"Me gusta rehabilitar una antigua locución
griega. 'Nous Poietikos', decía Aristóteles que éramos. Lo que llamamos
'poesía' -o arte, en general- es sólo un caso ejemplar del poder creador,
humilde y magnífico, insignificante y grandioso, que se da en cada una de
nuestras actividades mentales."
José Antonio Marina.
Yo también soy de los que, al
observar con espíritu realista la indignidad que es norma en estos tiempos (no
quiero decir con esto que en otros tiempos la indignidad humana no haya sido
normal), necesito indignarme. Es más: cualquier ser humano que se precie y
aprecie como tal en estos tiempos (y me temo que también en otros), si aprecia
el hecho de sentirse digno, no tendrá más remedio que indignarse ante la
indignidad que es norma mayoritaria en la realidad humana y, en especial, en la
de la rabiosa actualidad.
Estos tiempos -y me temo que
también los otros- son tiempos de indignidad y de indignación porque son
tiempos de iniquidad y de injusticia, de opresión enmascarada de razón -o
razones- de Estado: “hay que vampirear y parasitar al pueblo, sangrarlo,
para salvar al Estado”.
(Pero ¿qué es el Estado? Yo, en
mi inocencia utópica, me he creído siempre que el Estado no era otra cosa el pueblo
soberano (y sus representantes electos).
Y -como en todo tiempo de
iniquidad- los indignos son hoy más poderosos que los indignados, a los que se
les toma por locos o profetas, por espíritus románticos o utópicos, por
criaturas hipnotizadas por alguna ilusión idealizante y, por tanto,
inexistente. Inexistente dentro de esa realidad oficial que consta sólo de
asuntos graves y de brutos hechos.
Todo espíritu realista sabe -por
ejemplo- que la democracia auténtica no existe, acaso porque es una utopía
irrealizable, un ideal. Pero todo espíritu idealista y romántico lo sabe
también. Y es precisamente por eso por lo que el segundo espíritu considera la
capacidad de idear, de inventar, de imaginar -de crear ficciones irreales pero
verdaderas- como algo fundamental para la vida humana, al menos para la vida
interior o privada, ya que parece ser que para la vida pública todas estas ideas
o invenciones, al no ser susceptibles de compraventa, no tienen demasiada
relevancia ni relieve social. No tienen realidad.
Pero no sólo de pan vive el
hombre, sino también y, una vez satisfechas las necesidades de la subsistencia,
sobre todo, de ilusiones. Y sin la
ilusión de tender hacia un mundo mejor, menos inicuo, menos corrupto, menos
sometido al autoritarismo casi totalitario de capitalismo salvaje y bárbaro y absolutistamente
minoritario que defiende la ideología neoliberal, con menos desequilibrio -hoy casi
vertical- en la balanza de la justicia y la igualdad, y de la verdadera
libertad, la de todos no la unos cuantos capithostes (sic), hostiles a la
mayoría abrumadora de la Humanidad, a base de pensar sólo en sus egoístas desproporcionadas
ganancias, sin todas esas ilusiones éticas, todas ellas inventos del espíritu
poético libre, o Intelectus Agens, no
puede haber esperanzas para nadie.
La dignidad -y el derecho y la
voluntad de indignarse- es algo demasiado poético para la vida pública, donde
la bruta prosa de la vida es lo único que importa. La poesía, arte privado por
excelencia, ha sido tradicionalmente la creadora de mundos imposibles, de
realidades alternativas, de aspiraciones a la más alta e inaccesible de las
verdades irreales. La poesía poética (hoy día existen poesías antipoéticas) fue
siempre fuente de dignidad, pese a la indignidad de tantos poetas que la dieron
a luz.
Pero cuando hablo de poesía
poética no me refiero sólo a la que hacen los poetas de la escuela de la poesía
poética, puesto que ejemplos históricos tenemos a puñados que nos muestran como
una dignísima obra literaria fue dada a luz por algún poeta sospechoso de
actuaciones indignas. Después de todo, Horacio y Virgilio, modelos de un 70% de
la poesía occidental moderna, fueron defensores de un dictador ilustrado,
continuador de la política de quien acabara con las libertades de la República
Romana.
(Todavía más: cuando hablo de
poesía poética no me refiero sólo a la poesía de los poemas ni de los poetas:
me refiero a la poesía natural: esa que es inherente y consustancial a todo
acto realizado por una inteligencia humana. Ojo: no confundir inteligencia con
astucia. Todo acto inteligente es creador de poesía, en tanto que todo acto
inteligente conlleva la creación de una idea:
una "no-cosa" que nos permite comprender las cosas. Un acto astuto
puede ser -y de hecho lo es la mayoría de las veces- una realidad instintiva: algo regido por ese automático instinto de conservación de
la especie que nos obliga a reaccionar "barriendo para adentro y
arrimándonos al sol que más calienta").
Pero en un Estado de Derecho -y
por lo tanto democrático- todo aquel que se precie de persona digna tiene el
derecho y la libertad y el deber moral -y poético- de indignarse ante la
indignidad, pues lo contrario sería otorgar carta de ciudadanía a cosas tan
indignas como la mentada corrupción, o el autoritarismo disimulado por las
mayorías, si no absolutas, absolutistas, que han votado tozudas a gangs
condenados judicalmente por ladrones delincuentes, en contra de sus propios
intereses, y, en fin, a la normalidad de las agresiones contra los derechos y
libertades más básicos de una sociedad digna.
Pues bien: el ambiente que ha
reinado en este mundo indigno es el que surge de la consideración de que esas
cosas mencionadas -y algunas otras que no menciono- son males menores que hay
que considerar piezas que componen e integran fatalmente el conjunto brutal de
los hechos crudos que constituyen la realidad social de las cosas humanas.
La corrupción y el autoritarismo
discriminatorio disimulado, o disfrazado de cualquier otra cosa, se han vuelto
cosas de hecho tan normales que ya
nadie se escandaliza ni se indigna
por ello. Es más: al escandalizado e indignado se le consideraba un anormal,
alguien que no tiene la cabeza sobre los hombros ni los pies sobre la tierra:
un loco, un profeta, un poeta poético.
Porque hay que hacer una política
posibilista. No utópica.
Hasta el día en que la política
posibilista nos ha tocado los bolsillos y nos ha hecho más pobres.
Porque el dinero es un dato real.
Pero las ideas (po)éticas (los
principios éticos son una creación del nous poetikos) son y siempre han sido ficciones de soñadores y lunáticos (poetas poéticos) que no saben ver la
bruta realidad realista.
Y es que con mucha frecuencia los
visionarios vemos la realidad mucho más profundamente que los realistas.
Quiero decir: un poeta -escriba versos
o no- que use la inteligencia
creadora (la expresión podría ser -y de hecho es- mía, pero fue acuñada con
éxito por José Antonio Marina: Teoría de
la inteligencia creadora, Anagrama, Barcelona, 1995, sexta edición) para
idear, inventar, encontrar, descubrir lo que de hermoso haya en la realidad
humana, eso que normalmente NO forma parte de esta triste -e indigna- realidad,
ve siempre más allá de los datos inmediatos, se rige por esas ficciones
necesarias que son os principios éticos y clama en el desierto contra la
iniquidad.
Pero sus contemporáneos le
recomiendan que se pase por el psicoanalista.
Esa actitud es de tonta o cobarde,
y peligrosa rendición.
Y rendirse es aceptar la derrota,
cuando con un voto per cápita -a Podemos- podríamos enderezar las cosas y dirigirlas
hacia las proximidades progrdsivas de una utopía que, aunque inalcanzable, nos servirá para
mejorar, paso a paso, in crescendo, esta insostenible situación político-económica.
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