Mi respuesta o contestación más
drástica sería: Y qué.
La obra en sí sigue siendo el
análisis económico más lúcido que se ha hecho del capitalismo hasta el
presente, y es precisamente el olvido de su razón y sus razones lo que nos está
sumiendo en una corriente que va a dar a la mar del Desastre definitivo.
Descalificar a una persona con un
argumento ad hominem no descalifica
la obra que se le atribuye, sea quien sea el que la haya escrito. Eso habría
que hacerlo con verdaderos argumentos, es decir, ad rem: con la obra del supuesto pseudo-autor en la mano y delante
de los ojos, dispuestos para la cita textual.
Del marxismo proceden la mayoría de
las ideas que lograron el Estado de Bienestar antes aludido.
Y se nos olvida que Marx (o
Engels, o el autor de ese monumento que es la obra que se conoce como a don
Karl atribuida) no fue, ni pudo ser marxista-leninista.
La lectura e interpretación que
Lenin hizo de ese autor es la responsable de la praxis e implantación de lo que
llamamos comunismo y que asociamos a Stalin, Mao o Pol Pot.
Pero la defensa de los derechos
laborales y sociales de los trabajadores que se aplicaron durante el New Deal
posterior a la 2ª Guerra Mundial diseñado por Keynes, nada sospechoso de
socialista, y que dio lugar a una época de prosperidad y paz, de mejora en las
condiciones de trabajo y nivel de vida de la mayoría de la Humanidad
occidental, reflejan de alguna manera las enseñanzas del marxismo, o al menos
del análisis económico del Maestro, fuera quien fuera, y por muy holgazán que
fuera su apócrifo.
El neoliberalismo, una ideología
utópica y criminal, es una negación del keynesanismo, defensor de la
intervención del Estado en la economía del mismo, mediante su regulación, lo
que con frecuencia casi obligada redunda en el necesario aumento del gasto público
a fin de incrementar la demanda, haciendo funcionar equilibradamente la insustituible
Economía de Mercado. O sea: justo lo contrario de lo que se viene haciendo en
Occidente desde la época de Reagan y Thatcher, y en el resto del mundo desde el
golpe de Estado de Pinochet, financiado por la CIA y los EEUU, cuan de esa inmoral ideología.
Y es que las ideologías, como
sistema de dogmas de fe que son, no son buenas para nada: igual que la
ideología marxista-leninista, la ideología neoliberal es inductora del
Desastre.
Cuando uno se apunta a una
ideología, no solo acepta el enjambra organizado de esas ideas en bloque, sino que,
además, niega las contrarias en bloque también. Y ningún sistema ideológico, sea
político, religioso u otros, es poseedor de la absoluta verdad. De hecho, Marx
acuñó ese término, ideología, en principio para criticar el sistema de creencias sociales
comúnmente admitidas que justifican la actuación criminal del Estado cuando
apoya el derecho inhumano, por divino o “superior”, de las clases dominantes a
ejercer su poderío en pro de la explotación de las grandes masas sojuzgadas de
siempre.
Es más: las ideologías impiden la
creatividad y circulación de las ideas libres y originales, esto es, impiden el
pensamiento independiente.
“Tienes que apuntarte a esta
ideología, la mía, que es la buena, la verdadera, o eres el enemigo”, es solo la
exigencia de una toma visceral de partido, y una motivación para el inmovilismo
cabezota y sin cabeza de quien ha elegido lo que cree más conveniente para él,
y se niega a aceptar, pese a evidencias en contrario, sus errores y, en
consecuencia, la corrección de los tales; lo cual es un serio impedimento para
el logro de la sabiduría.
Puede que esta afirmación mía
pueda parecerle cínica, o cosas peores, a quien sepa de mis simpatías políticas.
Pero no tal: de Marx me parece sensata la defensa de los derechos de los
trabajadores para mejora de sus condiciones de vida, lo que beneficia la
productividad, por ellos protagonizada, de riqueza real, no sólo financiera,
que deberá luego redistribuirse, para (y tomo ahora esta idea de Keynes) poder
mantener el poder adquisitivo de los mismos, que incrementarán así su demanda de los
productos que ofrezcan los empresarios, los que, a su vez deberán aumentar su
oferta de más y mejores empleos para producir más y vender más. Y ganar más.
Pero de Marx no tomo el
Socialismo de Estado, porque genera Dictaduras corruptas y crueles por
paranoicas, como tampoco tomo de los economistas neoliberales, con Von Hayek y
Friedman a la cabeza, la desregulación estatal del mercado, porque genera
profundas y abismales Desigualdades entre clases, cosa que, en general, como la
realidad ha demostrado y demuestra, es sólo maníaca propensión a la Ruina y el
Desastre. De Todos.
Las ideas, pues, que defiendo no
son en origen mías: las he aprendido de mis Maestros.
Y las he recreado dentro de mí,
en mi propia cosmovisión. Pero a su conjunto no se le puede llamar Ideología: primero, porque está en permanente evolución y progreso discente; y segundo, porque no trata de
justificar ninguna tropelía: intenta encontrar un camino para le praxis del
Principio Ético de la Justicia Social y el Bien Común.
Si luego resulta que a tal cosa se
le ha llamado ya socialdemocracia, cuando yo en mi inocente fuero interno lo
quise llamar eudemocomunismo, no tiene importancia.
Como tampoco la tendría que estas
ideas sobre las que escribo estuvieran siendo escritas en realidad por un “negro”
a mi servicio, mientras yo me dedico a hacer el vago, gozando de una merecida
pensión que me he pagado con muchos años de trabajo y cotización, y que ahora
los neoliberales y sus cómplices políticos pretenden arrebatarme.
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