domingo, 22 de diciembre de 2019

EL CRÍTICO DISIDENTE I & II. y III.

I. En algún otro ensayo me atreví una vez a defender que frente a la lectura de Madame Bovary, yo prefería Las tentaciones de S. Antonio. Y recuerdo que el pedantuelo de turno se llevó las manos a los parietales escandalizado, y me atacó calificando todos mis escritos de “bobadas”, porque yo “no había leído a Flaubert...” o algo así. Ni contesté. Porque era evidente que sí lo había hecho: si no, no estaría hablando con conocimiento de causa de Emma o de s. Antonio. Sólo había dicho que confesaba no haber podido acabar la 1ª de las aludidas lecturas porque la encontraba soporífera. Pues bien: como hago a menudo, he retomado la gran obra y me he sometido al ejercicio crítico de su relectura, y he comprendido algo: la razón por la que ese culmen flaubertiano me resulta insufrible nada tiene que ver con la indiscutible calidad de la nítida prosa y construcción armónica de ese disfrutabilísimo edificio literario.
No: se trata sólo del asunto sobre el que versa: los problemas de una mediocre snob provinciana para salir de la prosaica grisura mate de su mundo me resulta de escaso interés, sobre todo cuando observo que hay caracteres literarios muchísimo más dignos de estudio, y no sólo me refiero a Hamlet, don Quijote, Iván Karamazov, Lady MacBeth y la Medea de Eurípides y la Maupin de Gauthier, sino, por paralelismo con Emma, a un par de Anas: la Ozores y la Karenina. Y podríamos seguir.
Las Tentaciones… es un texto espectacular: las alucinaciones visionarias del eremita son una exhibición documental de referencias artísticas plásticas. Pero es que,  además, el tema de la santidad y lo demoníaco es una de mis favoritos por lo que tiene de raíces antropológicas, como demuestra mi culto al miltoniano Paradise Lost, o mi obsesión con todos los Faustos que el mundo han sido fingidos: desde el anónimo originario, que recoge una leyenda medieval, al de Valery o Pessoa, pasando por Marlowe y el Manfred de Byron y, cómo no, el de Goethe, incluyendo en esta lista los rasgos fáusticos de otros caracteres arquetípicos como los donjuanes, ya sean Tenorios, Montemares, byronianos donJoans o Bradomines, etc., y, en otros orden de cosas, el Felix Krull, de Mann, impostor por vocación, dado su gusto de “vivir en la metáfora”.
Y por qué.
Es obvio: todos ellos son personajes rebeldes que se enfrentan con valentía y audacia a la mediocridad de su mundo estructurado por jerarquías anquilosadas por la tradición y la costumbre y las normas de la normalidad, que suelen con frecuencia fungir como refugio de los cobardicas y los tontos que no se deciden a pensar fuera del esquema auroritarista de sus prejuicios ideológicos insuflados por una mala educación que hace coincidir sus creencias con las mentiras propaladas por los poderosos, contrarias siempre a los intereses de esos mismos insensatos que son seguidores óvidos de las mismas, que se engañan creyendo que, ladrando al Enemigo oficial de su Dueño, van e alzarse a su alta categoría de cánidos lupinos.

II. También expresé mi preferencia por Krull frente los Buddenbrook o La montaña mágica, de Mann, pero también me hubiera gustado hablar de la tetralogía José y sus hermanos, cuya 3ª entrega, José en Egipto, acaba de remembrar esta mi afición de relector.
Sabía que ese tomo me interesaba en especial, pero no conseguía recordar por qué, y ya hacia el final  de la relectura encuentro la respuesta. Estaba a punto de decir: “todos ustedes conocen la historia de José”. He caído de súbito en la cuenta de que, no obstante, esa suposición es aventurada. Quienes hayan pasado por la ESO o los Bachilleratos LOGSE y sucesivos, como no hayan cursado Literatura Universal, poco sabrán de ella, como demuestra mi experiencia docente.
Para ellos y con brevedad: José, penúltimo y undécimo hijo del patriarca hebreo Jacob, según el Génesis bíblico, tocado por la Gracia de Adonai y, por ende, favorito de su padre, motiva la envidia de sus hermanos que lo venden en represalia como esclavo a unos mercaderes árabes que lo revende a un aristócrata egipcio. allí este protagonista irá ingeniándoselas, valiéndose de su natura y divino encanto para medrar en la jerarquía de servidores domésticos de rico noble hasta lograr convertirse en el número uno de la misma, suscitando una terrible pasión amorosa en la esposa de Amo, Putifar, quien terminará, la esposa, no el Amigo del Faraón, requiriendo de amores al encantador guaperas. Pero José, por fidelidad a si filo-faraónico dueño y, lo que es más importante, a su Dios y verdadero Señor, a quien fue consagrado, se niega a aceptar las lujuriosas solicitudes del ama, por lo que ésta pierde la cabeza y cuenta su inconfesable secreto a medio Egipto. Enterado el sumo sacerdote de Amón-Ra, por encima del cual sólo se halla el Faraón, se queda patidifuso ante tan soberbia desfachatez, pero no la de la pecaminosa ama amante, sino la del esclavo que ha osado rechazar a guayabo de tan altísima alcurnia, cosa que considera un deshonor para la clase dominante egipcia, a ver que se habrá creído el chusma ese. Y, así pues, la autoriza y casi obliga a pecar contra su honra, conminándola a beneficiarse al gallardo siervo, pese a la castidad o fidelidad al marido que por norma política y religiosa debe ser siempre observada por toda hembra que se precie de notable, so pena de capital castigo.
Ni que decir tiene que la pobre mujer nada consigue y se lía la de Dios es Amón-Ra, aunque, como sabe -o no- el santo héroe se salvará providencialmente, ya en la 4ª novela.
Por supuesto que el final del cuento es interesante. Mas lo que a mí más me prendó, y prendado aún me tiene, es lo que acabo de resumir.
Una clase dominante y brutalmente explotadora, y no sólo de los esclavos, que, como suele ocurrir, no sólo se identifica con toda la teocrática patria egipcia, obsesionada, igual que en todas las civilizaciones patriarcales con autenticidad legítima de los humanos herederos, impone en las féminas, jamás en los machotes, la rígida norma de su fidelidad servil y esclavizante al esposo única que, ese sí, puede tener más esposas y concubinas que solicita de su harén cuando así les apetezca. Sin embargo, la causa socio-antropológica de rigurosa norma contra la libertad de la mujer, si no es desconocida, al menos no se tiene por prioritaria, puesto que para explicar las cosas todo teologismo se vale de su sacralidad normativa: la Ley es de origen divino y así no podemos cuestionárnosla.
Y el hecho de que dicha sacralidad pasa a 2ª fila entre las consideraciones del egipciaco papa implica el grado de importancia que otorga ese divino vicario del Sol a la religiosidad que representa como máximo jerarca: en primer lugar está, y por encima de todo lo demás la conservación del orden político que su casta determina de las alturas. Qué sería del Estado si los esclavos despreciaran los favores de sus Señores, por más que la oferta de la favorecedora sea inmoral desde la perpectiva de un sagrada disposición de los dioses para con, sobre todo, las dómina de los ricos-homes.
La hipocresía de la inmutable -por dictado teológico- Ley, intocable por sagrada, es evidente: en el subconsciente superegoico del so-cerdote (sic) predomina ante todo la dominación de los explotados antes que lo sacro de la Regla, que reverente mandamás no tiene inconveniente en pasarse por el forro, profanando su Origen Superior.
Pero lo que más me hace gracia es que el pueblo llano egipcio se postra ante la opresión ideológica y, en este caso, arbitraria y testicular de la prédica interesada de los poderosos que los maltratan sin reparo.
Para ellos es el cinismo de la curia solar no sería jamás el malo de la mítica peli: lo es la fiel pureza de José para con su propio Dios, espécimen salvaje del desierto extra-egipciano.
Qué poco, en el fondo, ha cambiado el ser de las masas humanas desde entonces.

III. Pero hay curias sacerdotales no sólo dentro de las iglesias, sino también en todas las jerarquías sociales, aunque no sean religiosas: la de los críticos y criticones literarios es una de ellas. Nací a la escuela con la firme sentencia y dogma que defiende que nuestra literatura del siglo XX empieza con la espectacular Generación del Desastre del 98. Años tardé en comprender que el único desastre literario de la Generación fue el de los críticos institucionalizados: en los manuales oficiales de Historia de la Literatura, los de mi tierna edad, exhibían a los Unamuno, Azorín, Baroja, Valle-Inclán, Machado como hitos indiscutibles, y también a Maeztu o a D'Ors, razón por la cual se dedicaban a su estudio a los aprendices dirigido grandes espacios y números de páginas, dejando una breve nota que dejara constancia de que coetáneo de esa Generación ¡pero no perteneciente a ella era un "naturalista" llamado Vicente Blasco Ibáñez. Era hábito de los profesores no dictar lecciones sobre ese autor secundario para aligerar los contenidos del manual con vistas al examen de Selectividad.
Muchos años después recordaría el día, no en que vi por 1ª vez el hielo, sino aquel en que se dio la ciscunstancia de que me topé en una librería de ocasión con un libro, Mare Nostrum, del discriminado autor de autos, y quedé enganchado y fascinado con la calidad y altura de la obra. Luego vendrían El Papa del Mar, A los pies de Venus, Sangre y arena, La araña negra, y empecé a comprender en mi joven inocencia cómo ese artista de la narración novelesca trascendental había llegado a frisar en el olvido de los críticos y docentes. Pero fue, ya adulto, cuando leí Los 4 jinetes del Apocalipsis, cuando intuí las razones de su marginación en Institutos y demás Instituciones de enseñanza. Y como siempre, tras una dedicada investigación, comprendí que las razones de exclusión habían sido, como siempre que no las hay critico-literarias, ideológicas. A pesar del éxito espectacular que el libro llego a tener en el extranjero, de hecho llegó a Hollywood hecho filme, en mi juventud se oía hablar poco de críticas evidentes contra la Alemania de Hitler ni de las raíces del racismo nazi que, como en la novela que comento se puede ver conspicuo modo, hunden sus raíces en la mentalidad que después de la triunfal victoria germánica en Guerra Franco/Prusiana floreció como una atmósfera tóxica -para el resto de la Humanidad- en el Imperio del Káiser. La historia de una familia cuyas ramas se despliegan en despliega caria dirección nos ofrece discursos ideológicos por parte de mentes cuadradas y frankensteinas y robóticas sobre la teutona superioridad racial del volkgeist alemán que autorretratan a los personajes como indisculpables gestores de lo que luego llegaría a ser en 2º Guerra Mundial una psicopatía asesina institucionalizada en origen con los votos de los embrutecidos elemnteos en masa de vulgo hitleriano.
En la España de Franco esa crítica autoevidente no convenía ni cuadraba ni encajaba demasiado: los franquistas de pro -y los avant-la-lettre germanófilos-  habían sido aliados de los nazis y de los fascisti con cuya asesina ayuda (recordemos la malagueña Desbandá de la carretera de Almería) ganaron la Guerra Civil.
Aquel escritor anarquista y cosmopolita no podía ser rival del castizo 98, alguno de cuyos miembros acabaron, si no extendiendo el brazo y cantando el Cara al Sol, pasando de todo e inhibiéndose de tomar partido y, aunque en nada resta lo que sigue a, por ejemplo, Baroja como novelista inmenso, que lo es, no olvidemos que hacia el final de sus días proponía como solución al Problema de España la institución de (cito de memoria) un "tirano bondadoso", contra lo cual nada mejor que lo que le hubiera dicho el empirista británico, hito del más -no como el de don Pío- sano escepticismo:


las limitaciones y restricciones del gobierno civil pueden defenderse por la razón que, reflexionando sobre la gran fragilidad y corrupción de la naturaleza humana, enseña que a ningún hombre se le puede confiar una autoridad ilimitada; o por la experiencia o por la historia que nos participa los enormes abusos que ha cometido en toda época y país, gracias a confianza tan temeraria.

(David Hume: Investigación sobre el conocimiento humano.)

(Continuará)

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