Sobre Camaradas de Ícaro, de Aurora Luque. Madrid, Visor, 2003. Hoemenaje a una querida amiga.
Sólo con echar un ojo a
los títulos de la poetisa almeriense, afincada en Málaga, Aurora Luque se puede
comprobar su interés por la antigüedad clásica y sus mitos: Hiperiónida
y Carpe Noctem, por ejemplo, y ahora Camaradas de Ícaro. Y no
digamos ya, si nos fijamos en los títulos de algunos poemas de todos esos
libros, y no menos del último, que contiene secciones en que se alude al Leteo,
Cerbero o el Elíseo, donde se agrupan poemas titulados, verbi gratia,
“Camaradas de Ícaro”, “Nuevo caso de hybris”, “Moira ríe”, “Fondos de estigia”,
“Dido pasa de largo”, “Noches áticas”, “Las dudas de Eros”, “Conversación con
Catulo”, “El cráter de Hipatia” o “Al asomarse por primera vez al Keats de
Oliván” que es, como se puede ver, una alusión a la traducción que del poeta
romántico inglés hizo el poeta español actual, especie de imitatio de un
poema de Keats titulado “Al acercarse por primera vez al Homero de Chapman”, y
que tal vez nos pueda dar una importante clave sobre la técnica y las inquietudes
temáticas de Aurora Luque, si tenemos en cuenta que ese último poema es una
actualización modernísima de algo tan clásico como la imitación de modelos
clásicos, que también fue, aunque a menudo se olvide, muy del gusto romántico,
pues estos fueron en su origen una especie de neoprotoclásicos que pretendían
resucitar valores antiguos relacionados con el culto pagano a la belleza de la
Naturaleza, que se pensaban aniquilados en primer lugar por el monoteísmo
sobrenaturalista del cristianismo y luego por los racionalismos de la
Ilustración.
Parece que en este
libro la señora Luque se ha empeñado en mostrarse consciente de modo casi
exhibicionista de esos tres vértices del menage: las referencias a la
clasicidad son acompañadas por las referencias a la cultura romántica
euroamericana (Keats, Hölderlin, la Dickinson, la cubana Mercedes Matamoros -editada,
por cierto, por la Sra. Luque en 2003 en Puerta del Mar, CEDMA, Málaga) y
éstas, a veces en maravillosa síntesis, tal como susodije, por referencias a la
más vigente actualidad (Oliván, Mestre, Juana Castro, y también Albert Pla; e
internet, cine y aparcamientos, carreteras, anuncios).
La síntesis, o yo mejor
diría la sincresis no es nueva, pero sí muy renovada. La modernidad
actual de los mitos antiguos es un rebrote de su modernidad de siempre: la Edad
Moderna empieza, según dicen con el Renacimiento de la cultura clásica en que
los mitos son un preclaro síntoma de ese hermosa manía, y llegarán a
convertirse en obsesión en el Culteranismo; se verán luego aludidos en
abundancia en el Neoclasicismo de la Ilustración, estarán presentes en los
románticos europeos, ingleses y alemanes sobre todo, entre los parnasianos y
simbolistas, y en el Modernismo hispanoamericano.
Algo hay de moderno, de
imperecederamente moderno en los mitos antiguos, y a tal cuestión dediqué una
extensa investigación que al final se convirtió en mi tesis doctoral de
filología. Miré de cerca el caso de Rubén Darío y vi que el joven Darío,
premodernista aún, tenía un serio problema de conciencia religiosa: la ciencia
decimonónica parecía estar demostrando la inexistencia de Dios y lo sagrado,
pero el joven Rubén necesitaba, sin negar la verdad de los descubrimientos
científicos, recuperar lo que en último lugar los positivismos cientifistas
parecían haber eliminado del mundo: su encanto: su Gracia. Quiso ver en la
Naturaleza, objeto de estudio de las ciencias naturales y la física, lo que en
su infacia le habían enseñado a considerar sobre ella: Dios es sobrenatural,
por loq la Nautraleza, creada de la nada, no puede ser divina; y quería creer
el maestro lo contario: Dios era la misma fuerza creadora de la Naturaleza
revelándose mágicamente al vate. El paganismo tenía la razón.
Años después pasó de
moda el Modernismo y su problema existencial inherente: la religión se
convirtió en algo ajeno a la ciencia e incluso a la poesía que antaño la
inventara: una mera cuestión de ideología: algo que uno se cree porque quiere;
o que no, porque no. La ciencia se quedó sin trascendencia y la poesía en mero
juego de palabras que sólo interesaba a los poetas, que no tienen remedio.
Hasta tal punto que hoy
parece feo, impropio, hablar de religión o de Dios en un poema: no parece
moderno.
Lo mismo pareció
pasarle a los románticos: Hörderlin tuvo algún rapto místico y al fin se volvió
loco: intuía a los dioses de la naturaleza en sus visiones de poeta, y se
sentía un dios cuando soñaba, pero un mendigo cuando sólo pensaba. Y eso que
fue un agudo pensador.
Soñar dioses de la
Naturaleza contrapesaba la balanza que Nietzsche desequilibraría: Dios ha
muerto, lo hemos matado nosotros. Podíamos hacerlo porque nosotros lo habíamos
inventado. Nada es verdad: ni siquiera la verdad, que también es un invento.
Inventemos por tanto: sigamos inventando: vivamos de los mitos, aunque sepamos
que son sólo mitos, y así tal vez no caeremos en la desesperación romántica y
no nos moriremos de asco. Recuperemos lo olvidado huyendo hacia adelante: vivir
míticamete, habitar poéticamente la
tierra, aunque sólo sea una sola vez barrocamente fugaz, es un acto sagrado.
Que debe merecer la Pena. Aunque nos cueste la vida.
“No pagaré a Caronte de
mi propio bolsillo”.
Es palabra de Aurora.
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