Es muy posible que la poesía tenga su más
remoto origen en los conjuros mágicos con que los magos o brujos del
paleolítico intentaron dominar la realidad a fin de hacer más favorable el
curso de las cosas para los miembros beneficiarios de la tribu y menos
favorable para los enemigos de la misma.
Es muy posible que desde el principio, los
seres humanos quedáramos fascinados por el hecho de que las palabras son -por
su contenido- copias en porciones del mundo. Como demostró Sir James Frazer a
base de millares de ejemplos, la mente primitiva está regida por una creencia
que el sabio antropólogo bautizó con el nombre de "magia simpatética", que consiste en dar por sentado que hay una
relación efectiva entre las imágenes de las cosas y las mismas cosas que esas
imágenes representan, de modo que toda manipulación de la copia será sufrida
inmediatamente por el original; famoso ejemplo de esto son los muñecos de barro
atravesados por agujas que tan populares ha hecho la literatura de terror. No
cabe duda de que las palabras eran las copias más manejables que el mago podía
tener a mano en casos de emergencia, por lo que muy pronto acompañaron a todo ritual
que pretendiera modificar el universo.
Pero el universo mundo es caótico y
misterioso para el ser humano. Siempre que hemos querido someterlo a un orden
específico, el mundo se nos ha rebelado y ha terminado produciendo engendros
inesperados. No obstante, si no podemos someter el mundo sí podemos someter la
copia que de él tenemos encerrada dentro de las palabras. Podemos someterlas,
por ejemplo, a pautas rítmicas, de manera que si conseguimos, mediante los
procedimientos de la versificación, crear armonía entre los sonidos que
sostienen a los significados, podamos de rebote crear también armonía entre los
significados mismos. Si la armonía sonora radica en la relación de simetría o
semejanza en la estructura rítmica que los versos guardan entre sí, la armonía
semántica estará en la relación de simetría o semejanza que los significados
aludidos guarden entre ellos: eso que Baudelaire llamó Inteligencia Analógica y
que, según el mismo autor, es rasgo distintivo de la poesía.
Hoy sabemos que las palabras -y por lo tanto los significados- sólo nos
sirven para influir de una manera relativa e indirecta en los hechos: de
nuestra experiencia de las cosas producimos una copia verbal que nos gusta
trasmitir al vecino intentando convencerle de que las cosas son precisamente
así: tal como yo las veo, tal como yo las siento. Si venzo y tengo éxito en
esta lid, habré conseguido que el mundo que me es próximo sea o parezca más de
mi gusto, porque será un mundo filtrado por intención y mi conciencia y por las
conciencias y las intenciones de la gente que me es afín. Pues cada cual ve las
cosas según le parece. O sea: como quiere. (Si bien es cierto que la información significativa es una buena definición de conocimiento -Kurzweil-).
Así, cuando un poeta expresa su experiencia, su conciencia personal del
mundo, está en cierto modo devolviendo al lenguaje la poca magia que le pueda
quedar tras tres siglos de cientifismo racionalista y mucho más de teología sobrenaturalista. Lo está
devolviendo a sus orígenes. Está conectando con el estrato más profundo de
nuestra (in)conciencia.
Pero hay más: sólo puede ser auténticamente poeta aquel que sepa vivir
en clave de sensibilidad poética. “Ama tu ritmo y ritma tus acciones”, que dijo
el maestro. Y para ello es necesario saber descubrir la armonía de los sonidos,
pero también -y sobre todo- de los significados, de esos significados que
combinados adecuadamente componen en nuestra mente esa copia personal del mundo
que llamamos conciencia y que sólo es posible cuando se ha producido una
experiencia de los hechos y se les ha interpretado, es decir, se les ha
asignado una significación.
Saber encontrar la armonía entre los significados es función del poeta y
es la clave de ese misterioso fenómeno llamado poesía. Por supuesto que esa
armonía semántica que se consiga a base de hacer versos no va a contagiar al
mundo no verbal, que como siempre seguirá escapándosenos y haciendo su extraña
voluntad. Pero una cosa son la realidad de los hechos y otra muy distinta lo
que haya de Verdad en ellos. La realidad, si supiéramos percibirla sin filtros
mediatos, con frecuencia ideológicos, sería objetiva, pero, aparte de que desde
Kant y la fenomenología sabes que dicha objetividad inmediata es imposible, la
verdad depende de nuestra interpretación correcta de los datos y se produce por
tanto en el punto de interferencia que se da entre mi conciencia y lo que el
común de los hómines entiende por realidad.
Nuestra experiencia, el impacto de la realidad en nuestra conciencia, no esta
hecha de hechos sino de significados. De copias mentales del mundo. De modelos
mentales. De imágenes mentales. De imaginación. Decía el matemático británico
Roger Penrose que las teorías matemáticas más eficaces en su descripción de la
realidad -las más veraces- suelen ser siempre las más elegantes, las más
bellas. Esto relaciona la verdad con la belleza de una manera casi
científica. Y puesto que belleza es
armonía, y todo lo que no sea armonía es caos, y puesto que el caos no tiene
sentido alguno, afirmo con Platón y con Penrose, pero aún más con Keats que
"la Verdad es la Belleza, y la Belleza es la Verdad/ y eso es todo cuanto
tenéis que saber, y cuanto os basta."
En
un mundo en que la manipulación tergiversadora de los datos de la realidad, o
sea la mentira, es tan real como la realidad (la mentira de hecho nunca es ni
puede ser verdad, pero es de hecho un fenómeno real, como podemos constatar
cada vez que descubrimos la falsedad de una supusta información), asociar la verdad
a la belleza se convierte en una cuestión moral: el Bien Común y, más aún, la Justicia,
poco existen, o casi nada en la realidad de la Naturleza, y lo poce de ellas que
exista la hemos inventado (o descubierto -De Broglie-) o trovado poéticamente los seres humanos de buena voluntad.
Y
la injusta Desigualdad, en proceso actual de mayor desquilibro e in crescendo, algo
ya no meramente feo por inarmónico y malvado, sino fundamento directo del más diabólico
Terror.
“Poéticamente
habita el hombre la Tierra” (Hölderlin).
Ojalá.
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