El
premio Nobel Louis De Broglie, otro de los padres de la física cuántica o
atómica, se admiraba de que, a menudo, los descubrimientos
científicos más trascendentales de los tiempos modernos habían sido precedidos
por una invención teórica de la mente
humana, cosa que, según el, invalidaba el signifcado del segundo término
subrayado, porque le parecía que el científico teórico no inventaba nunca nada en realidad, puesto que lo que inventaba ya
existía previamente en la Naturaleza, de modo que sólo podría, como mucho,
descubrirlo.
Algo parecido defiende Roger Penrose,
acaso la mente matemática más potente de nuestro tiempo, cuando afirma que la
Verdad (sic: con mayúscula) es algo que depende de la estructura matemática del
universo y que es, por tanto, objetiva a
la vez que ideal, en tanto que es real
pero no evidente y necesita de una mente racional que la dé a la luz de la
conciencia (si bien es cierto que no necesita de esa mente -aunque sí de la razón-
para existir por sí misma).
El hecho de que la mente humana pueda inventar teorías
matemáticas que expliquen el funcionamiento profundo del universo también
fascinaba al propio Einstein, quien afirmaba que lo más misterioso de la
Naturaleza es que pueda ser comprendida.
En efecto, como afirmara el eminente
físico y filósofo de la ciencia Friedrich Von Weizäcker, el que la mente humana
pueda inventar leyes racionales que hagan posible nuestra familiaridad mental
con los misterios de Natura no obliga a esta última a cumplirlas, por lo que
cabe deducirse que, si es así, debe ser porque algún lazo conecta las leyes de
funcionamiento de nuestra mente con las leyes de la Naturaleza y el universo. Y
es que con demasiada frecuencia olvidamos que las leyes responsables tanto de
nosotros como de la Naturaleza son las mismas, porque todo es producto de la
Evolución Cósmica. Así nuestra capacidad de invención, de imaginación racional
funciona porque es microcósmicamente acorde con las leyes macrocósmicas, esto
es, porque nuestra mente es un producto de las mismas leyes evolutivas que
rigen y generan el universo. Lo cual nos da pie para inducir que el universo,
al igual que el hombre no sólo responde aun orden racional sino también imaginativo.
Tal vez hoy día, después del auge
obtenido por la decimonónica y sin embargo testarudamente perdurable mentalidad
mecanicista o maquinista, que exilia del cosmos todo pensamiento de tufo
antropomórfico (como lo sería esa imaginación
racional del universo), esta afirmación pueda sonar a
"misticoide" y "esoterizante", lo que le puede valer su
descatalogación como verdad oficial y seria. Y no obstante ha sido su
cientificidad lo que ha traído a colación el polémico asunto.
Es cierto, desde luego, tal como
recientemente ha mostrado Eugenio Trías en su impresionate La Edad del Espíritu (Destino, Barcelona, 1994) que la concepción
de una imaginación que "no es, desde luego, un órgano psicológico
humano" si no que el ser humano "se halla dotado de ese órgano sólo y
en tanto logra conectar con la Imaginación
objetiva, trascendental y física, que desde el centro cordial del ánima mundi promueve sus iconos y sus
figuras através de la actividad creadora", es de filiación renacentista y,
como afirmó Koyré, romántica, y tiene que ver con una precientífica o contracientífica
reivindicación de la magia como medio
de salvación de las entidades espirituales, también sospechosas de
antropomorfismo, herejía, como se sabe, perseguidísima por las inquisicones
filosóficas del XIX.
Pero la Verdad es que la experiencia
científica misma ha demostrado la validez del la razón imaginativa a lo largo
de la vida de la ciencia el suficiente número de veces como para que dejemos de
un vez por todas de sospechar de su filiación arcaizante y antimoderna.
La ciencia moderna empezó, de hecho,
motivada por esta mentalidad, luego proscrita, y a este efecto es curioso el
libro que otro físico cuántico del XX, el también premio Nobel, Wolfgang Pauli,
escribió en colaboración del psicoanalista Karl Gustav Jung sobre la motivación
arquetípica (idealista) de los trabajos astronómicos de Kepler. Según los dos
sabios modernos, el viejo sabio del último Renacimiento, posiblemente influido
por la mentalidad mágica de la que habla Trías, aceptó el heliocentrismo de
Copérnico y se dedicó a demostrarlo matemáticamente porque le parecía más
natural que Dios hubiera colocado en el centro del sistema, en vez de a la
tierra, astro-símbolo de imperfección y corruptibilidad, al sol, astro-símbolo
de la luz, de la conciencia, de la inteligencia, de la razón, de la poesía y de
la belleza.
A partir de ahí Pauli y Jung nos
explican que las disciplinas modernas en las que ellos dos son pioneros
empiezan en el siglo XX a darle la razón a esa especie de mística científica de
Kepler, porque saben que la realidad física sólo puede ser explicada mediante
Ideas (sic: con mayúscula) cuya obligada expresión mediante complejos
formalismos matemáticos no exluye su valor de visión imaginativa, tal como indica la propia etimología de la
palabra.
Como se ve Pauli y Jung veían en las Ideas
(también llamadas Arquetipos) una fuente de realidad mayor que la mera
experiencia, y esto seguramente porque la experiencia de los objetos no sería
significativa sin una razón inteligente que las interpretara, ni los objetos
podrían ser interpretados por ninguna inteligencia racional si ellos no
estuvieran concebidos según un "diseño racional" (dándole aquí a la Razón
el significado altamente espiritual e incluso místico que le diera el inventor
del término de Idea o Arquetipo, y que no es otro, como se sabe, que Platón).
La fascinación de DeBroglie ante la
capacidad adivinadora de imaginación teórico-matemática radica, pues, en que la
física moderna, a pesar de estar hecha a base de fantasías matemáticas, funciona de una manera tan eficaz que no
podemos considerarla falsa, como tampoco podemos considerar falsos sus efectos
y sus productos, pongamos por caso, el láser, los superconductores o el sistema
electrónico de este ordenador en el que estoy tecleando este escrito.
Pues bien: la última fantasía
matemática concebida por la imaginación de los físicos y que, dicen, no tardará
en coincidir con lo mismo que la Imaginación creadora de la Madre Naturaleza ha
concebido como patrón de autodiseño, se llama Toría de Campo Unificado, y pretende
ser una teoría de Todo Cuanto Existe.
Se fundamenta en la identidad básica y
última de todas las cuatro fuerzas que controlan el funcionamiento del
universo. Esa Fuerza de Fuerzas o, como la ha llamado el divulgador científico
Paul Davis, Superfuerza (Salvat,
Barcelona, 1995) es una super-ley natural (ya que no una ley sobre-natural) que
necesita para su verosimilitud de una teoría matemática que describa un cosmos
de once dimensiones, de las que sólo serían evidentes para la humana mente
cuatro de ellas: tres espaciales y una temporal. Como se ve un puro disparate.
Pero un puro disparate que ha sido concebido por la disciplina científica más
exitosa del siglo XX. Un disparate, por lo tanto, absolutamente verosímil, que
nos muestra, además, el altísimo nivel de ingenio creativo de que hace gala el
universo a la hora de autoorganizarse.
La Verdad objetiva subyacente al
universo es, como se ve, algo más próximo a la imaginación, al ingenio y a la
fantasía -por muy antropomórfico que suene- que a ese continuo rendirse al peso
de la apariencia ramplona que tan común es en las mentalidades prosaicas y
desfasadas de este fin de milenio.
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