jueves, 12 de diciembre de 2019

EL PODER APOLÍTICO


Cuando algún marisabidillo pretende darme una lección de politología económica sacada de Wikipedia, tiendo a la indignación. Para evitarme el disgusto, me tomo la graciosa molestia de fundamentar con ideas y hechos constatados la actual identidad en la prácica, o al menos proximidad entre neoliberalismo y fascismo.

Hay mucha gente que todavía se cree, basándose más en el pasado histórico de las sucesivas Sociedades y Civilizaciones Humanas, aún más en las segundas que en las primeras, y sin prestar demasiada atención a la rabiosa actualidad de nuestro presente, que los conceptos ínsitos en los términos Poder y Estado son equivalentes e incluso sinónimos.
Craso error.
Es, desde luego, un hecho que a lo largo de la Historia de las Civilizaciones, pero no siempre de las Sociedades, estos 2 aludidos entes de ficción, realísimos por llevados a cabo o realizados, id est, hechos realidad por la acción o la actuación de las competencias (Chomsky)  sociales humanas, se han dado juntos por un acuerdo tácito e inextricable de complicidad, porque las civilizaciones siempre se han organizado según una estructura jerárquica en cuya cúspide se asentaba una Autoridad que, si en las sociedades pre-civilizadas, esto es, sin ciudades, no fue siempre necesariamente autoritaria, en las sociedades civilizadas siempre o casi siempre lo fue: Antes de la aparición de las ciudades, las sociedades se organizaban en torno a una autoridad que se basaba más en el prestigio de su detentador que en la fuerza. Ese prestigio podía ser mágico, pero la mayoría de las veces era otorgado por la autoridad de la sabiduría que, si con frecuencia era atribuida en algún grado al mago por sabio conocedor de hechizos, no por ello dejaba de ser acompañada, y aun compartida y hasta identificada e incluso superada por la autoridad inherente a  la experiencia de la vida propia de los viejos, y  de ahí que en las antigüedad fuera usual que un senado de senadores senectos, que no seniles (voces latinas relacionadas todas con senex: anciano) fueran los señores más respetados de la comunidad y, por tanto, los naturales responsables de tomar decisiones en pro del bien común de la misma. No existía el Estado como administrador del Poder. Y sólo para la defensa y la guerra se nombraba a un caudillo provisional para que, ahora sí, organizara la fuerza del grupo con bélica eficacia. Es decir: que el Poder como fuerza para forzar al enemigo a la retirada -y a los cobardes propios para cooperar en tan terrible ejercicio- era algo ocasional que por desgracia se convertiría en permanente cuando la producción de excedentes económicos necesitara protección frente a la rapacidad de los bárbaros, salvajes movidos y motivados por el hambre.
En el Enuma Elish, Poema de la Creación mesopotámico se cuenta esto en clave mítica: Anu, el Padre (o el Abuelo) Cielo tuvo la Autoridad hasta que la monstruosa Tiamat, la descomunal dragona marina apareciera como una amenaza para la divina comunidad: fue entonces cuando el Dios del Rayo, Enlil -o Marduk, según se trate de las versiones sumeria o acadia del poema- se ofreció para librar a los demás dioses del peligro a cambio de, a partir de ese momento, detentar para siempre la autoridad que, antes fundamentada en la sabiduría prestigiosa de la senectud, pasaría ahora a cimentarse en el Terror a la Fuerza Armada de algo tan destructivo como el Rayo. Su Poder, el de la fuerza destructora, se hizo, insisto, permanente, y desde ese instante, no sólo se usó para rechazar al enemigo de la patria, sino además, para tener al pueblo trabajador sometido a un orden necesario para mantener en la cúspide de la jerarquía a la clase ociosa guerrera, que daría lugar a lo que luego se llamaría aristocracia y más tarde nobleza. Los aristoi en origen, así pues, no fueron los mejores en tanto a la calidad de su sabiduría o habilidad en el gobierno de la Polis o Estado, sino por el contrario los mejores en fuerza bruta y en crueldad agresiva, o los más brutos y salvajes (incivilizados) de la civilización, y con el tiempo los más expertos en aniquilar amenazas, ya fueran externas o de clase, puesto que las clases nobles o notables siempre lo fueron en especial por su barbarie para -también- con sus ilotas, que no siempre estaban dispuestos a malvivir a cambio de que sus supuestos defensores se dieran la gran vida: surgían rebeliones campesinas esporádicas -típicas de quien vive de tal manera que ya no considera que tenga nada que perder porque, al fin y al cabo, le termina dando igual morirse de hambre que decapitado por la espada patriótica de su ocioso explotador-  que eran por sistema aplastadas por la casta dominanate (del latín, dominus: señor o amo -del esclavo o siervo-).
En efecto, ésta ha sido la norma en nuestra Historia Civil. O Ciudadana. O Política.
Pero de esta Historia hay también una Versión Secreta o Sub-Urbana. O Sub-Versiva.
Obtuvo su primer triunfo con el breve experimento de la democracia ateniense.
Los Imperios (de Alejandro Magno, de Roma, etc.) se la cargaron.
Y empezó a renacer a partir de las Revoluciones Burguesas (Inglaterra, EEUU., Francia…). Y nótese que Burgo significa Ciudad, Urbe Civil, Polis, Comunidad Política, Ciudadanía, lo propio de la Civilización: el Estado Ciudadano se estaba Civilizando y , puesto que la Ciudad Política siempre había sido administradora legal de la Violencia, las Revoluciones Burguesas implicaron Terror: la ejecución de reyes traidores de su pueblo, las guerras de independencia, la guillotina. Pero como el Terror es, en esas circunstancias, Extraordinario, y el aspecto positivo de lo extraordinario es la Maravilla, esos fenómenos terroríficos fueron acompañados de lo maravilloso: el pilar de lo que luego daría lugar a la Declaración de los Derechos Humanos. Algo que nunca fue necesario en las sociedades pre-civilizadas arcaicas en donde todos los individuos se consideraban iguales por reciprocidad: todo lo tenían en común y todo se compartía según necesidad de cada cual y, si algún listillo o fortachón abusaba de su poder de astucia o fuerza para tomar de la comunidad más de lo propio, perdía ipso facto su prestigio, y se quedaba más sólo que la una: no sobrevivía, pues.
La revolución (a veces pacífica) burguesa se asentó en occidente después de la 2ª Guerra Mundial de una manera, más que muy civilizada, muy socializada. El miedo de la nueva clase dirigente burguesa a una revolución comunista interna ocasionó fenómenos sociales benéficos para todos como el New Deal o la Socialdemocracia, cuyo obejtivo fue elevar el nivel de vida de la comunidad para que no necesitara hacerse comunista.
Pero cuando el apoyo del Este a los comunistas occidentales y otros desapareció por colapso del Comunismo Estalinista, ese miedo desapareció, y la burguesía, que era una nueva aristocracia muy notable, la que administraba el Poder fáctico del capital, obró en consecuencia: ya no le interesaba el Bien Común, sino sólo el Propio. Y se produjo la (contra)revolución involucionaría neodecimonónica conocida como neoliberalismo o capitalismo salvaje: incivilizado y anti-social. Y el Estado, tradicional administrador del Poder -y la violencia-, ha empezado a perder Poder (“Estado pequeño”) y le ha ido cediendo el Poder a la clase autoritaria vigente que domina y enseñorea nuestra sociedad comunitaria en propio beneficio. Y como todo autócrata, individual, de partido o de casta, es cada más libre de hacer (neo)liberalmente lo que le da la real gana a costa de la mísera penuria in crescendo de sus dominados, que somos casi todos los seres humanos.
Indiscutiblemente, si consultamos un manual de política económica, veremos que fascismo y liberlaismo son 2 términos opuestos. Pero a los hechos me remito: el autoritarismo del potentado económico se ha convertido en práctico ejercicio dictatorial por tendencia a la opresión de casi todos por su poderoso grupúsculo. Y dictadura y fascismo son dos término afines.
Y esa agresión del Plutócrata contra los parias cada vez más prolíferos por empobrecimiento de la clase media pasa por una destrucción de lo político o de lo estatal, y eso ha comenzado a ocurrir justo cuando habíamos, ¡por fin!, conseguido que las políticas estatales se hubieran puesto de parte de la defensa interna de sus pueblos, hoy ya cada vez menos Demoi y cada vez más Vulgi.
Al final ha resultado que -paradojas de la cultura social, que no de la civilización- el capitalismo de origen burgués, se ha vuelto, por (su Poder) salvaje, más incivilizado, por apolítico (o anti-político), que la política tradicional de las administraciones estatales -o políticas.

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