lunes, 25 de noviembre de 2019

EL FASCISMO DEL EGO

El ser humano es una animal vanidoso y cabezota.
Nuestra tendencia al narcisismo, necesario al menos en alguna dosis, para no caer en las enfermizas depresiones y melancolías patológicas que produce la falta de autoestima, nos lleva a intentar poner, no tanto nuestro ego, como la visión personal -y egoica- que de él tenemos, por encima de cualquier otra cosa, incluso de aquellas que pueden ser beneficiosas para la supervivencia y evolución y progreso discente de nuestra persona y, por ende, de nuestro propio ego, y aun de nuestro organismo biológico adaptado a unas circunstancias sociales y culturales que no hemos elegido.
Esa es la razón y causa por los que nos cuesta darle la razón a los que defienden causas ajenas, inclusive si sus razones nos son expuestas con la diafanidad de una lógica causal contundente, contrastada, además, con una experiencia fedataria y constatable por todo aquel que desee participar receptivamente de la información que se le ofrezca.
Somos incapaces de ver la psíquica realidad de verdad que se esconde detrás o debajo de la consciencia de nosotros mismos, id est: las profundas y últimas motivaciones de nuestro empeño en perseverar en nuestro error.
Los motivos más radicales, por estar radicados, enraizados, arraigados en lo más hondo y vertiginoso del abismo psíquico sobre cuyo rechazo se monta nuestra conciencia del ego, no son nunca, ni en nadie, de origen racional ni consciente. Ni, por lo tanto, ético.
Todo se reduce a una urdimbre de sentimientos ocultos para nosotros mismos y que, en su mayoría, proceden de un poso recóndito que deja en los sustratos menos gobernables de la psique, por ignotos, la educación de que hayamos gozado o hayamos padecido desde el instante de nuestro nacimiento.
Unas veces nos dejamos llevar por lo que hipnopédicamente absorbimos de nuestro ambiente familiar cuando críos, y otras veces, llegada la adolescencia, al menos, o a menudo, en los casos en que se ha sufrido una educación represiva, por rebelde reacción en contra de esa normativa doméstica que nos estaba haciendo tan infelices. Y otras, por una mezcla sintética, o sincrética, aunque contradictoria, y azarosa de ambas influencias aceptadas y rechazadas a la vez.
Las ilustres luces de la razón convencen a muy poca gente: hay que haberse autoeducado intensa y exhaustivamente en la lucidez, mediante un constante y esforzado ejercicio, para conseguir ver más allá de los 2 metros y medio a la redonda del nuestro egocentrismo, que tomamos por modelo de toda la realidad psicofísica, dejando fuera de ella, en consecuencia, todo lo que no quepa en la estrechez o parquedad ridícula de lo que nos es conocido de primera e inmediata mano.
Frente a todo lo demás tendemos a ser xenófobos.
Por eso, cuando alguien nos parece que puede empezar a convencernos de nuestra equivocada visión de las cosas, nos cerramos en banda en nuestro cascarón de armadillo o, en su defecto, sacamos las retráctiles. O ambas cosas.
Es una especie de cobardía ante la acrofobia que nos produce el conocimiento de la verdad, sobre todo de la nuestra.
Ante ese pánico acusamos al otro de estar en un error desafortunado, de no tener ni idea de lo que sea o de ser un ignorante, haciendo de nosotros mismos un soberbio autorretrato.
Y, si sus argumentos son irrefutables, intentamos buscarle, e incluso inventarle, algún otro defecto con el que ensañarnos para descalificar la calidad integral de su persona.
Es lo contrario al diálogo sensato, receptivo, que es una de las formas más eficaces de aprender algo sobre los demás y lo demás, pero también sobre uno mismo.
Es lo único que explica que haya tanto bestia fachoso suelto por el mundo.

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