(Cuando publiqué hace años en prensa el ensayo anterior, La Razón del Mito, a consecuencia
de alguna grave u espontánea errata que orno de vistosa manera su fina no tuve otro remedio que redactar este que sigue así -y
quede como una anécdota histórica-):
Juro
que es una errata: en mi artículo del viernes anterior se me hizo decir que Plutón
significa el circo en griego. Pero
juro que yo no soy tan ignorante: yo escribí el RICO, lo juro.
En
el artículo errado critiqué el Realismo.
Hoy
quiero criticar un pecadillo no menor que todavía abunda en nuestra torpe
literatura: el irracionalismo poético. Y quiero criticar el irracionalismo
poético, porque entiendo que todos los irracionalismos son merecedores de
crítica.
El
irracionalismo poético advino a la literatura y sobre todo a la poesía lírica
como consecuencia del formidable éxito social que tuvo la Razón a partir de las
revoluciones burguesas e ilustradas, y en especial a lo largo del siglo XIX
cuando, integrada como componente fundamental del Método Científico, conquistó
la práctica realidad cotidiana abrumándola con avances tecnológicos. Las
máquinas conquistaron primero la industria y luego la conciencia de la
humanidad: surgió el mecanicismo que
entendía el universo como una máquina. Un reloj, por ejemplo. Alguno, por
ejemplo Voltaire, entendió que el hecho de que el universo fuera como un reloj
demostraba la existencia de un Dios Relojero. Algún otro, ya en el siglo XIX,
por ejemplo Laplace (acaso el científico más importante después de Newton),
entendió lo contrario, tal como lo demuestra la famosa anécdota de que,
interpelado por Napoleón al respecto del lugar de Dios en su explicación
mecanicista del universo, respondió: "Sire, no he necesitado de tal
hipótesis". Para el eminente Laplace, Dios sólo era una hipótesis
innecesaria.
De
pronto el universo mundo parecía amenazado. Parecía que había perdido su
trascendencia y su significación. Su Logos: su razón de ser. Su para qué. Su
sentido. El universo se había convertido en una máquina producto de la casualidad (ojo a las erratas) cuando
antes había sido una Madre cariñosa e inclemente con la travesuras de sus hijos
los hombres, o al menos el resultado de una causalidad
(ojo con las erratas) proviniente de un Padre severo pero misericordioso que
juzgaba los actos de sus hijas las mujeres, tentadoras de los adanes inocentes.
La
Ilustración calificó los antropomorfismos religiosos como supersticiones sólo
motivadas por la ignorancia y la inobservancia de la Razón, y desde entonces
todo intelectual prefirió preferir la casualidad a la causalidad (ojo: posibles
erratas) y el Azar a los Dioses. Los Dioses no causaban. Dios no era la Causa
Primera. No había ninguna Causa Divina por la que luchar. No había Paraíso ni
Infierno. No tenía nada de malo en ser un sinvergüenza. Ni un explotador
inmisericorde de la mano de obra barata (mejor niños, que son más dóciles) en
jornada laboral de dieciséis horas diarias o más, atados a las máquinas para
que no se escaparan por culpa del cansancio.
Todos
los intelectuales modernos tendieron al escepticismo. Todos. Menos los poetas.
Blake inventó todavía en pleno XVIII una nueva mitología y divinizó el genio
poético. Shelley, un ateo militante, convirtió la Belleza Intelectual en una
nueva divinidad inherente a la Naturaleza y a los hombres. Hölderlin hablaba de
los Dioses como Sueños de los hombres, pero porque pensaba que el hombre es un
Dios cuando sueña y un mendigo cuando razona. Baudelaire vio que las cosas eran
símbolos y el universo un bosque de significados que se correspondían
armónicamente, dándole al Cosas el Sentido que antes recibieron las Ánimas o Espíritus
divinos. Rimbaud dijo creer en Venus. Rubén Darío rezó a Pan caprípedo y
bicorne un padrenuestro. Yeats creía en los duendes y en la magia de la poesía.
Unamuno en un Dios hereje. Eliot creía que Dios era inglés. Juan Ramón Jiménez,
que Dios era él mismo cuando se extasiaba ante la Belleza de, poe ejemplo, un
atardecer. Los poetas creían en lo divino porque creían en la Belleza. Y porque
creían que la Belleza era divina.
Pero
los poetas siempre hamos estado un poco majaretas. La Razón había desterrado a
la Poesía del universo. Bien: nos iremos con la Poesía a otra parte, dijeron, y
que le den por saco a la Razón. Algunos (v. gr. Hölderlin) se volvieron locos
de verdad. Otros persiguieron a la poesía hasta fuera del universo o se
suicidaron luchando como unos valientes frente a los turcos que tiranizaban
Grecia, la tierra de los Dioses (v. gr. Byron).
Pero
no todo el mundo estaba dispuesto a tamaños sacrificios.
Y
entonces apareció el irracionalismo poético. Una doctrina que defiende que el
galimatías ininteligible e insignificante (id est: el disparate más irracional
que se nos ocurra) es el método poético por excelencia, y que un poeta debe
esforzarse en utilizar las palabras para decir absolutamente nada -acaso porque
la Nada sea lo único que queda fuera de este universo despoetizado.
Esas
locuras, que justifican pecados imperdonables como la cuchara que sacaba ojos
de los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos -y otras lindezas
semejantes- en un poeta de tantísima altura como Lorca, tuvieron en un principio,
como ya he explicado, su razón de ser.
Pero
hoy día ya no la tienen.
Y
no la tienen porque hoy día la Razón, aliada con la Ciencia, es quien ha
devuelto la poesía al universo: piénsese en el Big Bang, en los universos
pequeños o paralelos, en la dualidad partícula-onda que nos dice que las cosas
estan hechas de no-cosas; en los trabajos de Prigoguine, que ha descubierto que
el caos es propenso al orden, y en la forma de células vivas que parecen tener
los cúmulos galácticos ("lo de arriba es como lo de abajo", decían
los alquimistas), y en la Semiofísica
de René Thom que a mí tanto me recuerdan las correspondencias de Baudelaire, aunque no sean idénticas filosofías.
La
poesía ya no necesita ser irracional para ser poesía. Al contrario, necesita
ser razonable como lo ha sido la ciencia que se ha dejado conducir por las
evidencias a pesar de que a veces contravinieran la querida teoría de la
realidad que el investigador científico de turno había preconcebido con tanto
amor y entusiasmo.
Es
más, la belleza de las teorías científicas vigésimas las ha convertido en los
nuevos mitos -verdaderos- de la Razón, una Razón que nos dice que la realidad
es tan fantástica como la fantasía (que viene a ser lo mismo que decir que la
fantasía puede ser tan real como la realidad). Pero ojo: no confundir realidad
con experiencia: porque la experiencia siempre se quedará corta ante la
realidad, de la que sólo verá una mínima parte: acaso la que cabe entre los
márgenes estrechos del realismo. Pero la realidad no es realista. Es realmente fantástica. A ver cuándo se
enteran los poetas.
https://elfilosofoycorina.blogspot.com/
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