martes, 15 de octubre de 2019

LOS MITOS DE LA RAZON


(Cuando publiqué hace años en prensa el ensayo anterior, La Razón del Mito, a consecuencia de alguna grave u espontánea errata que orno de vistosa manera su fina no tuve otro remedio que redactar este que sigue así -y quede como una anécdota histórica-):
           
Juro que es una errata: en mi artículo del viernes anterior se me hizo decir que Plutón significa el circo en griego. Pero juro que yo no soy tan ignorante: yo escribí el RICO, lo juro.
         En el artículo errado critiqué el Realismo.
      Hoy quiero criticar un pecadillo no menor que todavía abunda en nuestra torpe literatura: el irracionalismo poético. Y quiero criticar el irracionalismo poético, porque entiendo que todos los irracionalismos son merecedores de crítica.
        El irracionalismo poético advino a la literatura y sobre todo a la poesía lírica como consecuencia del formidable éxito social que tuvo la Razón a partir de las revoluciones burguesas e ilustradas, y en especial a lo largo del siglo XIX cuando, integrada como componente fundamental del Método Científico, conquistó la práctica realidad cotidiana abrumándola con avances tecnológicos. Las máquinas conquistaron primero la industria y luego la conciencia de la humanidad: surgió el mecanicismo que entendía el universo como una máquina. Un reloj, por ejemplo. Alguno, por ejemplo Voltaire, entendió que el hecho de que el universo fuera como un reloj demostraba la existencia de un Dios Relojero. Algún otro, ya en el siglo XIX, por ejemplo Laplace (acaso el científico más importante después de Newton), entendió lo contrario, tal como lo demuestra la famosa anécdota de que, interpelado por Napoleón al respecto del lugar de Dios en su explicación mecanicista del universo, respondió: "Sire, no he necesitado de tal hipótesis". Para el eminente Laplace, Dios sólo era una hipótesis innecesaria.
            De pronto el universo mundo parecía amenazado. Parecía que había perdido su trascendencia y su significación. Su Logos: su razón de ser. Su para qué. Su sentido. El universo se había convertido en una máquina producto de la casualidad (ojo a las erratas) cuando antes había sido una Madre cariñosa e inclemente con la travesuras de sus hijos los hombres, o al menos el resultado de una causalidad (ojo con las erratas) proviniente de un Padre severo pero misericordioso que juzgaba los actos de sus hijas las mujeres, tentadoras de los adanes inocentes.
            La Ilustración calificó los antropomorfismos religiosos como supersticiones sólo motivadas por la ignorancia y la inobservancia de la Razón, y desde entonces todo intelectual prefirió preferir la casualidad a la causalidad (ojo: posibles erratas) y el Azar a los Dioses. Los Dioses no causaban. Dios no era la Causa Primera. No había ninguna Causa Divina por la que luchar. No había Paraíso ni Infierno. No tenía nada de malo en ser un sinvergüenza. Ni un explotador inmisericorde de la mano de obra barata (mejor niños, que son más dóciles) en jornada laboral de dieciséis horas diarias o más, atados a las máquinas para que no se escaparan por culpa del cansancio.
            Todos los intelectuales modernos tendieron al escepticismo. Todos. Menos los poetas. Blake inventó todavía en pleno XVIII una nueva mitología y divinizó el genio poético. Shelley, un ateo militante, convirtió la Belleza Intelectual en una nueva divinidad inherente a la Naturaleza y a los hombres. Hölderlin hablaba de los Dioses como Sueños de los hombres, pero porque pensaba que el hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando razona. Baudelaire vio que las cosas eran símbolos y el universo un bosque de significados que se correspondían armónicamente, dándole al Cosas el Sentido que antes recibieron las Ánimas o Espíritus divinos. Rimbaud dijo creer en Venus. Rubén Darío rezó a Pan caprípedo y bicorne un padrenuestro. Yeats creía en los duendes y en la magia de la poesía. Unamuno en un Dios hereje. Eliot creía que Dios era inglés. Juan Ramón Jiménez, que Dios era él mismo cuando se extasiaba ante la Belleza de, poe ejemplo, un atardecer. Los poetas creían en lo divino porque creían en la Belleza. Y porque creían que la Belleza era divina.
            Pero los poetas siempre hamos estado un poco majaretas. La Razón había desterrado a la Poesía del universo. Bien: nos iremos con la Poesía a otra parte, dijeron, y que le den por saco a la Razón. Algunos (v. gr. Hölderlin) se volvieron locos de verdad. Otros persiguieron a la poesía hasta fuera del universo o se suicidaron luchando como unos valientes frente a los turcos que tiranizaban Grecia, la tierra de los Dioses (v. gr. Byron).
            Pero no todo el mundo estaba dispuesto a tamaños sacrificios.
            Y entonces apareció el irracionalismo poético. Una doctrina que defiende que el galimatías ininteligible e insignificante (id est: el disparate más irracional que se nos ocurra) es el método poético por excelencia, y que un poeta debe esforzarse en utilizar las palabras para decir absolutamente nada -acaso porque la Nada sea lo único que queda fuera de este universo despoetizado.
            Esas locuras, que justifican pecados imperdonables como la cuchara que sacaba ojos de los cocodrilos y golpeaba el trasero de los monos -y otras lindezas semejantes- en un poeta de tantísima altura como Lorca, tuvieron en un principio, como ya he explicado, su razón de ser.
            Pero hoy día ya no la tienen.
            Y no la tienen porque hoy día la Razón, aliada con la Ciencia, es quien ha devuelto la poesía al universo: piénsese en el Big Bang, en los universos pequeños o paralelos, en la dualidad partícula-onda que nos dice que las cosas estan hechas de no-cosas; en los trabajos de Prigoguine, que ha descubierto que el caos es propenso al orden, y en la forma de células vivas que parecen tener los cúmulos galácticos ("lo de arriba es como lo de abajo", decían los alquimistas), y en la Semiofísica de René Thom que a mí tanto me recuerdan las correspondencias de Baudelaire, aunque no sean idénticas filosofías.
            La poesía ya no necesita ser irracional para ser poesía. Al contrario, necesita ser razonable como lo ha sido la ciencia que se ha dejado conducir por las evidencias a pesar de que a veces contravinieran la querida teoría de la realidad que el investigador científico de turno había preconcebido con tanto amor y entusiasmo.
            Es más, la belleza de las teorías científicas vigésimas las ha convertido en los nuevos mitos -verdaderos- de la Razón, una Razón que nos dice que la realidad es tan fantástica como la fantasía (que viene a ser lo mismo que decir que la fantasía puede ser tan real como la realidad). Pero ojo: no confundir realidad con experiencia: porque la experiencia siempre se quedará corta ante la realidad, de la que sólo verá una mínima parte: acaso la que cabe entre los márgenes estrechos del realismo. Pero la realidad no es realista. Es realmente fantástica. A ver cuándo se enteran los poetas.

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