jueves, 28 de noviembre de 2019

AL ACERCARSE POR PRIMERA VEZ AL ÍCARO DE LUQUE


Sobre Camaradas de Ícaro, de Aurora Luque. Madrid, Visor, 2003. Hoemenaje a una querida amiga.

Sólo con echar un ojo a los títulos de la poetisa almeriense, afincada en Málaga, Aurora Luque se puede comprobar su interés por la antigüedad clásica y sus mitos: Hiperiónida y Carpe Noctem, por ejemplo, y ahora Camaradas de Ícaro. Y no digamos ya, si nos fijamos en los títulos de algunos poemas de todos esos libros, y no menos del último, que contiene secciones en que se alude al Leteo, Cerbero o el Elíseo, donde se agrupan poemas titulados, verbi gratia, “Camaradas de Ícaro”, “Nuevo caso de hybris”, “Moira ríe”, “Fondos de estigia”, “Dido pasa de largo”, “Noches áticas”, “Las dudas de Eros”, “Conversación con Catulo”, “El cráter de Hipatia” o “Al asomarse por primera vez al Keats de Oliván” que es, como se puede ver, una alusión a la traducción que del poeta romántico inglés hizo el poeta español actual, especie de imitatio de un poema de Keats titulado “Al acercarse por primera vez al Homero de Chapman”, y que tal vez nos pueda dar una importante clave sobre la técnica y las inquietudes temáticas de Aurora Luque, si tenemos en cuenta que ese último poema es una actualización modernísima de algo tan clásico como la imitación de modelos clásicos, que también fue, aunque a menudo se olvide, muy del gusto romántico, pues estos fueron en su origen una especie de neoprotoclásicos que pretendían resucitar valores antiguos relacionados con el culto pagano a la belleza de la Naturaleza, que se pensaban aniquilados en primer lugar por el monoteísmo sobrenaturalista del cristianismo y luego por los racionalismos de la Ilustración.
Parece que en este libro la señora Luque se ha empeñado en mostrarse consciente de modo casi exhibicionista de esos tres vértices del menage: las referencias a la clasicidad son acompañadas por las referencias a la cultura romántica euroamericana (Keats, Hölderlin, la Dickinson, la cubana Mercedes Matamoros -editada, por cierto, por la Sra. Luque en 2003 en Puerta del Mar, CEDMA, Málaga) y éstas, a veces en maravillosa síntesis, tal como susodije, por referencias a la más vigente actualidad (Oliván, Mestre, Juana Castro, y también Albert Pla; e internet, cine y aparcamientos, carreteras, anuncios).
La síntesis, o yo mejor diría la sincresis no es nueva, pero sí muy renovada. La modernidad actual de los mitos antiguos es un rebrote de su modernidad de siempre: la Edad Moderna empieza, según dicen con el Renacimiento de la cultura clásica en que los mitos son un preclaro síntoma de ese hermosa manía, y llegarán a convertirse en obsesión en el Culteranismo; se verán luego aludidos en abundancia en el Neoclasicismo de la Ilustración, estarán presentes en los románticos europeos, ingleses y alemanes sobre todo, entre los parnasianos y simbolistas, y en el Modernismo hispanoamericano.
Algo hay de moderno, de imperecederamente moderno en los mitos antiguos, y a tal cuestión dediqué una extensa investigación que al final se convirtió en mi tesis doctoral de filología. Miré de cerca el caso de Rubén Darío y vi que el joven Darío, premodernista aún, tenía un serio problema de conciencia religiosa: la ciencia decimonónica parecía estar demostrando la inexistencia de Dios y lo sagrado, pero el joven Rubén necesitaba, sin negar la verdad de los descubrimientos científicos, recuperar lo que en último lugar los positivismos cientifistas parecían haber eliminado del mundo: su encanto: su Gracia. Quiso ver en la Naturaleza, objeto de estudio de las ciencias naturales y la física, lo que en su infacia le habían enseñado a considerar sobre ella: Dios es sobrenatural, por loq la Nautraleza, creada de la nada, no puede ser divina; y quería creer el maestro lo contario: Dios era la misma fuerza creadora de la Naturaleza revelándose mágicamente al vate. El paganismo tenía la razón.
Años después pasó de moda el Modernismo y su problema existencial inherente: la religión se convirtió en algo ajeno a la ciencia e incluso a la poesía que antaño la inventara: una mera cuestión de ideología: algo que uno se cree porque quiere; o que no, porque no. La ciencia se quedó sin trascendencia y la poesía en mero juego de palabras que sólo interesaba a los poetas, que no tienen remedio.
Hasta tal punto que hoy parece feo, impropio, hablar de religión o de Dios en un poema: no parece moderno.
Lo mismo pareció pasarle a los románticos: Hörderlin tuvo algún rapto místico y al fin se volvió loco: intuía a los dioses de la naturaleza en sus visiones de poeta, y se sentía un dios cuando soñaba, pero un mendigo cuando sólo pensaba. Y eso que fue un agudo pensador.
Soñar dioses de la Naturaleza contrapesaba la balanza que Nietzsche desequilibraría: Dios ha muerto, lo hemos matado nosotros. Podíamos hacerlo porque nosotros lo habíamos inventado. Nada es verdad: ni siquiera la verdad, que también es un invento. Inventemos por tanto: sigamos inventando: vivamos de los mitos, aunque sepamos que son sólo mitos, y así tal vez no caeremos en la desesperación romántica y no nos moriremos de asco. Recuperemos lo olvidado huyendo hacia adelante: vivir míticamete, habitar poéticamente la tierra, aunque sólo sea una sola vez barrocamente fugaz, es un acto sagrado. Que debe merecer la Pena. Aunque nos cueste la vida.
“No pagaré a Caronte de mi propio bolsillo”.
Es palabra de Aurora.

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