Es lógico o, al menos, hasta cierto punto lícito, pensar, hasta que no se
demuestre lo contrario, que cuando alguien no hace versos brillantes es porque
no sabe hacerlo. Y a menudo es así. Sin embargo, hay casos que sorprenden.
Siempre me he preguntado por qué en un libro como La noche junto al album de Alvaro García (Hiperión, Madrid, 1989)
nos encontramos sus lectores con tantos versos mates, quiero decir correctos y
suavemente melódicos pero sin el brillo de los grandes recursos estilísticos,
sin los fuegos de artificio de los más llamativos procedimientos técnicos y
formales, con una abrumadora carga de sencillez de tono prosaico y -diría yo-
fotográfico que contrasta con el hecho de que, cuando ya el poeta nos tiene
acostumbrados a esos pequeños poemas donde el brillo del estilo parece apagado
por el polvo de la experiencia diaria ˗la prosa de la vida˗, de pronto nos
sorprenda, hacia el final del libro, con una composición no solamente brillante
sino filigranada, al tratarse de la ejecución de una estrofa, si bien heterodoxa, de tan ardua dificultad como es la sextina.
La sextina, en efecto, es por su dificultad una de las estrofas más
difíciles de realizar con éxito poético, y acaso sea ésa la razón por la cual
ha sido tan poco prodigada a lo largo de toda nuestra tradición literaria,
desde que la inventaran los trovadores provenzales (acaso Arnaut Daniel) allá
por entre los siglos XII y XIII. Hay que ser muy poeta y estar muy seguro de
las propias habilidades para intentar empresa semejante, y conozco poetas de
muy destacable habilidad versificadora que, aun con eso, no se han atrevido
-confieso que yo tampoco- a intentar o, mejor dicho, a publicar los resultados
de sus experimentos a la recherche de
la endiablada sextina.
Para mí, salvar los escollos de la dificultad versal con gracia es síntoma
de poeta a la vista, y saber que Cervantes -que dijo en tres versos
encantadores, llenos de gracia y poesía, aquello de "Yo, que siempre
trabajo y me desvelo/ Por parecer que tengo de poeta/ La gracia que no quiso
darme el cielo"- compuso una (que más tarde sería imitada por Gil de
Biedma) me lo convierte de repente en poeta interesante y no necesariamente
segundón. Es más: creo junto con el maestro Cernuda que el maestro Cervantes es
un poeta de primera fila y no sólo cuando escribe en prosa. Pero aunque no me lo
hubiera dicho el maestro del XX, yo mismo me lo hubiera barruntado sólo por el
hecho de haber hecho el maestro del Siglo de Oro una sextina. La sextina bien
resuelta salva, por otra parte, no sólo al incondenable Cervantes, sino también
al menospreciado Rioja, injustamente enjaulado en la casilla de poeta floral,
así como con al muy -acaso demasiado- apreciado Gil de Biedma, ambos hábiles
ejecutores de la estrofa aludida.
Haber escrito una sextina hacia el final de su libro ya nos hubiera
obligado a los que gustamos de lenguajes poéticos más sofisticados a leer con
minuciosa atención los otros versos de García; hecho lo cual se comprenden una
serie de cosas: Álvaro García es de los que piensa que una cosa e ser
versificador y otra muy diferente ser poeta, y así su absoluta vocación de lo
segundo le invita a rehuir continuamente los brillos de lo primero; entiende
García, además, que poesía es el acto de sentir la vida en su más brutal
esencialidad, y que la labor de un poeta honesto es servir a la realidad como
los petrarquistas servían a la Señora de su amor: cantándola.
Pero a diferencia de los poetas idealistas, Álvaro sabe que la verdad real
es cruda y prosaica tal como lo demuestra la experiencia, por lo que si algún
adorno debe llevar el poema es sólo paraqué funcione como un ramo de reflejos
de las cosas evocadas tal como se han sentido. Nunca filigranas retóricas,
nunca alardes formales que son lujo innecesario y que, según su punto de vista,
tapan más que desvelan lo esencial. Nada por lo tanto habrá de ingeniosidad en
este puñado de versos en que su obra consiste.
Sabe García, sin embargo, que las Musas son hijas del Rayo y Mnemósine, de
la Luz heridora del padre Zeus y de la madre Memoria, por lo que toda su poesía
es pura evocación y vive del recuerdo, de esa voluntad selectiva de fijar con
palabras los momentos vividos más significativos de una vida que quiere ser
poesía sin dejar de ser reflejo de la gris y triste realidad.
No obstante, la habilidad manipuladora del verso castellano por parte de Álvaro García ha manifestado su prodigio -salvando, por tanto, el riesgo que
todo exceso de sencillez entraña, cuando se trata de arte y artificio, de rozar
la linde vertiginosa del anodino precipicio de la simpleza- en otros dos graves
sectores: la traducción y el periodismo.
En la primera García ya nos ha sorprendido varias veces por su habilidad
versificadora a la hora de traducir no sólo los contenidos poéticos de los
poemas de los poetas angloparlantes elegidos (Larkin, Atwood, Wiliam Carlos
Williams, Walcott y sobre todo su ejemplar versión de Auden aparecida en 1994
en Pre-Textos) sino también a la hora de traducir los procedimientos formales y
técnicos, métrica y rimas incluidas, de los dichos.
En la segunda, en el campo de sus columnas y artículos en diversas
publicaciones periódicas, cada x tiempo vuelve a sorprendernos con un artículo
en endecasílabos, o con forma de romance octosilábico o, recuerdo este artículo
en especial, en serventesios o cuartetos rimados en consonante siguiendo la
retórica de los epitalamios regios o principescos y aprovechando la noticia de
las bodas de la Infanta.
Habilidad y gracia que dependen de unas facultades técnicas que en los más
de sus versos originales Álvaro García se ha empeñado en camuflar o disimular,
porque considera que la técnica es un fenómeno que tiene categoría de andamio:
cuando ha cumplido su función constructiva debe desmontarse para que el
edificio, la obra de arte terminada luzca a los ojos de los transeúntes y
curiosos con todo su esplendor y crudeza.
Quizás, diría Álvaro, ya ha pasado la hora de las suntuosas catedrales y es
el momento de los edificios utilitarios.
Así, la poesía de Álvaro García prefiere ser útil a quien se decida a
visitarla antes que hermosa con esa hermosura de maquillaje de la cual un
Argensola dijo:
"...Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza".
No hay comentarios:
Publicar un comentario