El ser humano es una animal
vanidoso y cabezota.
Nuestra tendencia al narcisismo,
necesario al menos en alguna dosis, para no caer en las enfermizas depresiones
y melancolías patológicas que produce la falta de autoestima, nos lleva a
intentar poner, no tanto nuestro ego, como la visión personal -y egoica- que de
él tenemos, por encima de cualquier otra cosa, incluso de aquellas que pueden
ser beneficiosas para la supervivencia y evolución y progreso discente de nuestra
persona y, por ende, de nuestro propio ego, y aun de nuestro organismo
biológico adaptado a unas circunstancias sociales y culturales que no hemos
elegido.
Esa es la razón y causa por los
que nos cuesta darle la razón a los que defienden causas ajenas, inclusive si
sus razones nos son expuestas con la diafanidad de una lógica causal contundente,
contrastada, además, con una experiencia fedataria y constatable por todo aquel
que desee participar receptivamente de la información que se le ofrezca.
Somos incapaces de ver la psíquica
realidad de verdad que se esconde detrás o debajo de la consciencia de nosotros
mismos, id est: las profundas y últimas motivaciones de nuestro empeño en perseverar
en nuestro error.
Los motivos más radicales, por estar
radicados, enraizados, arraigados en lo más hondo y vertiginoso del abismo
psíquico sobre cuyo rechazo se monta nuestra conciencia del ego, no son nunca,
ni en nadie, de origen racional ni consciente. Ni, por lo tanto, ético.
Todo se reduce a una urdimbre de
sentimientos ocultos para nosotros mismos y que, en su mayoría, proceden de un
poso recóndito que deja en los sustratos menos gobernables de la psique, por
ignotos, la educación de que hayamos gozado o hayamos padecido desde el
instante de nuestro nacimiento.
Unas veces nos dejamos llevar por
lo que hipnopédicamente absorbimos de nuestro ambiente familiar cuando críos, y
otras veces, llegada la adolescencia, al menos, o a menudo, en los casos en que
se ha sufrido una educación represiva, por rebelde reacción en contra de esa
normativa doméstica que nos estaba haciendo tan infelices. Y otras, por una
mezcla sintética, o sincrética, aunque contradictoria, y azarosa de ambas
influencias aceptadas y rechazadas a la vez.
Las ilustres luces de la razón
convencen a muy poca gente: hay que haberse autoeducado intensa y
exhaustivamente en la lucidez, mediante un constante y esforzado ejercicio, para
conseguir ver más allá de los 2 metros y medio a la redonda del nuestro egocentrismo,
que tomamos por modelo de toda la realidad psicofísica, dejando fuera de ella,
en consecuencia, todo lo que no quepa en la estrechez o parquedad ridícula de
lo que nos es conocido de primera e inmediata mano.
Frente a todo lo demás tendemos a
ser xenófobos.
Por eso, cuando alguien nos
parece que puede empezar a convencernos de nuestra equivocada visión de las
cosas, nos cerramos en banda en nuestro cascarón de armadillo o, en su defecto,
sacamos las retráctiles. O ambas cosas.
Es una especie de cobardía ante
la acrofobia que nos produce el conocimiento de la verdad, sobre todo de la
nuestra.
Ante ese pánico acusamos al otro
de estar en un error desafortunado, de no tener ni idea de lo que sea o de ser
un ignorante, haciendo de nosotros mismos un soberbio autorretrato.
Y, si sus argumentos son irrefutables,
intentamos buscarle, e incluso inventarle, algún otro defecto con el que
ensañarnos para descalificar la calidad integral de su persona.
Es lo contrario al diálogo
sensato, receptivo, que es una de las formas más eficaces de aprender algo
sobre los demás y lo demás, pero también sobre uno mismo.
Es lo único que explica que haya
tanto bestia fachoso suelto por el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario