viernes, 8 de noviembre de 2019

LECTURA DE RAFAEL ALBERTI (In memoriam).


De Alberti se decían muchas cosas. Unas buenas y otras malas. Los primeros manuales a través de los cuales tuve noticia teórica de su obra parecían empeñados en menoscabar su imagen a base de agravios comparativos: se lo comparaba con Lorca para poner de relieve, frente a éste, la inferioridad del neopopularismo poético albertiano, falto de duende, ahogado por un exceso de formalismo; para de inmediato pasar a compararlo, por ser de justicia crítico-literaria, con Gerardo Diego, a quien curiosamente no se le vituperaba por su dominio de las formas poéticas, quedando insinuado que era, en eso como en todo, superior al poeta gaditano.
Pronto pude comprender, empero, que las motivaciones de esos erráticos juicios eran extraliterarias: Alberti no sólo había sido un comunista militante, defensor del gobierno leal a la República democrática frente a los golpistas que la agredieron en el 36 para instaurar una dictadura fascita de 40 años, sino que había sido también el cantor de la Revolución, y el crítico más feroz de todas las derechas autoritarias que acabarían por imponerse en aquella España ineuropeizable, heredera del Desastre del 98. En consecuencia, siendo así que los manuales que yo debía estudiarme para aprobar el COU estaban escritos por filólogos fachillas, y censurados por el vigilante sistema del régimen ilegítimo, el poeta me era mostrado como una especie de segundón plagiario al que se le había dado más importancia de la debida. La gracia andaluza y folklórica de un Lorca apolitizado era, pese a la vergüenza de su fusilamiento, más recomendable. Obsérvese, sin embargo, que lo que en Diego, que era un pasota connivente, se consideraba una virtud (el dominio lingüístico de las formas), en Alberti, que era un rojazo de cuidado, era considerado un defecto “por exceso”, pese a que se pretendiera mayor el virtuosismo formal del cántabro. Tamañas incoherencias son indignas del espíritu científico que debe presidir la filología y la crítica literaria. Pero quién no se salva de las ideologías…
Los otros, los que, según los filólogos carcas, le habían dado demasiada importancia al camarada poeta, desde luego, tampoco se salvaron. Para la izquierda opositora y clandestina, Alberti era un mito, una bandera que había que enarbolar, más que por sus valores literarios y poéticos, por sus contenidos antifranquistas y panfletarios. De modo que no era el mejor Alberti el que la izquierda defendía, pues sus poemas de contenido político, al estar escritos con la urgencia que exige la ocasión, eran los más descuidados y, por tanto, los menos conseguidos.
A Rafael Alberti se le ha acusado de todo: de exceso de formalismo, de frialdad, de habilidad versificadora no compensada con hondura poética… y no sé cuantas majaderías más. No obstante, tiene algo de perdón la cosa, puesto que todas esas visiones están casi obligadas a ser parciales: la obra de Alberti es tan prolija y extensa que nadie, o muy pocos, tendría fácil la tarea de abarcarla en todo su conjunto con un grado interesante de profundidad. Así, el lector que lo tacha de frío estará pensando sin duda en la barroca perfección de sus versos de corte gongorino o cancioneril, pero se está olvidando -o quizá no ha leído- los versos de Retornos de lo vivo lejano, en que la calidez sentimental de sus evocaciones gaditanas desde el exilio ocupan un emotivo primer plano. Del mismo modo, quien le acuse de formalismo excesivo estará olvidando la espontaneidad urgente de sus versos políticos; quien lo acuse de barroco, estará olvidando la graciosa sencillez de sus versos hechos al modo popular, siguiendo el espíritu del flamenco; quien lo acuse de folklórico o superficial estará olvidando las honduras de Sobre los ángeles y más aún de Sermones y moradas, libros en que la atmósfera surrealista, llena de absurdos y paradojas, sirve para invocar un mundo de vivencias interiores tan radicales que rayan, pese al ulterior ateísmo marxista de su autor, en los fondos y fundamentos metafísicos, ontológicos, a los que la tradición cultural del patrimonio humano ha aludido siempre mediante sus mitos y creencias religiosos más genuinos. Asimismo, ese mismo surrealismo le sirve en su magnífico Yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos para dar salida libre y casi libertaria a la gracia del humor más liberador y gratuito, siendo este libro uno de los primeros que presta atención al fenómeno cultural y estético del cine (cosa que será primordial en la poética llamada “novísima”, de los años 70). Y finalmente, quien lo acuse de buen versificador pero mal poeta, estará olvidando que el alma de la poesía no puede manifestarse sin su cuerpo, las palabras hechas música, y que, por consiguiente, es difícil que un buen verso, si lo es en verdad, no contenga su dosis correspondiente de auténtica poesía.
Alberti, dicho lo susodicho, es, como mínimo, algo que nadie, ni de derechas ni de izquierdas, ni especialistas sesudos ni meros aficionados, han podido negar ni ocultar nunca. Es un maestro de las formas y de los recursos y figuras, es un absoluto dominador del lenguaje. O dicho de otra forma: Alberti escribió bien. Y lo que es más grande: escribió bien de todo, en todos los registros estilísticos y temáticos posibles: excelente experimentedor y vanguardista, no manifestó menor habilidad en su imitación de los modelos clásicos y tradicionales, ya populares -Gil Vicente- ya cultos -Góngora, Lope, Garcilaso-; poeta del mensaje urgido por la historia, no estuvo nunca lejos de la poesía pura; cantor de la justicia social, no se olvidó de los temas cotidianos y domésticos, como los que dedicara a su hija Aitana; vate del destierro, siempre cantó su tierra, y sobre todo su mar: su España, su Andalucía, su Cádiz y su Puerto de Santa María, paisajes que desde la distancia convertió en símbolo artístico del paraíso perdido.
La obra de Alberti, tan abundante y varia, recorre todo el siglo XX, a modo un itinerario temático y poético de todo lo que el siglo ha sido: Las guerras española y mundial, los fascismos y nazismos, y los campos de concentración, la Revolución Bolchevique y la Cubana, la Nicaragua de Sandino, etc., aparecen junto a los movimientos artísticos que lo marcan: futurismo, surrealismo, poesía civil o social (anterior a la de nuestra de postguerra), y esteticismo: A la pintura, por ejemplo, (libro con que prefiguró -otra vez- la estética culturalista de los 70), o Roma, peligro para caminantes, en donde junto al amor por la Ciudad del Arte aparece la ironía desternillante respecto de las sucias ruindades urbanas o civiles (y clericales), de las que menos que ninguna se libra la Ciudad Santa.
Alberti ha hecho todo eso, y además lo ha hecho bien. Leer sus obras completas es leer el Siglo XX en uno de sus mejores y más ricos cuadros expresivos. Leer una antología del poeta es acceder a lo más selecto del arte y la cultura de un siglo. Leer, por fin, alguno de sus poemas es -hay para todos los gustos- un placer.

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