domingo, 20 de octubre de 2019

REIVINDICACIÓN DE UN POETA IZQUIERDISTA


Voy a hacer una reivindicación. Una reivindicación de una obra poética. Pero también una reivindicación de una vida ejemplar. Pero además una reivindicación de un ideal y una ética. Finalmente una reivindicación que rescate a un poeta del olvido. Voy a reivindicar a Miguel Hernández.
        En un principio puede ser que haya algún estudioso o estudiante que se sorprenda ante lo inusitado de esta en apariencia arbitraria afirmación sobre el olvido de un poeta memorable.
          Y con razón. Pues qué sentido puede tener, en efecto, hablar de rescatar del olvido a un poeta que no sólo no ha sido olvidado, sino que además se mantiene absolutamente vigente dentro del aludido contexto universitario, pues doy por supuesto que son legión hoy día los estudiosos que sobre la obra y los manuscritos de M. Hdez. investigan, y que son miles los artículos que sobre él aparecen en revistas especializadas, y que son caterva los estudiantes que sobre M. Hdez. escriben sus tesinas y tesis doctorales, y que son pila y hacina los estudiantes y estudiosos que sobre él discuten tratando de dilucidar cuestiones tan importantes como las que siguen: que si es correcta su inclusión en la Generación del 27, con quien indiscutiblemente está relacionado, no sólo por la amistad que mantuvo con muchos de sus miembros, sino también por rasgos de su obra, como por ejemplo su culteranismo precoz, o su tendencia al futurismo vanguardista de su primera época, o por su frecuente uso de imágenes surrealistas a lo Aleixandre o Neruda de su poesía posterior; o que si por el contrario sería más correcta su inclusión en la poesía de postguerra como se hace en prestigiosos manuales y libros de texto, pese al óbice de que Hdez. sólo vivió -y sufrió- unos pocos años esa postguerra, lo que no quita para que pueda ser considerado como padre malogrado del movimiento poético que protagonizó los años referidos, y que acabaría autodenominándose y siendo conocido como "poesía social".
         En fin, cómo puede hablarse de rescatar del olvido a un poeta que por haber sido héroe nacional de la República y por lo tanto de la libertad y de la defensa de la democracia legítima frente a los golpistas del 18 de Julio, ha sido, sobre todo en los últimos años de la dictadura, cuando el dictador, si no agonizaba, al menos manifestaba obvia senilidad, uno de los poetas más reivindicados y citados por la oposición izquierdista, y uno de los más popularizados por versiones musicales que de sus poemas dieron cuantos cantautores de pro se pusieron de moda por aquellos entonces.
       Yo fui, de hecho, uno de los que conoció a Hernández a través de Serrat y de Paco Ibáñez, cuando era estudiante y militante izquierdista y muy joven poeta.
        Y es curioso, ahora que no ejerzo de estudiante, aunque si de estudioso, ni de docente, porque estoy jubilado, me vuelvo a encontrar con la sorpresa noticiosa de que el Rayo que no cesa sigue siendo lectura obligatoria o recomendada en muchos centros Enseñanza Secundaria.
         Y que ahora que no ejerzo de militante izquierdista me encuentro con que todas las instituciones celebran en su honor solemnes homenajes.
        Y que ahora que no ejerzo de muy joven poeta -por la evidente razón de que ya no soy joven- me encuentro con que los jóvenes poetas, a pesar de que son muchos los que buscan sus modelos a imitar dentro de ese espectro de poetas a sí mismos considerados poetas sociales, pero hoy día se conocidos como Generación del 50, a pesar de ello, digo, reniegan de Miguel Hdez. no sólo cómo modelo a imitar, sino también como poeta homenajeable, por el mero hecho de su calidad poética que en frecuentes ocasiones se considera escasa e incluso inexistente.
       Las razones que la muy joven poesía aduce a este respecto son a veces no sólo razonables sino ciertas.
       Hdez. es -nos dicen- un poeta incorrecto, a veces hasta la tosquedad. Y eso a veces es cierto.
       Hdez. -nos dicen- es a veces un poeta de versos mostrencos y poco pulimentados. Y eso, a veces, también es cierto.
       A veces Hdez. -nos vuelven a decir- es un poeta que cae en el peor defecto en que puede caer un poeta. Porque a veces Hdez. es un poeta ripioso. Y eso a veces, (a pesar de que esos ripios están motivados por su desmedida ambición de asimilar en su poesía imágenes novedosas o innovadoras del más variado carácter) no deja tampoco de ser cierto.
       Pues los ripios son siempre ripios aunque su origen o motivación ripiosa sea ni más ni menos que el surrealismo, movimiento vigente y aun de moda en tiempos del poeta. (Después de todo, un ripio -y hay que decirlo, y definirlo, porque hoy día abundan poetas y avezados lectores de poesía que no saben distinguir un ripio de una rima- es por definición una rima obligada por el sonido pero que no hace sentido con el resto de la estrofa o el poema: y qué sentido le podemos pedir a un discurso surrealista.)
         Pero no sólo por eso sino por más cosas que a continuación recordaré, tengo que insistir en que a Hdez. hay que perdonarle sus incorrecciones y sus ripios.
        Porque si no lo hiciéramos, obrando con justicia tampoco le deberíamos perdonar a Machado el innegable prosaísmo de tantos de sus versos, a Cernuda las facilonerías y trivialidades de alguno de los poemas de su etapa surrealista, o a Juan Ramón Jiménez su con frecuencia tan remetadamente empalagosa cursilería.
        Nadie sin embargo critica a estos poetas por los defectos suso indicados, o son pocos los que lo hacen. Es más: creo poder afirmar con rotunda seguridad que nadie hoy día dudaría en lo más mínimo de la altura poética o de la calidad de los versos de los poetas traídos a colación.
          Yo tampoco dudo.
          Pero es que hay más razones para hacer urgentes reivindicaciones de Hdez.: porque creo que en estos tiempos en que la sociedad occidental, ha perdido su contrapeso político internacional con la disolución del los poderes del Este, y en que parece que el único valor ético vigente es el de saber negociar con habilidad, en pro de la acumulación insensata de capital fantasma o financiero; en estos tiempos de consolidación de la democracia y del estado de derecho en que hay personalidades y entidades políticas e incluso parlamentarias que se atreven a cuestionar e incluso a agredir los principios más sagrados en los que se fundamentan la democracia y el estado de derecho; en estos tiempos de consagración de la democracia, en los que hemos podido ser testigos de cómo se ha infiltrado en ella la peor de las cleptocracias, con el consentimiento y connivencia de sus votantes; tiempos en que podemos recordar cómo se concedía el más alto galardón literario en lengua española a poetas que fueron colaboracionistas convencidos del régimen anterior, mientras que el poeta Gabriel Celaya, uno de sus más heroicos opositores moría poco menos que en la indigencia; ahora, digo, es la hora en que puede sernos saludable reivindicar a poetas como Hdez., hombre del pueblo que sintió la solidaridad con los suyos de manera auténtica y que supo expresarlo con la misma intensidad con que cantaba sus poemas amorosos.
       La solidaridad es, sin embargo, un valor ético que ha quedado obsoleto. Ahora el valor que prima entre las nuevas generaciones es el de la competencia. La calidad del producto importa poco: saber venderlo es la clave del negocio. Poetas radicales como M. Hdez. no interesan como modelo: son demasiado duros. Se necesitan modelos más blandos, más neutros, modelos que al ser imitados produzcan un producto comodín, algo que valga para todo el mundo, precisamente porque carece de signo. Y lo que carece de signo no es otra cosa que insignificante.
      No deja de ser, por otro lado, sospechoso que los jóvenes prefieran como modelo a un rico hombre de negocios (por ejemplo: Gil de Biedma; fácil, además, de imitar) que a un pobre cabrero de Orihuela.
        Porque Hdez., como todo auténtico poeta, es un poeta del amor. Más, cuando digo amor de poeta auténtico, me refiero a una suerte especial de amor que podríamos llamar amor cósmico o amor universal.
        Porque todo poeta auténtico tiene que sentir una suerte de amor universal que equivale a algo así como una solidaridad infinita con todas las criaturas.
      Y Hdez. fue un poeta de la solidaridad y del amor universal: no en vano cantó con más intensidad y apasionamiento que nadie el amor al hijo y el amor a la Esposa, así como también el amor al amigo, puesto que de su pluma es el poema a la amistad más sentido que conozco, si exceptuamos alguno Fray Luis, el otro gran cantor de la amistad; pero también el amor a la madre, y no sólo a la madre personal de uno mismo, sino el amor a todas las madres, madres hoy demasiado olvidadas, desatendidas e incluso despreciadas: el amor a la madre tierra y el amor a la madre naturaleza y el amor a la madre patria, patria que Hdez. nunca entendió como otra cosa que el conjunto de los hombres que habitan una tierra, hombres diversos los unos de los otros pero todos semejantes en derechos y en el orgullo de pertenecer a un mismo pueblo.
        Porque para Hdez. ser hombre es tener una serie de derechos inalienables y uno de ellos es el del respeto mutuo y por lo tanto el de la libertad, los dos pilares básicos de eso que en tiempos del poeta se llamó Justica Social.
       En efecto, la justicia social fue una pasión, un amor pasional para Miguel Hdez. Y tuvo la mala suerte de asistir a su derrumbamiento definitivo dentro de las fronteras españolas, y contra ese derrumbamiento impuesto por las armas y los intereses oligárquicos luchó ferozmente el poeta con sus versos y el hombre con su fusil, acciones que a la postre le costarían la libertad y la vida.
           Mi defensa de Hdez. no es, pues, una defensa más, la defensa del Hdez. oficial, del que se dice que su mejor libro es El Rayo que no cesa. El Miguel Hdez. de las muy parciales antologías al uso.
        El Hernández que a mí me interesa reivindicar no es el de los poemas más conocidos, esos que nos revelan al Hdez. que todos recordamos y que por tanto empezamos a olvidar.
    El Hdez. que a mí me interesa es el de los poemas que contradicen las opiniones más estandardizadas al respecto de su obra, los poemas que demuestran que existe un Hdez. hábil versificador y hábil manipulador del lenguaje, un Hdez. de fina y aun exquisita sensibilidad, y también un Hdez. en que se combinan armónicamente su voz de fino lector autodidacta con su voz de hombre del pueblo, con su voz de pastor, más apegado que nosotros a los fenómenos de la naturaleza, y capaz de hacer una poesía que habla sin pelos en la lengua y que llama al pan pan y al vino vino.
        Un Hdez. que al fin y a la postre demuestra gozar de aquello de que debe gozar todo poeta que lo sea de verdad: eso que yo llamo una inteligencia poética.
        Porque estoy de acuerdo con Poe en aquello de que el poema es una operación de la inteligencia, y en consecuencia también estoy de acuerdo con su discípulo y traductor Baudelaire en aquello de que la inteligencia del poeta no es la inteligencia de la razón deductiva, sino la de la intuición analógica.
      La inteligencia poética es una inteligencia que compara y relaciona realidades, de modo que mediante esa comparación que la imaginación realiza, el misterio de las cosas queda iluminado con una luz distinta de la pobre razón o del pobre sentido común. Y esa inteligencia que escruta y compara, esa inteligencia creativa, esa inteligencia de la imaginación que -decía Wordswoth- salta por encima de los muros y golfos de misterio que la razón nunca podrá sobrepasar, es una inteligencia que se halla sembrada en la tierra de la sensibilidad y que sólo puede fertilizarse con el abono de la emoción.
         Porque la emoción es el combustible de la verdadera inteligencia.
         Para saber pensar antes hay que aprender a sentir, a sentir hondo.
       Y si algo sobresale en la obra poética de Hdez. es precisamente eso: por un lado su capacidad analógica, como evidente resulta del estudio de la infinita variedad y audacia de sus metáforas; y por otro su tremenda capacidad de emoción e incluso de apasionamiento ante el hermoso espectáculo de la naturaleza y ante el trágico espectáculo del hombre, de ese ser en quien, a diferencia de nosotros, y a pesar del desesperante fracaso de la humanidad que se vio forzado a padecer en la España de su época, el poeta Miguel Hernández nunca quiso dejar de creer.
       Yo también me solidarizo poéticamente con todos  los niños yunteros, con los aceituneros andaluces de Jaén, e intentaría componer unas “Nanas de la cebolla” si me informaran de que mi esposa y mi hijo solo tienen tal cosa para comer, y me saldría una “Canción del esposos soldado”, o un "Primero de Mayo del 37", donde consigue sintetizar armónicamente dos conceptos antagónicos: la guerra y la primavera, los dos de fuerte carga simbolista. 
         O me sentiría Herido, poema en se funden la conciencia del dolor como fuente de la solidaridad universal y de la libertad. O admiraría a “Rosario la dinamitera”, que es el título de un canto al Heroísmo Libertario Femenino.
      O me saldría algo parecido a “Eterna sombra", escrito ya en la cárcel. En él la derrota y la desesperación protagonizan una agonía en que el poeta se debate contra el evidente triunfo de la iniquidad humana. Poemas que a pesar de todo luchan para ser esperanzadores.
          Porque a mí a mi también “Me sobra corazón”.
         Y por ello, si bien a mi enana -si con un grande me comparo- manera, “para la libertad sangro, lucho, pervivo”.
      Esa libertad hoy, igual que siempre, amenazada, por neofranquiatas o herederos cambia-chaquetas y consentidores de la injusticia por complicidad con el podrido poder capitalista salvaje del neoliberalismo, una ideología que predica la libertad para los grandes Potentados a costa de la nuestra, la de todos, la del pueblo.
          Y hoy con un agravante: parece -y ojalá yerre-, que la gran mayoría del pueblo está de acuerdo con la Iniquidad de sus opresores.
           Por todo ello creo poder afirmar con plana seguridad que Miguel Hernánde hoy sería, como mínimo, votante de Unidas Podemos.

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