Recuerdo que hace años leí en El manjar de los
Dioses de Terence MacKenna (Paidós, Barcelona, 1993), que el uso de
alucinógenos por los primeros homínidos puede haber colaborado decisivamente en
el origen de la conciencia humana, y que desde los albores de la misma las
drogas se han utilizado para conseguir estados alterados de conciencia que han
servido para enriquecerla y dirigirla en su evolución. Los chamanes, acaso los
primeros poetas de que tenemos noticia antropológica, las utilizaban con
diversos fines.
Aunque la tesis de MacKenna me parece excesiva, por
no decir desmesurada, no deja de ser interesante: la evolución humana opera
desde sus orígenes por medio de saltos cualitativos que tienen que ver con diversos
estados alterados de conciencia, esto es, maneras distintas de ver la realidad
-distintas de lo normal, de lo vigente en el momento del salto evolutivo-.
Si esos estados alterados fueron siempre inducidos
por drogas o no, es algo que me parece secundario, puesto que es evidente que
los dichos estados pueden alcanzarse sin ayuda de alucinógenos -aunque haya que
reconocer que con ellos es más fácil-. Lo que me parece primordial es lo que
sigue: los cambios evolutivos de la conciencia humana dependen de un cambio de
perspectiva. Hasta ahora, el hecho de que las perspectivas presupongan una
subjetividad perceptora nos ha inducido a entenderla como fuentes de
inexactitud e incluso de irrealidad, dada la mala prensa que padece hoy día
todo subjetivismo. Pero ya va siendo hora de que dejemos de ignorar que la
subjetividad de las perspectivas no implica necesariamente su carencia de
objetividad.
Imaginemos un vehículo que corre a cierta velocidad
sobre el techo de un tren: si medimos su velocidad desde esa misma superficie,
obtendremos una velocidad, pero si lo hacemos desde la superficie de la tierra
obtendremos otra, que será resultado de la suma de la velocidad del coche y la
del tren.
Extrapolemos esto a una dimensión no por
fantásticamente teórica menos verosímil: desde perspectiva terrestre su
velocidad objetiva de ese bólido será x. Paro hagamos esa medida desde el Sol y
la velocidad real del vehículo en cuestión será x más la velocidad de rotación
y traslación de la Tierra. Hagamos ahora eso mismo desde el centro de la
galaxia: la velocidad objetiva del coche será el resultado de la suma de las
velocidades anteriores más la velocidad de traslación del Sol en torno a la
galaxia. Hagamos lo mismo, por fin, desde el centro del Universo y obtendremos
el valor definitivamente objetivo, absolutamente real de la velocidad de
nuestro vehículo terrícola.
Pero hay un problema: el Universo, al ser ilimitado,
NO TIENE CENTRO. O mejor: cualquier punto vale como centro porque está
igualmente equidistante de los extremos que cualquier otro. Luego todos los
puntos de vista son centrales y todos, por lo tanto, válidos en tanto que igualmente
objetivos. Esto ha sido un resumen ejemplar -muy mostrenco y trivializado- de
uno de los principios básicos la Teoría General de la Relatividad (sobre el que
em extenderé en otra ocasión), hoy día incontestable desde el punto de vista
científico.
Por otro lado el Principio de Complementariedad de
Niels Bohr, uno de los padres de la actual física subatómica,
afirma algo parecido respecto del mundo de las partículas cuánticas que integran el átomo: si
medimos uno de sus rasgos físicos, dichas partículas se comportan como
objetillos diminutos, pero si medimos otro, se comportan como ondas; y Bohr -y
la mayoría de los físicos modernos- afirman que las dos cosas son
científicamente ciertas y “objetivas” aunque sean contrarias a la lógica de la
física clásica, que es la del sentido común, porque ambas medidas están hechas
desde dos perspectivas distintas.
Y digo yo: si las perspectivas son ciertas en el
macrocosmos y en el microcosmos, ¿por qué no han de serlo
también en este mediano mundo nuestro, mucho más sometido a perspectivas, las humanas, que los otros dos?
Con esto no quiero decir que todas las perspectivas
sean válidas; los disparates nunca son válidos y las simplezas tampoco. No
obstante no se puede ciertamente afirmar que haya una sola perspectiva
objetiva, sino varias, y a las otras debe llegarse por un estado alterado
-anormal- de conciencia.
La poesía siempre ha hecho esto. Garcilaso y Bécquer
sufrieron la misma realidad, pero uno hablaba de "cerca del Tajo en
soledad amena" y el otro de "olas gigantes que rompéis bramando en
las playas desiertas y remotas (...) llevadme con vosotras". Había
cambiado la mentalidad y por lo tanto la perspectiva: mientras uno seleccionaba
para sus poemas paisajes en calma, el otro prefería las tempestades. Entre
Garcilaso y Bécquer se ha producido un pequeño salto evolutivo de conciencia.
Podemos comprobarlo con curiosa nitidez cuando
caemos voluntariamente en la cuenta de que ambos estaban expresando y
refiriéndose a un mismo objeto temático: el sufrimiento amoroso como
consecuencia de la falta de correspondencia del ser amado para con el poeta. Si
bien es cierto que en el sevillano el concepto de Desamor se ha convertido en
una suerte de síntoma existencial negativo, mientras que en el de Toledo era
consecuencia de la asunción cortés de un esforzado caballero que medía el valor
de su sentimiento según su valiente capacidad de resistencia ante la amorosa
unilateralidad de su desdicha.
Es interesante a todo este respecto traer a colación
la idea que Carl Friedrich von Weizäcker -profesor de física y filosofía en
Estrasburgo, Gottinga y Hamburgo- tenía sobre el subconsciente freudiano: no es
sólo el depósito donde se reprimen los recuerdos, sensaciones y vivencias
indeseables, si no que es un almacén de realidades virtuales: la represión en
el subconsciente es necesaria para que exista la conciencia: la conciencia,
para funcionar, necesita seleccionar una perspectiva de entre todas las
posibles, y casi siempre elige la más convencional, reprimiendo las otras y
enclaustrándolas en el subconsciente donde configuran una realidad plural y
virtual. Porque uno no puede mirar en dos direcciones a la vez, ni desde dos
puntos de vista distantes tampoco, pero ello no significa que los puntos de
vista no seleccionados no existan: podemos hacer funcionar la conciencia con la
perspectiva convencional, pero estamos capacitados para elegir otra en cualquier
momento.
Los alucinógenos posiblemente ayuden a dar a luz a
esas perspectivas reprimidas.
Pero, con ayuda o si ella, eso es lo que han hecho
siempre los poetas: aportar a la realidad oficial una perspectiva alternativa,
a menudo más compleja, rica y hermosa que aquella.
Hacer hoy una poesía realista es, pues, un
contrasentido. Si desde antiguo se ha personificado la sagrada alegría de vivir
y se le ha llamado Dionisos, o se ha alegorizado la belleza sublime de la
inteligencia y se la ha llamado Apolo, o se ha similarizado la esperanza de la
final victoria de Bien sobre el Mal y se le ha llamado Ahura Mazda, o se ha
metaforizado el deseo de paz absoluta y se le ha llamado Buda, o se ha prosopopeyizado
la entrega generosa y desinteresada y la pureza de intenciones y se las ha
llamado María, o al amor universal y se le ha llamado Jesús, ilustrando así la
triste realidad con una perspectiva poética que sólo puede nacer de la
conciencia creativa de un poeta -que lo será independientemente de que escriba
versos o no-, y si resulta que hoy día no puede hacerse algo parecido porque la
convención cultural del momento nos exige ser fieles a la perspectiva
absolutista de un realismo estrecho, si todo eso es así, digo, paren el mundo
que yo me bajo. Porque -al menos para mí- una realidad sin poesía, además de
falsa, resultaría inhabitable.
Si embargo, eso no significa ni puede significar
jamás que la realidad, o una de las realidades, pero la más común, por no decir
la Común por antonomasia, ésta en que convivimos sin más remedio las
conciencias y sensibilidades subjetivas humanas, deba ser desatendida por la
poesía.
Significa que, siendo la realidad, al menos la del
mundo artificial, en el sentido de no puramente natural -de la técnica, la
economía, la política y la sociedad en general-, carente, desde la perspectiva
de la objetividad convencional del sentido común -a veces el menos común de la
comunidad, todo hay que decirlo, por no decir el menos comunitario-, tan
carente de belleza y de bien -y de verdad-, no estaría mal, por no decir que
sería absolutamente necesario, que trajéramos un poco de poesía a su status. Y
para eso no podríamos sino imponernos con libertad a nosotros mismo un cambio
de perspectiva: deberíamos mirarla a través de otro prisma, desde otro punto de
vista que sería, recordémoslo, y esto se basa en la Relatividad de Einstein y
en la Complementariedad de Bohr, tan objetiva como la usual.
Marx fue uno de los primeros que miró de modo
sistemático la economía, en concreto decimonónica de Occidente, desde una perspectiva
nueva: la de los trabajadores explotados, que él llamó proletariado. Y concibió
poéticamente la bella idea de la Sociedad Comunista: una sociedad justa y libre
en que todo se posee en común y donde no existe la necesidad ni el sufrimiento.
Y tan poética era aquella idea que los prosaicos intereses de la clase privilegiada
y dominante no pudo ser capaz de aceptarla ni siquiera como posibilidad real.
Pero es que ni los propios comunistas supieron hacer
las cosas de tal manera que tal cosa fuera, de hecho, posible. También es
cierto que la presión internacional extranjera los hizo emparanoiarse con el
temor a los ocultos y fantasmales conspiradores contrarrevolucionarios, y
montaron un bruto Estado policial de los más prosaicos y feos, y horrorosos y terroríficos
que en el mundo han sido. Es cierto que, antes de la revolución, la gente
padecía de hambre y necesidad, y tras ella, todos comían. No obstante ese tipo
de soluciones le llevan a uno a pensar en qué sería peor: morirse de hambre o
morirse asesinado, previa tortura, por la actuación criminal e indiscriminada de
la policía política.
Estaremos todos de acuerdo, empero, en que es peor todavía
morirse de hambre Y de asesinato y
tortura policial.
Como, por ejemplo, en el paradigmático caso del
Chile de Pinochet, en donde la ideología contrrarevolucionaria de la
ultraderecha económica neoliberal se impuso por la fuerza y el terror, causando
el Desastre.
Y como por ejemplo en la presente Aldea Global en
donde la Desigualdad se fomenta, salvo en honradas excepciones, desde los
escaños ocupados por diputados legítimamente electos y desde sus gobiernos, por
ellos nombrados.
El problema de este mundo es, pues, desde mi punto
de vista personal, que le falta poesía: no será ésta la primera vez que
proclame que los bellísimos conceptos de Justicia y Derecho han salido de la
creatividad poética del ser humano que, observando la naturaleza, se ha dado
cuenta de que en ella se dan tanto la belleza como el terror: junto a la vida y
la evolución, la ley del más fuerte: y, que es, frente a la poesía de aquellas,
prosaicamente horrible.
Copiar o imitar la ley de la Naturaleza en el mundo
humano es rebajar la posible naturaleza poética -angélica- de la humanidad a la
naturaleza prosaica de las fieras y las
bestias.
Cambiemos de perspectiva: miremos nuestro mundo no
sólo desde el necesario punto de vista de la ley de la selva, sino desde el de
la leyes justas de los derechos humanos y sociales que somos capaces de
encontrar o descubrir o inventar en nuestros mundos internos alternativos, y
veremos cosas que no son de este mundo, pero que este mundo necesita tanto como
comer.
Porque el Bien Común es necesario para la
supervivencia de la especie humana, y podemos importarlo hasta aquí desde su
existencia en realidades extrañas, todavía subjetivas y fantásticas, y que por
su imperativo categórico y ético e, insisto, imprescindible para la
supervivencia, se vuelven tan reales como nuestra triste y tiránica realidad
que, después de todo, también esta diseñada por patrones ideológicos
subjetivos, aunque estén emulados de lo peor que se puede hallar en la
Naturaleza.
Claro que, para eso, hay que salirse de la
perspectiva habitual inducida por los mass-media al servicio de los intereses
económicos de un grupúsculo cada vez más pequeño y más rico y poderoso y
absoluto, y absolutista, y mirar a través de la lente embellecedora de nuestras
ilusiones y de nuestra esperanza, y nunca conformarse con esta bazofia a la que
nos tiene acostumbrados el Prosaísmo de la Costumbre.
Y para es, por supuesto, hay que saber pensar con ideas
reales y no con falsos prejuicios ideológicos.
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