No sé dónde he leído últimamente esa frase que tan de moda estuvo en los
años 20 del pasado siglo y que todo poeta adolescente en vías de formación tiende a repetir (es,
además, sano y natural que así lo hagan) con tanta frecuencia: "Los
contenidos nuevos y modernos no pueden ser expresados mediante formas
caducas". Y esto de las formas caducas a mí me suena a fecha de caducidad:
como si el Ministerio de Sanidad Formal Literaria estuviera capacitado y
legitimado para señalar cuándo una forma literaria ha caducado. La frase en
cuestión, así como todas las que de este tipo propalan ciertos tipos de
legisladores ilegítimos característicos del presente siglo y el anterior con
una periodicidad tozuda y automática, aunque estuvo justificadísima en los años
de su primigenia gestación, no deja de ser hoy más que la repetición de un
tópico aprendido de memorieta en las escuelas de bachillerato.
Entonces, a principios del siglo XX, Occidente se hundía bajo el peso de un
conservadurismo mojigato y cerril que veía en toda novedad y progreso una
peligrosa fuente de desequilibrios sociales que hubieran podido traer al mundo
un poco de paradójica justicia, lo que hubiera ocasionado la ruina de los
privilegios sociales tradicionales que creaban las necesarias distancias entre
las clases ricas y pobres.
El ímpetu revolucionario de aquellos años no sólo fue sano y valioso, sino
necesario. Y por ello siempre me resultarán simpáticas las vanguardias.
Pero hoy, después del fin del siglo e inaugurando milenio, tenemos ya
suficiente experiencia histórica de los resultados habituales de las necesarias
revoluciones sociales y literarias como para saber que la revolución por sí
misma no constituye un valor positivo, ni tan siquiera práctico, puesto que
nunca hasta ahora ha conseguido los fines para los que la diseñaron sus
teóricos, del mismo modo que deberíamos saber que la innovación por sí misma no
puede constituir jamás un valor estético positivo por razones idénticas a las
susodichas.
La revolución financiera neoliberal de la desregulación post hundimiento
soviético es la última y más vigente prueba de lo antedicho: se suponía que,
dando carta blanca a los inversores capitalistas, la competencia
perfecta inherente a la economía de mercado iba a autorregularlo, generando,
por una parte, la de arriba, más ganancia y beneficios para los inversores (y
esto ha resultado cierto), y por otra, precios justos, asequibles a los
consumidores y, en consecuencia, un incremento de la prosperidad general (y esto
ha sido absolutamente falso).
Sin embargo acaso he pecado en exceso de radical o extremista cuando he
juzgado todas las revoluciones del siglo pasado en el párrafo anterior. Porque
es totalmente cierto que ha habido en ese siglo alguna revolución que sí ha
tenido éxito (obviando los triunfos de necesario feminismo). Y lo curioso del
caso es que han sido revoluciones hechas casi contra la voluntad conservadora
de los revolucionarios que las produjeron. En efecto, Einstein o Planck,
creadores respectivos de los conceptos físicos de Relatividad o Quantum
dieron lugar a dos revoluciones científicas con todo el dolor de su corazón:
los dos veneraban hasta la adoración los preceptos teóricos de la Física
Clásica, pero su amor a la Verdad Demostrable Experimentalmente les obligó a
crear esos instrumentos lógicos de comprensión del mundo que acabarían con la
vigencia de aquella teoría que en el fondo les hubiera gustado conservar.
La Historia Natural -o, si lo prefieren, la Teoría de la Evolución-
demuestra sin lugar a dudas que no todas las innovaciones son válidas en la
Naturaleza y, por lo tanto, no todas son fuente de creatividad evolutiva. Es
más: las innovaciones evolutivas, habitualmente producidas por una mutación
genética, las más de las veces condenan a muerte al espécimen que las sufre.
Sólo en ocasiones de inusitada fortuna una innovación se topa por azar con un
ambiente trasformado en el cual la criatura poseedora de la innovación resulta
favorecida, dándose en ese caso un paso adelante en el progreso evolutivo de la
especie. Pero la mayoría de las veces la experiencia demuestra que la
Naturaleza es conservadora. Acaso una de sus más tardías innovaciones -la
especie humana- sea la contingencia que menos haya contribuido a conservarla
-aunque sea también la que menos haya contribuido a conservarse a sí misma como
especie, y de ello puede dar cuenta toda la historia del pasado siglo y el anterior tan llenos de revoluciones y de inventos revolucionarios. Basten como ejemplo el
desarrollo vigésimo, de invención decimonónica, de la antiecológica Revolución
Industrial o el inventillo de la bomba atómica, o la Revolución Cultural china.
Toda innovación es, en sí misma, un experimento válido y legítimo. Pero
nada más. Las estadísticas nos dan, también en lo que respecta a las innovaciones
literarias, un índice claro de la probabilidad casi nula de que una innovación
ocurrente consiga descubrir o aportar algo verdaderamente nuevo y útil desde el
punto de vista evolutivo. Máxime si, cuando hablamos de literatura, se vuelven
sinónimos los términos "util" y significativo.
Sabido esto, cada vez que una innovación tenga éxito, aprovéchesela,
úsesela, apréndase su manejo y sus utilidades, y después archívese en el
catálago de los recursos literarios a utilizar por el autor que así lo estime
conveniente. Y subrayo: archívese en el catálogo general en el que esperan a
ser utilizados todos los recursos
descubiertos por la Tradición. Porque todos ellos pueden resultar útiles en
cualquier momento y un autor auténtico debe saber utilizarlos todos en el
momento en que las necesidades significativas de su mensaje así lo requieran.
Porque las formas literarias y artísticas no caducan jamás.
Lo que puede estar un tanto caduco y caducado es la capacidad de los
autores modernos para echar mano de todo ese patrimonio cuando se trata de
expresar un contenido "moderno". Pero precisamente ahí está el gran
reto del siglo XXI: debemos aprender a conservar lo que tenemos sin
despreciarlo (para empezar, la Naturaleza) sin dejar en ningún momento de buscar experimentalmente caminos innovadores
que enriquezcan el caudal que recibimos en herencia de toda la Humanidad que
nos precediera. Y insisto: ojo con los experimentos innovadores: la informatización de las inversiones financieras son y han sido uno de los factores desencadenantes de esta revolucionaria crisis, diseñada para aumentar la desigualdad.
Pongo un ejemplo: es de habito y estadística que hoy día todo lector de
poesía tiende a rechazar la métrica, el estrofismo y la rima, por considerarlos
recursos obsoletos. Sien embargo, es obvio que hay autores (Navarro, Castaño,
Carvajal, Inglada, Romero Márquez, Alcántara, servidor…) que han sabido escribir a la
clásica con rigor, y casos hay en que el poeta ha intentado renovar el
repertorio de estrofas y de rimas buscando las menos usadas y difíciles, con
frecuencia tratando temas tan rabiosamente actuales como la ciencia y la
política. A menudo, a más de uno de estos se los considerado poetas meramente
ripiosos. Lo que indica una falta de conocimiento y sensibilidad artística en el crítico amateur,
puesto que tal afirmación sólo demuestra que el pretendido crítico no sabe ni
qué es un ripio ni qué lo distingue de una rima.
De igual manera se habla de la obsolescencia del comunismo, lo que implica
que el politólogo amateur no distingue entre el comunismo propuesto por Marx y
Engels y el estalinismo, que fue, más que nada, una flagrante traición a esos hermosos
ideales, nunca llevados a la práctica.
Reivindico que un poeta capaz tiene derecho a una nueva síntesis, que algunos intentamos: formas clásicas, contenidos revolucionarios, en el sentido más histórico-científico de la expresión.
Cuando algo es lo que es y como es, hay que saber verlo. Y cantarlo. Y para ello cada poeta elija libre el modelo que le pete.
Y, de hecho, hay un hecho que no se quiere ver ni reconocer: este capitalismo oligopolista es indefendible, porque, precisamente no respeta la economía de mercado. (Ejemplo: el trust de las eléctricas en España: no hay competencia y suben los precios cuando les da la gana. Y lo pagamos todos. Menos ellas.)
Porque ninguna técnica literaria, insisto, caduca, mientras haya quien sepa hacer uso de ella y sacarle novedoso partido.
Reivindico que un poeta capaz tiene derecho a una nueva síntesis, que algunos intentamos: formas clásicas, contenidos revolucionarios, en el sentido más histórico-científico de la expresión.
Cuando algo es lo que es y como es, hay que saber verlo. Y cantarlo. Y para ello cada poeta elija libre el modelo que le pete.
Y, de hecho, hay un hecho que no se quiere ver ni reconocer: este capitalismo oligopolista es indefendible, porque, precisamente no respeta la economía de mercado. (Ejemplo: el trust de las eléctricas en España: no hay competencia y suben los precios cuando les da la gana. Y lo pagamos todos. Menos ellas.)
Porque ninguna técnica literaria, insisto, caduca, mientras haya quien sepa hacer uso de ella y sacarle novedoso partido.
Detrás de esa negación del estrofismo clásico se oculta la incompetencia estilística de tanto poetilla suelto como anda por ahí.
Y, después de todo, hablar de la caducidad de las formas literarias -o de la ideologías revolucionarias (el neoliberalismo es una revolución de derechas lograda y ruinosa, como lo está siendo, por otra parte, contraria, la justa revolución feminista)-, hablar de caducidades, decía, no es más que una moda.
Y, después de todo, hablar de la caducidad de las formas literarias -o de la ideologías revolucionarias (el neoliberalismo es una revolución de derechas lograda y ruinosa, como lo está siendo, por otra parte, contraria, la justa revolución feminista)-, hablar de caducidades, decía, no es más que una moda.
Y nada más perecedero ni caduco que una moda.
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