Decía Jesús Aguado impostando su propia voz en el poema “Introito” que abría su Libro de homenajes (Madrid, Hiperión, 1993):
Una
cierta afición por la distancia
me
define. Alejo todo
-o
se aleja, no sé- para verlo en conjunto.
Quien
fragmenta asesina (peor: se queda sólo.)
Id
est: la visión inmediata sólo permite ver las partes, nunca el todo. Es, pues,
una visión fragmentaria de la realidad que impide una verdadera comunicación de
las partes, entre sí y con el vidente.
Y
más abajo:
Sé
que todo se aleja, sin embargo,
para
entregar su plenitud (¿o su divinidad?),
que
una cierta distancia es necesaria
para
crear el mundo a cada instante.
Id
est: la divina plenitud de las cosas nace con la distancia, tal vez del mismo
modo que el universo nace con la expansión cósmica del espaciotiempo.
En
aquel Libro… Aguado se entregaba con fervor a la sana tarea de cantar
variaciones poéticas sobre temas ajenos, tomando así distancia de sí mismo,
educando a su yo en el respeto a sí mismo que implica salir de sí para mirar
desde otros, en este caso desde otras voces poéticas y desde otras poéticas
-Eliot, Ovidio, Baudelaire o Rilke, y los poetas indios Kalidasa, Kabir,
Mirabai, Vilhana o Nanak, entre otros- ofreciéndonos el libro en su conjunto
una pluralidad de perspectivas sobre la vida, el mundo y la realidad. Ya
entonces mostraba con sus poemas, y con las ideas sobre sus poemas que mostraba
en aquel primer poema, una clara voluntad de integrar las individualidades
fragmentarias de un mundo caótico en una Unidad armónica que parece poder
lograrse sólo dentro del sujeto vidente o visionario, quiero decir, en la
visión de un sujeto que ve los objetos desde una perspectiva lo bastante
panorámica como para que las cosas se fundan en su paisaje ofreciendo su
armonía de conjunto al pincel paisajista de la palabra poética.
La
paradoja es obvia: una visión cercana o demasiado íntima del mundo destruye su
orden dinámico y creativo, su coherencia y su cohesión, dándole relevancia al
detalle minúsculo e insignificante; el contacto inmediato deforma la visión
hasta hacer añicos el objeto observado, lo cual puede que sea tal vez la causa
de tantos heroicos fracasos amorosos que nos narró en sus Amores imposibles
(Madrid, Hiperión, 1990): el exceso de íntima subjetividad es destructivo; por
el contrario, la distancia recompone y de paso permite al poeta componer esa
repetición del cosmos que es el poema. Y es paradójico esto porque es necesario
tener mucho amor por las cosas, mucha compasión en su sentido etimológico -de padecer
con- para que un sujeto regido por un centro egoico o egoísta se baje de su
ego para contemplar el templo del universo con la generosidad de una mirada
humilde que se deja fascinar y poseer por la belleza de lo otro: un otro que
ahora es también -y más auténticamente- él mismo, aquél que se alejó de lo que
amaba su ego para diluirse casi místicamente en la distancias de las
panorámicas más vastas y dilatadas. Más paradójico -insisto- resultaba que, para
integrar los fragmentos de la Unidad unos con otros, el ego debiera multiplicar
las perspectivas de su visión, saliéndose de la suya.
Todo
esto brota de una falta de fe en la versión oficial de las cosas que dicta
autoritariamente la cultura en que ha nacido uno. De una rebeldía frente a una
visión impuesta por el sentido común de la comunidad en que ha nacido uno. Y de
ahí la necesidad de salirse de esa cultura y buscarse una en las antípodas, sin
caer en un maniqueísmo a la inversa. Después de todo Berkeley, que pensó que la
realidad no existe sino en la Mente de Dios, recuerda muy sospechosamente el
mito de Brahma soñando el universo, y la crítica de Kant a Berkeley dio lugar
al concepto de el mundo como representación de Schopenhauer, que
recuerda, según confesa admiración del filósofo por los Upanishades y el
budismo, la teoría hindú y budista del mundo como ilusión del ego, y del ego
como ilusión de la que brota la ilusión del mundo con toda su carga de dolor y
sufrimiento.
Con
su visión plural Jesús se situaba a una distancia equidistante de todos los
sistemas cosmovisionarios, creando el suyo propio.
La
aparición del heterónimo de algún alter ego era -no podía ser de otra manera-
el siguiente paso del proceso. Y ese alter ego debía ser por fuerza un poeta
indio, primero porque Aguado es uno de los pocos grandes conocedores de la
cultura india que yo conozca en este mundillo literario de mis penas, y segundo
porque la visión plural, tan pagana (en el sentido pessoístico del
término) del poeta Jesús Aguado se acopla mejor a un personaje hindú o budista
que a cualquier pensamiento de corte occidental, en donde el ego es un dios (un
miserable diosecillo, un frágil ídolo, pero dios al fin y al cabo) del que
nadie descree -al menos cuando se trata del ego propio, o cuando no se sufre
del endémico síndrome depresivo-, lo que trae como consecuencia el
individualismo furibundo en que se fundamenta la agresiva competitividad que
hace funcionar este nuestro penoso mundo, y que es la causa ideológica (las
ideas también muven el mundo: causaron la revolución soviética del 17 y la II
Guerra) de la Crisis que sufrimos y va ser serlo también de la que viene.
Nuestro
mundo, sin embargo, ya ha producido entidades culturales que pueden avenirse
perfectamente con la visión poética de Aguado. Pienso en concreto en la
geometría fractal de Benoît Mandelbrot, que defiende que la visión accidentada
de un objeto cercano es tan en esencia verdadera como la visión mucho más
regular que de ese objeto ofrece la visión distanciada, borradora de detalles e
irregularidades, siempre que en las descripciones del objeto incluyamos un
número que indique la distancia desde donde se hagan la observaciones.
La
visión inmediata, cercana, realista de las cosas es violenta y terrible, dura y
desordenada, carente de sentido, absurda de crueldad gratuita y tozuda
injusticia diaria, y telediaria, odiosa como el mismo dolor que nos hace
conscientes del desastre de este mundo de pena.
La
visión panorámica, cósmica, de conjunto, remota, universal es, sin embargo,
armónica y hermosa, atractiva como la gravedad, o como una obra de arte, o como
una viva belleza eclosionada por las gracias venéreas o afrodisíacas del
diabólico dios Eros, señor de nuestras subidas y bajadas de serotonina, que es
la hormona que produce nuestros estados de enamoramiento, esos estados en que
nuestra visión se transforma, cambia su perspectiva, y todo -el ser amado, la
vida, el mundo, el universo- parece más hermoso y digno de vivirse, porque
nuestro sentir ha dotado a nuestros sentidos de un sentido que da su razón de
ser a todo lo que se ponga por delante.
Cierto
que en occidente estamos acostumbrados a pensar que sólo la visión de
cercanías, la visión provinciana de las cosas es la única cierta y verdadera y
que hay que resignarse a ver, nos guste o no, la triste realidad, que es fea y
trágica y grotesca por definición. Así ha sido hasta ahora. Pero desde ahora
podemos afirmar, siguiendo al matemático Mandelbrot, que esa mirada tan propia
de occidente no es verdadera, porque se queda corta: porque no es toda la
verdad.
De
hecho, dicha estrecha visión sólo podrá ser verdad cuando incluya en su
conciencia la talla de su estrechez y su provincianismo, de la misma manera que
la otra visión, la visión aguadista de las cosas siempre será verdad
porque en ella se ha incluido -el poema “Introito” que cité lo ha dicho y
predicado- la dimensión distante desde donde el poeta ha articulado la
complexión plural de sus visiones: una visión que gracias a su pluralidad
perspectivista -valiente paradoja- restituye a nuestro mundo, roto por la
visión miope del realismo simplista de occidente, su sentido unitario de
íntegra cosmópolis gobernada por gúgoles de quanta subatómicos que, aun siendo
independientes, cantan unánimes la sinfonía coral del universo, creando en
nuestra mente visionaria la ilusión -no realista, pero sí verdadera- de no sé
que batuta pantocrática o -mejor- pantocreativa (pantopoiética) que nos hace balbucir cuando la intuimos.
Vikram
Babu nació, así pues, de esa generosa necesidad de distancia contemplativa y
creadora, de modo parecido -ya lo he dicho- a como fuera creado el universo,
esto es, a base de expandir el espacio y el tiempo a distancias y distancias
cada vez mayores a lo largo de miles de millones de años explosivos.
Vikram
Babu fue concebido por Jesús Aguado como un poeta indio del siglo XVII, de
humilde condición, que siempre respondía a preguntas desconocidas con una
metáfora compleja introducida por un como: no con una comparación, como
el propio Jesús dice en el prólogo, puesto que el término REAL de la
comparación en el poema de Babu siempre está ausente, y el como sólo
está para dar paso al término IMAGINARIO, siempre seguido de la obligada
pregunta con que Babu remata cada poema. La metáfora pura con como es
compleja, digo, porque siempre desarrolla la coherencia interna de la imagen
metafórica hasta el límite de sus posibilidades, penetrando su juego los campos
de la alegoría y de la fábula, primos hermanos, como se sabe, de los mitos, que
siempre fueron, como se sabe, la primera fuente de inspiración de todos lo
poetas de todas las culturas, así como -valiente paradoja- el producto
fundamental de toda actividad poética, hasta de las más provincianas y
realistas, al menos cuando se trata de auténtica poesía.
Por
otra parte el libro de Jesús Aguado se presta a un juego metafísico de
adivinanzas: si el universo imaginario de cada poema de Vikram Babu es
la respuesta, ¿cuál fue la pregunta? Extrapólese a modo de metáfora invertida o
retrospectiva esta pregunta al mundo de Jesús, de ustedes y de un servidor: si
el universo real es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?
Como
es evidente que yo desconozco la respuesta a la pregunta sobre la pregunta, me
he permitido enviar el libro de Aguado a un buen amigo mío, el filósofo Hugo de
Los, con una carta en que lo he puesto al cabo de estas mis reflexiones sobre
Babu y Aguado.
A
vuelta de correo he recibido del filósofo lo que a continuación paso a
citarles:
Como
aquel gran poeta madrileño
traductor
de poetas exóticos de India
que
inventó a un gran poeta exótico de India
que
inventó a un gran poeta madrileño
(establecido
en Málaga desde hace muchos años)
como
los hombres siempre -ya lo cantó Jenófanes
hace
ya muchos años-
hacemos
a los dioses a nuestra semejanza
-rubios
los tracios, negros los etíopes-,
pero
tal vez porque antes los dioses nos habían
hecho
a nosotros a su imagen
-como
predica el Génesis-,
y
como aquel poeta malagueño
que
se inventó un filósofo llamado Hugo de Los
-que
ha resultado ser
el
más original de los todos filósofos
a
la vez que un poeta
de
una capacidad mimética infinita-
que
imitó a Vikram Babu,
poeta
indio del siglo XVII
que
se inventó al poeta moderno que responde
al
nombre de Jesús
Aguado,
y que Francisco
Fortuny,
personaje
de
Hugo de Los, ahora les presenta
para
ser presentado a su vez por el alto
prestigio
de una obra solitaria,
inimitable,
única;
como
espejo que mira
su
rostro en un espejo y se pregunta
si
verán los demás espejos enfrentados
ese
mismo infinito de nada que hace mundos
en
serie como casi universos paralelos
con
tal de que una mínima desviación se produzca
en
cualquiera de ellos
-cambio
de orientación que abre
la
reflexiva rosa de la varia
y
plural perspectiva-,
como
hacía Vikram Babu,
Hugo
de Los pregunta:
¿Quién
ha inventado a Quién?
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