miércoles, 30 de octubre de 2019

Los Pecios de Alejandría


(Texto escrito para el Pregón de la Feria del Libro de Málaga, 2015)

Decía el gran Andrés Fernández de Andrada, horaciano andaluz de nuestro Siglo de Oro, en su por siempre clásica Epístola moral a Fabio: “Un ángulo me basta entre mis lares,/ un libro y un amigo”: es suficiente para ser feliz retirarse a una esquina de nuestra morada y ahí dedicarse uno a gozar de los dos mayores bienes alcanzables: la amistad y la lectura. Y nótese que la equiparación es procedente: el amigo del poeta es sabio por leído o lector, y el libro, más que el perro, es un amigo.
Y a su amigo y editor don Joseph González de Salas decía el enorme Quevedo, en su epistolar soneto frayluisiano (no en vano don Francisco editó al de León como antídoto frente al culteranismo), desde su culto refugio en la Torre de Juan Abad, de la cual se había nombrado Señor, que la moderna reedición en la imprenta de los fenecidos maestros clásicos antiguos era como una resurrección de sus Grandes Almas (ambos sintagmas destacados con altas y capitales mayúsculas) en el alma del lector:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
i escucho con mis ojos (sinestesia: leo) a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos  [dilogía: “abiertos” y “entendidos” son tanto los libros como los ojos],
o enmiendan, o fecundan mis assuntos;
i en músicos callados contrapuntos [valga el oxímoron sanjuanesco -subr. mío]
al sueño de la vida [léase avant la lettre Calderón] hablan despiertos.

Las Grandes Almas, que la Muerte ausenta,
de injurias, de los años vengadora,
libra, gran don Ioseph, docta la Emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor Cálculo quenta,
que en la lección, i estudios nos mejora.

  La lectura y el estudio nos mejora, puesto que “docta la Emprenta” cuenta mejor el cálculo del tiempo, porque es un contra-tiempo o un anti-tiempo: envejecemos con el tiempo, sí, pero la “lección” nos mejora con la edad, haciéndonos más doctos.
Porque “El libro… es la Luz”, decía ahora el jovencísimo Rubén Darío, aún premodernista, en un poema donde loaba o pregonaba a los cuatro vientos las ideas más radicalmente extremistas y jacobinas de la Revolución Francesa, liberalísimas, que el exaltado muchacho entendía oportuno fruto de esos radicales (de radix, en latín: raíz), de esos radicales principios propios de la mejor ilustración decimoctávica que, en su moza inocencia, el poeta creyó que iban a salvar el mundo de tantas iniquidades e injusticias, del desigualitario oscurantismo que hasta entonces había imperado sobre la sierva humanidad.
En estos días, en los que casi todo el público publica, porque las fallidas -lo digo como experimentado experto en el asunto, dada mi profesión- leyes de escolarización y alfabetización y educación, han puesto la escritura al alcance de casi todo el mundo,
Se ha conseguido al fin lo contrario de lo que teóricamente se perseguía:
Cada vez hay menos lectores comprensivos de textos elaborados aunque sea con un mínimo de complejidad, cada vez se escribe con menos riqueza léxica y sintáctica, con menos preocupación por la belleza o eficacia (es lo mismo) del estilo literario y poético, cada vez se ponen de manifiesto menos pensamientos originales y profundos y sobre todo verdaderos; y todo esto porque cada vez son más frecuentes los modelos a imitar que ofrecen las pantallas de las televisores y otros medios de comunicación de masas que, vendidos a poderosos consorcios empresariales y por estos comprados, en lugar de cumplir con su ético deber de emitir información (concepto clave) con auténtica veracidad, obedecen a veces, en un muy alto grado, las órdenes de arriba, órdenes de manipulación o censura de las noticias que deberían ser más notorias y divulgables, en pro de oscuros intereses económicos que tratan, están tratando, si es que ya no lo han conseguido, poner el Estado al servicio de Mercado y el Capital, cuando lo moralmente loable sería una sana viceversa, porque el Estado somos todos los ciudadanos que representamos el 99% de la población mundial, mientras que el restante 1% son los carísimos beneficiarios discípulos de Mercurio que, recordemos, y sin ánimo de ofender a alguno que se pueda dar por aludido con esta culterana referencia a un mito clásico, era el dios, no sólo de los mercaderes (como el lexema o raíz de su nombre propio indica: merc- (curiosa coincidencia)), sino el de los ladrones, y también, lo que no sé si es aún peor, en tanto que Hermes Psicopompo, el conductor de las almas de los muertos a los infiernos del Hades.
A pesar de todo esto, afirmo que todo el mundo tiene derecho a pregonar: a decir y publicar a voces la mercancía o género que lleva para vender (DRAE dicit), o sea publicitar informativamente las bondades de sus productos, y no sólo a voces sino mediante escritos e imágenes publicitarias, arte ésta, a la publicidad me refiero, poética e ingeniosa como la que más, pero también tendente a las hipérboles desmesuradas que a veces terminan por rayar en el camelo desinformativo y caen en el pecado de la propaganda que, como saben ustedes, se ha convertido, en el último siglo y el actual, en una potentísima herramienta al servicio de una malintencionada aculturación pro indocta ignorantia (si se me tolera la cita, a la contrafacta, del sabio teólogo Nicolás de Cusa); no porque nos estemos dejando deglutir el seso (que también) por productos culturales extranjeros provenientes de una sociedad, no superior ni más civilizada, pero sí más tecnologizada y opulenta, sino porque le estamos prestando, o casi regalando, demasiada atención a modernísimas superfluidades, mientras que de modo irresponsable nos olvidamos de una Tradición y de unos Maestros  que nos enseñaron el arte de pensar crítica y hondamente, y se honraron a sí mismos y a sus discípulos, entre los que con vanidad me siento incluido, predicando (o pregonando) como principio básico de toda honradez filosófica, literaria o artística, la búsqueda valiente de la verdad.
Y la verdad, la información objetiva (salvedad hecha de la Objetividad Absoluta es imposible, salvo desde una Perspectiva Omnisciente que nos está vedada), es un asunto que siempre debería pregonarse cantando sus alabanzas hasta la redundancia más reiterativa, contraria a los ruidos interferentes y censores de los buenos mensajes: los emitidos por fuentes de sabia imaginación racional y ética, pues, como ya dijera Jesús (según el Evangelio de san Juan, 8:31-38), es la verdad lo único que puede hacernos libres.
(Pero, como decía el filósofo francés Jean-François Revel, en esa defensa de la democracia liberal contra las tentaciones totalitarias occidentales -para mí inherentes al propio sistema capitalista- en su lucidísimo libro El conocimiento inútil, desgraciadamente "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira".)
Pienso, por una parte, en el tan denostado arte del best-seller, literatura para no demasiado cultas masas, y digo con el fantástico Cervantes en su Quijote o también con el extaordinario Alemán en su Guzmán de Alfarache (basándose ambos, don Miguel y don Mateo, en lo que Plinio el Joven atribuye a su tío Plinio el Viejo, cuando rememora en la Epístola a Baebio Macro, refiriéndose al sapientísimo autor de la Historia natural, que nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte prodesset): “No hay ningún libro tan malo que no contenga, o de donde no se pueda sacar, algo provechoso”.
Y me acuerdo de mi lectura del Código da Vinci de Dan Brown, libro que quien ha leído ha disfrutado a tope con su intriga y acción y que, de paso, nos enseña cosas interesantes sobre los contenidos de los Evangelios apócrifos y tradiciones medievales alternativas a la religiosidad ortodoxa del Catolicismo, pero del cual he oído hasta la saciedad decir a los “pedantotes” de Machado, esos “que piensan/ que saben”, que dicho envidiado libro no es más que un engendro sólo bueno para los lectores coprófagos, cuando los que, en todo caso, van apestando la tierra son aquellos, gente no mala, pero sí un poco desnortada, que suele decir también que el interesantísimo supergénero de la ficción científica es para ellos estomagante y vomitivo, y a orgullo llevan no haber leído ni siquiera el Mundo de Huxley ni el Año de Orwell, esos dos monumentos anti-totalitaristas de nuestra literatura universal.
Y qué diré de H. G. Wells, quien, considerado padre del género -acaso injustamente (porque Jules Verne, a quien devoraba el Fortuny niño con fruición, fue anterior, y su distopia París, siglo XX, tan relacionada con Los 500 millones de la Begum, describe nuestra actualidad con tan exacta verosimilitud que no parece que puedan las dos novelas tener más de un siglo de antigüedad)-, escribió, me refiero a Wells, historias fantacientíficas en que el mensaje crítico social (ejemplo: La máquina del tiempo) resulta de mayor obviedad y eficiencia que en el realismo socialista dirigido por Stalin; sin olvidar que su  coetáneo, de Wells, Arthur Conan Doyle inventó Sherlock Holmes sólo para ganar la gran Pecunia, y aun así consiguió crear uno de los arquetipos mas perdurables de la ficción artística, como hizo Stoker con Drácula, o Mary Wollstonecraft  Shelley, con Frankenstein,  Stevenson con Jekyll y Hide, y así un largo etcétera.
No obstante pienso por otra parte, como adelanté, en que la información, no es sólo un tecnicismo de la Teoría de la Comunicación: es concepto panacea, no sólo base conceptual para la comprensión y el entendimiento de valores morales como la libertad o el respeto mutuo, sino que es también clave para entender el funcionamiento de la madre Naturaleza de que todos dependemos para subsistir: nuestra nutricia Physis funciona a base de intercambios de información entre los diversos sistemas físicos que se interrelacionan, yo diría que pitagóricamente, en la Eco-harmonía de un Sistema de Sistemas, que es a la vez uno y plural, en que las partículas cuánticas que integran los átomos de la materia auto-organizada poiéticamente de nuestros organismos son pura interrelación de bits energéticos.
Por un lado, los sistemas físicos, no sólo los orgánicos, ponen en común las fluctuaciones de su individualidad siguiendo la pautas de un Logos ecológico, de un Ecologos, que podría incluso instruirnos al respecto de nuestra Razón de Ser: la gravedad, la interacción gravitatoria, que, según el inmensurable Isaac Asimov, el divino Dante llamó Amor chi muove il Sole e l’altre stelle, y que según el poeta se asienta en el trono de Dios, es, según los astrofísicos y cosmólogos actuales, una fuente de información que pone en harmónico funcionamiento la sinfonía comunitaria del universo, como en los “músicos callados contrapuntos” del Quevedo lector.
Por otro lado, el irremediable aumento de la entropía, el deterioro o degradación de la energía utilizable como trabajo (y que desde las publicaciones de Shannon y Weaver consideran los científicos equivalente a una energética Pérdida de Información), nos lleva inexorablemente hacia la muerte térmica del cosmos, esto es, la inactividad absoluta, lo cual puede parecer una mala noticia para el futuro: pero si nos retrotraemos, como en una película rebobinada, a los orígenes del Universo, la noticia puede ser mucho más optimista: si la entropía, que puede interpretarse como información degenerada por una imparable tendencia a su conversión en ruido asemántico, insignificativo, sic, siempre aumenta -según reza la 2ª Ley de la Termodinámica-, podemos deducir que hace aproximadamente 14.000 millones de años, justo antes de que estallara la singularidad del Big Bang, toda la información física (¿o meta-physica?) del Cosmos estaba activa y viva, y totalmente utilizable como trabajo creativo, concentrada en un punto de volumen cero, no espacio-temporal, ni local, pero de una densidad energética infinita, en donde la totalidad de la información potencial y activa del universal futuro de la materia/energía se organizaba en conatos de creación.
Y al fin la hubo, una Creación, y en eso consistimos todos: en sistemas informáticos neguentrópicos, que aumentan la degradación entrópica de la energía que nos vivifica y anima, dándonos un ánima, un alma, una psiké que nos permite pensar en nuestra Casa (Oikos en griego clásico, como en eco-logía, y en eco-nomía, homófonos de Eco, ninfa que refleja nuestra voz de modo redundante, desde que cayó en los mortales amores del reflexivo Narciso desdeñoso), pensar en nuestra Casa, decía, en nuestra Ekos, para intentar salvarla de su aniquilación:
Imagínense ustedes ese punto pre-cósmico: si nosotros podemos pensar con sólo unas migajas de información energética bío-electro-química neuronal, qué no podría hacer aquel Ultrasoftware Autoprogramante anterior a la Gran Explosión que nos creó a nosotros y al Cosmos, y que yo ahora les devuelvo a ustedes como un eco reflexivo del Boquete Negro en donde su Singularidad originaria, cual Narciso, se inmoló a sí misma entregándose a la Belleza de su imagen en el Abismo de las Aguas del Caos, ocasionando un proceso de Auto-alimentación, o autofagia, ocasionadora del incremento de energía organizada que dio lugar y tiempo a Todo, y de paso al inicio procesual de la degradación de la energía reutilizable o a la paulatina pérdida de la informada energeia, sic, materia primigenia, tan Prima como Geniainformación omnisciente, en tanto que continente tácita de todo el conocimiento posible del Universo: tal cúmulo de auto-información siempre organizándose sería no menos que lo más Inteligente que puede concebirse.
Y yo no me puedo creer que el narciso prebigbang,  pre-BB en siglas, que murió por nosotros y la naturaleza, esa Entidad tan Superinteligente, se haya autosacrificado sólo para dejar de existir algún día. Por ahora oye deíctica in phantasma su redundante eco, que somos nosotros y todos los sistemas físicos, dado que La reflejamos como eco de la juan-de-yepesiana Fonte de Emisión, y lo hacemos, no sólo cuando pensamos en Él o Ello, sino cuando hablamos con alguien, como yo ahora a ustedes, y sobre todo cuando amamos: a nuestros padres y hermanos, a nuestros consortes y a nuestros amigos y a nuestros hijos, porque todo acto de amor es un eco del Amor con que el primordial o, en versos de nuestro genial Francisco de Aldana, “sobrecelestial Narciso amante”  se sigue amando a Sí Mismo, a través de nosotros, porque ama a sus criaturas, como se dijo que nosotros debemos amar al prójimo: como a nosotros mismos.
Desde allá, o más allá del tiempo y el espacio, entonces Ningún Lugar, hoy pura Ubicuidad, nos envía y nos está enviado desde siempre un mensaje que debemos descifrar, y que se nos aparece como Leyes escritas en el Libro de la Naturaleza: leyes leyendas (o en su sentido etimológico: que deben ser leídas, legendarias), y que, según el magno Galileo Galilei escribiera en su exquisita obra literaria Il SaggiatoreEl ensayador, tan saetero, nos hablan en lenguaje matemático.
  Así pues, nuestra Casa, el planeta y todo el Ecosistema Cósmico, es Común, o Como-Ún: todos somos iguales porque, en el origen último de todo, somos uno. Y, si bien es cierto que la Creación no podría haber existido sin la emergencia de un orden basado en la diferencia inherente a las rupturas de estéril simetría que posibilitaron el desequilibrio térmico ordinal que permite y provoca nuestra existencia, las experiencias científicas nos dicen que la pérdida de información nos lleva a otro equilibrio simétrico de infinitamente peor laya y estofa que el del gran Nacimiento, porque nos condena a la pena capital, o a las penas del capital cósmico: y es que la energía que se invierte en la creación de energía, materia, vida, pensamiento, inteligencia, consciencia, explota la Sustancia Básica Natural hasta matarla.
Por ello es necesario, natura docet, encontrar una síntesis entre diferencia e igualdad, que nos mantenga alejados del equilibrio simétrico del final, como los sistemas físicos vivos y pensantes, disipadores de energía, incrementadores de entropía y ruido en pro de la propia autoorganización endo-logística del organismo neguentrópico, pero que a su vez nos acerque a la Justicia Cósmica del Ecologos, que es nuestro Bien Común, y no es mercadeable, por kalokoineística o biencomunista.
Yo a ese tipo de sincresis entre la diferencia y la igualdad lo llamo Distinción. La distinguida elegancia de romper la simetría de las masas ignorantes por desinformadas malinformadas, combinada con la voluntad ética, no de la vulgarización, sino de la Divulgación del conocimiento de la Verdad mediante la técnica didáctica de la redundancia, contraria a la asemasia insignificantista del Ruido emitido a discreción por las oscurantistas oligarquías mandamases, que nos quieren ajenos al conocimiento para hacernos más gobernables en cuanto menos contestatarios a un sistema social desigualitario que las beneficia en perjuicio de sus mansos subordinados, que por desesperanza conformista han querido creer que “todos los políticos son iguales”, cuando no es en absoluto así, y se niegan a ser enseñados por nadie que no sea su Opinión arbitraria elevada al trono usurpado de la Diosa Razón, y que suele coincidir, la Opinión, en griego Dogma, con la irracionalidad del ruido emitido por las medios, capital espada del verdugo Damocles que amenaza la inocencia descuidada de nuestro doméstico Ecos.
Por todo ello, cabe concluir que en el estudio de la naturaleza y de su evolución, que nos incluye, podemos encontrar la idea y el ideal soteriológico que nos permita evitar, si progresamos en el sentido adecuado, la gran Caída que se cierne sobre nosotros y puede, si no lo está haciendo ya, conducirnos a la extinción.
No obstante lo susodicho hasta ahora, o por ello mismo, hay que alabar y loar, pregonar, de hecho, las buenas cualidades, las virtudes (o la Virtud, como querían nuestros ilustres ilustrados, que tantos largos poemas sesudos y filosóficos y laudatorios dedicaron a tan pregonando tema), haciéndonos eco de tanto virtuoso ser humano que todavía defiende, con su humanitarismo y solidaridad, a la humanidad, a las humanidades y al humanismo, poco abundoso por desgracia en el humano medio,
Hombres y mujeres que con su honesta lucidez intelectual, desde algún “huerto por su mano sembrado”, o desde su buhardilla o su mansarda, prosiguen la labor heroica de iluminar una esquina, un ángulo que baste, usando de un lenguaje indagador y constructor de pensamiento veraz, único instrumento que tenemos los humanistas para hacerlo, y así profundizar en nuestras humanidades, que a veces son más de ciencias que de letras:
Pienso en los raudales de libros de divulgación científica que han sido escritos para el antes profano y horaciano Vulgo, yo el primero, que, hundido en la vulgaridad del desconocimiento, falto de bases teóricas para alcanzar la comprensión de las verdades científicas con las que no tuve ocasión de familiarizarme en los entrenamientos de mis años de estudio, me han ayudado mal que bien alzarme, como a tantos otros, a la categoría de cultivado Demos, ya que el conocimiento es la base de la libertad y de la democracia.
Porque, como dicen tantos sabios divulgadores científicos (Gribbin, Trefil, Barrow, Asimov), y tantos científicos no menos sabios, acaso más, pero menos divulgadores (Hawking, Penrose, Ledermann, Einstein), la ciencia verdadera -no hablo de tecnología- sólo puede darse en una democracia basada en una economía de mercado, sí, pero siempre puesta al servicio del interés global mediante planificación programática de la distribución proporcional, pero porcentualmente igualitaria de las ganancias y, sobre todo, los excedentes gravados por justas contribuciones. Y yo, como Dupont y Dupont en Tintin, del admirado Hergé de mi infancia, que todavía releo, aún diría más, aunque parezca lo contrario: la democracia verdadera sólo puede tener lugar en un contexto cultural aventajado, avanzado, progresista, en el mejor sentido de esta última palabra, puesto que Progreso indica Evolución y Mejora del estar ahí de todos los ciudadanos: en convertir el mero estar en un sostenible bienestar para todos.
Y para demostrar la verdad de esta progresista idea de Progreso que defiendo, sólo tenemos que mirar progresistamente la Tradición histórica de la Humanidad, para observar que todos los autoritarismos y totalitarismos absolutistas que en el mundo han sido siempre han sido enemigos de los libros, como ficcionó científicamente el inmenso Ray Bradbury en su distopia Fahrenheit 451, temperatura a la que, como saben ustedes, arde el papel, materia de los libros:
Recordemos lo acosados que fueron los odiados intelectuales que los nazis tildaban de anti-alemanes, decadentes, demócratas (dicho esto, especifico, como insulto), socialistas, comunistas, judíos o ¡pacifistas!, y la incineraciones públicas de sus libros en 1933, de triste memoria; los exilios siberianos e incluso las lobotomías que padecieron escritores e intelectuales rusos o soviéticos sospechosos de anti-sovietismo, en realidad de leso estalinismo, allá en la vieja Unión Soviética, a los que nosotros llamamos con justicia disidentes del nuevo régimen absolutista que instauró la Revolución de 1917.
Y, yendo un poco más lejos hacia atrás en el tiempo, las quemas de los libros heréticos en la época de esplendor de nuestra Inquisición filípica o filipina, quiero decir de los Felipes, clan dinástico de grandes malefactores nuestros, culpables de todos nuestros atrasos, a partir de su ordenado y mandado aislamiento contrarreformista anti-europeo de 1600, que nos alejó de Descartes o Spinoza, y Galileo o Newton; y las dos veces en que dos doctrinas ideológicas disfrazadas ambas de Religión Verdadera saquearon o prendieron irreversible fuego a la afamada Biblioteca de Alejandría, infando crimen de lesa cultura y sabiduría a manos de unas hordas de infames e infamantes fanáticos incultos e ignorantes que presumían de conocer la única Verdad, porque el Dios Único que era Tres -primero-, o era el Unísimo -después-, se La había revelado de una vez para siempre a su soberbia exclusivista.
Desde la cultura y desde la democracia, desde el conocimiento de una verdad que se aprende y aprehende por una progresión asintótica evolutiva de una ciencia en perpetuo proceso de autocrítica para el logro de teorías en paulatinamente mejoradas y por ello cada vez más ajustadas a la inalcanzable, pero aproximable Verdad, en conexión con ese Ideal (mejor que ideología) de Progreso, del que todos tenemos derecho a beneficiarnos por ser seres humanos; desde la libertad imprescindible para contraatacar el dogma ideológico trabado en urdidos sistemas de ideas inamovibles, manifestada individualmente como propia y libre opinión, si bien -casi- siempre no fundamentada, o fundamentada en información adulterada por ruido de diseño, y ni propia ni libre, más bien sierva y arbitraria, que tan a menudo impiden el pensamiento creativo y, por libre, Vero-Símil (nunca poseedor absoluto de la Verdad, o sea: no Amo absoluto de una Mentira -con máscara de su contraria- que sirva como sierva al Interés egoísta del Autócrata), tenemos el deber, lectores y escritores, de pregonar a aquellos brutos malhechores, destructores del mayor acervo cultural de la humanidad, en especial de aquella humanidad que inventó la democracia griega y la república romana, y que, abolidas por el oscurantismo imperialista, y más en especial por emperador Constantino, enemigo del pluralismo pagano (porque necesitaba un monoteísmo que volviera a unir su escindido Imperio bajo el sometimiento a un solo Dios, o mejor a una sola Iglesia); regeneradas aquellas humanidades clásicas y reivindicados luego los clásicos humanismos por los revolucionarios de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y por la previa Declaración de Derechos Humanos (redactada por Jefferson) de aquella revolución que fue la Guerra de Independencia Norteamericana, y que hoy amenazan con periclitar de nuevo ante el tsunami de la desinformación y la tergiversación encargada por el Plutón que rige este inminente infierno de exhaustivo agotamiento ecológico causado por la ensimismada necesidad de producción encaminada sólo a los beneficios hiperbólicos de oligarquías plutócratas, no nos queda, a escritores y lectores decentes, sino aceptar una histórica responsabilidad:
Hay que, en el espíritu de la Hipatia y otros bibliotecarios y doctores de la vieja y venerable Biblioteca de Alejandría, recoger los restos del naufragio, y pecio a pecio sembrarlos y cultivarlos en la tierra de la cultura, que es nuestro Planeta, para obtener en la cosecha los frutos de nuestra honorable tarea de intelectuales y creadores y buscadores de la verdad (en latín quaerentes veritatis: lo que buscan o quieren la verdad), y leer, leer, seguir leyendo, estudiando, aprendiendo de la entidad menos sospechosa de tendenciosidad en sus contenidos e informaciones, puesto que al cabo sus mensajes suelen ser responsabilidad de un solo autor, siempre más propenso a la independencia o autonomía que los empleados de un rico medio de comunicación, obedientes a su jefe o empresario.
Autor y autores de literatura, poesía y pensamiento libres, de que el libro (en latín liber, homónimo de liber, libre, y de Liber, con mayúscula, sobrenombre de Baco o Dionisos, el dios libre, el dios de la libertad) es el último y sempiterno bastión y baluarte:
Y esto es porque el libro es además de todo eso un símbolo.
O los Libros, en griego Biblia.
Somos herederos de una cultura basada en la sacralidad de los Libros:
Ya sean, buen mensaje, como los Evangelios (del griego eu ángelosbuen ángel, en hebreo malakh, ángel (o aspecto) de Dios -Lo contrario del andaluz malaje, de mal ángel, Ángel Caído, Rebelde, demonio-, pero relacionado por casualidad con el fenicio melek o melk, rey); o ya sea el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred (en realidad del inglés All Has Read: el que Ha Leído Todo) que se inventara H. P. Lovecraft, pasando por Borges con su Biblioteca de Babel o su Libro de Infinitas Páginas, llegamos hoy a la fenicia Málaka, la ciudad reina, o del dios rey, Mel(e)k-qart, el Hermes-Hércules fenicio, o Málakh-Qart, La Ciudad con Ángel, Málaga, la aleixandrina -o alejandrina- “ciudad no en la tierra”, otro símbolo que hoy entra en relación de catacrética metonimia contrapuntística con el símbolo Libro, por medio de ésta que es para mí la más merecidamente feriable de todas la Ferias, y que ahora también comienza para ustedes, para todos nosotros.


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