DE LOS ORÍGENES
MITOPOÉTICOS DE ANDALUCIA.
A Javier La Beira
I. El poeta cordobés, pero afincado en Málaga durante muchos
años, Pablo García Baena, uno de los más exquisitos poetas que ha dado nuestra
literatura, tan frecuentemente dada a la garrulez áfona y ramplona, aludió
alguna vez en alguno de sus poemas al esplendor de los cielos con un verso tan
contundente como el que sigue:
Abriendo Andalucías en
la altura.
Normalmente la poesía tradicional utiliza la comparación de
modo inverso en aparencia a como lo hizo García Baena: un término real cuya
belleza queremos cantar, por ejemplo, unos ojos azules, suele ser comparado con
un elemento superior, elevado, por ejemplo el cielo. Pero comparar algo tan
elevado como el cielo con una región de la tierra se ha hecho bastante menos.
Es más: me aventuro a decir que no se ha hecho casi nunca con la intención
estética de García Baena. Nadie se atreve ha hacer algo que puede invertir la
dirección habitual de la escritura poética, como no sean los poetas modernos,
quiero decir los de moda, a los que, por eso mismo, habría que calificar de
antipoetas, como de hecho alguno de ellos, v. gr., el chileno Nicanor Parra, ha
hecho al referirse a sí mismo y a su propia poesía. En efecto Parra llamó a sus
poemas antipoemas, porque en ellos, si bien con intención agudamente irónica,
se contemplaba la vida elevada de los elementos tradicionalmente considerados
como poéticos o bellos bajo la perspectiva de su despoetización: de ahí que no
fuera raro encontrar comparaciones prosaicas en su poesía, pongo por caso,
citando al poeta ruso y premio Nobel Joseph Brodsky, comparar los ojos de la
amada, en vez de con estrellas por ejemplo, por ejemplo con los faros de un
Chevrolet.
Sin embargo lo que hizo Baena al comparar los cielos con
Andalucía no era una despoetización, si no una poetización de los cielos.
Andalucía es un símbolo. A pesar de ser una tierra de pobreza
y de paro endémico, y de grave incultura democrática, tal como demuestra su
aparente apoyo a la inmoralidad política en las últimas elecciones autonómicas,
Andalucía es un símbolo. Y lo es porque como cantó el sevillano Cernuda
"el Sur es un desierto que llora mientras canta", y porque la
conciencia nacional andaluza está tan asentada y enraizada en la conciencia
individual del andaluz que no se necesita ser andalucista para parecer andaluz,
como al parecer sí que se necesita ser catalanista o euscaldún para no ser
considerado por la basca nacional como un catalán o vasco de patriotismo
sospechoso.
Cuando en el extranjero se usan símbolos españoles se usan
siempre emblemas del folklore andaluz, el sombrero cordobés, el traje de
gitana, o el rejón en el lomo de un soberano toro de Domecq.
Sus símbolos, y no sólo los mencionados, son universales
porque son personales e intransferibles, únicos. Y son universales porque son
verdaderos símbolos, señas de identidad surgidas de las raíces de sus propios
orígenes que se pierden en la alegría fabuladora de los mitos y leyendas más
antiguos.
Nada más mítico que un paraíso, y a Málaga, eje de simetría
costero de Andalucía, se la ha llamado la Cuidad del Paraíso gracias al famoso
libro de Vicente Aleixandre, en que tal ciudad era descrita como colgada del
cielo.
La Málaga de Aleixandre no es la de hoy, enterrada como está
aquella bajo el peso del turismo, y sin embargo el aliento mítico supura por
sus poros, porque sigue estando ubicada y radicada donde la colocaron sus
fundadores los fenicios que, pese a su mentalidad práctica de comerciantes
impenitentes, siempre elegían los emplazamientos para la fundación de su nuevas
colonias siguiendo los designios del oráculo mas famoso de su capital, Tiro, en
donde un dios llamado Melkart, palabra que en fenicio significa "rey de la
ciudad", había, desde tiempos inmemoriales, ordenado buscar al otro lado
del mundo, en el país donde se pone el sol, en occidente, o sea, aquí, un lugar
costero formalmente gemelo de aquél donde él habitaba, su famoso templo
oriental, porque aquel sabio dios sabía que desde oriente, con el tiempo,
llegaría la amenaza de los persas, que engullirían la ciudad eliminando su
libertad y su independencia.
Las naves de Tarsis, como las llamó Salomón, aliado comercial
de Tiro, salían año tras año a buscar el lugar sagrado fundacional en el otro
extremo del mundo, en poniente, y al fin nació Cadiz, hermana menor pero gemela
de la otra de levante, Tiro, y allí, en Cádiz, otro templo le fue construido a
Melkart, y allí el propio Melkart emigraría cuando los persas cumplieron su
amenaza.
El camino marítimo de naves de Tarsis hasta Cádiz era de
tres buenos años de navegación, por lo que se necesitaban puertos y almacenes
de abastos que sirvieran de escalas intermedias. Málaga, entonces Malaka, era
la última de ellas, y su nombre dicen que significaba factoría o almacén. Pero
pensando poéticamente, y sabiendo que las lenguas semíticas dan escasa
significación a las vocales, podemos hacer mítica etimología y fantasear pensando
que las consonantes de Malaka son las mismas que las de Melek, "rey",
nombre del dios fundador, y de Molok, nombre del dios voraz de la ciudad
fenicia de Cartago, por lo que Málaga pudo haber comenzado siendo en sus
orígenes míticos la despensa del un dios-rey voraz, que sufriendo las hambres
de la travesía restituía su realeza asendereada por el viaje con la ingestión
de alguna vianda sagrada.
II. Cuentan que, cuando Alejandro Magno, camino de su
campaña contra los persas, puso sitio a la ciudad de Tiro, en cuyo templo
moraba este dios, previamente pidió permiso para entrar al templo y adorar a
aquel famoso Hércules fenicio. El permiso le fue, como era de esperar,
denegado. Y Alejandro decidió rendir la ciudad por hambre.
Alejandro Magno posiblemente identificó a este dios con su
dios Herakles porque sabía que este último, cumpliendo una de sus doce famosas
tareas, había estado por esta otra parte del mundo y había luchado con Gerión,
el gigante de tres troncos, y lo había vencido, abriendo con la violencia de
los golpes marrados contra el gigante, que rodaba por tierra tratando de
esquivarlos, lo que luego se conocería como el Estrecho de Gibraltar, que hasta
entonces había estado cerrado a los navegadores del oriente. Si los de Tiro
habían fundado, se decía, una segunda Tiro más allá de este mar, era porque su
dios, un Hércules, les había abierto el paso hendiendo la tierra entre dos
continentes.
La lucha de Hércules Melkart con Gerión representa la lucha
de del dios oriental con el Guadalquivir, cuyo delta tenía tres brazos, como el
gigante tres cuerpos. Sabemos que en los orígenes de la conciencia humana,
cuando se usaba del pensamiento mitopoético como algo natural, los ríos eran
considerados dioses barbados y benévolos porque junto a ellos y gracias a la
fertilidad que sus aguas otorgaban a la madre Tierra que nos ha parido a todos,
se asentaban las aldeas de los primeros agricultores, los fundadores de las
primeras culturas, las culturas del campo y de la naturaleza que hoy tenemos
tan olvidadas y que hasta hace poco eran junto con el amor y la muerte los
temas preferidos por todos los poetas y todas la poesías que en el mundo han
sido.
Aquella primitiva cultura agropecuaria que había nacido
junto al Guadalquivir se llamó Tartessos y durante mucho tiempo se pensó que se
trataba del Tarsis a donde viajaban las naves de Salomón y de Tiro a comerciar
con los autóctonos para traer preciosidades occidentales a levante: plata del
Rey Argantonio, nombre que parece significar Argentífero.
La civilización turdetana o tartéssica era demasiado
sofisticada para ser considerada primitiva. Por lo que los propios fenicios y
cartagineses que acabaron por colonizarla y enseñorearla pensaron que debía de
haber habido una semilla divina que, proviniente de un lugar sagrado, hubiera
divinizado, o sea, ordenado el caos de salvajes incivilizados que ellos
esperaron encontrar en aquellas tierras dejadas -hasta entonces- de la mano del
dios, la tierras remotas del sol poniente, allá donde Hesperos, el Lucero de la
Tarde brillaba orientando a los de oriente hacia un norte sito al sur de un
oeste aventurero.
Ese astro, Hesperos en griego, Vesperus en latín, origen de
la palabra castellana víspera, lo que viene antes de la noche y el misterio, la
última luz del día, que fue asimilado por los astrólogos caldeos a su diosa
Ishtar, diosa del amor y la guerra, esto es, de la vida y de la muerte, a quien
los fenicios llamaron Astarté y las griegos y romanos Afrodita y Venus
respectivamente, era adorado por los andaluces de los tiempos míticos como dios
de la fertilidad cósmica, dios de la tierra rica en plata, rico dios, por tanto
como Plutón, el rico dios de las profundidades subterráneas del Hades, en donde
estaba el Tártaro, región del infierno que el poeta irlandés afincado en
Menorca Robert Graves relaciona por la etimología de su nombre con el término
Tartessos que según él, significaba poniente, el lugar en donde el sol se hunde
cada noche para llevar su luz al país de los muertos; pero ese dios andaluz,
Hesperos, era también un dios celeste de la luz que anuncia el nuevo día,
Phosphoros en griego, y ni más ni menos que Lucifer en latín, el portador de
luz, nombre que se sabe asociado a un antiguo dios de la libertad y el
erotismo, más tarde demonizado por los padres de la Iglesia, pero que en el
Nuevo Testamento figura como uno de los apodos del mismísimo Cristo, aquel hijo
de dios que bajó a la tierra a hacerse un hombre sufriendo como tal, para
traernos a los pobres humanos la riqueza espiritual de la Luz Celeste, después
de que, no lo olvidemos, pasara tres días en los infiernos antes de resurgir,
como el astro Venus en la sombra de su cíclica invisibiliadad, para llevarse
con él al las almas de los muertos que no habían visto la luz, la verdad y la
vida. Ese dios rebelde que se rebela contra su padre el creador por solidaridad
amorosa con sus criaturas ya era adorado pues, como Lucifer o Hesperos por los
primeros andaluces, y se decía que su mansión era una isla mágica y lejana,
sita en el Atlántico, en donde tres hijas suyas, las Hespérides, administraban
un jardín en donde crecía un manzano que daba a luz frutos dorados que por sus
propiedades mágicas eran prohibitivos para los mortales, por lo que habían
encargado a un Dragón guardián la vigilancia de su acceso.
Hércules, o sea, el fenicio Melkart, trató de llegar a
aquella maravillosa isla del Jardín de las Hespérides, por lo que le pidió un
favor a otro gigante, Atlas o Atlante, que lo sustituyera en su misión y que
robara por él las manzanas de las Hespérides, mientras en pago de su ayuda
Hércules Melkart hacía el trabajo al que Atlante estaba condenado: sujetar
sobre sus hombros todo el peso de la bóveda celeste. Atlas aceptó, pero
contrariamente a lo que contaron tantos historiadores y mitólogos griegos y
romanos, no porque quisiera engañar a Herakles dejándolo hacer el trabajo de
Atlas para siempre y quitarse así todo un peso de encima, sino porque lo que no
sabían los griegos es que aquel gigante no era otro que el dios Vesperus o
Lucifer, que al revelarse contra el Padre Celeste por su amor titánico a sus
criaturas, había sido condenado a sujetar el peso de la autoridad celeste que
él había desafiado. La condena sin embargo no era sentida por Atlas-Lucifer
como una maldición, pues su labor consistía, después de todo, en separar la
tierra de los cielos, como el astro separa la mañana de la noche, para que los
mortales tuviéramos un espacio diario en donde vivir. Era, después de todo, un
dios que mantenía en contacto los cielos con la tierra a través de su cuerpo.
III. Atlante, como el titán Prometeo, era amigo de la
humanidad y por eso sufría sus trabajos. Lo cual quiere decir que la causa de
su condena era la de haber robado un don divino y luminoso de los cielos, como
hiciera su pariente Prometeo con el fuego para entregárselo a los hombres. Ese
don sin embargo estaba guardado en la isla de su nombre, la Atlántida, donde
estaba el Jardín que sus hijas las Hespérides custodiaban con la ayuda de su
dragón custodio. Atlas aceptó el trabajo de Hércules porque aquella era la
única manera que había de darle su secreto a los hombres sin que se derrumbaran
los cielos sobre nuestras cabezas. Piénsese que para Hércules, que podía
sujetar como Atlas la bóveda celeste, que había matado a monstruos como la
Hidra de Lerma y el León de Nemea, no podía ser un impedimento aquel dragón
vigilante. Solamente supo ver que el trabajo era más fácil si se lo dejaba
hacer a su gigante gemelo, quien sabría como hacerlo y además lo haría de buena
gana.
Las manzanas de las Hespérides, por su parte, son semejantes
a la manzana prohibida del Arbol de la Ciencia que Eva probó en el Paraíso como
consecuencia de la tentación de la serpiente. Este animal es un bicho que
entraña y manifiesta un complejo simbolismo, puesto que por su forma fálica se
lo asimila a la fecundidad masculina y por lo tanto celeste, ya que de los
cielos proceden la luz y la lluvia fecundadoras, pero también estaba asimilado
a la fertilidad femenina de la madre tierra, porque por ella se arrastra como
reptil que es. No es de extrañar que fuera considerado un símbolo luciferino y
no sólo demoníaco como se ha pretendido: era un símbolo del rebelde dios del
eros cósmico, de la vegetación lujuriante de la tierra y de la celeste luz
fecundadora de su verde jugo.
No es de extrañar, pues, que según algún historiador griego
olvidado, los cartagineses llamaran a la península Tierra de Conejos -animal
que simboliza la fertilidad-, Hispania, pero antes Ofiussa, Tierra de
Serpientes -lo mismo que antes-, porque al sur de la misma estaba la tierra del
dios-serpiente, que asimilado al Lucero levantaba los cielos del día sobre sus
hombros proyectando su sombra tartárica y nocturna sobre el Atlántico.
Así pues, Andalucía fue la tierra del paraíso mucho antes de
que se le ocurriera a Aleixandre, pero fue también la tierra del infierno mucho
antes que lo dijera Graves. De hecho ese sustrato es el que explica el hecho de
que el andaluz se un pueblo que “llora mientras canta”, porque la pobreza
endémica y la sequía crónica que lo atormentan marcan la distancia entre el
Tártaro y el paraíso como el cuerpo de su antiguo dios ofidio marcaba la
distancia entre la tierra y los cielos.
Desconocemos en realidad cómo pudo ser el mito de este dios
ibérico de Tartessos, compañero del fenicio Melkart, el de los doce trabajos,
pero volviendo al poeta anglomayorquín Robert Graves, podemos intuir que pudo
parecerse a este otro que el poeta rescata de los antiguos cultos pelásguicos
mediterráneos:
Al principio de los
tiempos, antes de existiera el universo, Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas,
salió desnuda del Caos primigenio y, para celebrar la euforia de su reciente
nacimiento, inició una danza hacia el sur: el movimiento de su cuerpo suscitó
una corriente de aire que empezó a perseguirla. Ella, sintiendo la caricia del
viento Norte, Bóreas, se volvió hacia él y lo abrazó, creando con la gracia de
su tacto a Ofión, la serpiente primordial que, al ver la belleza de la Diosa se
enrolló a ella dejándola en estado de buena esperanza.
Con el tiempo, Eurínome, puso un huevo, el Huevo Cósmico que
el ofidio macho empoyó enroscado sobre él. Cuando el Huevo eclosionó empezaron
a salir todas las cosas que componen el Cosmos, y Ofión se colocó en un trono
en medio de ellas, entre los cielos y la tierra, para gobernarla y administrarlas.
Pero el ejercicio del poder empachó a Ofión que, borracho de
vanidad y narcisimo, se dedicó a adjudicarse todo el mérito de la Craeción,
olvidando la existencia de la Diosa.
Eurínome, ante tanta soberbia se enfadó con su amante y,
destronándolo, lo condenó a reptar sobre la tierra para siempre.
El mito del dios serpiente andaluz pudo, como digo ser muy
parecido a éste: en él se dan todos los elementos necesarios para que la
historia cuadre con los fragmentos míticos que tenemos hoy sobre la antiquísima
Andalucía.
Pero los mitos son poesía y los poetas desde siempre hombres
que reproducen desde su tierra el lamento de Ofión que reptando llora la
ausencia de la Diosa y espera su perdón, no para que le sea restiuido el poder
vicario que perdió, sino para que le sea restituído el paraíso de que gozó en
los orígenes, junto a ella.
Quizás por ello sería interante terminar estas páginas con
la recreación que de este mito hizo un poeta andaluz, yo mismo, hace unos años,
y que fue publicado en los Pliegos de Poesía que editó Manuel Salinas, bajo el
título “…Y danzaste hacia el sur”, en la imprenta del editor andaluz por
excelencia, Angel Caffarena, continuador de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre,
padres y edotires de la Generación andaluza del 27:
ESCRIBO CON MI RASTRO EN LOS DESIERTOS. A Laura.
Es tu cuerpo y la
noche lo que falta en la playa.
Tu copia de la Luna
tan rubia entre las piedras.
Nuestros juegos de
atletas por el atlas de atlántida
dibujado en el lomo de
infinitas serpientes
que fueron las arrugas
de nuestras altas sábanas.
Nuestro hogar siempre
ardiente para tus hielos árticos
que, disueltos, te
hicieron emerger de entre fábulas.
Era explorar entonces
tus cráteres y mares
un soplo azul marino
de tus mareantes cráteras,
aquellas que les daban
la paz a estos avernos
que me brotan del
tiempo como plantas.
Pero un día te fuiste
camino de hiperbóreas
regiones remontando la
corriente del fuego
erótico que tú creaste
entre las sombras
del mundo, cuando una
día primigenio danzaste
hacia el Sur, donde
aún quiero como una inmensa boa
sideral abrasarte con
mi abrazo fecundo
para engendrar en ti
todas las cosas.
Y desde que te has ido
repto por los desiertos
y me persiguen dioses
hacedores de lluvia
que quieren destruirme
porque, siendo guerreros,
crear es para ellos un
acto de violencia.
Mas yo soy el dragón
que guarda los secretos
del árbol que sujeta
los ejes de los mundos
y solo en primavera
debo siempre ser muerto
por el pie de la Diosa
o su héroe, y mansamente
escribo con mi rastro
en los desiertos.
Y todos los caminos
que trazo en las arenas
cauces son de ríos
secos que cantan mi esperanza
de vuelvan las aguas
cuando vuelvas.
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