viernes, 22 de noviembre de 2019

VIKRAM BABU PREGUNTA. ¿TÚ TAMBIÉN?

(Sobre Los poemas de Vikram Babu, de Jesús Aguado. Homenaje a una quierido amigo.)

Decía Jesús Aguado impostando su propia voz en el poema “Introito” que abría su Libro de homenajes (Madrid, Hiperión, 1993):

Una cierta afición por la distancia
me define. Alejo todo
-o se aleja, no sé- para verlo en conjunto.
Quien fragmenta asesina (peor: se queda sólo.)

Id est: la visión inmediata sólo permite ver las partes, nunca el todo. Es, pues, una visión fragmentaria de la realidad que impide una verdadera comunicación de las partes, entre sí y con el vidente.
Y más abajo:

Sé que todo se aleja, sin embargo,
para entregar su plenitud (¿o su divinidad?),
que una cierta distancia es necesaria
para crear el mundo a cada instante.

Id est: la divina plenitud de las cosas nace con la distancia, tal vez del mismo modo que el universo nace con la expansión cósmica del espaciotiempo.
En aquel Libro… Aguado se entregaba con fervor a la sana tarea de cantar variaciones poéticas sobre temas ajenos, tomando así distancia de sí mismo, educando a su yo en el respeto a sí mismo que implica salir de sí para mirar desde otros, en este caso desde otras voces poéticas y desde otras poéticas -Eliot, Ovidio, Baudelaire o Rilke, y los poetas indios Kalidasa, Kabir, Mirabai, Vilhana o Nanak, entre otros- ofreciéndonos el libro en su conjunto una pluralidad de perspectivas sobre la vida, el mundo y la realidad. Ya entonces mostraba con sus poemas, y con las ideas sobre sus poemas que mostraba en aquel primer poema, una clara voluntad de integrar las individualidades fragmentarias de un mundo caótico en una Unidad armónica que parece poder lograrse sólo dentro del sujeto vidente o visionario, quiero decir, en la visión de un sujeto que ve los objetos desde una perspectiva lo bastante panorámica como para que las cosas se fundan en su paisaje ofreciendo su armonía de conjunto al pincel paisajista de la palabra poética.
La paradoja es obvia: una visión cercana o demasiado íntima del mundo destruye su orden dinámico y creativo, su coherencia y su cohesión, dándole relevancia al detalle minúsculo e insignificante; el contacto inmediato deforma la visión hasta hacer añicos el objeto observado, lo cual puede que sea tal vez la causa de tantos heroicos fracasos amorosos que nos narró en sus Amores imposibles (Madrid, Hiperión, 1990): el exceso de íntima subjetividad es destructivo; por el contrario, la distancia recompone y de paso permite al poeta componer esa repetición del cosmos que es el poema. Y es paradójico esto porque es necesario tener mucho amor por las cosas, mucha compasión en su sentido etimológico -de padecer con- para que un sujeto regido por un centro egoico o egoísta se baje de su ego para contemplar el templo del universo con la generosidad de una mirada humilde que se deja fascinar y poseer por la belleza de lo otro: un otro que ahora es también -y más auténticamente- él mismo, aquél que se alejó de lo que amaba su ego para diluirse casi místicamente en la distancias de las panorámicas más vastas y dilatadas. Más paradójico -insisto- resultaba que, para integrar los fragmentos de la Unidad unos con otros, el ego debiera multiplicar las perspectivas de su visión, saliéndose de la suya.
Todo esto brota de una falta de fe en la versión oficial de las cosas que dicta autoritariamente la cultura en que ha nacido uno. De una rebeldía frente a una visión impuesta por el sentido común de la comunidad en que ha nacido uno. Y de ahí la necesidad de salirse de esa cultura y buscarse una en las antípodas, sin caer en un maniqueísmo a la inversa. Después de todo Berkeley, que pensó que la realidad no existe sino en la Mente de Dios, recuerda muy sospechosamente el mito de Brahma soñando el universo, y la crítica de Kant a Berkeley dio lugar al concepto de el mundo como representación de Schopenhauer, que recuerda, según confesa admiración del filósofo por los Upanishades y el budismo, la teoría hindú y budista del mundo como ilusión del ego, y del ego como ilusión de la que brota la ilusión del mundo con toda su carga de dolor y sufrimiento.
Con su visión plural Jesús se situaba a una distancia equidistante de todos los sistemas cosmovisionarios, creando el suyo propio.
La aparición del heterónimo de algún alter ego era -no podía ser de otra manera- el siguiente paso del proceso. Y ese alter ego debía ser por fuerza un poeta indio, primero porque Aguado es uno de los pocos grandes conocedores de la cultura india que yo conozca en este mundillo literario de mis penas, y segundo porque la visión plural, tan pagana (en el sentido pessoístico del término) del poeta Jesús Aguado se acopla mejor a un personaje hindú o budista que a cualquier pensamiento de corte occidental, en donde el ego es un dios (un miserable diosecillo, un frágil ídolo, pero dios al fin y al cabo) del que nadie descree -al menos cuando se trata del ego propio, o cuando no se sufre del endémico síndrome depresivo-, lo que trae como consecuencia el individualismo furibundo en que se fundamenta la agresiva competitividad que hace funcionar este nuestro penoso mundo, y que es la causa ideológica (las ideas también muven el mundo: causaron la revolución soviética del 17 y la II Guerra) de la Crisis que sufrimos y va ser serlo también de la que viene.
Nuestro mundo, sin embargo, ya ha producido entidades culturales que pueden avenirse perfectamente con la visión poética de Aguado. Pienso en concreto en la geometría fractal de Benoît Mandelbrot, que defiende que la visión accidentada de un objeto cercano es tan en esencia verdadera como la visión mucho más regular que de ese objeto ofrece la visión distanciada, borradora de detalles e irregularidades, siempre que en las descripciones del objeto incluyamos un número que indique la distancia desde donde se hagan la observaciones.
La visión inmediata, cercana, realista de las cosas es violenta y terrible, dura y desordenada, carente de sentido, absurda de crueldad gratuita y tozuda injusticia diaria, y telediaria, odiosa como el mismo dolor que nos hace conscientes del desastre de este mundo de pena.
La visión panorámica, cósmica, de conjunto, remota, universal es, sin embargo, armónica y hermosa, atractiva como la gravedad, o como una obra de arte, o como una viva belleza eclosionada por las gracias venéreas o afrodisíacas del diabólico dios Eros, señor de nuestras subidas y bajadas de serotonina, que es la hormona que produce nuestros estados de enamoramiento, esos estados en que nuestra visión se transforma, cambia su perspectiva, y todo -el ser amado, la vida, el mundo, el universo- parece más hermoso y digno de vivirse, porque nuestro sentir ha dotado a nuestros sentidos de un sentido que da su razón de ser a todo lo que se ponga por delante.
Cierto que en occidente estamos acostumbrados a pensar que sólo la visión de cercanías, la visión provinciana de las cosas es la única cierta y verdadera y que hay que resignarse a ver, nos guste o no, la triste realidad, que es fea y trágica y grotesca por definición. Así ha sido hasta ahora. Pero desde ahora podemos afirmar, siguiendo al matemático Mandelbrot, que esa mirada tan propia de occidente no es verdadera, porque se queda corta: porque no es toda la verdad.
De hecho, dicha estrecha visión sólo podrá ser verdad cuando incluya en su conciencia la talla de su estrechez y su provincianismo, de la misma manera que la otra visión, la visión aguadista de las cosas siempre será verdad porque en ella se ha incluido -el poema “Introito” que cité lo ha dicho y predicado- la dimensión distante desde donde el poeta ha articulado la complexión plural de sus visiones: una visión que gracias a su pluralidad perspectivista -valiente paradoja- restituye a nuestro mundo, roto por la visión miope del realismo simplista de occidente, su sentido unitario de íntegra cosmópolis gobernada por gúgoles de quanta subatómicos que, aun siendo independientes, cantan unánimes la sinfonía coral del universo, creando en nuestra mente visionaria la ilusión -no realista, pero sí verdadera- de no sé que batuta pantocrática o -mejor- pantocreativa (pantopoiética) que nos hace balbucir cuando la intuimos.
Vikram Babu nació, así pues, de esa generosa necesidad de distancia contemplativa y creadora, de modo parecido -ya lo he dicho- a como fuera creado el universo, esto es, a base de expandir el espacio y el tiempo a distancias y distancias cada vez mayores a lo largo de miles de millones de años explosivos.
Vikram Babu fue concebido por Jesús Aguado como un poeta indio del siglo XVII, de humilde condición, que siempre respondía a preguntas desconocidas con una metáfora compleja introducida por un como: no con una comparación, como el propio Jesús dice en el prólogo, puesto que el término REAL de la comparación en el poema de Babu siempre está ausente, y el como sólo está para dar paso al término IMAGINARIO, siempre seguido de la obligada pregunta con que Babu remata cada poema. La metáfora pura con como es compleja, digo, porque siempre desarrolla la coherencia interna de la imagen metafórica hasta el límite de sus posibilidades, penetrando su juego los campos de la alegoría y de la fábula, primos hermanos, como se sabe, de los mitos, que siempre fueron, como se sabe, la primera fuente de inspiración de todos lo poetas de todas las culturas, así como -valiente paradoja- el producto fundamental de toda actividad poética, hasta de las más provincianas y realistas, al menos cuando se trata de auténtica poesía.
Por otra parte el libro de Jesús Aguado se presta a un juego metafísico de adivinanzas: si el universo imaginario de cada poema de Vikram Babu es la respuesta, ¿cuál fue la pregunta? Extrapólese a modo de metáfora invertida o retrospectiva esta pregunta al mundo de Jesús, de ustedes y de un servidor: si el universo real es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?
Como es evidente que yo desconozco la respuesta a la pregunta sobre la pregunta, me he permitido enviar el libro de Aguado a un buen amigo mío, el filósofo Hugo de Los, con una carta en que lo he puesto al cabo de estas mis reflexiones sobre Babu y Aguado.
A vuelta de correo he recibido del filósofo lo que a continuación paso a citarles:

Como aquel gran poeta madrileño
traductor de poetas exóticos de India
que inventó a un gran poeta exótico de India
que inventó a un gran poeta madrileño
(establecido en Málaga desde hace muchos años)
como los hombres siempre -ya lo cantó Jenófanes
hace ya muchos años-
hacemos a los dioses a nuestra semejanza
-rubios los tracios, negros los etíopes-,
pero tal vez porque antes los dioses nos habían
hecho a nosotros a su imagen
-como predica el Génesis-,
y como aquel poeta malagueño
que se inventó un filósofo llamado Hugo de Los
-que ha resultado ser
el más original de los todos filósofos
a la vez que un poeta
de una capacidad mimética infinita-
que imitó a Vikram Babu,
poeta indio del siglo XVII
que se inventó al poeta moderno que responde
al nombre de Jesús
Aguado, y que Francisco
Fortuny, personaje
de Hugo de Los, ahora les presenta
para ser presentado a su vez por el alto
prestigio de una obra solitaria,
inimitable, única;
como espejo que mira
su rostro en un espejo y se pregunta
si verán los demás espejos enfrentados
ese mismo infinito de nada que hace mundos
en serie como casi universos paralelos
con tal de que una mínima desviación se produzca
en cualquiera de ellos
-cambio de orientación que abre
la reflexiva rosa de la varia
y plural perspectiva-,
como hacía Vikram Babu,
Hugo de Los pregunta:
¿Quién ha inventado a Quién?

No hay comentarios:

Publicar un comentario