jueves, 24 de octubre de 2019

CONTRA EL PRESTIGIO EXCESIVO DEL LADRILLISMO LITERARIO

Es curioso cómo ciertas fronteras que la crítica literaria estableciera antaño a fin de hacer clasificable el objeto de su labor (parece que las disciplinas analíticas no pueden funcionar sin clasificaciones) se convierten con el paso del tiempo en fetiches, en ídolos que terminan teniendo más autoridad que las propias mentes pensantes dedicadas al diseño y establecimiento de fronteras clasificatorias: es más fácil pensar con etiquetas o clichés establecidos por la tradición, siempre revisable, que con ideas originales y audaces.
Así la frontera que divide la literatura en "seria" frente a "de evasión". Con esos dos términos se trata de considerar que existen dos tipos de productos literarios: por un lado los que persiguen modificar la conciencia del lector poniéndolo en contacto con la realidad última -a veces oculta- de las cosas, y por otro los que únicamente se proponen entretenerlo y divertirlo evadiéndolos de la triste realidad para que se olviden de su maléfica acritud e insuficiencia existencial. La falacia de tal división es tan obvia que da un poco de vergüenza tener que tomarse uno la molestia de recordárselo a tanto avezado y serio lector que, por mor de su propia consideración como tal, desprecia lo que él considera subliteratura, sobre todo si la compara con los textos de sus culto pedantesco, sin, a veces ni haberse tomado la molestia de leer las desdeñadas obras alternativas.
Máxime si esa división establece que los productos de la primera clase constituye la verdadera literatura y la segunda es una especie de subproducto bazofioso, y si esa literatura "seria" y verdadera queda usualmente identificada con los productos de corte realista -o con frecuencia ni eso: basta con que sean fabulaciones lentas y espesas y detallistas o, sencillamente enjundiosas y plúmbeas-, mientras que todo lo que tenga un viso de fantasía, aventura, intriga o cualquier otra cosa que se salga de lo normal -lo normal en la vida normal de los autores normales que escriben para personas normales de vidas normales a los que van a relatar la normalidad de sus vidas- queda considerado como algo "menor" e inauténtico, algo hecho para vender, como si el deseo de vender fuera algo ajeno a la divinidad suprahumana del literato -y el lector- verdadero.
Y es curioso porque tal afirmación deja fuera del prejuicioso canon al 99% de la literatura que se ha escrito -y narrado oralmente- desde que el hombre adquirió el don del lenguaje y, por tanto, el de los significados trasmisibles: la inteligencia.
Porque hay un hecho histórico-antropológico que carece de posible contestación: la literatura y la ficción nacieron juntas. Es más: la literatura -del latín littera, letra- no empezó siendo otra cosa que ficciones orales puestas por escrito. Y cuando digo ficciones estoy utilizando la palabra con todas sus consecuencias, incluidas las etimológicas: ficción significa acción de fingir, de simular o imitar, de contar mentiras que sean como verdades: de imaginar o fantasear.
Ahí está la clave: pronto los "fabuladores" fueron conscientes de la capacidad que la fabulación -el mito- tenía de atrapar la verdad por semejanza analógica, esto es, la capacidad de captar -o producir- conocimiento que tenían las mentiras verosímiles, y empezaron a tomarse en serio lo que en principio había sido -y seguía siendo- un entretenimiento, un juego. Y con el tiempo acabarían definiendo el arte, la poesía, la literatura como docere et delectare: enseñar deleitando. Pero está clarísimo que el componente primordial, radical de la literatura es más el deleite, el placer, la diversión, el juego, antes que la tarea docente, pedagógica, didáctica de meter conocimientos en la mente del lector: porque lo primero es el cebo y después la pesca, o porque, como dijera don Juan Manuel, hay que endulzar la amarga medicina con la añadidura de la miel para que el paciente o discente no sienta nauseabunda y vomitiva repugnancia ante la ingestión del saludable remedio contra el morbo de la ignorancia.
Con esto, por supuesto, no quiero decir que la adquisición de conocimiento no sea una tarea placentera: creo que toda mente curiosa estará de acuerdo conmigo en que la satisfacción de la curiosidad -intelectual o no- es uno de los más intensos placeres de que se puede disfrutar en esta vida tan escasa en ellos. Lo que quiero decir es que la diferencia entre literatura y filosofía o ciencia es que la primera debe ser amena, divertida, placentera, atractiva, y todo ello como consecuencia de las dosis de "irrealismo" que sus mentiras verosímiles nos regalen. Porque una vez que se descubre que hay mentiras que sirven para decir verdades más eficazmente que la mera descripción de repulsiva realidad, una vez que se ha descubierto que verdad y realidad no son la misma cosa, una vez que queda claro que la realidad es básica y constitutivamente mentirosa, engañosa, falsa, llena de trampas y de espejismos sancionados oficialmente por la ideología o mentalidad hegemónica del momento con la ayuda técnica de los mass-media y su hipnótica propaganda, una vez que nos damos cuenta de que las mentiras verdaderas de la ficción amena nacen precisamente como respuesta a la estrecha, pobre y tediosa experiencia de una realidad engañosa, embustera y ruin que se queda corta ante las posibilidades creativas de una mente que ha sabido inventar la magia de los significados, una vez que entendemos todo esto, digo, nos damos al fin cuenta de que el hecho de que un libro sea un ladrillo insoportable no dice nada en favor de su seriedad literaria, sino más bien de todo lo contrario; y que viceversa: cuando un libro resulte muy ameno y divertido es señal de que ahí se esconde seguramente una obra literaria digna de tenerse en cuenta, pues si la leemos sin prejuicios crítico-literarios descubriremos en ella más capacidad de significación -una significación más fluida y ágil- que en cualquier ñosclo que se empeñe en educarnos con sus penosos y soporíferos métodos.
La littera con sangre entra, decían los romanos. Yo pienso que la letra entra mejor jugando con ella. Y para colmo de curiosidades eso fue lo que pensaron todos los literatos que en el mundo han sido hasta, al menos, o más o menos, la entronización del triste Realismo literario decimonónico.
Cervantes escribió el Quijote para divertir y sacar de paso algunos reales y maravedíes que no había obtenido con su teatro; Lope decía en su Arte nuevo de hacer comedias que "puesto que las paga el vulgo es justo/ hablarle en necio para darle gusto"; y además es llamativo que de la época de máximo protagonismo socio-literario del Realismo provengan creaciones tan emblemáticas como Jekyll & Hide, Sherlock Holmes o Drácula, que han sabido tener una fuerza arquetípica sólo comparable a Quijotes, Donjuanes o Hamlets, y siempre muy superior a cualquier otro personaje de novela realista, excepción hecha de productos realistas muy "terminales" como Oliver Twist o semejantes. Y cuando hablo de fuerza arquetípica estoy hablando de la capacidad de una imagen para quedar marcada en la memoria de uno o varios pueblos, independientemente de lo letrado o iletrado de los mismos: un no/lector puede saber quién es Don Quijote o Sherlock Holmes, pero raramente sabrá identificar a Raskolnikov, Emma Bovary, Rubempré o no digamos ya a Ana Ozores. Y eso que estoy citando a verdaderos maestros del género realista, de gustosísima lectura.
El Realismo tuvo su razón de ser en el s. XIX cuando la obsesión cientifista estuvo en su auge antimítico. Tuvo, además, sus lectores. Pero su tiempo -como el del mismo paradigma científico decimonónico- pasó y con él debería haber pasado la voluntad de fidelidad exhaustiva a lo real que lo peculiarizó.
Y en cierto modo así fue, aunque los de realismo social no se enteraran. Pero el concepto de subliteratura ya había sido acuñado para los restos. Toda la literatura del delectare fue etiquetada con tan ignominioso y marginante tecnicismo. La literatura fantástica quedó para siempre señalada por ese dedo inquisidor.
Pero toda conciencia inteligente tiene una necesidad de aventura espiritual que solo puede brindarnos la literatura fantástica. Esta, por ende, suele ser siempre más amena que la otra, lo que la convierte en un producto más auténticamente literario que todos los ladrillos realistas que en el mundo son.
Por más lectores intelectualoides, pedantuelos, de esos que van de lectores aristócratas exquisitos de las monumentales ladrillos de la Historia de la Literatura, se empeñen en no reconocerlo.

Addenda. Podré unos pocos ejemplos comparativos y especificaré diferencias para que los petulantes paletos y banales se bajen -aunque difícil lo veo- de sus testarudos y presuntuosos prejuicios crítico-literarios:
Fraubert: Todos adoramos el pestiñazo de Madame Bovary; se tiende a pensar como obra menor, o no tan grande, Las tentaciones de san Antonio. La primera nos habla de una señora esnob que aspira quijotescamente a una pasión romántica. La segunda, de cómo la corte de todos los diablos pretenden tentar a un santo eremita. Amabas obras están magníficamente escritas, como siempre hizo su autor: Pero la segunda requirió una erudita documentación previa que no necesitó la primera. Las frustraciones de la Bovary pueden ser las de cualquiera, pero la mitificación de ese especialísimo personaje que resista el ataque alucinatorio de todas las huestes de infierno no sólo es más entretenida, sino mucho más significativa y trascendental.
Dovstievski: Todos nos emocionamos con la tragedia psíquica de Raskolnikov, y su crimen y su castigo, pero nos olvidamos de la deliciosa intriga de El doble, en donde la esquizofrenia del protagonista sólo se revela al final.
Hugo: Yo tengo una personal pasión con de Los Miserables, que releído varias veces, ¿pero qué tienen que envidiarle, Nuestra Señora de Paris y -no digamos ya- El hombre que ríe, la intriga secretista o el aventurero ascenso social de un miserable -amante frustrado de la justicia- a fútil par de Francia, respectivamente, las 2 en cronotopos exóticos o, al menos, alternativos, pero cargadas de un mensaje critico social no menos contundente que el que late patente en el gran tocho primeramente citado?
Joyce: ¿En verdad, en verdad se disfruta más del Ulyses que del Retrato de un artista adolescente?
Clarín: Las ciencuenta y pico páginas de Pipá ¿son inferiores a las muchísimas más de la Regenta?
Valera: ¿No són mucho más interesantes las aventureras navegaciones de Morsamor -a contrarreloj de Magallanes y Elcano- que la trivialidad de Pepita Jiménez?
Pardo Bazán: ¿Se disfruta más Los Pazos de Ulloa que Belcebú, esa pequeña y prodigiosa joya llena de fantasias y contenidos trascendentes?
Melville: En verdad, ¿no se disfruta y se aprende más en Taipi con sus aventuras entre potenciales caníbales o la fuga de ellos y sus consecuencias que en su continuación Omú que en ese excelente tratado ballenero que incluye esa sin duda genial narración de la psicopatía simbolista del capitán Ahab que es Moby Dick?
Y conste que no he citado una sola obra que me resulte -ni aun por su ladrillismo- desdeñable.
Y podría añadir miles de ejemplos más.

Conclusión o posdata. Me niego a comulgar con ruedas de molino cuando la fatuidad de un diletante amateur se empeña en negar evidencias con una tozudez que procede de la tradición crítica de la cual Menéndez y Pelayo es emblemático adalid: condenó a Góngora, y todos los Papagayos y Cacatúas que van de cultos por la vida no pararon de repetir sus juicios literarios -basados en prejuicios extraliterarios ideológicos y religiosos- hasta la valiente reivindicación del 27. Cierto que otros Cotorras basan sus no/juicios en prejuicios psicopatológicos, que tienen que ver con la genética de su carácter o las frustraciones sufridas en su jamás escrita -por incapacidad- autobiografía. Queda muy chulo decir “soy lector de los grandes porque tengo buen gusto” -concepto extraliterario muy del gusto, por cierto, del carca de don Marcelino, que prefirió antes a sta. Teresa (de la que yo soy también literariamente devoto, pese a sus críticas a la libertad, cosa que no le perdono) que al “vulgar” Juan Ruiz, un revolucionario de nuestra poesía que en muchos aspectos, sobre todo en relación al sexo libre, se adelantó más de 7 siglos al nuestro- “y el gusto de los demás es vulgar y propio de paletos”. Mas más sensato -y serio- es ser más atrevido y confesar que hay ciertas lecturas “para catetos” que están como mínimo empatadas con los hitos del canon tradicionalista y conservador.
Para gusto, los colores
Pero es que los lectores Periquitos son multitud -y Legión.
Y los otros, los lectores críticos de verdad, que basan sus juicios en los exclusivos méritos literarios de cada obra, pocos.

2 comentarios:

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  2. ¡Pobre Profesor! ¡Menos mal que tiene a Corina! Escribe bobadas sin tasa, pero ¿por qué no lee a Flaubert? Le haría mucho bien (si el profesor todavía letera). Quiere meternos el gol de que la mejor obra de Flaubert es «Las tentaciones», por la que el autor tenía debilidad, de la que se puede acreditar varias redacciones; confunde la debilidad del autor por esta obra con la calidad del producto literario acabado. Y a ver si el profesor lee el resto de la obra flaubertiana... Ya está bien, profesor, no consigues engañar a nadie (salvo a Corina).

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