lunes, 28 de octubre de 2019

PALABRAS LIMINARES para un nuevo Prometheus


(Nota: uso la red para dar a luz pública una criatura textual que iba a figurar como prólogo de mi drama Prometeo Libertario, y que al final se quedó en mi cajón informático)

Prometeo, desde la perspectiva de la antropología de la religión, empezó siendo lo que técnicamente se denomina con el término inglés trickster, una especie de duende ladronzuelo, ingenioso y astuto, que engaña o estafa a un dios poderoso y bueno. Pero el mito, como todos los mitos -y como todo- evolucionó hasta que el personaje se fue convirtiendo en símbolo complejo, cargado de sentidos metafísicos y antropológicos, y habiendo empezado como un tramposo, fue ganando en nobleza hasta rozar lo heroico, y ya con Esquilo, o con su hijo Euforión (que parece ser el verdadero autor de la obra atribuida a su padre) aparece como el gran benefactor, el gran civilizador, el gran didacta, el inventor o, al menos el inspirador de las tecnologías que salvan al ser humano de los azotes de la vida salvaje; y, siendo Zeus el dios del rayo y las tormentas -y las inundaciones-, siendo su ausencia causa de sequías, no es raro que sirviera a los poetas para elevarlo a categoría de gran Rebelde o gran Opositor ante las tiranías caprichosas de dictadores de leyes injustas o inicuas, que gobiernan en su propio beneficio, como amos absolutos de un pueblo que ellos consideran su esclavo.
Quizá es por eso por lo que con el advenimiento del cristianismo su figura haya sido raramente tratada, y seguro que por eso es por lo que cuando llegó el romanticismo el gran rebelde se convirtiera en el gran libertario y se fuera adornando de tintes luciferinos, puesto que en el contexto del cristianismo el papel de rebelde supremo lo juega Lucifer, como de modo espléndido lo había adelantado Milton, de quien Blake decía que era partidario del bando de los demonios, pero que él, el poeta del Paradise lost, no lo sabía conscientemente.
A principios del s. XX, es destacable el caso del poeta León Felipe, que acuñó el término “poeta prometeico”, para hablar de propia condición de radical y claro antifranquista, y de sus aliados, la iglesia católica y la conjuración capitalista en apoyo del dictador, al que tildaba de “sapo Iscariote y ladrón”.

Con mi Prometheus he querido continuar esta tradición evolutiva, intentando a su vez hacer una síntesis o, mejor, una sincresis.
En primer lugar la obra quiere ser un homenaje a Euforión o Esquilo, el primer gran prototipo dramático: he hecho uso de sus personajes y situaciones escénicas y argumentales, y he seguido su espíritu.
Pero haciendo un segundo homenaje, esta vez a un romántico, el Shelley del Prometheus unbound, he seguido su inspiración y propuesta pero he añadido al texto mi final propio que no coincide con el del poeta inglés, ni con el de Esquilo/Euforión, sino con la tradición mitológoca del personaje/símbol:. en mi caso he recurrido al mito tal como lo refieren historiadores y antropólogos de las religiones -Eliade, Campbell- y, esto sí, me he permitido cambiar los contenidos literales de todos los diálogos no referidos, en tanto que alusiones narrativas, al mito.
Veladamente he introducido guiños a la actualidad, y algún anacronismo.
También he tratado cómicamente a algún personaje, aunque se trate de comedia “negra”.
Y he procurado que el final sea casi feliz, para generar en los posibles espectadores la esperanza de un futuro posible.

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