I. La Anormalidad como Audacia. La
idea de novela "normal" (y la definición de lo que tal cosa sea)
surgió, creo que espontáneamente, en cierto congreso de novelistas del que no
diré nada bueno ni malo porque tuvo mucho de las dos cosas.
El Sr. Martínez de Pisón, novelista de pro, al ser interpelado por el
moderador sobre la razón de ser de la abrumadora cantidad de novelas históricas
que han proliferado en nuestra lengua en los últimos años, respondió que no
sabía/no contestaba porque él en realidad no leía casi nunca novelas históricas
y que le parecía que el lector de novelas históricas era "un poco como el
de ciencia-ficción". Frente a las novelas históricas y de ciencia ficción,
cuyo único rasgo común es, al parecer, el de pertenecer a la categoría de subgénero literario, y frente al lector
de ese tipo de novelas se alzaba resplandeciente y supremo el lector normal, el
lector de las novelas normales.
Aunque se agradece en grado sumo a los caballeros de aquella mesa redonda
(nada artúrica, por cierto) el hecho de que no usaran para designar el tipo de
novelas que ellos parecían defender (y escribir) la expresión "novela
verdadera", lo que hubiera convertido a las otras, las subgenéricas, en
falsas novelas, no queda más remedio que criticarlos constructivamente respecto
del uso de "normal" para hablar de las novelas que ellos escriben (y
defienden), porque de manera automática tal cosa convierte a las otras, las
subgenéricas, en novelas anormales.
Pero lo que más me preocupa de todo este asunto no es tanto la anormalidad
de cierto tipo de novelas (entre las que hay que incluir forzosamente, no lo
olvidemos, ejemplos como Bomarzo o Un mundo feliz, de cuyo valor
literario y novelístico no creo dude ninguna persona culta) como la supuesta
anormalidad de los lectores de subgéneros novelísticos.
Parece ser que para aquellos novelistas de la mesa redonda los lectores
estamos clasificados por categorías: los lectores de categoría (que son los que
leerían las novelas de los entonces presentes), frente a los sublectores o
lectores de subcategoría (que serían los que leerían novelas pertenecientes a
otro género -o subgénero- distintinto del suyo).
O sea: parece ser que aquellos novelistas no se les pasó en aquel momento
por las mientes la idea de un posible lector plural, de un lector que sea capaz de leer tanto novelas normales
como novelas "anormales".
Yo, como me encuentro dentro de la categoría (o subcategoría) de los
lectores plurales (esto es, de los que leemos de todo) quiero romper mi lanza
de caballero (aunque no de la mesa redonda) en pro de lo que yo considero la
novela de pro. Y considero que la novela de pro es aquella que está bien hecha independientemente del género o subgénero al
que pertenezca. Y para que una novela esté bien hecha debe cumplir dos
requisitos primordiales: por un lado que tenga autocoherencia (tal cosa es lo
que, en última instancia, explica ese extraño fenómeno del placer estético), y por otro que nos enseñe algo o, mejor dicho,
que sus imágenes dinámicas nos ayuden a pensar, de manera que, una vez
terminada la lectura, hayamos aprendido algo que no sabíamos o que sólo
intuíamos muy vagamente. Dicho de modo más sumario: que responda a los
principios clásicos del docere et
delectare.
Los frutos que la novela histórica viene proporcionando a la literatura
universal desde que la inventaran los románticos no pueden despacharse con un
simple "no sé/no contesto", pretendiendo con ello quedar como un
lector serio que no condesciende a leer subproductos. Si algún autor
verdaderamente no lee novelas históricas (o de otro tipo) no debe decirlo con
orgullo sino con vergüenza. Pero los frutos de otros mal llamados subgéneros no
son menores: la ciencia-ficción ha dado productos literarios (y artísticos en
general) de un calibre tan imponente que todo aquel que se enorgullezca de no
haber leído a Wells o Stapledon, a Clark o Bradbury, a Aldiss o a la LeGuinn, o
a Gibson, está simplemente confesando a los cuatro vientos la soberbia de su
vasta ignorancia y la altura insobornable de sus ridículos prejuicios. Y sin
embargo cuánta, cuánta gente presume impunemente de no soportar las novelas de
ciencia ficción mientras que por otra parte qué pocos somos los que confesamos,
aunque no sin vergüenza, que la lectura las novelas de Joyce, Proust, Faulkner,
Mann o Cela (y la de la mayoría de los novelistas actuales) ha conseguido
siempre curarnos el insomnio durante esas buenas temporadas en que, armados de
buena voluntad y de valor como lectores plurales que somos, nos dedicamos al
gozo de sufrirlas.
Hay novelas que, no obstante, son un caso excepcional en nuestra narrativa.
Y son un caso excepcional tanto porque son una excepción, dado su alto grado de
heterodoxia dentro de un contexto, como porque cumplen de una manera
espectacular las dos condiciones de que hablaba al principio. En lo que me
queda de espacio trataré de traer justificadamente a colación alguno de esos
ejemplos.
Se trata, para empezar, de Igur Neblí de Miquel de Palol, cuya
versión castellana puede leerse en Anagrama.
Igur Neblí es el nombre de un caballero (pero tampoco de la mesa redonda)
que debe enfrentarse a la prueba iniciática del último laberinto. Del argumento
no diré más. Acaso sólo que a lo largo de la extensa narración este lector
plural se ha ido continuamente preguntando qué era más laberíntico: el propio
laberinto o la intrincada y compleja sociedad de ese Mundo Paralelo (a veces
cargado de rasgos futuristas, a veces arcaizantes) que Miquel de Palol ha
sabido construir con tantísima coherencia. Un mundo, en efecto, extraño pero
autocoherente cuyas imágenes dinámicas (símbolos vivos y en acción) nos hacen
reflexionar constantemente sobre el nuestro.
La solidez arquitectónica de ese enmarañado mundo imaginario y la agilidad
y fluidez de la narración del inmenso caudal de acontecimientos que en él
tienen lugar confirma lo que ya de Palol había predicado tácitamente pero con
claridad en su anterior novela El Jardín
de los Siete Crepúsculos (Anagrama, Barcelona, 1991): si queremos descubrir
algo sobre el mundo lo último que debemos hacer es fotografiarlo con palabras:
la lietratura, la novela se convierte en un instrumento de conocimiento del
mundo cuando, una vez salvadas las apariencias de los hechos reales, hacemos un
esfuerzo de imaginación que nos lleve a descubrir lo que queda más allá de lo
que tiene lugar delante de nuestras narices.
II. El Placer de Fingir. La historia de mi relación con El jardín de los siete crepúsculos, esa grandísima
novela del poeta catalán Miquel de Palol, es casi una aventura sentimental. Un
buen día de primavera en la Feria del Libro de Málaga me lo encontré en un
estante destacando como novedad de ultimísima hora y ofreciéndose apetitoso al
ojeo de los curiosos. Un gran libro, sí -pensé. Leí los comentarios que en su
dorso aparecen, extraídos de recortes de prensa especializada catalana y me
hice una idea de su contenido al par que barruntaba la primera sospecha de su
calidad. Estuve seguro casi desde el principio de que aquella lectura podía
batir records de ventas. Me dispuse a comprarlo. Miré el precio.
Automáticamente comprendí que aquel libro no podía convertirse en ningún
best-seller. Era demasiado caro.
Mi primera reacción fue la natural: volver a colocar el libro en el
estante.
Pero en seguida comprendí que yo no podía hacer tal cosa. Había ya intuido
que aquella novela era un espécimen del tipo de literatura que a mí más me
gusta: eso que yo doy en llamar "literatura pura".
Efectivamente hay un tipo de literatura "impura", esa que
pretende ser un reflejo fiel de la realidad, que tiene mucho que ver con el
asunto aquel de la mímesis o la imitatio que decían los clásicos aristotélicos,
los neoclásicos ilustrados y los teóricos de la novela realista, si bien estos
últimos dominados por la obsesión de objetividad que puso de moda el inatacable
cientifismo decimonónico (a lo que deberíamos sumar una vocación panfletaria de
denuncia social que a los ingredientes mencionados añadió la novela social de
posguerra inspirándose en el realismo socialista que patrocinaban los
intelectuales estalinistas, basados en el naturalismo de un Zolà). Esta
literatura no es que sea perniciosa o inadmisible o anatemizable, no. Es que,
sencillamente, no es literatura pura, porque está mixturada con elementos e
intenciones extraliterarios. La literatura es, considerada en su pureza
primigenia, creación. Creación de lo que no hay, de lo que no está, de lo que
no es real: ficción: mito. La literatura pura construye mundos alternativos al
mundo real, utilizando los elementos de éste exclusivamente como materia prima
con la que construir. La literatura pura no pretende raflejar este mundo, sino
crear otro distinto. Y esas creaciones puras, verdaderas y no reflejadas sirven
para producir dos cosas que la psique humana necesita a espuertas: diversión y
sentido. No es auténtica la literatura que no es divertida, como tampoco lo es
la que no produce sentido, significación, la que no sirve para iluminar nuestra
conciencia por medio de símbolos y mitos. Y esa iluminación nos aproxima a la
verdad de las cosas, esa verdad que, como decía el maestro Unamuno nada tiene
que ver con lo que llamamos realidad: hoy día Don Quijote es más verdadero que
Cervantes.
El Jardín de los Siete
Crepúsculos es un ejemplo
clarísimo de literatura pura. Como El
Señor de los Anillos, La historia
interminable, Los Mitos de Cthulhu, El
Unicornio o El escarabajo, El rodaballo, El Hacedor de Estrellas, y también como Los viajes de Gulliver, Micromegas,
como las novelas de caballerías y el Quijote, como los Sueños y la mismísima Divina
comedia, como el Paraíso Perdido
y el Fausto. Como la Odisea y las Metamorfosis.
De hecho en esta novela que comentamos podemos encontrar ejemplos de
narraciones de hechos inverosímiles o, mejor dicho, irreales: la historia de un
hombre que viaja a través de los sueños, o que se pierde entre los entresijos
que separan el sueño de la realidad pues, teniendo la capacidad de dirigir sus
sueños y descubriendo que soñando dentro de un sueño se accede nuevamente a la
realidad, consigue perderse no se sabe muy bien en dónde; o la historia de un
hombre que queda prisionero en un circulo vicioso del tiempo, de modo que
siempre amanece para él el mismo día, un día en que, por tanto, volverán a
sucederle las mismas cosas que el día anterior que en realidad no es anterior
sino el mismo de hoy, y que no consigue cambiar esa temporalidad viciada por
más que él cambie los hechos que la constituyen cambiando su conducta (y este
cuento es anterior a cierta versión cinematográfica que cuenta lo mismo, y no
digo más); o historias de aventuras con piratas futuristas en los mares del
sur; o cuentos del más inverosímil espionaje o historias de intriga y misterio;
o remakings de historias clásicas, por ejemplo la del Rey Lear disimulada bajo
los nombres de otros protagonistas... Miles y miles de historias y cuentos de
lo más diversos y disparatados y sin embargo -esto es quizá lo más curioso y
meritorio del libro- todos ellos perfectamente engarzados en un ensamblaje
lógico de férrea contextura que termina relacionando los temas y los personajes
de TODOS los cuentos en una especie de estructura plural y yo diría sinfónica,
conformando todos juntos una historia única montada en torno a una intriga
central maravillosamente conseguida.
Porque en El Jardín... está
todo, están todos los temas de nuestro tiempo: las aventuras del poder y del
dinero, la política de los bloques monolíticos, la amenaza -cumplida en la
novela- nuclear. Porque la novela presenta un mundo futuro al estilo
fantacientífico donde se desarrollan las consecuencias a que debía llevarnos la
política internaconal de siglo XX, con la originalidad de que ese mundo que se
nos presenta no es posterior al la Guerra Nuclear sino sincrónico con ella,
siendo esa guerra un telón de fondo, un marco adecuado, como en el Decamerón o las 1001 noches, para la acción múltiple que caracteriza el complejo
entramado de los argumentos.
Un monumento literario riquísimo y precioso, una demostración de
habilidad constructiva, un placer inmenso para el lector avezado, un máquina
perfecta de producir sentido, un pieza redonda -su final es demoledor y
magnífico-, y aún más todavia, y digámoslo claro y sin rodeos: una verdadera
pieza literaria que pone en su lugar y por agravio comparativo al resto de la
novelística contemporánea que, a pesar de contar con nombres y títulos de
indiscutible solidez, no puede sino palidecer ante el brillo poderoso y claro
del Jardín de los siete crepúsculos.
III. Sobre Ciencia Ficcion. Posiblemente parezca como mínimo
raro por no decir contradictorio el hecho de que sea un poeta, aunque
ocasionalmente también dramaturgo, quien les hable a ustedes de un tema tan
aparentemente poco poético y dramático como el de la literatura fantástica y de
ciencia ficción. En apariencia, digo; porque a poco que se rasque la superficie
y se investigue con seriedad en la historia de la cultura se verá que los
orígenes no sólo de la poesía sino también los teatro, son exactamente los
mismos que el de la narrativa fantástica y consecuentemente los de las
ficciones y fantasías científicas propias del subgénero conocido como ciencia
ficción, pésima traducción de un término inglés que el uso, empero, nos autoriza
a usar.
Y los orígenes coinciden porque si miramos hacia atrás con una vista
amplia y sin prejuicios nos daremos cuenta de que esa tendencia literaria que
llamamos realismo y que hoy tiende a identificarse con la literatura seria o
por lo menos adulta, es, si exceptuamos el precedente de la novela picaresca
española, un invento tardío y burgués del siglo XIX, el siglo de la ciencia, a
la que dicho estilo quiere, sin conseguirlo, imitar. Ese siglo, el siglo del
realismo, es curiosamente también el siglo de la literatura fantástica y de
misterio -piénsese en el Drácula de Bram Stoker o en Sherlock Holmes de Conan
Doyle, por poner dos ejemplos famosos- y es también el siglo del nacimiento de
la ciencia ficción moderna.
Pero vayamos despacio. Cuando nos disponemos a hablar de algún tema, lo
primero que deberíamos hacer es definir los términos fundamentales implicados.
Procedamos con los nuestros. En primer lugar hay que saber de qué se habla
cuando se habla de fantasía. Habitualmente pensamos que cuando se habla de
fantasía estamos hablando de algo así como imaginación disparatada y sin
límites, y con frecuencia nos olvidamos tanto del significado coloquial, usual
del término "fantástico" como de su significado originario, es decir,
etimológico.
Cuando en mitad de una conversación alguien dice que tal cosa o suceso es
"fantástico" no está usualmente diciendo que el suceso no sea real o
incluso que sea imposible: está diciendo que es maravilloso. Es fantástico
aprobar la literatura en junio con una media de sobresaliente, y es fantástico
que a uno le den el premio Nobel. Pero las dos cosas son absolutamente posibles
y será, eso sí, más fantástica, más maravillosa, la que sea más difícil de
alcanzar. Indiscutiblemente es mucho más difícil obtener el premio Nobel que
sacar buenas notas, y podremos, es claro, hacer más cosas en la vida con los
millones que con los sobresalientes: cuanto más posible, pues, sea una cosa,
cuanto más fácil de conseguir, cuanto más cercana esté a nosotros y más
familiar nos resulte, menos maravillosa, menos fantástica nos resultará.
Pero además, si miramos la etimología del término veremos que fantasía es
voz griega derivada de un verbo que significa "aparecer", de ahí que
un fantasma sea lo mismo que un aparecido, o también, según su primera
acepción, una persona que aparenta lo que no es. Pero lo curioso es que de ese
verbo griego también procede la palabra fenómeno que, aunque a menudo, en el
habla coloquial, se utiliza con el mismo sentido de la palabra "fantástico"
-un fenómeno suele ser siempre algo espectacular-, se lo utiliza también en el
leguaje científico y técnico para referirse a todo aquello que puede ser
observado por la experiencia, todo lo que se aparece a los sentidos y a la
conciencia observadora. Los fenómenos físicos son, pues, datos de experiencia
cuya veracidad (las apariencias engañan) debe comprobarse según el método
científico. Pero todos ellos son dignos de estudio porque son dignos de
admiración, son maravillosos, esto es, fenomenales.
Que la fantasía es siempre algo fenomenal es lo mismo que decir que la
fantasía es algo fabuloso: frecuentemente se olvida que la palabra fabuloso,
procede de "fabula" palabra que los romanos utilizaron para traducir
la griega "mythos", mito. Y todos sabemos lo que es un mito: una
narración cuyo asunto es fabuloso, fenomenal, fantástico. Empresas de ese
carácter sólo heroes y dioses podían realizarlas: pero en ningún mometo se
pensaron que fueran irreales o imposibles: sólo eran muy raras entre los
mortales, cuyas caracteristicas rara vez son heroicas o divinas, sino más bien
lo contrario: en este mundo abundan los cobardes y los tontos, los débiles de
cuerpo y de mente, nada heroicos ni divinos. Así pues, narrar lo que tenemos de
poco maravilloso, de normal y anodino, de malo, es ceñirse a un sólo aspecto de
la cosa, aunque reconozco que es labor necesaria para redimir nuestra
conciencia de su narcisismo y soberbia subnormal. Pero narrar sólo lo muy
posible no es necesariamente mejor o más veraz que narrar lo poco probable: es
llanamente empeñarse en un aspecto, el más normal, el menos fabuloso de la
cuestión. Todo lector potencial sabe que el mundo humano es una chapuza
peligrosa: no sé a qué tanto empeño en contárnoslo una y otra vez. O sí lo sé:
es más facil que lo contrario. Imaginar, sin embargo, posibilidades menos
posibles de las que todo el mundo es capaz de imaginar porque las tiene, de
hecho, y las ha tenido siempre delante de las narices, requiere un esfuerzo.
Ese mismo esfuerzo de imaginación que el investigador científico tiene que
hacer para construir una hipótesis de trabajo -que luego habrá que demostrar-
que pueda servir de explicación racional de los fenómenos estudiados,
produciendo una buena dosis de verdad.
Resulta curioso que también en ciencia pura se necesite de la imaginación para
alcanzar la verdad.
Hoy se dice, no obstante, que los dioses, los protagonistas fantásticos
de las fabulaciones míticas, no existen, y es precisamente la ciencia del siglo
XIX una de las razones que nos ha llevado a afirmar esto. Es, por tanto,
singular el hecho de que cuando esa incredulidad empezó a ser estadísticamente
importante, la gente empezara a experimentar lo que se conoce como el fenómeno
-otra vez la palabra- ovni. En efecto, antes todo lo que de extraño apareciera en el cielo se consideraba de
naturaleza divina. Ahora se considera de naturaleza extraterrestre, lo cual es
una verdad de Perogrullo, porque todo el cielo lo es. Pero independientemente
de la cuestión sobre si los dioses o los extraterrestres existen, cosa en la
que hoy no voy a entrar, lo cierto es que la capacidad fabuladora humana sigue
vigente, seguramente porque la necesitamos, aunque dicho sea de paso,
habitualmente la mayoría no sabemos utilizarla con eficiencia.
El segundo término a definir es "ficción". Ficción procede del
verbo fingir. Y fingir significa tambien aparentar, normalemente aparentar lo
que no se es y, en ese sentido tiene que ver con mentira o engaño, o sea, con
la primera acepción de fantasma. Pero en su sentido más amplio todo fingimiento
es crear una apariencia, por lo que volvemos a entroncar con la misma idea de
fantasía como algo que se aparece a los sentidos y a la conciencia, pero que no
es real. Insisto en la idea anterior: acaso sea el momento de empezar a cambiar
nuestros esquemas de pensamiento y admitir que lo real no es lo mismo que lo
verdadero: de hecho, la mentira y el engaño son reales, existen en el mundo de
los seres humanos, pero no son verdad. Es posible por lo tanto que podamos
invertir el razonamiento. Es decir: decir: "las mentiras son reales porque
existen, pero no son verdad" es lo mismo que decir: "las fantasías
son irreales porque no existen, pero son verdad".
Para comprender esta paradoja habrá que comprender todo el fonómeno de la
literatura, de cuyos orígenes fantásticos no se puede dudar.
Pero para hablar de los orígenes de la literatura tenemos que definir
también el término literatura, y al hacerlo comprobaremos que es un tecnicismo
de lo más injusto. Hablar de literatura es hablar de "litterae", letras,
y los orígenes de lo que llamamos literatura son anteriores al invento de la
escritura y, en consecuencia, de las letras, que data del 3000 aproximadamente
antes de Cristo. Los primeros textos escritos de que tenemos noticia son en
efecto transcripciones de textos orales, compuestos de memoria por poetas
forzosamente analfabetos, porque habían nacido antes del invento ya no solo de
los alfabetos, sino de cualquier tipo de signo escrito -o letra.
Pues bien, todos esos poetas anónimos componían motivados por la misma
vocación: al contemplar la naturaleza la encontraban maravillosa y misteriosa
y hacían esfuerzos de imaginación para comprenderla: así nacieron los mitos:
los crearon los poetas para conjurar el misterio con la imaginación y expresar
su fascinación ante la maravilla del cosmos. Y además devertían a su público
que los admiraba y mimaba.
Así el viaje de Gilgamesh es paralelo al de Ulises (y a los de Simbad),
con la diferencia que el primero busca la inmortalidad y el segundo su casa, lo
mismo, en este último caso, que el extraterrestre de la película de Spielberg,
que vive su particualar odisea en un planeta remoto para él, llamado Tierra.
Los primeros poetas inventaron mitos que luego les robaron los sacerdotes
y las religiones institucionalizadas que obligaron a sus fieles a creer
literalmente en ellos, cuando sus creadores sólo habían pretendido que los
creyeran literariamente, o sea, no al
pie de la letra sino según el espíritu de esa letra, de la misma manera que un
lector actual de poesía sabe que "tus dientes son perlas" no es una
mentira, sino una metáfora.
Por otra parte, sabemos que de la ritualización de los mitos antiguos
procede el fenómeno del teatro clásico, modelo de teatros, como de los autos
sacramenteles medievales procede el teatro moderno, padre del cine, arte que
hasta la presente parece ser quien mejor se lleva con el subgénero fantástico
sobre el que disertamos. De hecho cuando a alguien le ha pasado algo
maravilloso, suele decirse que ha tenido una experiencia "de película",
como antes, por otra parte se decía "de novela".
Vistas las cosas así, observamos que la literarura realista es de hecho
excepción en nuestra historia, un subproducto del mundo moderno, lo que
equivale a decir, del mundo científico, a la que en seguida le salió una seria
competidora, la literatura de ciencia ficción o de ficción científica, que es
como debería llamarse, lo que puede orientarnos a la hora de buscar explicación
frente al hecho de la falta de consideración que ha sufrido esta última por
parte de la crítica seria, que ha entendido que la literatura seria es la
realista, y que todo producto fantástico es de categoría inferior y propia sólo
de jóvenes y otras criatura informales. Indiscutiblemente la crítica seria,
aparte de tener vocación de vejestorio, tiene falta de información. La
fantasía, y en especial la fantasía científica, es el género que, sin
traicionar ese impulso, más que tradicional, antropológico de la creatividad
imaginativa del ser humano, característica esencial, y yo diría que definitoria
del mismo, toma contacto con el fenómeno de la ciencia y, consciente de sus
posibilidades maravillosas se abre hacia ellas con valentía dilatando los
límites de nuestro universo cotidiano hasta donde la razón lo permite. La razón
científica, por supuesto. La literatura realista hace justamente lo contrario:
estrechar nuestra visión y podarla de sus posibilidades maravillosas.
El primer libro de ciencia ficción propiamente dicho es anterior a la
ciencia moderna, aunque no anterior a la ciencia clásica griega. Luciano de Samósata
fue el primero en contarnos, amén de otras aventuras casi imposibles, entre las
que figura la vida en el interior del vientre de una ballena, el primer viaje
espacial del que tengamos noticias. Corría el siglo tercero después de Cristo
cuando Luciano, conocedor de la filosofía y la ciencia griegas, se imaginó un
viaje a la luna. Por supuesto que la carencia de tecnológía de Luciano y de
datos de experencia fueron suplidos con un derroche de imaginación: al llegar
al final del Océano unos vientos arrebatan a una quinquerreme hinchando sus
velas sin parar hasta hacerla posarse en las costas de la luna. La ironía de
Luciano se manifiesta claramente en el título de su obra: "Historia
verdadera". Luciano, a diferencia de nuestros realistas, sabía distinguir,
como nosotros, entre verdad y realidad. Aparte de los viajes a la luna que
mucho después hicieron Cyrano de Bergerac o el barón Munchausen, podemos decir
que fue en el XIX, el siglo del realismo, cuando se inventó la ciencia ficción
moderna. La condición tenía que darse en el XIX, porque fue en ese siglo cuando
se consolidó públicamente la ciencia como el más prestigioso método de alcanzar
la verdad inventado por el hombre.
El priemer viaje a la Luna realizado con verosimilitud cientifica fue el
de Jules Verne, De la Tierra a la Luna,
libro que aparece en casi todas la bibliotecas juveniles, y yo aprovecho para
decir que no comprendo porqué: tanto ese libro como 20.000 leguas de viaje submnarino son libros de onerosa lectura,
porque los dos viajes imaginados entonces como imposibles están tratados con
una voluntad de verosimilitud científica tal que a menudo parece que el autor
se ha olvidado que a los lectores también hay que entretenerlos. No es el caso
de otras novelas de Verne, acaso las 7
semanas en globo o La vuelta al mundo
en 80 días pero sobre todo la que para mí es la mejor de todas sus novelas
y acaso la más desconocida, El misterio
de Wilhelm Storitz, en donde aparece por primera vez que yo sepa el tema
del hombre invisible desde un punto de vista ficticio-científico. La paradoja
de Verne es que es un realista de mucho cuidado. Sin embargo esta paradoja nos
la encontraremos frecuentemente en las ficciones científicas modernas, todas
ellas de gran vocación realista. De hecho todas las anti-utopías futuristas son
un modo de hacernos pensar sobre las posibles consecuencias a que estamos
condenados si no cambiamos nuestro presente.
Un caso claro a este respecto es el de la obra de H. G. Wells, al que
podemos considerar el fundador del género. Escribió a finales del siglo y sus
conocimientos científicos podían ser muy superiores a los de Verne,
precisamente por eso. Pero admira como todos los mitos fundamentales de la
posterior ciencia ficción ya aparecen en Wells: la Máquina del tiempo, en el que aparece, tras de un viaje a un futuro
remoto, la mentada anti-utopía; pero Wells también fue el primero que concibió
el mito de la invasión marciana en La
guerra de los mundos, el mito de la evolución acelerada en La isla del dr. Thoureau y muchos más
que luego su posteridad usaría y y de los que abusaría hasta la saciedad.
En cualquier caso hay que reconocer que Wells lo tenía más facíl que su
posteridad, porque, es más fácil imaginar con verosimilitud científica,
pongamos por caso, un viaje a Marte que un viaje a la galaxia de Andrómeda o
incluso a la cercana Alfa Centauri. El problema es la distancia: una vida
humana no es suficiente para recorrer distancias que la luz tarda años en
recorrer. Por ello al principio todos los viajes espaciales tenían lugar dentro
del Sistema Solar. Es el caso de la Trilogía
de Ramsom, de C. S. Lewis, en la que se narran dos viajes, uno a Marte en
una nave espacial, y de donde el protagonista volverá investido de ciertos
poderes metafísicos que le permitirán un segundo viaje a Venus en un ataud.
Obsérvese que Lewis utiliza la ficción científica por su capacidad de
simbolismo: en un viaje al planeta que lleva el nombre romano del dios de la
guerra, Marte, un terrícola aprende una sabiduría que le permitirá viajar a
Venus, nombre de la Diosa de la Belleza y el Amor, y ese viaje será equivalente
a una muerte con resurrección, pues que será hecho en ataud. Allí Ransom
evitará una nueva Caída de una segunda humanidad, evitando que un demonio
venusino, pero encarnado en un personaje procedente de la Tierra, tiente a una
segunda Eva. Vuelto a la tierra se convertirá en el jefe secreto de una Logia
que se podrá enfrentar, esta vez eficazmente, contra el mal en nuestro planeta.
Como se vé la visión de Lewis no sólo es más fantástica sino menos científica
que la de Wells.
A diferencia de éste, Olaf Stapledon, teísta convencido, pero
cientificista convencido también, utilizó la ciencia ficción para darnos una
idea moderna de Dios, pero sin la manipulación de los datos científicos que fue
propia de Lewis. Stapledon fue además, el primero en solucionar el problema de
las distancias siderales. Se le ocurrió que la ciencia prohibe que ningún
cuerpo viaje a mayor velocidad que la luz, de acuerdo, pero de las almas la
ciencia no dice nada. El protagonista de su novela El hacedor de estrellas se siente un buen día en que contemplaba
apaciblemente las estrellas raptado en espíritu por una fuerza misteriosa que
lo arranca de la tierra y empieza a pasearlo por diversos planetas sistemas y
galaxias, hasta alcanzar los mismos confines del universo. Conoce miles de
especies de extraterrestres cuya historia evolutiva investiga y nos cuenta,
siendo especialmente llamativas las relativas a criaturas que, originariamente
parecidas escarabajos que se desplazaban por la superficie del agua nadando de
espaldas, acaban siendo criaturas inmensas con forma de barcos con
retopropulsión a hélice o algo parecido, o la historia de ciertos crustáceos
que vivían en simbiosis con algo parecido a delfines. La posibilidad de los primeros
de abandonar las aguas y caminar por la tierra motiva que en un momento de su
historia se separen e incluso se declaren una guerra de especies, pero la
nostalgia de los viejos tiempos simbióticos en que cada cangrejo intercambiaba
sutancias hormonales con su delfin se impone y se descubre que lo que sienten
unas criaturas por otras es muy parecido al amor y que en el fondo la guerra ha
sido una disputa de enamorados inter-especiales.
Finalmente el descubrimiento de que las estrellas estan vivas, de hecho las
estrellas nacen, crecen, pueden reproducirse si al formarse expelen masas
planetarias, e inevitablemente mueren, cambia nuestra idea del cosmos, que
ahora sabemos transido de vida, por lo que el protagonista se dedica a la busca
del padre o madre de las estrellas, el Hacedor, que al final intuye en los
confines temporales del universo.
La novela de Stapledon es especialmente interesante porque constituye un
magistral ejemplo de lo que más de un crítico ha considerado una paradoja: la
evolución darwinista fue utilizada por muchos filósofos del XIX para combatir
las ideas bíblicas sobre la Creación y así diezmar el poder social de las
iglesias: la evolución evidenciaba la falsedad de la máxima autoridad
eclesiástica, la Biblia, sobre nuestros orígenes: no procedíamos de Adán y Eva
sino de una familia de primates desarrollados. Ningún Dios era el responsable
de nuestras vidas, sólo el azar. Estábamos aquí por pura chiripa y no teníamos
que rendir cuenta de nuestra conducta a nadie, y menos a las iglesias que sólo
decían falsedades. Sin embargo Stapledon utilizó la idea de la evolución para
describir un Universo lleno de vida y de sentido. Esto por supuesto escandalizó
a los espíritus cientificistas de la época, cargado del más recalcitrante de
los esceptecismos. Curiosamente la cosmología y la astrofísica actual parece
quitarle la razón a lo críticos y devolvérsela a Stapledon.
En cualquier caso los viajes espaciales necesitaban de algún invento que
solucionara el problema de las distancias interestelares, y fue Isaac Asimov a
quien ya muy avanzado el siglo XX se le ocurrió la brillante idea del hiperespacio. Dicha cosa consistía en
una suerte de máquina o motor que permitía a la nave abandonar este Universo
para viajar a través de otro en que las leyes del especiotiempo eran distintas
y las distancias a recorrer por lo tanto también. El ordenador de la nave
proporcionaba unas coordenadas que le permitía a la nave aparecer por el otro
lado de la galaxia sin que apenas hubiera trascurrido un instante del tiempo de
nuestro Universo: esto le permitió a Asimov construir un mundo en el que se
cruzaban dos de los mitos basicos de la ficción científica: imaginó una especie
de historia del futuro en que la totalidad de la galaxia sería colonizada por
el hombre, y paulatinamente, libro a libro, nos iría mostrando Asimov una serie
de civilizaciones sucesivas en el tiempo que oscilarán entre la democracia
federal y civilazada y el imperio galáctico, idea con la que el autor parece a
veces simpatizar.
Por otra parte, frente a las historias del futuro y las anti-utopías
futuras, dentro de las cuales hay que destacar dos obras maestras, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984 de Georges Orwell -quien felizmente
se equivocó en la fecha de sus vaticinios, aunque me estoy temiendo que, de seguir
las cosa tal como ahora, van a cumplirse en en poco tiempo, y el Señor nos coja
confesados-, se han escrito una buena serie de novelas en que aparecen los
viajes al futuro, ya no a base de máquinas del tiempo, sino como consecuencia
de las leyes de la Relatividad de Einstein, sufridas como a raíz de un viaje
espacial a altas velocidades: como se sabe eso hace que el tiempo marche más
lentamente para la tripulación y pasajeros de la nave, lo que les permitirá
volver a la Tierra pasados siglos e incluso milenios, como en las novelas del
polaco Stanilaw Lem; y también los viajes a espaciotiempos alternativos,
especialidad de Philip K. Dick, quien llegó a imaginar un mudo paralelo al
nuestro en que la Segunda Guerra Mundial había sido ganada por Hitler, aunque
su obra en conjunto es toda ella un continuo cuestionamiento kantiano y
cuántico relativista de la unicidad de nuestro espaciotiempo y sus últimos fundamentos.
Y más, también existe una ciencia ficción que se aleja hacia el pasado, y
nos cuenta la vida de nuestro abuelos los trogloditas o incluso una que se
conoce con Novela Fantástica, así, a secas, en que se imagina un mundo cuya
tecnología, propia de la Edad del Hierro, se adorna con magias y brujerías, por
lo que da la impresión que ese espacio tiempo es localizable en un remoto
pasado del que no ha quedado huella: así "El Señor de los Anillos" de
Tolkien o "Los libros de Terramar" de Ursula K. LeGuinn.
La lista de temas y autores podría ser interminable por lo que valga esta
miserable muestra para ilustrar lo que a mi modo de ver es lo más significativo
del género.
Por ello conviene ir acbando para no cansarles demasiado, pero no sin
esbozar una conclusión que recapitule de alguna manera el conjunto de datos y
reflexiones que se han reunido en este ensayo.
Parece que desde siempre la imaginación fantástica ha sido la facultad
humana que hemos utilizado para conjurar el misterio. Por otra parte el
formidable método científico parece haberse convertido en una incontrovertible
forma de intuir la verdad. No es extraño, pues, que la ciencia ficción más
reciente, a la luz de los descubriemientos de la ciencia del siglo XX, la mecanica
cuántica, la Teoría de la Relatividad, la geometría fractal, la teoría del caos
y las catástrofes o la hipótesis Gaia, haya empezado a parecerse a algo así
como la meditación trascendente, solo que a base de grandes fabulaciones.
Acaso es el momento de los poetas, en un sentido amplio y clásico,
platónico del término, cojamos el relevo de los sacerdotes y tomemos de ellos
lo que siempre fue nuestro antes de que nos lo robaran para hacer un uso avieso
y torcido del mismo: nuestra capacidad de intuir mediante esfuerzos de
imaginación la clave de los misterios que constituyen el paraqué de nuestro
universo y de nuestra vida.
Y VI. Et The End. Yo modestamente he intentado lo mismo en mi
novela La Fuente de Proteo: he
imaginado un mundo de realidades virtuales ciberconectadas al estilo del
maestro Ian Gibson, el autor de la narración en la que se basa la famosa
película Matrix, pero incluyendo
referencias tanto a ciertos temas y porcedimientos técnicos clásicos basados de
Los trabajos de Persiles y Sigismunda
o la Celestina, o la mitología helénica, y lo he relacionado todo ello con mi
novela anterior, Ventura Egea (Arguval, 2004), y he introducido narraciones que
en apariencia nada tienen que ver con el argumento policial en que se basa la
intriga de un texto que he pretendido participativo
por parte del lector. La he enviado a un editor y parecer ser que saldrá en
breve.
No sé si lo habré conseguido, pero lo que para mí ha sido gratificante es
el ejercicio de creatividad que me he impuesto a mí mismo. Del resultado, que
opínen los potenciales lectores.
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