domingo, 6 de octubre de 2019

DE LOS ORÍGENES MITOPOÉTICOS DE ANDALUCIA.


DE LOS ORÍGENES MITOPOÉTICOS DE ANDALUCIA.

A Javier La Beira

I. El poeta cordobés, pero afincado en Málaga durante muchos años, Pablo García Baena, uno de los más exquisitos poetas que ha dado nuestra literatura, tan frecuentemente dada a la garrulez áfona y ramplona, aludió alguna vez en alguno de sus poemas al esplendor de los cielos con un verso tan contundente como el que sigue:

Abriendo Andalucías en la altura.

Normalmente la poesía tradicional utiliza la comparación de modo inverso en aparencia a como lo hizo García Baena: un término real cuya belleza queremos cantar, por ejemplo, unos ojos azules, suele ser comparado con un elemento superior, elevado, por ejemplo el cielo. Pero comparar algo tan elevado como el cielo con una región de la tierra se ha hecho bastante menos. Es más: me aventuro a decir que no se ha hecho casi nunca con la intención estética de García Baena. Nadie se atreve ha hacer algo que puede invertir la dirección habitual de la escritura poética, como no sean los poetas modernos, quiero decir los de moda, a los que, por eso mismo, habría que calificar de antipoetas, como de hecho alguno de ellos, v. gr., el chileno Nicanor Parra, ha hecho al referirse a sí mismo y a su propia poesía. En efecto Parra llamó a sus poemas antipoemas, porque en ellos, si bien con intención agudamente irónica, se contemplaba la vida elevada de los elementos tradicionalmente considerados como poéticos o bellos bajo la perspectiva de su despoetización: de ahí que no fuera raro encontrar comparaciones prosaicas en su poesía, pongo por caso, citando al poeta ruso y premio Nobel Joseph Brodsky, comparar los ojos de la amada, en vez de con estrellas por ejemplo, por ejemplo con los faros de un Chevrolet.
Sin embargo lo que hizo Baena al comparar los cielos con Andalucía no era una despoetización, si no una poetización de los cielos.
Andalucía es un símbolo. A pesar de ser una tierra de pobreza y de paro endémico, y de grave incultura democrática, tal como demuestra su aparente apoyo a la inmoralidad política en las últimas elecciones autonómicas, Andalucía es un símbolo. Y lo es porque como cantó el sevillano Cernuda "el Sur es un desierto que llora mientras canta", y porque la conciencia nacional andaluza está tan asentada y enraizada en la conciencia individual del andaluz que no se necesita ser andalucista para parecer andaluz, como al parecer sí que se necesita ser catalanista o euscaldún para no ser considerado por la basca nacional como un catalán o vasco de patriotismo sospechoso.
Cuando en el extranjero se usan símbolos españoles se usan siempre emblemas del folklore andaluz, el sombrero cordobés, el traje de gitana, o el rejón en el lomo de un soberano toro de Domecq.
Sus símbolos, y no sólo los mencionados, son universales porque son personales e intransferibles, únicos. Y son universales porque son verdaderos símbolos, señas de identidad surgidas de las raíces de sus propios orígenes que se pierden en la alegría fabuladora de los mitos y leyendas más antiguos.
Nada más mítico que un paraíso, y a Málaga, eje de simetría costero de Andalucía, se la ha llamado la Cuidad del Paraíso gracias al famoso libro de Vicente Aleixandre, en que tal ciudad era descrita como colgada del cielo.
La Málaga de Aleixandre no es la de hoy, enterrada como está aquella bajo el peso del turismo, y sin embargo el aliento mítico supura por sus poros, porque sigue estando ubicada y radicada donde la colocaron sus fundadores los fenicios que, pese a su mentalidad práctica de comerciantes impenitentes, siempre elegían los emplazamientos para la fundación de su nuevas colonias siguiendo los designios del oráculo mas famoso de su capital, Tiro, en donde un dios llamado Melkart, palabra que en fenicio significa "rey de la ciudad", había, desde tiempos inmemoriales, ordenado buscar al otro lado del mundo, en el país donde se pone el sol, en occidente, o sea, aquí, un lugar costero formalmente gemelo de aquél donde él habitaba, su famoso templo oriental, porque aquel sabio dios sabía que desde oriente, con el tiempo, llegaría la amenaza de los persas, que engullirían la ciudad eliminando su libertad y su independencia.
Las naves de Tarsis, como las llamó Salomón, aliado comercial de Tiro, salían año tras año a buscar el lugar sagrado fundacional en el otro extremo del mundo, en poniente, y al fin nació Cadiz, hermana menor pero gemela de la otra de levante, Tiro, y allí, en Cádiz, otro templo le fue construido a Melkart, y allí el propio Melkart emigraría cuando los persas cumplieron su amenaza.
El camino marítimo de naves de Tarsis hasta Cádiz era de tres buenos años de navegación, por lo que se necesitaban puertos y almacenes de abastos que sirvieran de escalas intermedias. Málaga, entonces Malaka, era la última de ellas, y su nombre dicen que significaba factoría o almacén. Pero pensando poéticamente, y sabiendo que las lenguas semíticas dan escasa significación a las vocales, podemos hacer mítica etimología y fantasear pensando que las consonantes de Malaka son las mismas que las de Melek, "rey", nombre del dios fundador, y de Molok, nombre del dios voraz de la ciudad fenicia de Cartago, por lo que Málaga pudo haber comenzado siendo en sus orígenes míticos la despensa del un dios-rey voraz, que sufriendo las hambres de la travesía restituía su realeza asendereada por el viaje con la ingestión de alguna vianda sagrada.

II. Cuentan que, cuando Alejandro Magno, camino de su campaña contra los persas, puso sitio a la ciudad de Tiro, en cuyo templo moraba este dios, previamente pidió permiso para entrar al templo y adorar a aquel famoso Hércules fenicio. El permiso le fue, como era de esperar, denegado. Y Alejandro decidió rendir la ciudad por hambre.
Alejandro Magno posiblemente identificó a este dios con su dios Herakles porque sabía que este último, cumpliendo una de sus doce famosas tareas, había estado por esta otra parte del mundo y había luchado con Gerión, el gigante de tres troncos, y lo había vencido, abriendo con la violencia de los golpes marrados contra el gigante, que rodaba por tierra tratando de esquivarlos, lo que luego se conocería como el Estrecho de Gibraltar, que hasta entonces había estado cerrado a los navegadores del oriente. Si los de Tiro habían fundado, se decía, una segunda Tiro más allá de este mar, era porque su dios, un Hércules, les había abierto el paso hendiendo la tierra entre dos continentes.
La lucha de Hércules Melkart con Gerión representa la lucha de del dios oriental con el Guadalquivir, cuyo delta tenía tres brazos, como el gigante tres cuerpos. Sabemos que en los orígenes de la conciencia humana, cuando se usaba del pensamiento mitopoético como algo natural, los ríos eran considerados dioses barbados y benévolos porque junto a ellos y gracias a la fertilidad que sus aguas otorgaban a la madre Tierra que nos ha parido a todos, se asentaban las aldeas de los primeros agricultores, los fundadores de las primeras culturas, las culturas del campo y de la naturaleza que hoy tenemos tan olvidadas y que hasta hace poco eran junto con el amor y la muerte los temas preferidos por todos los poetas y todas la poesías que en el mundo han sido.
Aquella primitiva cultura agropecuaria que había nacido junto al Guadalquivir se llamó Tartessos y durante mucho tiempo se pensó que se trataba del Tarsis a donde viajaban las naves de Salomón y de Tiro a comerciar con los autóctonos para traer preciosidades occidentales a levante: plata del Rey Argantonio, nombre que parece significar Argentífero.
La civilización turdetana o tartéssica era demasiado sofisticada para ser considerada primitiva. Por lo que los propios fenicios y cartagineses que acabaron por colonizarla y enseñorearla pensaron que debía de haber habido una semilla divina que, proviniente de un lugar sagrado, hubiera divinizado, o sea, ordenado el caos de salvajes incivilizados que ellos esperaron encontrar en aquellas tierras dejadas -hasta entonces- de la mano del dios, la tierras remotas del sol poniente, allá donde Hesperos, el Lucero de la Tarde brillaba orientando a los de oriente hacia un norte sito al sur de un oeste aventurero.
Ese astro, Hesperos en griego, Vesperus en latín, origen de la palabra castellana víspera, lo que viene antes de la noche y el misterio, la última luz del día, que fue asimilado por los astrólogos caldeos a su diosa Ishtar, diosa del amor y la guerra, esto es, de la vida y de la muerte, a quien los fenicios llamaron Astarté y las griegos y romanos Afrodita y Venus respectivamente, era adorado por los andaluces de los tiempos míticos como dios de la fertilidad cósmica, dios de la tierra rica en plata, rico dios, por tanto como Plutón, el rico dios de las profundidades subterráneas del Hades, en donde estaba el Tártaro, región del infierno que el poeta irlandés afincado en Menorca Robert Graves relaciona por la etimología de su nombre con el término Tartessos que según él, significaba poniente, el lugar en donde el sol se hunde cada noche para llevar su luz al país de los muertos; pero ese dios andaluz, Hesperos, era también un dios celeste de la luz que anuncia el nuevo día, Phosphoros en griego, y ni más ni menos que Lucifer en latín, el portador de luz, nombre que se sabe asociado a un antiguo dios de la libertad y el erotismo, más tarde demonizado por los padres de la Iglesia, pero que en el Nuevo Testamento figura como uno de los apodos del mismísimo Cristo, aquel hijo de dios que bajó a la tierra a hacerse un hombre sufriendo como tal, para traernos a los pobres humanos la riqueza espiritual de la Luz Celeste, después de que, no lo olvidemos, pasara tres días en los infiernos antes de resurgir, como el astro Venus en la sombra de su cíclica invisibiliadad, para llevarse con él al las almas de los muertos que no habían visto la luz, la verdad y la vida. Ese dios rebelde que se rebela contra su padre el creador por solidaridad amorosa con sus criaturas ya era adorado pues, como Lucifer o Hesperos por los primeros andaluces, y se decía que su mansión era una isla mágica y lejana, sita en el Atlántico, en donde tres hijas suyas, las Hespérides, administraban un jardín en donde crecía un manzano que daba a luz frutos dorados que por sus propiedades mágicas eran prohibitivos para los mortales, por lo que habían encargado a un Dragón guardián la vigilancia de su acceso.
Hércules, o sea, el fenicio Melkart, trató de llegar a aquella maravillosa isla del Jardín de las Hespérides, por lo que le pidió un favor a otro gigante, Atlas o Atlante, que lo sustituyera en su misión y que robara por él las manzanas de las Hespérides, mientras en pago de su ayuda Hércules Melkart hacía el trabajo al que Atlante estaba condenado: sujetar sobre sus hombros todo el peso de la bóveda celeste. Atlas aceptó, pero contrariamente a lo que contaron tantos historiadores y mitólogos griegos y romanos, no porque quisiera engañar a Herakles dejándolo hacer el trabajo de Atlas para siempre y quitarse así todo un peso de encima, sino porque lo que no sabían los griegos es que aquel gigante no era otro que el dios Vesperus o Lucifer, que al revelarse contra el Padre Celeste por su amor titánico a sus criaturas, había sido condenado a sujetar el peso de la autoridad celeste que él había desafiado. La condena sin embargo no era sentida por Atlas-Lucifer como una maldición, pues su labor consistía, después de todo, en separar la tierra de los cielos, como el astro separa la mañana de la noche, para que los mortales tuviéramos un espacio diario en donde vivir. Era, después de todo, un dios que mantenía en contacto los cielos con la tierra a través de su cuerpo.

III. Atlante, como el titán Prometeo, era amigo de la humanidad y por eso sufría sus trabajos. Lo cual quiere decir que la causa de su condena era la de haber robado un don divino y luminoso de los cielos, como hiciera su pariente Prometeo con el fuego para entregárselo a los hombres. Ese don sin embargo estaba guardado en la isla de su nombre, la Atlántida, donde estaba el Jardín que sus hijas las Hespérides custodiaban con la ayuda de su dragón custodio. Atlas aceptó el trabajo de Hércules porque aquella era la única manera que había de darle su secreto a los hombres sin que se derrumbaran los cielos sobre nuestras cabezas. Piénsese que para Hércules, que podía sujetar como Atlas la bóveda celeste, que había matado a monstruos como la Hidra de Lerma y el León de Nemea, no podía ser un impedimento aquel dragón vigilante. Solamente supo ver que el trabajo era más fácil si se lo dejaba hacer a su gigante gemelo, quien sabría como hacerlo y además lo haría de buena gana.
Las manzanas de las Hespérides, por su parte, son semejantes a la manzana prohibida del Arbol de la Ciencia que Eva probó en el Paraíso como consecuencia de la tentación de la serpiente. Este animal es un bicho que entraña y manifiesta un complejo simbolismo, puesto que por su forma fálica se lo asimila a la fecundidad masculina y por lo tanto celeste, ya que de los cielos proceden la luz y la lluvia fecundadoras, pero también estaba asimilado a la fertilidad femenina de la madre tierra, porque por ella se arrastra como reptil que es. No es de extrañar que fuera considerado un símbolo luciferino y no sólo demoníaco como se ha pretendido: era un símbolo del rebelde dios del eros cósmico, de la vegetación lujuriante de la tierra y de la celeste luz fecundadora de su verde jugo.
No es de extrañar, pues, que según algún historiador griego olvidado, los cartagineses llamaran a la península Tierra de Conejos -animal que simboliza la fertilidad-, Hispania, pero antes Ofiussa, Tierra de Serpientes -lo mismo que antes-, porque al sur de la misma estaba la tierra del dios-serpiente, que asimilado al Lucero levantaba los cielos del día sobre sus hombros proyectando su sombra tartárica y nocturna sobre el Atlántico.
Así pues, Andalucía fue la tierra del paraíso mucho antes de que se le ocurriera a Aleixandre, pero fue también la tierra del infierno mucho antes que lo dijera Graves. De hecho ese sustrato es el que explica el hecho de que el andaluz se un pueblo que “llora mientras canta”, porque la pobreza endémica y la sequía crónica que lo atormentan marcan la distancia entre el Tártaro y el paraíso como el cuerpo de su antiguo dios ofidio marcaba la distancia entre la tierra y los cielos.
Desconocemos en realidad cómo pudo ser el mito de este dios ibérico de Tartessos, compañero del fenicio Melkart, el de los doce trabajos, pero volviendo al poeta anglomayorquín Robert Graves, podemos intuir que pudo parecerse a este otro que el poeta rescata de los antiguos cultos pelásguicos mediterráneos:

Al principio de los tiempos, antes de existiera el universo, Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas, salió desnuda del Caos primigenio y, para celebrar la euforia de su reciente nacimiento, inició una danza hacia el sur: el movimiento de su cuerpo suscitó una corriente de aire que empezó a perseguirla. Ella, sintiendo la caricia del viento Norte, Bóreas, se volvió hacia él y lo abrazó, creando con la gracia de su tacto a Ofión, la serpiente primordial que, al ver la belleza de la Diosa se enrolló a ella dejándola en estado de buena esperanza.

Con el tiempo, Eurínome, puso un huevo, el Huevo Cósmico que el ofidio macho empoyó enroscado sobre él. Cuando el Huevo eclosionó empezaron a salir todas las cosas que componen el Cosmos, y Ofión se colocó en un trono en medio de ellas, entre los cielos y la tierra, para gobernarla y administrarlas.
Pero el ejercicio del poder empachó a Ofión que, borracho de vanidad y narcisimo, se dedicó a adjudicarse todo el mérito de la Craeción, olvidando la existencia de la Diosa.
Eurínome, ante tanta soberbia se enfadó con su amante y, destronándolo, lo condenó a reptar sobre la tierra para siempre.
El mito del dios serpiente andaluz pudo, como digo ser muy parecido a éste: en él se dan todos los elementos necesarios para que la historia cuadre con los fragmentos míticos que tenemos hoy sobre la antiquísima Andalucía.
Pero los mitos son poesía y los poetas desde siempre hombres que reproducen desde su tierra el lamento de Ofión que reptando llora la ausencia de la Diosa y espera su perdón, no para que le sea restiuido el poder vicario que perdió, sino para que le sea restituído el paraíso de que gozó en los orígenes, junto a ella.
Quizás por ello sería interante terminar estas páginas con la recreación que de este mito hizo un poeta andaluz, yo mismo, hace unos años, y que fue publicado en los Pliegos de Poesía que editó Manuel Salinas, bajo el título “…Y danzaste hacia el sur”, en la imprenta del editor andaluz por excelencia, Angel Caffarena, continuador de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, padres y edotires de la Generación andaluza del 27:

ESCRIBO CON MI RASTRO EN LOS DESIERTOS. A Laura.

Es tu cuerpo y la noche lo que falta en la playa.
Tu copia de la Luna tan rubia entre las piedras.
Nuestros juegos de atletas por el atlas de atlántida
dibujado en el lomo de infinitas serpientes
que fueron las arrugas de nuestras altas sábanas.
Nuestro hogar siempre ardiente para tus hielos árticos
que, disueltos, te hicieron emerger de entre fábulas.
Era explorar entonces tus cráteres y mares
un soplo azul marino de tus mareantes cráteras,
aquellas que les daban la paz a estos avernos
que me brotan del tiempo como plantas.

Pero un día te fuiste camino de hiperbóreas
regiones remontando la corriente del fuego
erótico que tú creaste entre las sombras
del mundo, cuando una día primigenio danzaste
hacia el Sur, donde aún quiero como una inmensa boa
sideral abrasarte con mi abrazo fecundo
para engendrar en ti todas las cosas.

Y desde que te has ido repto por los desiertos
y me persiguen dioses hacedores de lluvia
que quieren destruirme porque, siendo guerreros,
crear es para ellos un acto de violencia.
Mas yo soy el dragón que guarda los secretos
del árbol que sujeta los ejes de los mundos
y solo en primavera debo siempre ser muerto
por el pie de la Diosa o su héroe, y mansamente
escribo con mi rastro en los desiertos.

Y todos los caminos que trazo en las arenas
cauces son de ríos secos que cantan mi esperanza
de vuelvan las aguas cuando vuelvas.

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