(Nota: uso la red para dar a luz pública una criatura textual que iba a figurar como prólogo de mi drama Prometeo Libertario, y que al final se quedó en mi cajón informático)
Prometeo, desde la perspectiva de la antropología de la religión,
empezó siendo lo que técnicamente se denomina con el término inglés trickster,
una especie de duende ladronzuelo, ingenioso y astuto, que engaña o estafa a un
dios poderoso y bueno. Pero el mito, como todos los mitos -y como todo-
evolucionó hasta que el personaje se fue convirtiendo en símbolo complejo,
cargado de sentidos metafísicos y antropológicos, y habiendo empezado como un
tramposo, fue ganando en nobleza hasta rozar lo heroico, y ya con Esquilo, o
con su hijo Euforión (que parece ser el verdadero autor de la obra atribuida a
su padre) aparece como el gran benefactor, el gran civilizador, el gran
didacta, el inventor o, al menos el inspirador de las tecnologías que salvan al
ser humano de los azotes de la vida salvaje; y, siendo Zeus el dios del rayo y
las tormentas -y las inundaciones-, siendo su ausencia causa de sequías, no es
raro que sirviera a los poetas para elevarlo a categoría de gran Rebelde o gran
Opositor ante las tiranías caprichosas de dictadores de leyes injustas o
inicuas, que gobiernan en su propio beneficio, como amos absolutos de un pueblo
que ellos consideran su esclavo.
Quizá es por eso por lo que con el advenimiento del
cristianismo su figura haya sido raramente tratada, y seguro que por eso es por
lo que cuando llegó el romanticismo el gran rebelde se convirtiera en el gran
libertario y se fuera adornando de tintes luciferinos, puesto que en el
contexto del cristianismo el papel de rebelde supremo lo juega Lucifer, como de
modo espléndido lo había adelantado Milton, de quien Blake decía que era
partidario del bando de los demonios, pero que él, el poeta del Paradise
lost, no lo sabía conscientemente.
A principios del s. XX, es destacable el caso del
poeta León Felipe, que acuñó el término “poeta prometeico”, para hablar de
propia condición de radical y claro antifranquista, y de sus aliados, la
iglesia católica y la conjuración capitalista en apoyo del dictador, al que tildaba
de “sapo Iscariote y ladrón”.
Con mi Prometheus he querido continuar esta
tradición evolutiva, intentando a su vez hacer una síntesis o, mejor, una
sincresis.
En primer lugar la obra quiere ser un homenaje a
Euforión o Esquilo, el primer gran prototipo dramático: he hecho uso de sus
personajes y situaciones escénicas y argumentales, y he seguido su espíritu.
Pero haciendo un segundo homenaje, esta vez a un
romántico, el Shelley del Prometheus unbound, he seguido su inspiración
y propuesta pero he añadido al texto mi final propio que no coincide con el del
poeta inglés, ni con el de Esquilo/Euforión, sino con la tradición mitológoca del
personaje/símbol:. en mi caso he recurrido al mito tal como lo refieren
historiadores y antropólogos de las religiones -Eliade, Campbell- y, esto sí,
me he permitido cambiar los contenidos literales de todos los diálogos no
referidos, en tanto que alusiones narrativas, al mito.
Veladamente he introducido guiños a la actualidad, y
algún anacronismo.
También he tratado cómicamente a algún personaje,
aunque se trate de comedia “negra”.
Y he procurado que el final sea casi feliz, para
generar en los posibles espectadores la esperanza de un futuro posible.
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