De entre los loros, ni la cacatúa
ni la cotorra son mis favoritos
ni el papagayo: son los periquitos,
porque no hablan si saber: la púa
pïante de si pico una palabra
nunca pronuncia ni un significado
-si uno quiere picarte, está picado,
o está como un cencerro o una cabra.
Los otros especímenes repiten
lo que oyen sin tener ninguna idea
de lo que significa esa diarrea
verbal de su mensaje, que no emiten.
Pero es que el periquito trina y pía
y, como no se entiende lo que habla,
es igual que doctor cum laude en blabla,
que no en bable, o en biblia del Harpía.
La Pájara es su profe, y lo amaestra
y lo doma y lo entrena en el pío-pío
impío de tentar, para desvío
del rumbo, al marinero, y su siniestra
garra es derecha: en vez de al enemigo
público, ataca a quien audaz lo afronta.
No sabe que su Pájara es tan tonta
que el placer odia hasta del propio higo.
“Pues que -dice- no puedo ser Ulyses,
que no lo sea Nadie”: agrede, ofende,
y sólo da el tostón, como ese duende
mosquito fantasmal que entre las grises
brumas de las pesadas pesadillas
te pretende abrumar y, si despiertas
comprendes que no existe, que están muertas
sus palabras sin seso; y, si un día brillas,
te califica de incombusta vela.
Me da lástima y pena. Y el incordio.
Es como un mal templado clavicordio
su organillo movido a manivela.
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