miércoles, 13 de noviembre de 2019

Filosofía de la Historia.

Un ensayo o experimento de poesía ensayística -/o didáctica- dialéctica.

I. ¿No fue el pequeño Hegel  el primer gran marxista?
¿Por qué al final se puso   senil autoritario?
Pensaba que un Estado,  si no es totalitario,
no vencería nunca   al Mal capitalista:
            pensaba que a las masas   les falta la conciencia
de razón y derecho   de libertad humanos,
y partidarias siempre    de egoístas  tiranos
del Capital serían   en indigna anüencia.
            Y ¿¡tomar por modelo   la monarquía autócrata
prusiana de la síntesis   de su genial sistema
dialéctico político   no fue una idea mema!?
Es que el pueblo por regla   general no es demócrata.

II. En Rusia los kulakes  y los pobres mujikes
amaban a su “padre-   cito Zar” y a sus terra-
tenientes. (Y a los justos   ˗que de su vida perra
querían liberarlos,   los diablos bolcheviques˗
            odiaban,  asustados   por órdenes de popes
˗tentáculos de púlpito   del Crátor y su Cratos˗;
y frente a todo Cristo   se pasmaban Pilatos,
por  revolucionario,   y, míseros, e inopes.)
            Y esos, entonces, bienin-   tencionados, por fuerza
quisieron imponerle   al Pueblo un Paraíso
y, contra el Oro armados,  lo hicieron más sumiso
y pobre, que el Poder   corrompe a quien lo ejerza,
            porque social la revo-   lución, que  cambia al mundo,
al revolucionario    cambia  también (Sapkowski
lo dice)  y sus gobiernos,   en nombre de otro Dios qui-         
mérico, ateos copian   Celoso y Furibundo
            al de los etnocidios   de mujeres y niños
canaaneos y hombres   (e infieles israelitas),
por cuya gracia el Zar,   según archimandritas
reinaba, en amenaza    de partirles los piños.


III. Si, utópica anarquista,   pensó siempre mi musa
que el Estado era fuente   de los peores crímenes
sociales de la Historia   -y todos sus regímenes
presentes, rasa dieta   dictada por los Usa
            para guardar la línea   en que consiste el flaco,
a cambio de forzado   trabajo en sus infiernos-,
hoy piensa que lo único   que puede protegernos
del Capi es el Estado,   cual Hércules de Caco.       
            Karl Marx ya lo pensaba:   no habrá al final Estado,
cuando a la Sociedad lleguemos Comunista;
pero antes los parias   de la más negra lista,
los sans-culots que él quiso   llamar proletariado
            necesitan política   la unión  que hace la fuerza:
otro ˗esta vez˗ triunfante    Leviatán que al Magog y
Gog del gran Capital   se oponga y deje grogui       
al Ajab de la Empresa   y lo ahogue y retuerza;
            Pero esa Moby Dick-   Tiamat monstrua, Marina,
se volvió contra el sueño   de Marx hacia el de Hobbes.
Y al prole sansculotte   le dio su medicina
propia de palo aún más que    a 7 santos jobs.
            Y perdió la batalla  tal Satán por desgaste
del esfuerzo económico  de aquella Unión Soviética
por empatar con Usa  y, gorbachova y ética,
mandó las estructuras   de su esqueleto al traste.     


IIII. Y llega ya la guerra    mundial, que es la Segunda
inversa en las finanzas,    con cara de Tercera.
O la Fría on the rocks.   O la Primera, que era
y es la misma, la clásica   de siempre, nauseabunda
            por empacho execrable   de la misma bazofia,
aunque ahora las balas   reculan y son de Oro,
con que nos sangran, Público,   sin el menor decoro
a las víctimas pobres   en manos de la bofia
            bankaria, inquisitoria   de todo disidente
que pretenda salvarnos   miserable el bolsillo.
Y como tontos todos   aceptamos el grillo,
el alma dada al Alien,   postrada, indiferente          
            a tanto menoscabo   y más cabo de horca
estrangulando panzas   por mano del pudiente
que nos nutre con sólo   su patata caliente.
Si es que no nos fusila   un día, como a Lorca.

V. Parece que la historia   da razón al Maestro
en los tiempos que corren   y así lo ratifica
este dócil afán   de un pueblo que, cabestro,
se empecina en defensa   del patrón que le pica
como un mosquito infecto   con la pica o la fusta,
o la injusta jeringa,   que nos jeringa injusta,
por mucho que yo mismo,   cuando me defenestro
el corazón suicida   sin rayo que lo alumbre,            
quiera olvidar la suerte   del pobre en servidumbre
que su suerte se gana   por mérito cobarde
inconsciente y que, encima,   chulesco por costumbre
tele-deutero-física,   presumiendo, en alarde
de superioridad    intelectual  y farde,
me cree enloquecido,   y yo en su ufana gloria
no lo dejo, y la causa   de querer a esa escoria
salvar de su ignominia     execrable, salvar de
su catetez a amantes   de su propio verdugo,
que en realidad a mí   me importan un comino,
es que, si no defiendo   sus derechos, tampoco
defenderé los míos,   y aguantar ese yugo
que a él le gusta no quiero,   que yo no soy el loco
aquí precisamente   o, al menos, no el cretino.
           
VI
            Por los campos diezmados   se extienden lo sumisos
y en aquella concentra-   ción de mansos borregos
brota un voz que hiere   sus almas y sus egos
que les invita a ya    dejar de ser narcisos
que sólo piensan en el   bienestar que les queda,
y al grito soberano   de sálvese quien pueda
desprecian compromisos   y permanecen ciegos
bajo el toque de queda   en que viven masocas,
adorando a su sados   que alejan de sus bocas
el pan y la expresión  y la responsabili-
dad que da querer libres   ser, y no medio gili-
puertas, no giratorias.   Por lo campos de esclavos
consentidos se extiende   un rebaño de cabras
a la auto-inmolación,   y me sacan de quicio
que no vean razones   en mis claras palabras;
y se entreguen gallinas,  y presumen por pavos,
porque están muy contentas   de prestar el servicio
que deben a la patria   que oficia el sacrificio
de su carne en el ara   para salvar la curia
anárquica de bankos    usureros foráneos, 
y ¡se llaman patriotas!   Y me llenan de furia
y me llenan de ganas   de partirles lo cráneos.
            Pero yo qué les hago:   los apoyo y defiendo
apoyándome y defen-   diéndome a mí yo mismo.
            Y cuando participen   de nuestro dividendo,
si es que no nos extingue   la vida su cinismo,
no darán ni las gracias   y seguirán rïendo
de los que la fin logramos   el democomunismo.


VII. Se vive de ilusiones,   y el democomunismo
del Bien Común del Pueblo   es sólo un buen fantasma
utópico imposible,   mas sólo si la pasma
política del Prócer   y su Capitalismo
            llamado del Desastre   lo impide, o si su prensa
te aplasta la meninges,   que siempre es lo que pasa:
si un Pueblo se organiza   por mejorar su Casa,
los Usa sus marines   envían, y al que piensa
            distinto de sus Jefes   masacran etnocidas
y nombran a un Pelele   que dicta a sus servicios
medidas que arrüinan,   en pro de beneficios
de multinacionales,   con sede allá, las vidas
            y las economías   del Demos al que invade
robando y esquilmando   a los supervivientes,
a los que con sus shocks   aterran inclementes
y de tortura métodos   peores que el de Sade.
            O se conforman sólo   comprando a sus políticos
traidores, cuando saben   que la pecunia gansa
lograr se puede fácil   porque la masa es mansa
y al Gran Hermano Lobo   querrá con afrodíticos
            amores, sin Franciscos   darianos; porque el lobo
de Gubbio que pacífico domara el santo es uno
distinto del de Hobbes, que encarna siempre el tuno
tirano, cuyos súbditos en un rebaño bobo
            por  pájaro bucean   huyendo de la Gracia
Solar, porque adoraron,   batracios, a cigüeñas
que a Zeüs impetraron   en rol de Reinas Dueñas
el día que dejaron   con voz su democracia,
            sin la de su conciencia   moral, por mano dura
querer para el Chorizo   de las Instituciones.
Y se volvieron víctimas   -también a los Mammones
servía la Carnívora-.   Y fue la dictadura.

VIII. Podemos impedirlo.   No pierdas la esperanza.
Unidos sí podemos.  Que ponga de su parte
su gota cada uno.   Y lloverá. Y no Marte
ni Caco serán dueños   del mundo. Y la Balanza
            repuesta en su equilibro  será o, al menos, paso
a paso, y poco a poco,   haremos el camino
a un Más Acá más justo,   al no hacer el pollino
y recobrar, por contra,   las alas de Pegaso.
            Paciencia y esperanza.  Acaba ya de vero.
No más intermediario.   Razón no tiene el bruto.
Y corazón, aún menos.   Mas nuestro es el tributo
que poco el Capo paga:   quien quiera más dinero
            que el suyo igual que todos   se gane con trabajo,
y que nuestros políticos   electos en servicios
sociales nos devuelvan   lo que ha pagado el bajo
de clase, casi todos,   en circulares vicios
            virtuosos en recicle: pagamos para eso.
Lo público es del pueblo:   a manos del Privado,
borracho de lo ajeno,    no vuelva a ir. Qué Estado
lo hará, si la Justicia   desea y el Progreso.

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