Al
principio fue el Caos.
Y
después la Catástrofe.
Pero,
según el matemático René Thom, las catástrofes son como aquellos saltos
cualitativos consecuencia de previas acumulaciones cuantitativas de los que
hablaba Marx: más es diferente, como defienden los emergentistas.
El
caos sin embargo nunca muere, por mucho que sea, como se ha descubierto,
propenso al orden, y por mucho que ordenar el caos suponga o implique su
muerte:
muertes
que son técnicamente denominadas rupturas
de simetría, que son necesarias para las transiciones de fase, tal como
cuando el agua se convierte en hielo o el vapor en líquido lluvioso, pero no
eliminan la sustancia básica:
el
agua siempre es agua, moléculas compuestas de dos átomos de hidrógeno y uno de
oxígeno, aunque la forma de su aspecto cambie por contacto y contagio con la
temperatura del ambiente.
La
vida, o la proto-vida, tampoco.
Todo
es caos, y éste es propenso al orden.
Una
autobiografía deberá siempre empezar por ahí: al principio fue el caos
indistinto e indiferenciado, el desorden -o un orden tan complejo y dinámico y
vivo que se manifiesta como caos a nuestra conciencia, porque
nuestra conciencia es posterior consecuencia del orden y de la diferencia, y
emerge de la inconsciencia indiferenciada de la primera infancia, en que no se es
consciente de nada, porque en verdad la infancia es pura inconciencia; y la inconciencia es
caos, tal como nos lo demuestran esos furtivos accesos que tenemos a ella en
los ensueños.
O
porque el orden en que consiste el caos es tan absoluto e igualitario que en su
seno todos sus elementos integrantes y componentes son tan idénticos entre sí
que no existe ni puede existir diferencia alguna entre ellos.
Aunque
todo caos indistinto bulle de fluctuaciones aleatoria de ida y vuelta.
Porque
orden y caos no son dos cosas tan distintas como para que
debamos considerarlas y verlas, como suele ocurrir, como contrarias, separadas
por un abismo negativo que las opone en tanto que clase ontológica, sino que
hay entre ellos una diferencia de grado: siempre hay más o menos orden y caos
en relación inversamente proporcional a su actualidad.
Yo,
como todos, nací sin conciencia, por supuesto.
Pero
por mucho que mi, por otra parte, admirado Sigmund Freud se revolviera en su
tumba o en el paraíso del más allá en el que nunca creyó, tratando de llevarse
las manos a la cabeza, yo nunca sufrí el complejo de Edipo. (Volveré sobre esto en otra sección.)
Puedo
afirmar, eso sí, siguiendo a Girard, que mi Layo, al que jamás maté, fue para
mí un modelo al que quise suplantar con mi deseo mimético: quería poseer lo mismo
que él poseía, incluida mi madre, pero jamás sentí por ella ningún deseo
incestuoso, dijera lo que dijera el inventor del psiconálisis. Mi
hija, empero, sí que sufriría el complejo de Electra como, para desgracia y
pena de su madre, pude comprobar en su debido momento. Pero
yo no sentí nunca deseos prohibitivos ni frustraciones celosas respecto de mis
progenitores.
Y
no porque yo fuera o haya sido un superhombre, sino porque de pequeño siempre
fui un verdadero tonto.
Siempre
he sido el tonto de la familia.
Y
mi biografía puede ser descrita como el perpetuo esfuerzo heroico y sacrificial
para enfrentar con audacia al Monstruo de la Tontería.
La
Tontería y su Tiranosaurio reina por doquier: y el problema de los tontos es
que no tienen la suficiente inteligencia socrática como para darse cuenta de
que son tontos.
Y
pervive en la inconsciencia de infante:
etimológicamante “el que no habla”.
Y, por ende, no entiende.
Y, por ende, no entiende.
El
que no se habla ni a sí mismo, y, si se habla, miente.
Porque
casi nadie puede soportar su auténtico fondo, el trasfondo óntico de sus ser
real, que es pura insignificancia.
Yo,
no obstante, lo supe desde el principio, no por mérito propio, sino porque mis
hermanos, sobre todo la mayor, que en paz descanse y gloria esté, porque se
suicidó a sus 49 años, siempre me lo decía desde el cotidiano pódium de su
cruel desprecio:
ella
se creía muy inteligente (y lo era) y dotada de una irresistible personalidad,
y se reía de los que no estábamos a su altura:
todo
el mundo hablaba de su inteligencia y aplicación, y las altísimas notas de
sobresalientes y matrículas y bandas de honor que le daban las monjas en el
colegio parecían demostrarlo.
Y
se lo creyó.
Cuando
un buen día, para ella malísimo, descubrió que no era tan maravillosa y
excepcional como pensaba,
sino
más bien una persona normal, como todos, como su pobre hermano, el tonto de la
familia, con sus defectos e incapacidades, como todo el mundo,
se
llevó un disgusto tan grande que empezó a sentirse la última cagarruta del
universo,
y
el golpe fue para ella tan duro que ya no volvió a recuperarse:
empezó
a sufrir horribles depresiones que a lo largo de 29 años la arrastraron a la
inconsciencia de la locura, donde siempre estuvo sin saberlo, para al final
saltar desde la terraza de un noveno piso, en cuyo ático vivía, después de haber
amenazado a uno de sus hijos -que huyó- con dos enormes cuchillos de cocina.
Yo
entonces ya me había dado cuenta que el gran problema de todo ser humano es la
egolatría.
Años
después comprobaría que todos los hombres y mujeres que en el mundo somos
hacemos cualquier cosa con tal de no ser conscientes de nuestra
insignificancia,
y
la no menos frecuente de ellas es proyectar las carencias de nuestro ser y sus
defectos en el vecino,
y
a ser posible en la propias víctimas de nuestros atropellos.
Y
más todavía en los mensajeros de los juicios críticos ajenos que no queremos
aceptar y que, por decirnos la verdad, odiamos con intensidad para evitar el
odio contra nosotros mismos.
Uno
de los casos más espectaculares y conspicuos del fenómeno de que hablo lo
padecí en especial con alguien a quien creí mi amigo y que por no ofender con
directas alusiones llamaré Manuel García, pero que podría haberse llamado
Antonio Pérez, y no voy a perder más tiempo eligiendo un nombre más significactivo
para un personaje que no se lo merece.
En
efecto Manuel García no sabía ni quería saber nada de sí mismo:
era
socráticamente tonto y anti-délfico:
no
sabía que no sabía nada que mereciera la pena ser sabido,
pero
siempre iba dando lecciones de sabiduría y, lo que es peor, órdenes.
Era
director de teatro sin estudios ni títulos, y organizando y montando
espectáculos por pueblos de la provincia había conseguido ganarse sus primeras
pesetas.
Pero
esas pesetas nunca fueron suficientes para llegar a final de mes, por lo que
tendía a vivir del sablazo, bien sobre sus mujeres con las que convivió, y de
las que vivió, en pareja, bien de los
amigos que, tontos, tardamos años en darnos cuenta de lo egoísta, aprovechado,
ingrato, mal amigo y tontísimo, por listillo, y malísima persona que era.
Pero
no adelantemos acontecimientos.
Yo
veía y oía cómo todo el mundo elogiaba a mis hermanos por sus talentos y, como
es natural, por deseo mimético, yo quería lo mismo.
Pero
mi pobre personilla de entonces tenía un serio problema para alcanzar esos
objetivos: no tenía ningún talento.
Y
cuando quise darme cuenta de ello, ya era demasiado tarde: había crecido en mí
como una kundalini que despliega sus anillos desde mi hueso cuqui hasta el
cerebro, no un complejo de Edipo que, insisto, nunca tuve, sino un complejo de
inferioridad tan grande como una torre feudal.
Siempre
me sentí el último mono de la farándula social, y mis primeras luchas, siempre
desorientadas, contra mi nimiedad e insignificancia, me llevaban una y otra vez
a hacer el ridículo y el gilipolllas.
Pero
como no hay noche que no termine con una aurora, un buen día mi Yahveh interior
pronunció su Fiat Lucidez.
Y
entonces comprendí.
Y
vi que todo lo que me rodeaba era malo.
Porque
todo era mentira -o falsedad.
La
gente mentía y se mentía y se creía sus propias mentiras, y despectivamente
despreciaba al despreciable inferior acomplejado con descalificaciones y
calumnias, sólo para reforzar el blufoso fantasma de un ego sin sustancia.
De
hecho más tarde mis estudios e investigaciones me revelaron que de hecho ningún
ego tiene, en realidad. sustancia:
como
dice Hofstadter, el científico cognitivo, el ego es producto de una especie de
circuitos neuronales que se retro-auto-alimentan mutuos creando una ilusión
central, algo así como un espejo que se encara con otro reflejando sus nadas, y
que sólo una pequeña desviación de dicho enfrentamiento, un clinamen, que diría Epicuro, o inclinación, hace que se
reflejen a la recíproca en su propia desviación especular, una repetición de imágenes
de sí auto-reflexivas o autorreferentes que por inclinación de marcos de la superficie
azogada se pierden en una curva reiterativa que tiende al infinito.
Un
cero reflejado hasta el infinito: eso es un ego: y quien más ego tiene más
acusa a los demás de ser egoístas, ególatras o egoicos o soberbios:
porque
el ego vive para ser reflejo en los egos de los demás y así asegurar de algún
modo su inexistente consistencia;
y
como nada es absoluto, son los egos menos merecedores de reflejo social los que
tiende a tener una opinión más alta y fundamentada de su sólida entidad:
cuando
se miran a sí mismos se ven a sí mismos
mirándose y se creen que lo que ven es cierto y no mera ilusión,
pero
les entra el vértigo de la verdad sospechosa, por no sentir asco de sí mismos,
y achacan sus carencias al vecino, e imputan a sus víctimas sus delitos y
crímenes de verdugos o garrapatas.
Pero
donde más he visto y comprobado la nulidad de nuestros egos es en la gente que
tiene vocación de mando y se sienten investidos de una autoridad de la que sólo
ellos son apócrifos autores.
Sin
el mando no son nada e, inconscientes, lo saben y, cuando alguien que no tiene
por qué obedecerles le desobedece, empiezan a odiarlo y, por tanto, a acusarlo de
sentir odio contra él,
pero
en el fondo es sólo pura envidia, de la que acusa al envidiado y, hasta ahí podríamos
llegar, qué voy a envidiarle yo a uno que además de ser más tonto y menos
lúcido que yo,
es
un pobre diablo que no tiene donde caerse muerto, un muertodehambre que no
tiene talento para mantenerse por sus medios, un estafador y timador que además
y encima tiene la desvergüenza de insultar al acreedor cuando le pide la
devolución del préstamo,
y
a quien termina diciéndole que se deje ya de tonterías,
que
hasta el más tonto de los psicoanalistas sabría que uno, en el fondo, no lo
llama para recordarle que le toca devolver el dinero que le prestara a fin de evitar
que lo echaran de su cuchitril por
impago del alquiler,
sino
porque mi deseo de mantener el contacto con él, según él, es superior a mis
fuerzas;
y,
ay Manuel García, como me tienes acostumbrado a incriminarme de tus crímenes
contra mí,
descubro,
pobrecillo, que eres tú el que, secreto homosexual, ya lo había sospechado,
siempre estuviste enamorado de tu irreconocido benefactor,
y
como no hubieras podido jamás ser correspondido
porque
siempre, a pesar de mi generosidad me importaste un bledo,
empezaste
a tratarme como sueles hacer con tus novias,
primero
a maltratarme de palabra y ofensa
y,
como a darme de hostias nunca te hubieras atrevido,
porque
en el fondo eres un cobarde que sólo se atreve con los débiles,
te
levantabas del asiento del bar en donde yo te había invitado a unos cubatas y
comer mientras aguantaba tus descaradas descalificaciones y chulerías,
me
dabas la espalda, me hacías el gesto de la peseta con tu asqueroso dedo corazón
y,
protegido detrás de la ciber-pantalla de tu ordenador, ya en tu casa,
cuyo
alquiler había pagado yo para que no te pusieran en la calle, me enviabas
e-mails diciéndome de todo menos bonito,
como,
insisto, si yo fuera una novia que hubiera roto contigo,
porque
te he visto hacer eso con ellas una y otra vez incluso desde mi propio
ordenador que yo te había prestado,
para
que me lo agradecieras diciéndome qué lento es tu ordenador,
como
cuando saqué de mi nevera una ración de comida que tenía guardada para mí y te
la dí con toda mi solidaridad y añadí unas mandarinas frescas,
para
que me dijeras al día siguiente que mis mandarinas estaban revenidas
y,
como te dijera qué buena educación la de tu gratitud, me dijiste: tus mandarinas
son una mierda
y
yo te dije pues en ese caso ya no te doy más de comer,
Pero
veo que estoy obseso con tu incapacidad para la humildad y el agradecimiento:
confieso
que me siento psíquicamente vulnerado y, por más que intento hablar de mí, es a
ti a quien vuelvo con cargante redundancia,
porque,
sí, lo veo y me lo confieso, eres la primera persona que en sentido negativo no
ha conseguido serme indiferente:
me
resultas odioso y la tirria que despiertas en mi ánimo me indispone conmigo
mismo,
porque
ni el menor de mis desprecios te mereces.
En
fin, mi pobre hermana, el pobre diablo este y las masas en general viven en
perpetua inconsciencia de su ser genuino, porque, si cada cual se conociera, en
verdad, a sí mismo, sentiría la más cruel y repulsiva de las repugnancias.
Así
pues, un siguiente día me volví a ver creando un nuevo mundo propio con un
metempsicótico Fiat Lucidez por reflexión y preguntándome, si a mí, después de
todo una persona tan normal y corriente como todas, no me estaría sucediendo lo
mismo que ellas yo les imputaba.
Y
sí: ahí empezaron mis mareantes ataques de acrofobia ante el fondo sin fondo y
sin fin en el que se estaba abismando mi curiosidad por la verdad profunda de
mi sustancia básica en tanto que psique autónoma y consciente.
Y
entonces nací.
Me
explicaré.
Érase
una vez un tonto que un buen día se dio cuenta de que era tonto; y desde entonces
tomó consciencia de que el género humano entero era tan tonto como él había
sido, porque nadie es lo suficientemente inteligente, o valeroso, en su
búsqueda del conocimiento de la verdad, como para conocer y reconocer el hecho
de que es tonto; y, mientras no se dé ese humilde y vertiginoso paso, ni el más
inteligente lo será lo bastante como poder abandonar el mundo de la tontería ni
de atravesar el umbral que lleva al mundo de la inteligencia.
Y
eso es lo que explica que gente de alto coeficiente intelectual diga y haga a menudo
no sólo una tontería detrás de otros, sino que las afirme ex cátedra como si fueran
genialidades que extrae de su papal infalibilidad por estar en contacto directo
con la verdad absoluta:
el
culto y la fe ciega en la excelencia del propio ego eclipsa el sol y, por ende,
toda posibilidad de iluminación.
Y
si no les pasa lo que a mi hermana, la depresiva y suicida,
les
pasa lo que al pobre de mía ex amigo Manuel García.
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