Así la frontera que
divide la literatura en "seria" frente a "de evasión". Con
esos dos términos se trata de considerar que existen dos tipos de productos
literarios: por un lado los que persiguen modificar la conciencia del lector
poniéndolo en contacto con la realidad última -a veces oculta- de las cosas, y
por otro los que únicamente se proponen entretenerlo y divertirlo evadiéndolos de la triste realidad para
que se olviden de su maléfica acritud e insuficiencia existencial. La falacia
de tal división es tan obvia que da un poco de vergüenza tener que tomarse uno
la molestia de recordárselo a tanto avezado y serio lector que, por mor de su
propia consideración como tal, desprecia lo que él considera subliteratura, sobre
todo si la compara con los textos de sus culto pedantesco, sin, a veces ni
haberse tomado la molestia de leer las desdeñadas obras alternativas.
Máxime si esa
división establece que los productos de la primera clase constituye la verdadera literatura y la segunda es una
especie de subproducto bazofioso, y si esa literatura "seria" y
verdadera queda usualmente identificada con los productos de corte realista -o
con frecuencia ni eso: basta con que sean fabulaciones lentas y espesas y
detallistas o, sencillamente enjundiosas y plúmbeas-, mientras que todo lo que
tenga un viso de fantasía, aventura, intriga o cualquier otra cosa que se salga
de lo normal -lo normal en la vida normal de los autores normales que escriben
para personas normales de vidas normales a los que van a relatar la normalidad
de sus vidas- queda considerado como algo "menor" e inauténtico, algo
hecho para vender, como si el deseo de vender fuera algo ajeno a la divinidad
suprahumana del literato -y el
lector- verdadero.
Y es curioso porque
tal afirmación deja fuera del prejuicioso canon al 99% de la literatura que se
ha escrito -y narrado oralmente- desde que el hombre adquirió el don del
lenguaje y, por tanto, el de los significados trasmisibles: la inteligencia.
Porque hay un hecho
histórico-antropológico que carece de posible contestación: la literatura y la
ficción nacieron juntas. Es más: la literatura -del latín littera, letra- no empezó siendo otra cosa que ficciones orales puestas
por escrito. Y cuando digo ficciones
estoy utilizando la palabra con todas sus consecuencias, incluidas las
etimológicas: ficción significa
acción de fingir, de simular o
imitar, de contar mentiras que sean como verdades: de imaginar o fantasear.
Ahí está la clave:
pronto los "fabuladores" fueron conscientes de la capacidad que la
fabulación -el mito- tenía de atrapar la verdad por semejanza analógica, esto
es, la capacidad de captar -o producir- conocimiento que tenían las mentiras
verosímiles, y empezaron a tomarse en serio lo que en principio había sido -y
seguía siendo- un entretenimiento, un juego. Y con el tiempo acabarían
definiendo el arte, la poesía, la literatura como docere et delectare: enseñar deleitando. Pero está clarísimo que el
componente primordial, radical de la literatura es más el deleite, el placer,
la diversión, el juego, antes que la tarea docente, pedagógica, didáctica de
meter conocimientos en la mente del lector: porque lo primero es el cebo y
después la pesca, o porque, como dijera don Juan Manuel, hay que endulzar la
amarga medicina con la añadidura de la miel para que el paciente o discente no
sienta nauseabunda y vomitiva repugnancia ante la ingestión del saludable remedio
contra el morbo de la ignorancia.
Con esto, por
supuesto, no quiero decir que la adquisición de conocimiento no sea una tarea
placentera: creo que toda mente curiosa estará de acuerdo conmigo en que la
satisfacción de la curiosidad -intelectual o no- es uno de los más intensos
placeres de que se puede disfrutar en esta vida tan escasa en ellos. Lo que
quiero decir es que la diferencia entre literatura y filosofía o ciencia es que
la primera debe ser amena, divertida, placentera, atractiva, y todo ello como
consecuencia de las dosis de "irrealismo" que sus mentiras
verosímiles nos regalen. Porque una vez que se descubre que hay mentiras que
sirven para decir verdades más
eficazmente que la mera descripción de repulsiva realidad, una vez que se ha
descubierto que verdad y realidad no son la misma cosa, una vez que queda claro
que la realidad es básica y constitutivamente mentirosa, engañosa, falsa, llena
de trampas y de espejismos sancionados oficialmente por la ideología o
mentalidad hegemónica del momento con la ayuda técnica de los mass-media y su
hipnótica propaganda, una vez que nos damos cuenta de que las mentiras
verdaderas de la ficción amena nacen precisamente como respuesta a la estrecha,
pobre y tediosa experiencia de una realidad engañosa, embustera y ruin que se
queda corta ante las posibilidades creativas de una mente que ha sabido
inventar la magia de los significados, una vez que entendemos todo esto, digo,
nos damos al fin cuenta de que el hecho de que un libro sea un ladrillo
insoportable no dice nada en favor de su seriedad literaria, sino más bien de
todo lo contrario; y que viceversa: cuando un libro resulte muy ameno y
divertido es señal de que ahí se esconde seguramente una obra literaria digna
de tenerse en cuenta, pues si la leemos sin prejuicios crítico-literarios
descubriremos en ella más capacidad de significación -una significación más
fluida y ágil- que en cualquier ñosclo que se empeñe en educarnos con sus
penosos y soporíferos métodos.
La littera con sangre entra, decían los
romanos. Yo pienso que la letra entra mejor jugando con ella. Y para colmo de
curiosidades eso fue lo que pensaron todos los literatos que en el mundo han sido hasta, al menos, o más o menos, la
entronización del triste Realismo literario decimonónico.
Cervantes escribió
el Quijote para divertir y sacar de paso algunos reales y maravedíes que no
había obtenido con su teatro; Lope decía en su Arte nuevo de hacer comedias que "puesto que las paga el vulgo
es justo/ hablarle en necio para darle gusto"; y además es llamativo que
de la época de máximo protagonismo socio-literario del Realismo provengan
creaciones tan emblemáticas como Jekyll & Hide, Sherlock Holmes o Drácula,
que han sabido tener una fuerza arquetípica sólo comparable a Quijotes,
Donjuanes o Hamlets, y siempre muy superior a cualquier otro personaje de
novela realista, excepción hecha de productos realistas muy
"terminales" como Oliver Twist o semejantes. Y cuando hablo de fuerza
arquetípica estoy hablando de la capacidad de una imagen para quedar marcada en
la memoria de uno o varios pueblos, independientemente de lo letrado o iletrado
de los mismos: un no/lector puede saber quién es Don Quijote o Sherlock Holmes,
pero raramente sabrá identificar a Raskolnikov, Emma Bovary, Rubempré o no
digamos ya a Ana Ozores. Y eso que estoy citando a verdaderos maestros del
género realista, de gustosísima lectura.
El Realismo tuvo su
razón de ser en el s. XIX cuando la obsesión cientifista estuvo en su auge
antimítico. Tuvo, además, sus lectores. Pero su tiempo -como el del mismo
paradigma científico decimonónico- pasó y con él debería haber pasado la
voluntad de fidelidad exhaustiva a lo real que lo peculiarizó.
Y en cierto modo
así fue, aunque los de realismo social no se enteraran. Pero el concepto de subliteratura ya había sido acuñado para
los restos. Toda la literatura del delectare
fue etiquetada con tan ignominioso y marginante tecnicismo. La literatura
fantástica quedó para siempre señalada por ese dedo inquisidor.
Pero toda
conciencia inteligente tiene una necesidad de aventura espiritual que solo
puede brindarnos la literatura fantástica. Esta, por ende, suele ser siempre
más amena que la otra, lo que la convierte en un producto más auténticamente
literario que todos los ladrillos realistas que en el mundo son.
Por más lectores
intelectualoides, pedantuelos, de esos que van de lectores aristócratas
exquisitos de las monumentales ladrillos de la Historia de la Literatura, se
empeñen en no reconocerlo.
Addenda. Podré
unos pocos ejemplos comparativos y especificaré diferencias para que los
petulantes paletos y banales se bajen -aunque difícil lo veo- de sus testarudos
y presuntuosos prejuicios crítico-literarios:
Fraubert: Todos
adoramos el pestiñazo de Madame Bovary; se tiende a pensar como obra menor, o
no tan grande, Las tentaciones de san
Antonio. La primera nos habla de una señora esnob que aspira
quijotescamente a una pasión romántica. La segunda, de cómo la corte de todos
los diablos pretenden tentar a un santo eremita. Amabas obras están
magníficamente escritas, como siempre hizo su autor: Pero la segunda requirió
una erudita documentación previa que no necesitó la primera. Las frustraciones
de la Bovary pueden ser las de cualquiera, pero la mitificación de ese
especialísimo personaje que resista el ataque alucinatorio de todas las huestes
de infierno no sólo es más entretenida, sino mucho más significativa y
trascendental.
Dovstievski: Todos
nos emocionamos con la tragedia psíquica de Raskolnikov, y su crimen y su
castigo, pero nos olvidamos de la deliciosa intriga de El doble, en donde la esquizofrenia del protagonista sólo se revela
al final.
Hugo: Yo tengo una
personal pasión con de Los Miserables, que releído varias veces, ¿pero qué
tienen que envidiarle, Nuestra Señora de Paris y -no digamos
ya- El hombre que ríe, la intriga secretista o el aventurero ascenso social de un miserable -amante frustrado de la
justicia- a fútil par de Francia, respectivamente, las 2 en cronotopos
exóticos o, al menos, alternativos, pero cargadas de un mensaje critico social
no menos contundente que el que late patente en el gran tocho primeramente citado?
Joyce: ¿En verdad,
en verdad se disfruta más del Ulyses
que del Retrato de un artista adolescente?
Clarín: Las
ciencuenta y pico páginas de Pipá ¿son inferiores a las muchísimas más de la
Regenta?
Valera: ¿No són
mucho más interesantes las aventureras navegaciones de Morsamor -a contrarreloj de Magallanes y Elcano- que la trivialidad
de Pepita Jiménez?
Pardo Bazán: ¿Se disfruta más Los Pazos de Ulloa que Belcebú, esa pequeña y prodigiosa joya llena de fantasias y contenidos trascendentes?
Pardo Bazán: ¿Se disfruta más Los Pazos de Ulloa que Belcebú, esa pequeña y prodigiosa joya llena de fantasias y contenidos trascendentes?
Melville: En verdad, ¿no se disfruta y se aprende más en Taipi
con sus aventuras entre potenciales caníbales o la fuga de ellos y sus
consecuencias que en su continuación Omú
que en ese excelente tratado ballenero que incluye esa sin duda genial narración
de la psicopatía simbolista del capitán Ahab que es Moby
Dick?
Y conste que no he citado
una sola obra que me resulte -ni aun por su ladrillismo- desdeñable.
Y podría añadir miles
de ejemplos más.
Conclusión o posdata. Me niego a comulgar con ruedas de molino cuando la fatuidad de un diletante amateur se empeña en negar evidencias con una tozudez que procede
de la tradición crítica de la cual Menéndez y Pelayo es emblemático adalid:
condenó a Góngora, y todos los Papagayos y Cacatúas que van de cultos por la
vida no pararon de repetir sus juicios literarios -basados en prejuicios
extraliterarios ideológicos y religiosos- hasta la valiente reivindicación del
27. Cierto que otros Cotorras basan sus no/juicios en prejuicios psicopatológicos,
que tienen que ver con la genética de su carácter o las frustraciones sufridas
en su jamás escrita -por incapacidad- autobiografía. Queda muy chulo decir “soy
lector de los grandes porque tengo buen
gusto” -concepto extraliterario muy del gusto, por cierto, del carca de don
Marcelino, que prefirió antes a sta. Teresa (de la que yo soy también literariamente
devoto, pese a sus críticas a la libertad, cosa que no le perdono) que al “vulgar”
Juan Ruiz, un revolucionario de nuestra poesía que en muchos aspectos, sobre
todo en relación al sexo libre, se adelantó más de 7 siglos al nuestro- “y el gusto
de los demás es vulgar y propio de paletos”. Mas más sensato -y serio- es ser más
atrevido y confesar que hay ciertas lecturas “para catetos” que están como mínimo
empatadas con los hitos del canon tradicionalista y conservador.
Para gusto, los
colores
Pero es que los lectores
Periquitos son multitud -y Legión.
Y los otros, los lectores críticos de verdad, que basan sus juicios en los exclusivos méritos literarios de cada obra, pocos.
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ResponderEliminar¡Pobre Profesor! ¡Menos mal que tiene a Corina! Escribe bobadas sin tasa, pero ¿por qué no lee a Flaubert? Le haría mucho bien (si el profesor todavía letera). Quiere meternos el gol de que la mejor obra de Flaubert es «Las tentaciones», por la que el autor tenía debilidad, de la que se puede acreditar varias redacciones; confunde la debilidad del autor por esta obra con la calidad del producto literario acabado. Y a ver si el profesor lee el resto de la obra flaubertiana... Ya está bien, profesor, no consigues engañar a nadie (salvo a Corina).
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