domingo, 17 de noviembre de 2019

LA EXPERIENCIA DE LA POESÍA


   Es muy posible que la poesía tenga su más remoto origen en los conjuros mágicos con que los magos o brujos del paleolítico intentaron dominar la realidad a fin de hacer más favorable el curso de las cosas para los miembros beneficiarios de la tribu y menos favorable para los enemigos de la misma.
   Es muy posible que desde el principio, los seres humanos quedáramos fascinados por el hecho de que las palabras son -por su contenido- copias en porciones del mundo. Como demostró Sir James Frazer a base de millares de ejemplos, la mente primitiva está regida por una creencia que el sabio antropólogo bautizó con el nombre de "magia simpatética",  que consiste en dar por sentado que hay una relación efectiva entre las imágenes de las cosas y las mismas cosas que esas imágenes representan, de modo que toda manipulación de la copia será sufrida inmediatamente por el original; famoso ejemplo de esto son los muñecos de barro atravesados por agujas que tan populares ha hecho la literatura de terror. No cabe duda de que las palabras eran las copias más manejables que el mago podía tener a mano en casos de emergencia, por lo que muy pronto acompañaron a todo ritual que pretendiera modificar el universo.
   Pero el universo mundo es caótico y misterioso para el ser humano. Siempre que hemos querido someterlo a un orden específico, el mundo se nos ha rebelado y ha terminado produciendo engendros inesperados. No obstante, si no podemos someter el mundo sí podemos someter la copia que de él tenemos encerrada dentro de las palabras. Podemos someterlas, por ejemplo, a pautas rítmicas, de manera que si conseguimos, mediante los procedimientos de la versificación, crear armonía entre los sonidos que sostienen a los significados, podamos de rebote crear también armonía entre los significados mismos. Si la armonía sonora radica en la relación de simetría o semejanza en la estructura rítmica que los versos guardan entre sí, la armonía semántica estará en la relación de simetría o semejanza que los significados aludidos guarden entre ellos: eso que Baudelaire llamó Inteligencia Analógica y que, según el mismo autor, es rasgo distintivo de la poesía.
  Hoy sabemos que las palabras -y por lo tanto los significados- sólo nos sirven para influir de una manera relativa e indirecta en los hechos: de nuestra experiencia de las cosas producimos una copia verbal que nos gusta trasmitir al vecino intentando convencerle de que las cosas son precisamente así: tal como yo las veo, tal como yo las siento. Si venzo y tengo éxito en esta lid, habré conseguido que el mundo que me es próximo sea o parezca más de mi gusto, porque será un mundo filtrado por intención y mi conciencia y por las conciencias y las intenciones de la gente que me es afín. Pues cada cual ve las cosas según le parece. O sea: como quiere. (Si bien es cierto que la información significativa es una buena definición de conocimiento -Kurzweil-).
  Así, cuando un poeta expresa su experiencia, su conciencia personal del mundo, está en cierto modo devolviendo al lenguaje la poca magia que le pueda quedar tras tres siglos de cientifismo racionalista y mucho más de  teología sobrenaturalista. Lo está devolviendo a sus orígenes. Está conectando con el estrato más profundo de nuestra (in)conciencia.
  Pero hay más: sólo puede ser auténticamente poeta aquel que sepa vivir en clave de sensibilidad poética. “Ama tu ritmo y ritma tus acciones”, que dijo el maestro. Y para ello es necesario saber descubrir la armonía de los sonidos, pero también -y sobre todo- de los significados, de esos significados que combinados adecuadamente componen en nuestra mente esa copia personal del mundo que llamamos conciencia y que sólo es posible cuando se ha producido una experiencia de los hechos y se les ha interpretado, es decir, se les ha asignado una significación.
  Saber encontrar la armonía entre los significados es función del poeta y es la clave de ese misterioso fenómeno llamado poesía. Por supuesto que esa armonía semántica que se consiga a base de hacer versos no va a contagiar al mundo no verbal, que como siempre seguirá escapándosenos y haciendo su extraña voluntad. Pero una cosa son la realidad de los hechos y otra muy distinta lo que haya de Verdad en ellos. La realidad, si supiéramos percibirla sin filtros mediatos, con frecuencia ideológicos, sería objetiva, pero, aparte de que desde Kant y la fenomenología sabes que dicha objetividad inmediata es imposible, la verdad depende de nuestra interpretación correcta de los datos y se produce por tanto en el punto de interferencia que se da entre mi conciencia y lo que el común de los hómines entiende por realidad. Nuestra experiencia, el impacto de la realidad en nuestra conciencia, no esta hecha de hechos sino de significados. De copias mentales del mundo. De modelos mentales. De imágenes mentales. De imaginación. Decía el matemático británico Roger Penrose que las teorías matemáticas más eficaces en su descripción de la realidad -las más veraces- suelen ser siempre las más elegantes, las más bellas. Esto relaciona la verdad con la belleza de una manera casi científica.  Y puesto que belleza es armonía, y todo lo que no sea armonía es caos, y puesto que el caos no tiene sentido alguno, afirmo con Platón y con Penrose, pero aún más con Keats que "la Verdad es la Belleza, y la Belleza es la Verdad/ y eso es todo cuanto tenéis que saber, y cuanto os basta."
            En un mundo en que la manipulación tergiversadora de los datos de la realidad, o sea la mentira, es tan real como la realidad (la mentira de hecho nunca es ni puede ser verdad, pero es de hecho un fenómeno real, como podemos constatar cada vez que descubrimos la falsedad de una supusta información), asociar la verdad a la belleza se convierte en una cuestión moral: el Bien Común y, más aún, la Justicia, poco existen, o casi nada en la realidad de la Naturleza, y lo poce de ellas que exista la hemos inventado (o descubierto -De Broglie-) o trovado poéticamente los seres humanos de buena voluntad.
            Y la injusta Desigualdad, en proceso actual de mayor desquilibro e in crescendo, algo ya no meramente feo por inarmónico y malvado, sino fundamento directo del más diabólico Terror.
            “Poéticamente habita el hombre la Tierra” (Hölderlin).
            Ojalá.

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