Voy a
hacer una reivindicación. Una reivindicación de una obra poética. Pero también
una reivindicación de una vida ejemplar. Pero además una reivindicación de un
ideal y una ética. Finalmente una reivindicación que rescate a un poeta del
olvido. Voy a reivindicar a Miguel Hernández.
En un principio puede ser que haya
algún estudioso o estudiante que se sorprenda ante lo inusitado de esta en
apariencia arbitraria afirmación sobre el olvido de un poeta memorable.
Y con razón. Pues qué sentido puede
tener, en efecto, hablar de rescatar del olvido a un poeta que no sólo no ha
sido olvidado, sino que además se mantiene absolutamente vigente dentro del
aludido contexto universitario, pues doy por supuesto que son legión hoy día
los estudiosos que sobre la obra y los manuscritos de M. Hdez. investigan, y
que son miles los artículos que sobre él aparecen en revistas especializadas, y
que son caterva los estudiantes que sobre M. Hdez. escriben sus tesinas y tesis
doctorales, y que son pila y hacina los estudiantes y estudiosos que sobre él
discuten tratando de dilucidar cuestiones tan importantes como las que siguen:
que si es correcta su inclusión en la Generación del 27, con quien
indiscutiblemente está relacionado, no sólo por la amistad que mantuvo con
muchos de sus miembros, sino también por rasgos de su obra, como por ejemplo su
culteranismo precoz, o su tendencia al futurismo vanguardista de su primera
época, o por su frecuente uso de imágenes surrealistas a lo Aleixandre o Neruda
de su poesía posterior; o que si por el contrario sería más correcta su
inclusión en la poesía de postguerra como se hace en prestigiosos manuales y
libros de texto, pese al óbice de que Hdez. sólo vivió -y sufrió- unos pocos
años esa postguerra, lo que no quita para que pueda ser considerado como padre
malogrado del movimiento poético que protagonizó los años referidos, y que
acabaría autodenominándose y siendo conocido como "poesía social".
En fin, cómo puede hablarse de
rescatar del olvido a un poeta que por haber sido héroe nacional de la
República y por lo tanto de la libertad y de la defensa de la democracia
legítima frente a los golpistas del 18 de Julio, ha sido, sobre todo en los
últimos años de la dictadura, cuando el dictador, si no agonizaba, al menos
manifestaba obvia senilidad, uno de los poetas más reivindicados y citados por
la oposición izquierdista, y uno de los más popularizados por versiones
musicales que de sus poemas dieron cuantos cantautores de pro se pusieron de
moda por aquellos entonces.
Yo fui, de hecho, uno de los que
conoció a Hernández a través de Serrat y de Paco Ibáñez, cuando era estudiante
y militante izquierdista y muy joven poeta.
Y es curioso, ahora que no ejerzo de
estudiante, aunque si de estudioso, ni de docente, porque estoy jubilado, me
vuelvo a encontrar con la sorpresa noticiosa de que el Rayo que no cesa sigue siendo lectura obligatoria o recomendada en muchos
centros Enseñanza Secundaria.
Y que ahora que no ejerzo de
militante izquierdista me encuentro con que todas las instituciones celebran en
su honor solemnes homenajes.
Y que ahora que no ejerzo de muy
joven poeta -por la evidente razón de que ya no soy joven- me encuentro con que
los jóvenes poetas, a pesar de que son muchos los que buscan sus modelos a
imitar dentro de ese espectro de poetas a sí mismos considerados poetas
sociales, pero hoy día se conocidos como Generación del 50, a pesar de ello,
digo, reniegan de Miguel Hdez. no sólo cómo modelo a imitar, sino también como
poeta homenajeable, por el mero hecho de su calidad poética que en frecuentes
ocasiones se considera escasa e incluso inexistente.
Las razones que la muy joven poesía
aduce a este respecto son a veces no sólo razonables sino ciertas.
Hdez. es -nos dicen- un poeta
incorrecto, a veces hasta la tosquedad. Y eso a veces es cierto.
Hdez. -nos dicen- es a veces un
poeta de versos mostrencos y poco pulimentados. Y eso, a veces, también es
cierto.
A veces Hdez. -nos vuelven a decir-
es un poeta que cae en el peor defecto en que puede caer un poeta. Porque a
veces Hdez. es un poeta ripioso. Y eso a veces, (a pesar de que esos ripios
están motivados por su desmedida ambición de asimilar en su poesía imágenes
novedosas o innovadoras del más variado carácter) no deja tampoco de ser
cierto.
Pues los ripios son siempre ripios
aunque su origen o motivación ripiosa sea ni más ni menos que el surrealismo,
movimiento vigente y aun de moda en tiempos del poeta. (Después de todo, un
ripio -y hay que decirlo, y definirlo, porque hoy día abundan poetas y
avezados lectores de poesía que no saben distinguir un ripio de una rima- es
por definición una rima obligada por el sonido pero que no hace sentido con el
resto de la estrofa o el poema: y qué sentido le podemos pedir a un discurso
surrealista.)
Pero no sólo por eso sino por más
cosas que a continuación recordaré, tengo que insistir en que a Hdez. hay que
perdonarle sus incorrecciones y sus ripios.
Porque si no lo hiciéramos, obrando
con justicia tampoco le deberíamos perdonar a Machado el innegable prosaísmo de
tantos de sus versos, a Cernuda las facilonerías y trivialidades de alguno de
los poemas de su etapa surrealista, o a Juan Ramón Jiménez su con frecuencia tan
remetadamente empalagosa cursilería.
Nadie sin embargo critica a estos
poetas por los defectos suso indicados, o son pocos los que lo hacen. Es más:
creo poder afirmar con rotunda seguridad que nadie hoy día dudaría en lo más
mínimo de la altura poética o de la calidad de los versos de los poetas traídos
a colación.
Yo tampoco dudo.
Pero es que hay más razones para
hacer urgentes reivindicaciones de Hdez.: porque creo que en estos tiempos en
que la sociedad occidental, ha perdido su contrapeso político internacional con
la disolución del los poderes del Este, y en que parece que el único valor
ético vigente es el de saber negociar con habilidad, en pro de la acumulación insensata
de capital fantasma o financiero; en estos tiempos de consolidación de la
democracia y del estado de derecho en que hay personalidades y entidades
políticas e incluso parlamentarias que se atreven a cuestionar e incluso a
agredir los principios más sagrados en los que se fundamentan la democracia y
el estado de derecho; en estos tiempos de consagración de la democracia, en los
que hemos podido ser testigos de cómo se ha infiltrado en ella la peor de las
cleptocracias, con el consentimiento y connivencia de sus votantes; tiempos en que
podemos recordar cómo se concedía el más alto galardón literario en lengua
española a poetas que fueron colaboracionistas convencidos del régimen
anterior, mientras que el poeta Gabriel Celaya, uno de sus más heroicos
opositores moría poco menos que en la indigencia; ahora, digo, es la hora en
que puede sernos saludable reivindicar a poetas como Hdez., hombre del pueblo
que sintió la solidaridad con los suyos de manera auténtica y que supo
expresarlo con la misma intensidad con que cantaba sus poemas amorosos.
La solidaridad es, sin embargo, un
valor ético que ha quedado obsoleto. Ahora el valor que prima entre las nuevas
generaciones es el de la competencia. La calidad del producto importa poco:
saber venderlo es la clave del negocio. Poetas radicales como M. Hdez. no
interesan como modelo: son demasiado duros. Se necesitan modelos más blandos,
más neutros, modelos que al ser imitados produzcan un producto comodín, algo que valga para todo el
mundo, precisamente porque carece de signo.
Y lo que carece de signo no es otra cosa que insignificante.
No deja de ser, por otro lado,
sospechoso que los jóvenes prefieran como modelo a un rico hombre de negocios
(por ejemplo: Gil de Biedma; fácil, además, de imitar) que a un pobre cabrero
de Orihuela.
Porque Hdez., como todo auténtico
poeta, es un poeta del amor. Más, cuando digo amor de poeta auténtico, me
refiero a una suerte especial de amor que podríamos llamar amor cósmico o amor
universal.
Porque todo poeta auténtico tiene
que sentir una suerte de amor universal que equivale a algo así como una
solidaridad infinita con todas las criaturas.
Y Hdez. fue un poeta de la
solidaridad y del amor universal: no en vano cantó con más intensidad y
apasionamiento que nadie el amor al hijo y el amor a la Esposa, así como
también el amor al amigo, puesto que de su pluma es el poema a la amistad más
sentido que conozco, si exceptuamos alguno Fray Luis, el otro gran cantor de la
amistad; pero también el amor a la madre, y no sólo a la madre personal de uno
mismo, sino el amor a todas las madres, madres hoy demasiado olvidadas,
desatendidas e incluso despreciadas: el amor a la madre tierra y el amor a la
madre naturaleza y el amor a la madre patria, patria que Hdez. nunca entendió
como otra cosa que el conjunto de los hombres que habitan una tierra, hombres
diversos los unos de los otros pero todos semejantes en derechos y en el
orgullo de pertenecer a un mismo pueblo.
Porque para Hdez. ser hombre es
tener una serie de derechos inalienables y uno de ellos es el del respeto mutuo
y por lo tanto el de la libertad, los dos pilares básicos de eso que en tiempos
del poeta se llamó Justica Social.
En efecto, la justicia social fue
una pasión, un amor pasional para Miguel Hdez. Y tuvo la mala suerte de asistir
a su derrumbamiento definitivo dentro de las fronteras españolas, y contra ese
derrumbamiento impuesto por las armas y los intereses oligárquicos luchó
ferozmente el poeta con sus versos y el hombre con su fusil, acciones que a la
postre le costarían la libertad y la vida.
Mi defensa de Hdez. no es, pues,
una defensa más, la defensa del Hdez. oficial, del que se dice que su mejor
libro es El Rayo que no cesa. El
Miguel Hdez. de las muy parciales antologías al uso.
El Hernández que a mí me interesa
reivindicar no es el de los poemas más conocidos, esos que nos revelan al Hdez.
que todos recordamos y que por tanto empezamos a olvidar.
El Hdez. que a mí me interesa es el
de los poemas que contradicen las opiniones más estandardizadas al respecto de
su obra, los poemas que demuestran que existe un Hdez. hábil versificador y
hábil manipulador del lenguaje, un Hdez. de fina y aun exquisita sensibilidad,
y también un Hdez. en que se combinan armónicamente su voz de fino lector
autodidacta con su voz de hombre del pueblo, con su voz de pastor, más apegado
que nosotros a los fenómenos de la naturaleza, y capaz de hacer una poesía que
habla sin pelos en la lengua y que llama al pan pan y al vino vino.
Un Hdez. que al fin y a la postre
demuestra gozar de aquello de que debe gozar todo poeta que lo sea de verdad:
eso que yo llamo una inteligencia poética.
Porque estoy de acuerdo con Poe en
aquello de que el poema es una operación de la inteligencia, y en consecuencia
también estoy de acuerdo con su discípulo y traductor Baudelaire en aquello de
que la inteligencia del poeta no es la inteligencia de la razón deductiva, sino
la de la intuición analógica.
La inteligencia poética es una
inteligencia que compara y relaciona realidades, de modo que mediante esa
comparación que la imaginación realiza, el misterio de las cosas queda
iluminado con una luz distinta de la pobre razón o del pobre sentido común. Y
esa inteligencia que escruta y compara, esa inteligencia creativa, esa
inteligencia de la imaginación que -decía Wordswoth- salta por encima de los muros y golfos de misterio que la razón
nunca podrá sobrepasar, es una inteligencia que se halla sembrada en la
tierra de la sensibilidad y que sólo puede fertilizarse con el abono de la
emoción.
Porque la emoción es el combustible
de la verdadera inteligencia.
Para saber pensar antes hay que
aprender a sentir, a sentir hondo.
Y si algo sobresale en la obra
poética de Hdez. es precisamente eso: por un lado su capacidad analógica, como
evidente resulta del estudio de la infinita variedad y audacia de sus
metáforas; y por otro su tremenda capacidad de emoción e incluso de
apasionamiento ante el hermoso espectáculo de la naturaleza y ante el trágico
espectáculo del hombre, de ese ser en quien, a diferencia de nosotros, y a
pesar del desesperante fracaso de la humanidad que se vio forzado a padecer en
la España de su época, el poeta Miguel Hernández nunca quiso dejar de creer.
Yo también me solidarizo poéticamente
con todos los niños yunteros, con los aceituneros
andaluces de Jaén, e intentaría componer unas “Nanas de la cebolla” si me informaran
de que mi esposa y mi hijo solo tienen tal cosa para comer, y me saldría una “Canción
del esposos soldado”, o un "Primero de Mayo del 37", donde consigue sintetizar
armónicamente dos conceptos antagónicos: la guerra y la primavera, los dos de
fuerte carga simbolista.
O me sentiría Herido,
poema en se funden la conciencia del dolor como fuente de la solidaridad
universal y de la libertad. O admiraría a “Rosario la dinamitera”, que es el título
de un canto al Heroísmo Libertario Femenino.
O me saldría algo parecido a “Eterna
sombra", escrito ya en la cárcel. En él la derrota y la desesperación
protagonizan una agonía en que el poeta se debate contra el evidente triunfo de
la iniquidad humana. Poemas que a pesar de todo luchan para ser esperanzadores.
Porque a mí a mi también “Me sobra corazón”.
Y por ello, si bien a mi enana -si con
un grande me comparo- manera, “para la libertad sangro, lucho, pervivo”.
Esa libertad hoy, igual que siempre,
amenazada, por neofranquiatas o herederos cambia-chaquetas y consentidores de la injusticia
por complicidad con el podrido poder capitalista salvaje del neoliberalismo, una
ideología que predica la libertad para los grandes Potentados a costa de la nuestra,
la de todos, la del pueblo.
Y hoy con un agravante: parece -y ojalá
yerre-, que la gran mayoría del pueblo está de acuerdo con la Iniquidad de sus opresores.
Por todo ello creo poder afirmar con plana seguridad que Miguel Hernánde hoy sería, como mínimo, votante de Unidas Podemos.
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