A raíz de la novela El vendedor de rosas de
José Antonio Garriga Vela (Ed. Destino, Barcelona, 2000).
Cuando mi queridísimo amigo el novelista José Antonio
Garriga Vela, culpable de la publicación de mi novela Ventura Egea (Arguval, 2004),
publicó esta obra aludida en el subtítulo, tuve la suerte de que se me encargara
esta heterodoxa reseña que ahora reproduzco levemente correjida como homenaje agradecido a
su autor:
La niña le pregunta a su mamá: ¿somos pobres?
Y la madre le responde: No, hija, somos ricas: lo que pasa es que no tenemos
dinero. Desde el momento que leo esta paradójica respuesta de uno de los
personajes primordiales de El vendedor de rosas de José Antonio Garriga
Vela quedo prendado de la novela y ya no puedo soltarla: la leo en una tarde,
de un tirón, y no sólo ayudado por la sencillez casi telegráfica de su
fluidísimo estilo impresionista, que recuerda la técnica perspicua del último
Azorín, sino por la categoría simbolista de su argumento, fundamentado, cómo
no, en un recurso rey: la analogía paradójica -o viceversa-; por
ejemplo: un padre que le dice a su hijo (el cual quiere -y lo consigue- trabajar
de parado) que para no hacer nada también hace falta tener una carrera,
o dos afirmaciones contrarias que se corresponden analógicamente: 1) Cómo se
puede olvidar la memoria, y 2) El recuerdo no es más que una manera de
embellecer escenas que nunca sucedieron.
Esta memoria, tan parecida a la hesiódica
Mnemósine, madre de las musas, parece ser que es la que inspira al innominado
narrador de la historia que cuenta histoira de la novela, aunque éste mismo,
que se autopresenta como tal novelista, confiesa que sus ideas narrativas
proceden de un oscuro personaje al que apoda el Muso y al que él cree no
conocer, pero que a la postre resulta ser… y no sigo porque no quiero matar la
emoción de la intriga en el posible lector.
El nada omnisciente narrador protagonista es,
como ya he adelantado, un personaje construido sobre la base de paradojas
analógicas: la acción que protagoniza se caracteriza por ser inacción,
no hacer nada, tal como le ocurriera análogamente a tantos miembros de su
familia que su narración nos presenta, personajes que actúan a base de no
moverse, y que al narrador potagonista -de ninguna acción- le sirven de
modelo y referencia para guiar sus actuaciones en la vida y, de paso, con
vistas a un objetivo: desvelar el misterio de la muerte de una amiga muy
querida, muerte que parece ser un suicidio inducido por una malévola secta
religiosa dirigida por alguien que él… y no sigo adelante para no cargarme la
intriga de que podría gozar otro afortunado lector.
Y aunque hay más paradojas, ésa es la mayor
paradoja de la novela: la intriga se mantiene gacias al lujo de narraciones
digresivas que tienen mucho que ver con la historia del investigador que,
haciendo nada, descubre que él mismo es la fuente del misterio que está siendo esclarecido
(a la vez que oscurecido) por no digo quién para no eliminar el misterio de
la intriga que etc., etc.
Pero he dicho mal: lo anterior no es la mayor
paradoja de la novela: lo es la propia novela, quiero decir la novela de
Garriga, que es a su vez la novela de un novelista-personaje -de Garriga- que
dice estar usando de las convenciones del género novelesco para darle realismo
a una serie de verdades inverosímiles, y que son tan reales -ojo: no tan
realistas- como la realidad misma que, como toda mente libre de prejuicios
ideológicos sabe, es realmente fantástica, por mucho que la miopía del
realismo se empeñe en lo contrario.
Garriga ha sabido ver esto y, lo que es mejor,
ha sabido expresarlo mediante correspondencias analógicas. Verbi gratia:
la muerte de su amiga es tan misteriosa como el suicidio de aquella ballena que
apareció varada en la Playa de la Misericordia de Málaga el mismo año en que
Armstrong varaba la cápsula de su nave espacial y sus zapatos de astronauta en
la Luna; y ahora, varada su amiga en la Playa de los Muertos de un cementerio
de Barcelona, parece enviarle una sonrisa como la de su padre -de ella-, el
boxeador que expresaba el dolor de los puñetazos con sonrisas, porque no sabía
quejarse de otra manera, y que siempre volvía a casa borracho como los
marineros amigos de su amigo -de él- Popeye que se agarraban la cogorza al
salir del barco y vagaban mareados por la ciudad hasta quedar varados en las
aceras de un mundo para ellos desconocido, igual que esos mundos que su otro
amigo Paquito el Místico decía haber agarrado al cerrar el puño sobre el aire
con un gesto cazamoscas, en especial aquella vez que se metió dentro del
esqueleto descarnado de la ballena suicida que había aparecido varada en la
playa de Málaga, y que el Místico decía llevaba mundos dentro porque, al no
tener manos, no tenía más remedio que tragárselos, como otras se tragaran
Pinochos y Jonases, capaces de obsesionar a Acab… Y no digo más etc,.
A mi todo esto me emociona especialmente pues me
recuerda cierta afirmación del profesor Ynduráin, uno de nuestros más
prestigiosos físicos cuánticos. En uno de sus su libros (¿Quién anda por
ahí?, Madrid, Debate, 1997) decía que no podíamos estar seguros de que la
lógica de la naturaleza fuera compatible con la nuestra. Claro: toda lógica
distinta de la nuestra tiene que resultarnos paradójica. Pero eso no quiere
decir que la naturaleza sea absurda, sino que nosotros aún no hemos
desarrollado nuestra imaginación lo suficiente como para saber intuir
-construir- lógicas paradójicas. Ynduráin parecía estar pensando, cuando
tal cosa decía, en cosas como el Principio de Indeterminación -de Heisenberg-
de la Mecánica Cuántica, que viene a decir que un objeto cuántico, subatómico,
o sea, uno de los ladrillos básicos que componen la realidad material, no es algo
determinado, sino una probabilidad de algo, que sólo pasa a tener alguna
propiedad determinada si aumenta la indeterminación de otra de sus propiedades;
aunque también podría estar pensando Ynduráin en la relatividad de Einstein que
habla de la gravedad como geometría del espaciotiempo, o en la
sigularidad que hubo en el seno originario del Big Bang: una entidad de volumen
cero y densidad infinita. Lo que muy bien nos puede llevar a la siguiente
conclusión: en el Principio (y en el Fondo) era (y es) la Paradoja. La paradoja
que sólo podemos intuir mediante analogías: metáforas, sinestesias, oxímoros,
tan queridos de Baudelaire.
Lo cual nos lleva, a su vez, a otra conclusión:
si queremos comprender profundamente las leyes de la naturaleza -o de la
realidad- no nos bastan las leyes de nuestra lógica: necesitamos también las de
nuestra analógica. Porque es la analogía paradójica lo único que puede
obtener armonía significativa de dos -o más- elementos contrarios o
contradictorios de esos que parecen componer nuestra vida y nuestra realidad, y
que tantas veces calificamos como absurdos, cuando con frecuencia no son sino
paradójicos, o lo que es lo mismo: fantásticos.
Por todo ello no sería disparatado hablar de la
novela El vendedor de rosas como de un novela del realismo fantástico,
que es el único realismo verdadero y que, bien mirado, no es otra cosa que puro
-y alto- neosimbolismo.
Porque de esta novela de Garriga tal vez quepa
ser lógicamente deducido que el universo no se rige por un Logos.
Aunque tal vez sí por un Analogos.
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