domingo, 27 de octubre de 2019

SOBRE LA CADUCIDAD DE LAS FORMAS LITERARIAS


No sé dónde he leído últimamente esa frase que tan de moda estuvo en los años 20 del pasado siglo y que todo poeta adolescente en vías de formación tiende a repetir (es, además, sano y natural que así lo hagan) con tanta frecuencia: "Los contenidos nuevos y modernos no pueden ser expresados mediante formas caducas". Y esto de las formas caducas a mí me suena a fecha de caducidad: como si el Ministerio de Sanidad Formal Literaria estuviera capacitado y legitimado para señalar cuándo una forma literaria ha caducado. La frase en cuestión, así como todas las que de este tipo propalan ciertos tipos de legisladores ilegítimos característicos del presente siglo y el anterior con una periodicidad tozuda y automática, aunque estuvo justificadísima en los años de su primigenia gestación, no deja de ser hoy más que la repetición de un tópico aprendido de memorieta en las escuelas de bachillerato.
Entonces, a principios del siglo XX, Occidente se hundía bajo el peso de un conservadurismo mojigato y cerril que veía en toda novedad y progreso una peligrosa fuente de desequilibrios sociales que hubieran podido traer al mundo un poco de paradójica justicia, lo que hubiera ocasionado la ruina de los privilegios sociales tradicionales que creaban las necesarias distancias entre las clases ricas y pobres.
El ímpetu revolucionario de aquellos años no sólo fue sano y valioso, sino necesario. Y por ello siempre me resultarán simpáticas las vanguardias.
Pero hoy, después del fin del siglo e inaugurando milenio, tenemos ya suficiente experiencia histórica de los resultados habituales de las necesarias revoluciones sociales y literarias como para saber que la revolución por sí misma no constituye un valor positivo, ni tan siquiera práctico, puesto que nunca hasta ahora ha conseguido los fines para los que la diseñaron sus teóricos, del mismo modo que deberíamos saber que la innovación por sí misma no puede constituir jamás un valor estético positivo por razones idénticas a las susodichas.
La revolución financiera neoliberal de la desregulación post hundimiento soviético es la última y más vigente prueba de lo antedicho: se suponía que, dando carta blanca a los inversores capitalistas, la  competencia perfecta inherente a la economía de mercado iba a autorregularlo, generando, por una parte, la de arriba, más ganancia y beneficios para los inversores (y esto ha resultado cierto), y por otra, precios justos, asequibles a los consumidores y, en consecuencia, un incremento de la prosperidad general (y esto ha sido absolutamente falso).
Sin embargo acaso he pecado en exceso de radical o extremista cuando he juzgado todas las revoluciones del siglo pasado en el párrafo anterior. Porque es totalmente cierto que ha habido en ese siglo alguna revolución que sí ha tenido éxito (obviando los triunfos de necesario feminismo). Y lo curioso del caso es que han sido revoluciones hechas casi contra la voluntad conservadora de los revolucionarios que las produjeron. En efecto, Einstein o Planck, creadores respectivos de los conceptos físicos de Relatividad o Quantum dieron lugar a dos revoluciones científicas con todo el dolor de su corazón: los dos veneraban hasta la adoración los preceptos teóricos de la Física Clásica, pero su amor a la Verdad Demostrable Experimentalmente les obligó a crear esos instrumentos lógicos de comprensión del mundo que acabarían con la vigencia de aquella teoría que en el fondo les hubiera gustado conservar.
La Historia Natural -o, si lo prefieren, la Teoría de la Evolución- demuestra sin lugar a dudas que no todas las innovaciones son válidas en la Naturaleza y, por lo tanto, no todas son fuente de creatividad evolutiva. Es más: las innovaciones evolutivas, habitualmente producidas por una mutación genética, las más de las veces condenan a muerte al espécimen que las sufre. Sólo en ocasiones de inusitada fortuna una innovación se topa por azar con un ambiente trasformado en el cual la criatura poseedora de la innovación resulta favorecida, dándose en ese caso un paso adelante en el progreso evolutivo de la especie. Pero la mayoría de las veces la experiencia demuestra que la Naturaleza es conservadora. Acaso una de sus más tardías innovaciones -la especie humana- sea la contingencia que menos haya contribuido a conservarla -aunque sea también la que menos haya contribuido a conservarse a sí misma como especie, y de ello puede dar cuenta toda la historia del pasado siglo y el anterior tan llenos de revoluciones y de inventos revolucionarios. Basten como ejemplo el desarrollo vigésimo, de invención decimonónica, de la antiecológica Revolución Industrial o el inventillo de la bomba atómica, o la Revolución Cultural china.
Toda innovación es, en sí misma, un experimento válido y legítimo. Pero nada más. Las estadísticas nos dan, también en lo que respecta a las innovaciones literarias, un índice claro de la probabilidad casi nula de que una innovación ocurrente consiga descubrir o aportar algo verdaderamente nuevo y útil desde el punto de vista evolutivo. Máxime si, cuando hablamos de literatura, se vuelven sinónimos los términos "util" y significativo.
Sabido esto, cada vez que una innovación tenga éxito, aprovéchesela, úsesela, apréndase su manejo y sus utilidades, y después archívese en el catálago de los recursos literarios a utilizar por el autor que así lo estime conveniente. Y subrayo: archívese en el catálogo general en el que esperan a ser utilizados todos los recursos descubiertos por la Tradición. Porque todos ellos pueden resultar útiles en cualquier momento y un autor auténtico debe saber utilizarlos todos en el momento en que las necesidades significativas de su mensaje así lo requieran.
Porque las formas literarias y artísticas no caducan jamás.
Lo que puede estar un tanto caduco y caducado es la capacidad de los autores modernos para echar mano de todo ese patrimonio cuando se trata de expresar un contenido "moderno". Pero precisamente ahí está el gran reto del siglo XXI: debemos aprender a conservar lo que tenemos sin despreciarlo (para empezar, la Naturaleza) sin dejar en ningún momento de buscar experimentalmente caminos innovadores que enriquezcan el caudal que recibimos en herencia de toda la Humanidad que nos precediera. Y insisto: ojo con los experimentos innovadores: la informatización de las inversiones financieras son y han sido uno de los factores desencadenantes de esta revolucionaria crisis, diseñada para aumentar la desigualdad.
Pongo un ejemplo: es de habito y estadística que hoy día todo lector de poesía tiende a rechazar la métrica, el estrofismo y la rima, por considerarlos recursos obsoletos. Sien embargo, es obvio que hay autores (Navarro, Castaño, Carvajal, Inglada, Romero Márquez, Alcántara, servidor…) que han sabido escribir a la clásica con rigor, y casos hay en que el poeta ha intentado renovar el repertorio de estrofas y de rimas buscando las menos usadas y difíciles, con frecuencia tratando temas tan rabiosamente actuales como la ciencia y la política. A menudo, a más de uno de estos se los considerado poetas meramente ripiosos. Lo que indica una falta de conocimiento y sensibilidad artística en el crítico amateur, puesto que tal afirmación sólo demuestra que el pretendido crítico no sabe ni qué es un ripio ni qué lo distingue de una rima.
De igual manera se habla de la obsolescencia del comunismo, lo que implica que el politólogo amateur no distingue entre el comunismo propuesto por Marx y Engels y el estalinismo, que fue, más que nada, una flagrante traición a esos hermosos ideales, nunca llevados a la práctica.
Reivindico que un poeta capaz tiene derecho a una nueva síntesis, que algunos intentamos: formas clásicas, contenidos revolucionarios, en el sentido más histórico-científico de la expresión. 
Cuando algo es lo que es y como es, hay que saber verlo. Y cantarlo. Y para ello cada poeta elija libre el modelo que le pete. 
Y, de hecho, hay un hecho que no se quiere ver ni reconocer: este capitalismo oligopolista es indefendible, porque, precisamente no respeta la economía de mercado. (Ejemplo: el trust de las eléctricas en España: no hay competencia y suben los precios cuando les da la gana. Y lo pagamos todos. Menos ellas.)
Porque ninguna técnica literaria, insisto, caduca, mientras haya quien sepa hacer uso de ella y sacarle novedoso partido.
Detrás de esa negación del estrofismo clásico se oculta la incompetencia estilística de tanto poetilla suelto como anda por ahí. 
Y, después de todo, hablar de la caducidad de las formas literarias -o de la ideologías revolucionarias (el neoliberalismo es una revolución de derechas lograda y ruinosa, como lo está siendo, por otra parte, contraria, la justa revolución feminista)-, hablar de caducidades, decía, no es más que una moda.
Y nada más perecedero ni caduco que una moda.

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