entre ellos una diferencia de grado: siempre hay más o menos orden y caos en relación inversamente proporcional a su actualidad.

            Yo, como todos, nací sin conciencia, por supuesto.
            Pero por mucho que mi, por otra parte, admirado Sigmund Freud se revolviera en su tumba o en el paraíso del más allá en el que nunca creyó, tratando de llevarse las manos a la cabeza, yo nunca sufrí el complejo de Edipo. (Volveré sobre esto en otra sección.)
         Puedo afirmar, eso sí, siguiendo a Girard, que mi Layo, al que jamás maté, fue para mí un modelo al que quise suplantar con mi deseo mimético: quería poseer lo mismo que él poseía, incluida mi madre, pero jamás sentí por ella ningún deseo incestuoso, dijera lo que dijera el inventor del psiconálisis. Mi hija, empero, sí que sufriría el complejo de Electra como, para desgracia y pena de su madre, pude comprobar en su debido momento. Pero yo no sentí nunca deseos prohibitivos ni frustraciones celosas respecto de mis progenitores.
         Y no porque yo fuera o haya sido un superhombre, sino porque de pequeño siempre fui un verdadero tonto.
           Siempre he sido el tonto de la familia.

          Y mi biografía puede ser descrita como el perpetuo esfuerzo heroico y sacrificial para enfrentar con audacia al Monstruo de la Tontería. 
            La Tontería y su Tiranosaurio reina por doquier: y el problema de los tontos es que no tienen la suficiente inteligencia socrática como para darse cuenta de que son tontos.
            Y pervive en la inconsciencia de infante: etimológicamante “el que no habla”. 
            Y, por ende, no entiende.
            El que no se habla ni a sí mismo, y, si se habla, miente.
            Porque casi nadie puede soportar su auténtico fondo, el trasfondo óntico de sus ser real, que es pura insignificancia.
            Yo, no obstante, lo supe desde el principio, no por mérito propio, sino porque mis hermanos, sobre todo la mayor, que en paz descanse y gloria esté, porque se suicidó a sus 49 años, siempre me lo decía desde el cotidiano pódium de su cruel desprecio:
            ella se creía muy inteligente (y lo era) y dotada de una irresistible personalidad, y se reía de los que no estábamos a su altura:
            todo el mundo hablaba de su inteligencia y aplicación, y las altísimas notas de sobresalientes y matrículas y bandas de honor que le daban las monjas en el colegio parecían demostrarlo.

            Y se lo creyó.

            Cuando un buen día, para ella malísimo, descubrió que no era tan maravillosa y excepcional como pensaba,
           sino más bien una persona normal, como todos, como su pobre hermano, el tonto de la familia, con sus defectos e incapacidades, como todo el mundo,
           se llevó un disgusto tan grande que empezó a sentirse la última cagarruta del universo,
           y el golpe fue para ella tan duro que ya no volvió a recuperarse:
          empezó a sufrir horribles depresiones que a lo largo de 29 años la arrastraron a la inconsciencia de la locura, donde siempre estuvo sin saberlo, para al final saltar desde la terraza de un noveno piso, en cuyo ático vivía, después de haber amenazado a uno de sus hijos -que huyó- con dos enormes cuchillos de cocina.
           Yo entonces ya me había dado cuenta que el gran problema de todo ser humano es la egolatría.
           Años después comprobaría que todos los hombres y mujeres que en el mundo somos hacemos cualquier cosa con tal de no ser conscientes de nuestra insignificancia,
           y la no menos frecuente de ellas es proyectar las carencias de nuestro ser y sus defectos en el vecino,
            y a ser posible en la propias víctimas de nuestros atropellos.
            Y más todavía en los mensajeros de los juicios críticos ajenos que no queremos aceptar y que, por decirnos la verdad, odiamos con intensidad para evitar el odio contra nosotros mismos.

         Uno de los casos más espectaculares y conspicuos del fenómeno de que hablo lo padecí en especial con alguien a quien creí mi amigo y que por no ofender con directas alusiones llamaré Manuel García, pero que podría haberse llamado Antonio Pérez, y no voy a perder más tiempo eligiendo un nombre más significactivo para un personaje que no se lo merece.
            En efecto Manuel García no sabía ni quería saber nada de sí mismo:
            era socráticamente tonto y anti-délfico:
            no sabía que no sabía nada que mereciera la pena ser sabido,
            pero siempre iba dando lecciones de sabiduría y, lo que es peor, órdenes.
       Era director de teatro sin estudios ni títulos, y organizando y montando espectáculos por pueblos de la provincia había conseguido ganarse sus primeras pesetas.
            Pero esas pesetas nunca fueron suficientes para llegar a final de mes, por lo que tendía a vivir del sablazo, bien sobre sus mujeres con las que convivió, y de las que vivió,  en pareja, bien de los amigos que, tontos, tardamos años en darnos cuenta de lo egoísta, aprovechado, ingrato, mal amigo y tontísimo, por listillo, y malísima persona que era.
            Pero no adelantemos acontecimientos.
          Yo veía y oía cómo todo el mundo elogiaba a mis hermanos por sus talentos y, como es natural, por deseo mimético, yo quería lo mismo.
            Pero mi pobre personilla de entonces tenía un serio problema para alcanzar esos objetivos: no tenía ningún talento.
            Y cuando quise darme cuenta de ello, ya era demasiado tarde: había crecido en mí como una kundalini que despliega sus anillos desde mi hueso cuqui hasta el cerebro, no un complejo de Edipo que, insisto, nunca tuve, sino un complejo de inferioridad tan grande como una torre feudal.
            Siempre me sentí el último mono de la farándula social, y mis primeras luchas, siempre desorientadas, contra mi nimiedad e insignificancia, me llevaban una y otra vez a hacer el ridículo y el gilipolllas.
            Pero como no hay noche que no termine con una aurora, un buen día mi Yahveh interior pronunció su Fiat Lucidez.

            Y entonces comprendí.

            Y vi que todo lo que me rodeaba era malo.
            Porque todo era mentira -o falsedad.
            La gente mentía y se mentía y se creía sus propias mentiras, y despectivamente despreciaba al despreciable inferior acomplejado con descalificaciones y calumnias, sólo para reforzar el blufoso fantasma de un ego sin sustancia.
            De hecho más tarde mis estudios e investigaciones me revelaron que de hecho ningún ego tiene, en realidad. sustancia:
            como dice Hofstadter, el científico cognitivo, el ego es producto de una especie de circuitos neuronales que se retro-auto-alimentan mutuos creando una ilusión central, algo así como un espejo que se encara con otro reflejando sus nadas, y que sólo una pequeña desviación de dicho enfrentamiento, un clinamen, que diría Epicuro, o inclinación, hace que se reflejen a la recíproca en su propia desviación especular, una repetición de imágenes de sí auto-reflexivas o autorreferentes que por inclinación de marcos de la superficie azogada se pierden en una curva reiterativa que tiende al infinito.
            Un cero reflejado hasta el infinito: eso es un ego: y quien más ego tiene más acusa a los demás de ser egoístas, ególatras o egoicos o soberbios:
            porque el ego vive para ser reflejo en los egos de los demás y así asegurar de algún modo su inexistente consistencia;
            y como nada es absoluto, son los egos menos merecedores de reflejo social los que tiende a tener una opinión más alta y fundamentada de su sólida entidad:
            cuando se miran a sí mismos se  ven a sí mismos mirándose y se creen que lo que ven es cierto y no mera ilusión,
            pero les entra el vértigo de la verdad sospechosa, por no sentir asco de sí mismos, y achacan sus carencias al vecino, e imputan a sus víctimas sus delitos y crímenes de verdugos o garrapatas.
            Pero donde más he visto y comprobado la nulidad de nuestros egos es en la gente que tiene vocación de mando y se sienten investidos de una autoridad de la que sólo ellos son apócrifos autores.
            Sin el mando no son nada e, inconscientes, lo saben y, cuando alguien que no tiene por qué obedecerles le desobedece, empiezan a odiarlo y, por tanto, a acusarlo de sentir odio contra él,
            pero en el fondo es sólo pura envidia, de la que acusa al envidiado y, hasta ahí podríamos llegar, qué voy a envidiarle yo a uno que además de ser más tonto y menos lúcido que yo,
            es un pobre diablo que no tiene donde caerse muerto, un muertodehambre que no tiene talento para mantenerse por sus medios, un estafador y timador que además y encima tiene la desvergüenza de insultar al acreedor cuando le pide la devolución del préstamo,
            y a quien termina diciéndole que se deje ya de tonterías,
            que hasta el más tonto de los psicoanalistas sabría que uno, en el fondo, no lo llama para recordarle que le toca devolver el dinero que le prestara a fin de evitar que  lo echaran de su cuchitril por impago del alquiler,
            sino porque mi deseo de mantener el contacto con él, según él, es superior a mis fuerzas;
            y, ay Manuel García, como me tienes acostumbrado a incriminarme de tus crímenes contra mí,
            descubro, pobrecillo, que eres tú el que, secreto homosexual, ya lo había sospechado, siempre estuviste enamorado de tu irreconocido benefactor,
            y como no hubieras podido jamás ser correspondido
            porque siempre, a pesar de mi generosidad me importaste un bledo,
            empezaste a tratarme como sueles hacer con tus novias,
            primero a maltratarme de palabra y ofensa
            y, como a darme de hostias nunca te hubieras atrevido,
            porque en el fondo eres un cobarde que sólo se atreve con los débiles,
            te levantabas del asiento del bar en donde yo te había invitado a unos cubatas y comer mientras aguantaba tus descaradas descalificaciones y chulerías,
            me dabas la espalda, me hacías el gesto de la peseta con tu asqueroso dedo corazón
            y, protegido detrás de la ciber-pantalla de tu ordenador, ya en tu casa,
       cuyo alquiler había pagado yo para que no te pusieran en la calle, me enviabas e-mails diciéndome de todo menos bonito,
            como, insisto, si yo fuera una novia que hubiera roto contigo,
           porque te he visto hacer eso con ellas una y otra vez incluso desde mi propio ordenador que yo te había prestado,
            para que me lo agradecieras diciéndome qué lento es tu ordenador,
            como cuando saqué de mi nevera una ración de comida que tenía guardada para mí y te la dí con toda mi solidaridad y añadí unas mandarinas frescas,
            para que me dijeras al día siguiente que mis mandarinas estaban revenidas
            y, como te dijera qué buena educación la de tu gratitud, me dijiste: tus mandarinas son una mierda
            y yo te dije pues en ese caso ya no te doy más de comer,
            no tengo por qué aguantar esos desprecios que tratan de desperdicios lo que son mis ayudas.
           
            Pero veo que estoy obseso con tu incapacidad para la humildad y el agradecimiento:
            confieso que me siento psíquicamente vulnerado y, por más que intento hablar de mí, es a ti a quien vuelvo con cargante redundancia,
            porque, sí, lo veo y me lo confieso, eres la primera persona que en sentido negativo no ha conseguido serme indiferente:
            me resultas odioso y la tirria que despiertas en mi ánimo me indispone conmigo mismo,
            porque ni el menor de mis desprecios te mereces.

            En fin, mi pobre hermana, el pobre diablo este y las masas en general viven en perpetua inconsciencia de su ser genuino, porque, si cada cual se conociera, en verdad, a sí mismo, sentiría la más cruel y repulsiva de las repugnancias.

      Así pues, un siguiente día me volví a ver creando un nuevo mundo propio con un metempsicótico Fiat Lucidez por reflexión y preguntándome, si a mí, después de todo una persona tan normal y corriente como todas, no me estaría sucediendo lo mismo que ellas yo les imputaba.
            Y sí: ahí empezaron mis mareantes ataques de acrofobia ante el fondo sin fondo y sin fin en el que se estaba abismando mi curiosidad por la verdad profunda de mi sustancia básica en tanto que psique autónoma y consciente.

            Y entonces nací.

            Me explicaré.

            Érase una vez un tonto que un buen día se dio cuenta de que era tonto; y desde entonces tomó consciencia de que el género humano entero era tan tonto como él había sido, porque nadie es lo suficientemente inteligente, o valeroso, en su búsqueda del conocimiento de la verdad, como para conocer y reconocer el hecho de que es tonto; y, mientras no se dé ese humilde y vertiginoso paso, ni el más inteligente lo será lo bastante como poder abandonar el mundo de la tontería ni de atravesar el umbral que lleva al mundo de la inteligencia.

            Y eso es lo que explica que gente de alto coeficiente intelectual diga y haga a menudo no sólo una tontería detrás de otros, sino que las afirme ex cátedra como si fueran genialidades que extrae de su papal infalibilidad por estar en contacto directo con la verdad absoluta:
            el culto y la fe ciega en la excelencia del propio ego eclipsa el sol y, por ende, toda posibilidad de iluminación.
            Y si no les pasa lo que a mi hermana, la depresiva y suicida,
            les pasa lo que al pobre de mía ex amigo Manuel García.

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