domingo, 27 de octubre de 2019

DISCRIMINACIÓN, DIFERENCIA, DISTINCIÓN.

Dijo una vez Flaubert algo así como que le hubiera gustado escribir una novela que versara sobre nada, y que pudiera mantener su intensidad estética y literaria de principio a final sólo gracias a la fuerza del estilo.
Es obvio que Flaubert, aunque a veces estuvo en un tris de conseguirlo, nunca escribió esa novela: él mismo sabía que tal cosa no puede hacerse, porque el lenguaje es algo que ha inventado la evolución humana con el fin de significar, de hacer referencia a algo mediante una imagen mental o un concepto o idea, de decir algo significativo: y una narración que no narrara nada es sencillamente un imposible, como es imposible un signo que no tenga significado: si no lo tiene, por definición ya no puede ser un signo.
Las palabras son signos. Y toda lengua se compone de signos y de reglas para combinarlos. Un texto no significativo es por lo tanto un fracaso de su emisor, que no ha sabido hacer uso de esas reglas y signos. O que no ha querido: si se trata de este último caso, peor para él: tiene todo su derecho a perder su tiempo como más le plegue.
Pero hay dos maneras de no significar: uno es hacer poesía del silencio: con todos mis respetos por los autores que practiquen tal disciplina verbal, vestigio epigónico de la manía antisignificativa de las vanguardias, un servidor no le ve mucho sentido a la idea de expresar el silencio mediante una cosa que suena (la palabra), cuando es obvio que el silencio se expresa a sí mismo mucho mejor cuando todos callamos.
Hay, empero, otra manera de no significar: decir obviedades. Un texto que diga cosas como "cuando en el cielo hay nubes puede ser que llueva" es sólo aparentemente significativo, por ser carente de información: sabemos que, por definición, toda información debe ser novedosa: informar de lo que ya se sabe no es informar. Y, aunque el texto anterior tiene un sentido lógico compuesto a base de significados, su ausencia de información lo hace un tanto insignificante. Hace, desde luego, referencia a algo. Pero hace referencia a algo a lo cual no hace falta referirse, porque es obvio.
En los dos casos se trata de una literatura redundante: las dos hablan de cosas sobre las cuales, como dijera Wittgenstein, es preferible callar, porque maldita la falta que nos hace que alguien las diga: se trata de una literatura no sólo innecesaria -toda literatura lo es- sino también inútil. Y es inútil porque literalmente no sirve para nada: ni siquiera para lo que habitualmente sirve toda literatura, para significar, para hacer algo significativo: algo trascendental, algo que tenga sentido, al menos desde el punto de vista de quien entienda la literatura y la poesía como el arte de la significación y, por lo tanto, de la inteligencia.
Es posible que, cuando el maestro Flaubert defendía la voluntad de estilo como el non plus ultra del quehacer literario, estuviera pensando, más que en el estilo como el arte de los significantes (los sonidos que significan), en el arte de los significados, de ahí su diafanidad de conciencia a la hora de comprender que su novela sobre nada era algo imposible, porque todo significado va asociado a un significante.
Nuestra literatura de fin de siglo ha padecido, y en en estos inicios la sigue padeciendo una enfermedad fatal para toda literatura: la falta de significación. Bien porque voluntariamente se renuncia a la significación en aras de un modernidad desfasada, bien porque se renuncia a significar algo diferente de lo normal, de lo dictado por la norma dominante del momento histórico literario, acaso por miedo a ser desembarcado del barco -lujoso yate- de los privilegiados por los servicios de inteligencia de la generalidad nacional de los poetas mil veces laureados, o acaso -lo que es peor- porque se cree a ciegas en una poética exclusiva y excusivista como quien cree en una verdad dogmática revelada en los libros sagrados de los gurúes vitoreados del Movimiento. En estos casos es evidente que se confunde la calidad de los textos literarios con su adscripción a una poética determinada.
Y, aunque, de hecho existen poéticas que, al menos desde mi particular punto de vista, tienen más sentido o son menos absurdas que otras, no deja de ser verdad que ninguna poética tiene la exclusiva de la poesía, por lo que no se comprende cómo tantos poetas de manifiesta mediocridad e impericia han podido alcanzar tanto reconocimiento por mucho que pertenecieran a la secta de la "Poesía verdadera", si a la vez no se entiende dicho reconocimiento como una suerte de recompensa o sobresueldo por la fidelidad del supuesto poeta a la causa del partido poético. La disciplina de partido, pues, se ha impuesto, tal como ha sido normal en estos últimos tiempos, sobre la voluntad de verdad, de bien y de belleza -y gracia-, porque los intereses del medro personal han primado sobre valores puramente poéticos entre los primos y nepotes del Gran Abuelo.
Pero lo cortés no quita lo valiente, o sería mejor decir: lo cortesano no quita lo valioso: un servidor esta defendiendo que todas las poéticas son legítimas y nada le impide a un poeta serlo, sea cual sea la poética a la que se adscriba. La Poesía de la Experiencia ha dado obras de considerable altura y para ella, para la obra literaria rindo todos mis homenajes y respetos independientemente de las políticas y manejos que se haya permitido el autor. Humanos somos "et nihil humanum me alienum puto".
Pero vayan mis homenajes y mis respetos también y acaso con mayor carácter de urgencia para todos aquellos que han tenido que sufrir la soledad, la discriminación y la incomprensión poética y literaria en un medio que rechazaba por sistema a todo aquél que manifestara una voluntad de estilo personal e intransferible, todo aquél que no obedeciera la consigna de un estilo desestilizado y una poesía prosaica o coloquial y utilitarista que, por su intención de ser útil para la vida de los más, se ha vuelto con frecuencia inútil para toda inteligencia lectora que busque en los textos literarios algo más de lo que ya la misma vida le dice cada día sin necesidad de que nadie se lo cuente. Cuando la poesía quiere ser demasiado divulgativa puede caer en la vulgaridad, en lo contrario del estilo. Y los textos -como todas las cosas- hay que hacerlos con estilo. Porque si no, lo que hacemos es lo mismo que hace cualquiera, y para ser un cualquiera no se toma uno el ingrato trabajo de meterse a poeta. Uno busca mediante el arte de la significación alcanzar algo especial, diferente de lo normal y lo obvio, distinguirse de eso que tanto abunda en la reiterativa e insistente cotidianidad en la que estamos todos presos y de la que cada cual intenta liberarse como puede. Un camino de liberación es la poesía: arte (elegancia, distinción, estilo) de la significación, de las palabras, del lenguaje. Y no se olvide que la elegancia verbal y poética, uno de los modos de la  inteligencia, no excluye -recuérdese a Catulo o a Quevedo- los coloquialismos ni las vulgaridades o procacidades ni aun el improperio, siempre que encajen en el texto con algún tipo de gracia (eso que Höldermin definió como “belleza en movimiento” y que es un fenómeno muy relacionado con el ingenio: escribir con elegancia no es garrapatear cursilerías).
Ya lo dijo (con más gracia, más arte, más distinción, más estilo que yo ahora) Bernardo Schiavetta (Córdoba, Argentina, 1948) en su libro Con mudo acento (Col. Barcarola de Poesía, Albacete, 1995):

Sea Ud. un autor de carne y hueso,
no confiese jamás nada ficticio
ni construya por juego un ejercicio.
La Poesía auténtica no es eso.
Practique la expresión como un poseso,
escriba con las tripas, sin oficio,
sin retórica alguna ni artificio,
con mucho corazón y poco seso.
No empiece por la forma ni el estilo,
cada poema debe Ud. hacerlo
lo mismo que el peral hace la pera.
No tenga miedo, quédese tranquilo,
porque podrá cualquiera comprenderlo
mientras escriba Ud. como cualquiera.

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