De Alberti se decían
muchas cosas. Unas buenas y otras malas. Los primeros manuales a través de los
cuales tuve noticia teórica de su obra parecían empeñados en menoscabar su
imagen a base de agravios comparativos: se lo comparaba con Lorca para poner de
relieve, frente a éste, la inferioridad del neopopularismo poético albertiano,
falto de duende, ahogado por un exceso de formalismo; para de inmediato pasar a
compararlo, por ser de justicia crítico-literaria, con Gerardo Diego, a quien
curiosamente no se le vituperaba por su dominio de las formas poéticas,
quedando insinuado que era, en eso como en todo, superior al poeta gaditano.
Pronto pude comprender,
empero, que las motivaciones de esos erráticos juicios eran extraliterarias:
Alberti no sólo había sido un comunista militante, defensor del gobierno leal a
la República democrática frente a los golpistas que la agredieron en el 36 para
instaurar una dictadura fascita de 40 años, sino que había sido también el
cantor de la Revolución, y el crítico más feroz de todas las derechas
autoritarias que acabarían por imponerse en aquella España ineuropeizable,
heredera del Desastre del 98. En consecuencia, siendo así que los manuales que
yo debía estudiarme para aprobar el COU estaban escritos por filólogos
fachillas, y censurados por el vigilante sistema del régimen ilegítimo, el
poeta me era mostrado como una especie de segundón plagiario al que se le había
dado más importancia de la debida. La gracia andaluza y folklórica de un Lorca
apolitizado era, pese a la vergüenza de su fusilamiento, más recomendable.
Obsérvese, sin embargo, que lo que en Diego, que era un pasota connivente, se
consideraba una virtud (el dominio lingüístico de las formas), en Alberti, que
era un rojazo de cuidado, era considerado un defecto “por exceso”, pese a que
se pretendiera mayor el virtuosismo formal del cántabro. Tamañas incoherencias
son indignas del espíritu científico que debe presidir la filología y la
crítica literaria. Pero quién no se salva de las ideologías…
Los otros, los que,
según los filólogos carcas, le habían dado demasiada importancia al camarada
poeta, desde luego, tampoco se salvaron. Para la izquierda opositora y
clandestina, Alberti era un mito, una bandera que había que enarbolar, más que
por sus valores literarios y poéticos, por sus contenidos antifranquistas y
panfletarios. De modo que no era el mejor Alberti el que la izquierda defendía,
pues sus poemas de contenido político, al estar escritos con la urgencia que
exige la ocasión, eran los más descuidados y, por tanto, los menos conseguidos.
A Rafael Alberti se le
ha acusado de todo: de exceso de formalismo, de frialdad, de habilidad
versificadora no compensada con hondura poética… y no sé cuantas majaderías
más. No obstante, tiene algo de perdón la cosa, puesto que todas esas visiones
están casi obligadas a ser parciales: la obra de Alberti es tan prolija y
extensa que nadie, o muy pocos, tendría fácil la tarea de abarcarla en todo su
conjunto con un grado interesante de profundidad. Así, el lector que lo tacha
de frío estará pensando sin duda en la barroca perfección de sus versos de
corte gongorino o cancioneril, pero se está olvidando -o quizá no ha leído- los
versos de Retornos de lo vivo lejano, en que la calidez sentimental de
sus evocaciones gaditanas desde el exilio ocupan un emotivo primer plano. Del
mismo modo, quien le acuse de formalismo excesivo estará olvidando la
espontaneidad urgente de sus versos políticos; quien lo acuse de barroco, estará
olvidando la graciosa sencillez de sus versos hechos al modo popular, siguiendo
el espíritu del flamenco; quien lo acuse de folklórico o superficial estará
olvidando las honduras de Sobre los ángeles y más aún de Sermones y
moradas, libros en que la atmósfera surrealista, llena de absurdos y
paradojas, sirve para invocar un mundo de vivencias interiores tan radicales
que rayan, pese al ulterior ateísmo marxista de su autor, en los fondos y
fundamentos metafísicos, ontológicos, a los que la tradición cultural del
patrimonio humano ha aludido siempre mediante sus mitos y creencias religiosos
más genuinos. Asimismo, ese mismo surrealismo le sirve en su magnífico Yo
era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos para dar salida
libre y casi libertaria a la gracia del humor más liberador y gratuito, siendo
este libro uno de los primeros que presta atención al fenómeno cultural y
estético del cine (cosa que será primordial en la poética llamada “novísima”,
de los años 70). Y finalmente, quien lo acuse de buen versificador pero mal
poeta, estará olvidando que el alma de la poesía no puede manifestarse sin su
cuerpo, las palabras hechas música, y que, por consiguiente, es difícil que un
buen verso, si lo es en verdad, no contenga su dosis correspondiente de auténtica
poesía.
Alberti, dicho lo
susodicho, es, como mínimo, algo que nadie, ni de derechas ni de izquierdas, ni
especialistas sesudos ni meros aficionados, han podido negar ni ocultar nunca.
Es un maestro de las formas y de los recursos y figuras, es un absoluto
dominador del lenguaje. O dicho de otra forma: Alberti escribió bien. Y lo que
es más grande: escribió bien de todo, en todos los registros estilísticos y
temáticos posibles: excelente experimentedor y vanguardista, no manifestó menor
habilidad en su imitación de los modelos clásicos y tradicionales, ya populares
-Gil Vicente- ya cultos -Góngora, Lope, Garcilaso-; poeta del mensaje urgido
por la historia, no estuvo nunca lejos de la poesía pura; cantor de la justicia
social, no se olvidó de los temas cotidianos y domésticos, como los que
dedicara a su hija Aitana; vate del destierro, siempre cantó su tierra, y sobre
todo su mar: su España, su Andalucía, su Cádiz y su Puerto de Santa María,
paisajes que desde la distancia convertió en símbolo artístico del paraíso
perdido.
La obra de Alberti, tan
abundante y varia, recorre todo el siglo XX, a modo un itinerario temático y
poético de todo lo que el siglo ha sido: Las guerras española y mundial, los
fascismos y nazismos, y los campos de concentración, la Revolución Bolchevique
y la Cubana, la Nicaragua de Sandino, etc., aparecen junto a los movimientos
artísticos que lo marcan: futurismo, surrealismo, poesía civil o social
(anterior a la de nuestra de postguerra), y esteticismo: A la pintura,
por ejemplo, (libro con que prefiguró -otra vez- la estética culturalista de
los 70), o Roma, peligro para caminantes, en donde junto al amor por la
Ciudad del Arte aparece la ironía desternillante respecto de las sucias
ruindades urbanas o civiles (y clericales), de las que menos que ninguna se
libra la Ciudad Santa.
Alberti ha hecho todo
eso, y además lo ha hecho bien. Leer sus obras completas es leer el Siglo XX en
uno de sus mejores y más ricos cuadros expresivos. Leer una antología del poeta
es acceder a lo más selecto del arte y la cultura de un siglo. Leer, por fin,
alguno de sus poemas es -hay para todos los gustos- un placer.
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