Y, en efecto, la obsesión por el
análisis parece haber sido durante casi tres siglos -si no más- un rasgo que ha
definido la cultura occidental y que la ha llevado a ser vanguardia de la
tecnología -y, por tanto, del poder- en todo el mundo.
El método analítico, como se
sabe, consiste en descomponer el todo hasta no poder más, esto es, hasta que
aislemos sus partes elementales, las que ya no son susceptible de ulterior
descomposición. En ellas debería hallarse la explicación última, la
fundamental, del porqué y del cómo del comportamiento de todo.
Y en cierto modo tal esperanza
era hasta cierto punto verosímil, porque es cierto que las partes explican en
parte la naturaleza del todo. Pero también es cierto que no la explican del
todo. Vayamos por partes: del mismo modo que un ladrillo puede ser explicación
de la consistencia o solidez de un edificio pero no puede serlo de su estructura,
un átomo puede explicar ciertas propiedades de la materia pero no puede
explicar otras.
Así, según la visión viciosa del
análisis, la interacción entre átomos podría explicar miles y miles de
reacciones químicas, pero no podrían explicar el fenómeno de la vida ni el de
la conciencia, a pesar de que los analistas a ultranza de los siglos XIX y XX,
en vez de reconocer su incapacidad de explicar esos dos fenómenos incómodos por
medio exclusivo de su método, prefirieron defender que tales fenómenos sí que
estaban siendo explicados en verdad por la interacción de los indivisibles
átomos, sólo que de una forma negativa. Si esas interacciones de puntos
materiales no podían explicar la vida y la conciencia era sólo porque la vida
consistía en un conjunto de reacciones demasiado complejas como para que la
mente humana pudiera comprenderlo, mientras que la conciencia no era más que un
conjunto de epifenómenos sintomáticos de unas reacciones químicas habidas en el
cerebro, pero que en realidad no tenían existencia objetiva.
Todo lo cual era, a mi modesto
entender, lo mismo que no decir nada, y para eso mejor hubiera sido quedarse
calladitos.
El sentido común a veces tarda en
llegar, mas -hasta ahora- siempre ha llegado. Al tercer o cuarto siglo de
obsesión analítica -ya era hora- llegaron las primeras explicaciones
alternativas con las teorías del Caos y de las Catástrofes, y en especial con
el concepto de sinergia, sobre el
cual recomiendo la lectura del libro Fórmulas
del éxito en la naturaleza, de Hermann Haken (Salvat, Barcelona, 1994).
La sinergética pretende y consigue explicar las cosas que la obsesión
analítica dejaba inexplicadas. Porque de entrada sinergética significa
"estudio de la acción en conjunto". Y una de las primeras cosas que
nos revela es que en cualquier sistema material, sean cuales sean las unidades
básicas que lo componen, existe un punto crítico a partir del cual un
incremento (o un descenso) de energía producirá un cambio cualitativo en la
totalidad del sistema que lo convertirá en otra cosa distinta de lo que antes
era. O dicho de otra manera: los cambios desde situaciones caóticas a ordenadas
y viceversa se rigen por las mismas leyes matemáticas, sea cual sea el sustrato
material sobre el que tal cambio se efectúe.
Si, por ejemplo, al sistema de
las moléculas interactuantes que componen el agua que ocupa el interior de un
cazo le añadimos energía calentándola, habrá un momento en el que las moléculas
que antes estuvieran interactuando de una manera más o menos arbitraria
empezarán a moverse ordenadamente formando remolinos o "rollos giratorios
de convección", como si el calor
hubiera sido una señal de mando que hubiera puesto de acuerdo a todas las
moléculas que antes se ignoraban entre sé. Si volvemos a aumentar la energía
las moléculas volverán a interactuar arbitrariamente pero a mayor velocidad que
antes por lo que se habrá producido un cambio macroscópico y el líquido será
ahora gas: vapor. Pero las partes componentes del sistema, los átomos, seguirán
siendo las mismas.
Pues bien: un modelo matemático
parecido sirve para explicar el comportamiento de cualquier sistema. Por
ejemplo: el de la célula: un conjunto de moléculas carbonadas cuya
interactuación ha superado un punto crítico produciendo a nivel macroscópico un
fenómeno inexistente en sus partes atómicas: la criatura viva. Y de la misma
manera una suerte especial de célula, la neurona, actuando en conjunto produce,
una vez que sobrepasa su punto crítico, una cosa distinta de los componentes
que la integran: la conciencia.
Pero lo más curioso es, como ya
adelanté, que las reglas matemáticas que rigen estas transformaciones o
"transiciones de fase" son las mismas para todos los sistemas
posibles por lo que también podemos aplicar el método sinergético a la vida en
su conjunto para comprender los cambios ecológicos que explican la Evolución; y
también a la sociedad, de manera que podamos comprender sus trasformaciones a
lo largo de la historia (v. gr.: las razones de la Revolución del Neolítico,
que dio lugar al sistema socioeconómico agrícola, o las de la Revolución
Industrial, que ha dado lugar a algo de cuya naturaleza aún no estamos del todo
seguros pero que sabemos es, sin discusión posible, algo totalmente distinto a
lo anterior, o la Revolución Financiera que, si no la paramos, va convertir el
mundo en un estercolero de indigencia inhumana, camino de la miseria
involucionista querida dirigida por una minoría de potentados, asesinos e
potencia).
Haken afirma que en el interior
de todos los sistemas materiales se produce, siempre que el incremento o
descenso de energía los aproxima a su punto crítico, una especie de conflicto
entre las partes (o partículas) constituyentes del todo que se parece mucho a una
cosa con lo que estamos muy familiarizados en nuestra sociedad. De pronto una
de las partes consigue someter a otra a su influencia, y estas dos a una
tercera y éstas sucesivamente a la mayoría de las partículas restantes del
sistema produciéndose lo que se llama técnicamente (es física) una moda. Pero mientras esta moda o
movimiento general de las partículas del sistema se erige con la hegemonía, ha
habido una lucha entre partículas y grupos de partículas muy parecida a lo que
en economía llamamos competencia. Concepto también fundamental en el
darwinismo, en donde se entiende que la lucha competitiva es uno de los motores
de la evolución: si no se lucha, no se evoluciona, y quien no evoluciona o
progresa se extingue.
En cualquier caso es interesante
destacar el detalle de que todos los cambios empiezan por manifestarse con
pequeñas fluctuaciones consecuencia de incrementos o descensos de energía.
En nuestra sociedad estamos
sufriendo un brusco descenso de energía económica en sus bases y un incremento
monstruoso en la cúspide de sistema, y las fluctuaciones han empezado a notarse
en todos los niveles.
Y tras el punto crítico viene la
diferencia.
Y ese punto crítico en la
actualidad española empezó con Podemos, y con la reacción mediática y tramposa
del Poder de Gobiernos mercenarios comprados por los líderes de la
antidemocrática ideología neoliberal de moda.
Pero todas modas son pasajeras. Y
esta también pasará. Porque podemos. Porque se puede. Y porque el capitalismo
salvaje va a cargarse, no sólo el capitalismo, si no la misma Economía de
Mercado, que no son lo mismo: la 2ª es legítima, siempre que el Estado la
regule, para que no se desmande y se salga de madre.
A ver que nos trae este efecto
mariposa: uno parecido acabó con los socialismos de Estado. Por una cuestión
económica: sin competencia no se podía financiar las armas nucleares.
Y el capitalismo neoliberal se
caracteriza por su monolítico ologopolismo de sus trusts, que elimina la libre
competencia. También la de la evolución. Y toda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario