Cuando algún marisabidillo pretende darme una lección de politología
económica sacada de Wikipedia, tiendo a la indignación. Para evitarme el disgusto,
me tomo la graciosa molestia de fundamentar con ideas y hechos constatados la
actual identidad en la prácica, o al menos proximidad entre neoliberalismo y fascismo.
Hay mucha gente que todavía se
cree, basándose más en el pasado histórico de las sucesivas Sociedades y
Civilizaciones Humanas, aún más en las segundas que en las primeras, y sin
prestar demasiada atención a la rabiosa actualidad de nuestro presente, que los
conceptos ínsitos en los términos Poder y Estado son equivalentes e incluso
sinónimos.
Craso error.
Es, desde luego, un hecho que a
lo largo de la Historia de las Civilizaciones, pero no siempre de las Sociedades,
estos 2 aludidos entes de ficción, realísimos por llevados a cabo o realizados, id est, hechos realidad por la
acción o la actuación de las competencias (Chomsky) sociales humanas, se han dado juntos por un
acuerdo tácito e inextricable de complicidad, porque las civilizaciones siempre se han organizado según una estructura
jerárquica en cuya cúspide se asentaba una Autoridad que, si en las sociedades
pre-civilizadas, esto es, sin ciudades, no fue siempre necesariamente autoritaria,
en las sociedades civilizadas siempre o casi siempre lo fue: Antes de la aparición
de las ciudades, las sociedades se organizaban en torno a una autoridad que se
basaba más en el prestigio de su detentador que en la fuerza. Ese prestigio
podía ser mágico, pero la mayoría de las veces era otorgado por la autoridad de
la sabiduría que, si con frecuencia era atribuida en algún grado al mago por sabio
conocedor de hechizos, no por ello
dejaba de ser acompañada, y aun compartida y hasta identificada e incluso
superada por la autoridad inherente a la experiencia de la vida propia de los
viejos, y de ahí que en las antigüedad
fuera usual que un senado de senadores senectos, que no seniles (voces
latinas relacionadas todas con senex:
anciano) fueran los señores más
respetados de la comunidad y, por tanto, los naturales responsables de tomar
decisiones en pro del bien común de la misma. No existía el Estado como
administrador del Poder. Y sólo para la defensa y la guerra se nombraba a un caudillo provisional para que, ahora sí,
organizara la fuerza del grupo con
bélica eficacia. Es decir: que el Poder como fuerza para forzar al enemigo a la retirada -y a los cobardes propios para
cooperar en tan terrible ejercicio- era algo ocasional que por desgracia se
convertiría en permanente cuando la producción de excedentes económicos necesitara
protección frente a la rapacidad de los bárbaros,
salvajes movidos y motivados por el hambre.
En el Enuma Elish, Poema de la
Creación mesopotámico se cuenta esto en clave mítica: Anu, el Padre (o el
Abuelo) Cielo tuvo la Autoridad hasta que la monstruosa Tiamat, la descomunal dragona marina apareciera
como una amenaza para la divina comunidad:
fue entonces cuando el Dios del Rayo, Enlil -o Marduk, según se trate de las
versiones sumeria o acadia del poema- se ofreció para librar a los demás dioses
del peligro a cambio de, a partir de ese momento, detentar para siempre la
autoridad que, antes fundamentada en la sabiduría prestigiosa de la senectud,
pasaría ahora a cimentarse en el Terror a la Fuerza Armada de algo tan
destructivo como el Rayo. Su Poder, el de la fuerza destructora, se hizo, insisto,
permanente, y desde ese instante, no sólo se usó para rechazar al enemigo de la
patria, sino además, para tener al pueblo trabajador sometido a un orden
necesario para mantener en la cúspide de la jerarquía a la clase ociosa guerrera, que
daría lugar a lo que luego se llamaría aristocracia y más tarde nobleza. Los aristoi en origen, así pues, no fueron
los mejores en tanto a la calidad de
su sabiduría o habilidad en el gobierno de la Polis o Estado, sino por el
contrario los mejores en fuerza bruta y en crueldad agresiva, o los más brutos y
salvajes (incivilizados) de la civilización, y con el tiempo los más
expertos en aniquilar amenazas, ya fueran externas o de clase, puesto que
las clases nobles o notables siempre
lo fueron en especial por su barbarie para -también-
con sus ilotas, que no siempre
estaban dispuestos a malvivir a cambio de que sus supuestos defensores se
dieran la gran vida: surgían rebeliones campesinas esporádicas -típicas de
quien vive de tal manera que ya no considera que tenga nada que perder porque, al fin y al cabo, le termina dando igual morirse de hambre que decapitado por la espada patriótica
de su ocioso explotador- que eran por sistema aplastadas por la casta dominanate
(del latín, dominus: señor o amo -del esclavo o siervo-).
En efecto, ésta ha sido la norma
en nuestra Historia Civil. O Ciudadana. O Política.
Pero de esta Historia hay también
una Versión Secreta o Sub-Urbana. O Sub-Versiva.
Obtuvo su primer triunfo con el
breve experimento de la democracia ateniense.
Los Imperios (de Alejandro Magno,
de Roma, etc.) se la cargaron.
Y empezó a renacer a partir de
las Revoluciones Burguesas
(Inglaterra, EEUU., Francia…). Y nótese que Burgo
significa Ciudad, Urbe Civil, Polis, Comunidad Política,
Ciudadanía, lo propio de la Civilización: el Estado Ciudadano se
estaba Civilizando y , puesto que la
Ciudad Política siempre había sido administradora legal de la Violencia, las
Revoluciones Burguesas implicaron Terror: la ejecución de reyes traidores de su
pueblo, las guerras de independencia, la guillotina. Pero como el Terror es, en
esas circunstancias, Extraordinario, y el aspecto positivo de lo extraordinario
es la Maravilla, esos fenómenos terroríficos fueron acompañados de lo maravilloso: el pilar de lo que luego daría lugar a la Declaración de los Derechos
Humanos. Algo que nunca fue necesario en las sociedades pre-civilizadas arcaicas
en donde todos los individuos se consideraban iguales por reciprocidad: todo lo
tenían en común y todo se compartía según necesidad de cada cual y, si algún listillo
o fortachón abusaba de su poder de
astucia o fuerza para tomar de la comunidad más de lo propio, perdía ipso facto su prestigio, y se quedaba más sólo que la una: no sobrevivía, pues.
La revolución (a veces pacífica)
burguesa se asentó en occidente después de la 2ª Guerra Mundial de una manera,
más que muy civilizada, muy socializada. El miedo de la nueva clase dirigente
burguesa a una revolución comunista interna ocasionó fenómenos sociales benéficos
para todos como el New Deal o la Socialdemocracia, cuyo obejtivo fue elevar el nivel de vida de la comunidad para que no necesitara hacerse comunista.
Pero cuando el apoyo del Este a los
comunistas occidentales y otros desapareció por colapso del Comunismo Estalinista, ese miedo
desapareció, y la burguesía, que era una nueva aristocracia muy notable, la que
administraba el Poder fáctico del capital, obró en consecuencia: ya no le
interesaba el Bien Común, sino sólo el Propio. Y se produjo la (contra)revolución
involucionaría neodecimonónica conocida como neoliberalismo o capitalismo
salvaje: incivilizado y anti-social. Y el Estado, tradicional
administrador del Poder -y la violencia-, ha empezado a perder Poder (“Estado
pequeño”) y le ha ido cediendo el Poder a la clase autoritaria vigente que
domina y enseñorea nuestra sociedad comunitaria en propio beneficio. Y como todo autócrata, individual,
de partido o de casta, es cada más libre de hacer (neo)liberalmente lo que le
da la real gana a costa de la mísera penuria in crescendo de sus dominados, que somos casi todos los seres
humanos.
Indiscutiblemente, si consultamos
un manual de política económica, veremos que fascismo y liberlaismo son 2
términos opuestos. Pero a los hechos me remito: el autoritarismo del potentado económico se ha convertido en práctico
ejercicio dictatorial por tendencia a la opresión de casi todos por su poderoso grupúsculo. Y dictadura y fascismo son dos término afines.
Y esa agresión del Plutócrata
contra los parias cada vez más prolíferos por empobrecimiento de la clase media
pasa por una destrucción de lo político o de lo estatal, y eso ha comenzado a
ocurrir justo cuando habíamos, ¡por fin!, conseguido que las políticas
estatales se hubieran puesto de parte de la defensa interna de sus pueblos, hoy
ya cada vez menos Demoi y cada vez
más Vulgi.
Al final ha resultado que -paradojas
de la cultura social, que no de la civilización- el capitalismo de origen
burgués, se ha vuelto, por (su Poder) salvaje, más incivilizado, por apolítico
(o anti-político), que la política tradicional de las
administraciones estatales -o políticas.
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