jueves, 31 de octubre de 2019

EL GRAN MICIFUZ


I. Cada cual en la vida va cargando sus cruces.
Unos con la fealdad, otros con su torpeza,
y los pueblos y gentes cargan, por su simpleza,
con la carga ratera de sin fin micifuces.

El que tiene costumbre de entrenar su cabeza
en el buen desarrollo de sus lúcidas luces
se da cuenta y se zafa de los zafios azuces
de su Amo, el gran Gato, Doctorado en Destreza

de Ladrón, y con Máster. De ratón que se caza
o se deja cazar por las zarpas rapaces
del felino con ario pedigrí, por su raza

de Capón, e infecunda, tú, consciente, que paces
con la Bestia no quieres,  ni tu brazo la abraza,
vocación ya nunca tienes. Y ¡muy bien!, si lo haces.

II. Y es que el gran Micifuz de tu cruz de pobreza
se aprovecha, aumentándola, y te deja de bruces
en la sima más vasta: sus mininos en cruces
del camino te acechan, y te afana su Jueza

que, prevaricadora, por franquista, arcabuces,
catapultas y flechas te dispara, y si empieza
ya no acaba, y te enyuga, porque nunca tropieza
con tu fuerte rechazo en acción, y conduces

tu vida indiferente a la ruina, y te hoza,
en colaboración con el Magno, la poza
donde hundirte y no james tus felices perdices

del final de los cuentos infantiles. Y chuzos
van de punta a caeros, espetados merluzos,
si no estáis hasta, lógico, vuestras mismas narices.

Y III. Dad el voto a Podemos y podemos las ramas
del octópodo árbol o mejor sus raíces
arácnidas, que es Ent Inmoral con barnices
demócratas que tapan su pellejo de escamas

dinosaurias, lagartas terribles, meretrices,
que cobran en Poder, con perdón de las amas
de su cuerpo y oficio de honradez en sus camas
laborales y libres; que los presis y vices

y ministros mininos, te engatusan, felinos
y fulanos con arte superior a la Furcia:
porque a cambio de darte la paliza, el divorcio,

por casarse con piedras a su Mafia de chinos  
pedirán y de gringos, que te estafa y te murcia.
Mientras fiel permaneces, maltratada, al Consorcio.


SINERGIAS

Nuñez de Arce dijo que "en este siglo de sarcasmo y duda/sólo una Musa vive, Musa ciega,/implacable, brutal. ¡Demonio acaso/que con los dioses y los hombres juega!/La Musa del análisis..."
Y, en efecto, la obsesión por el análisis parece haber sido durante casi tres siglos -si no más- un rasgo que ha definido la cultura occidental y que la ha llevado a ser vanguardia de la tecnología -y, por tanto, del poder- en todo el mundo.
El método analítico, como se sabe, consiste en descomponer el todo hasta no poder más, esto es, hasta que aislemos sus partes elementales, las que ya no son susceptible de ulterior descomposición. En ellas debería hallarse la explicación última, la fundamental, del porqué y del cómo del comportamiento de todo.
Y en cierto modo tal esperanza era hasta cierto punto verosímil, porque es cierto que las partes explican en parte la naturaleza del todo. Pero también es cierto que no la explican del todo. Vayamos por partes: del mismo modo que un ladrillo puede ser explicación de la consistencia o solidez de un edificio pero no puede serlo de su estructura, un átomo puede explicar ciertas propiedades de la materia pero no puede explicar otras.
Así, según la visión viciosa del análisis, la interacción entre átomos podría explicar miles y miles de reacciones químicas, pero no podrían explicar el fenómeno de la vida ni el de la conciencia, a pesar de que los analistas a ultranza de los siglos XIX y XX, en vez de reconocer su incapacidad de explicar esos dos fenómenos incómodos por medio exclusivo de su método, prefirieron defender que tales fenómenos sí que estaban siendo explicados en verdad por la interacción de los indivisibles átomos, sólo que de una forma negativa. Si esas interacciones de puntos materiales no podían explicar la vida y la conciencia era sólo porque la vida consistía en un conjunto de reacciones demasiado complejas como para que la mente humana pudiera comprenderlo, mientras que la conciencia no era más que un conjunto de epifenómenos sintomáticos de unas reacciones químicas habidas en el cerebro, pero que en realidad no tenían existencia objetiva.
Todo lo cual era, a mi modesto entender, lo mismo que no decir nada, y para eso mejor hubiera sido quedarse calladitos.
El sentido común a veces tarda en llegar, mas -hasta ahora- siempre ha llegado. Al tercer o cuarto siglo de obsesión analítica -ya era hora- llegaron las primeras explicaciones alternativas con las teorías del Caos y de las Catástrofes, y en especial con el concepto de sinergia, sobre el cual recomiendo la lectura del libro Fórmulas del éxito en la naturaleza, de Hermann Haken (Salvat, Barcelona, 1994).
La sinergética pretende y consigue explicar las cosas que la obsesión analítica dejaba inexplicadas. Porque de entrada sinergética significa "estudio de la acción en conjunto". Y una de las primeras cosas que nos revela es que en cualquier sistema material, sean cuales sean las unidades básicas que lo componen, existe un punto crítico a partir del cual un incremento (o un descenso) de energía producirá un cambio cualitativo en la totalidad del sistema que lo convertirá en otra cosa distinta de lo que antes era. O dicho de otra manera: los cambios desde situaciones caóticas a ordenadas y viceversa se rigen por las mismas leyes matemáticas, sea cual sea el sustrato material sobre el que tal cambio se efectúe.
Si, por ejemplo, al sistema de las moléculas interactuantes que componen el agua que ocupa el interior de un cazo le añadimos energía calentándola, habrá un momento en el que las moléculas que antes estuvieran interactuando de una manera más o menos arbitraria empezarán a moverse ordenadamente formando remolinos o "rollos giratorios de convección", como si el calor hubiera sido una señal de mando que hubiera puesto de acuerdo a todas las moléculas que antes se ignoraban entre sé. Si volvemos a aumentar la energía las moléculas volverán a interactuar arbitrariamente pero a mayor velocidad que antes por lo que se habrá producido un cambio macroscópico y el líquido será ahora gas: vapor. Pero las partes componentes del sistema, los átomos, seguirán siendo las mismas.
Pues bien: un modelo matemático parecido sirve para explicar el comportamiento de cualquier sistema. Por ejemplo: el de la célula: un conjunto de moléculas carbonadas cuya interactuación ha superado un punto crítico produciendo a nivel macroscópico un fenómeno inexistente en sus partes atómicas: la criatura viva. Y de la misma manera una suerte especial de célula, la neurona, actuando en conjunto produce, una vez que sobrepasa su punto crítico, una cosa distinta de los componentes que la integran: la conciencia.
Pero lo más curioso es, como ya adelanté, que las reglas matemáticas que rigen estas transformaciones o "transiciones de fase" son las mismas para todos los sistemas posibles por lo que también podemos aplicar el método sinergético a la vida en su conjunto para comprender los cambios ecológicos que explican la Evolución; y también a la sociedad, de manera que podamos comprender sus trasformaciones a lo largo de la historia (v. gr.: las razones de la Revolución del Neolítico, que dio lugar al sistema socioeconómico agrícola, o las de la Revolución Industrial, que ha dado lugar a algo de cuya naturaleza aún no estamos del todo seguros pero que sabemos es, sin discusión posible, algo totalmente distinto a lo anterior, o la Revolución Financiera que, si no la paramos, va convertir el mundo en un estercolero de indigencia inhumana, camino de la miseria involucionista querida dirigida por una minoría de potentados, asesinos e potencia).
Haken afirma que en el interior de todos los sistemas materiales se produce, siempre que el incremento o descenso de energía los aproxima a su punto crítico, una especie de conflicto entre las partes (o partículas) constituyentes del todo que se parece mucho a una cosa con lo que estamos muy familiarizados en nuestra sociedad. De pronto una de las partes consigue someter a otra a su influencia, y estas dos a una tercera y éstas sucesivamente a la mayoría de las partículas restantes del sistema produciéndose lo que se llama técnicamente (es física) una moda. Pero mientras esta moda o movimiento general de las partículas del sistema se erige con la hegemonía, ha habido una lucha entre partículas y grupos de partículas muy parecida a lo que en economía llamamos competencia. Concepto también fundamental en el darwinismo, en donde se entiende que la lucha competitiva es uno de los motores de la evolución: si no se lucha, no se evoluciona, y quien no evoluciona o progresa se extingue.
En cualquier caso es interesante destacar el detalle de que todos los cambios empiezan por manifestarse con pequeñas fluctuaciones consecuencia de incrementos o descensos de energía.
En nuestra sociedad estamos sufriendo un brusco descenso de energía económica en sus bases y un incremento monstruoso en la cúspide de sistema, y las fluctuaciones han empezado a notarse en todos los niveles.
Y tras el punto crítico viene la diferencia.
Y ese punto crítico en la actualidad española empezó con Podemos, y con la reacción mediática y tramposa del Poder de Gobiernos mercenarios comprados por los líderes de la antidemocrática ideología neoliberal de moda.
Pero todas modas son pasajeras. Y esta también pasará. Porque podemos. Porque se puede. Y porque el capitalismo salvaje va a cargarse, no sólo el capitalismo, si no la misma Economía de Mercado, que no son lo mismo: la 2ª es legítima, siempre que el Estado la regule, para que no se desmande y se salga de madre.
A ver que nos trae este efecto mariposa: uno parecido acabó con los socialismos de Estado. Por una cuestión económica: sin competencia no se podía financiar las armas nucleares.
Y el capitalismo neoliberal se caracteriza por su monolítico ologopolismo de sus trusts, que elimina la libre competencia. También la de la evolución. Y toda.


ELECCIONES (Serie completa)

 I. Vendrá el 10 de Noviembre y yo tranquilo
descansaré, agotado, de la lucha
que elegí por Deber: pues muy pachucha
el alma tengo ya, romo el estilo.

Lloro con lágrimas de cocodrilo,
porque hay un Cocodrilo que aserrucha
con sus dientes las carnes, y se embucha
su sangre de corrientes. Y no hilo

un vocablo con otro como he hecho
toda mi vida con mi pico; y Palas,
dea de ojos de lechuza, el pecho

no me llena, y mi vista, sin sus alas,
ya ni me alcanza hasta mi propio techo.
Y estoy chinchado y muy de pulgas malas.

II. A veces me parece que no escucha
nadie el panfleto que prodigo en verso
o en prosa, y no consigo ni un converso,
aunque ya vayan varios. Gente ducha

en pensar con la chola su capucha
se quita sin boquetes, del Imserso
casi todos y todas, porque el terso
pellejo del muchacho, no es de mucha

atención a las cosas veteranas:
ven las pensiones como muy lejanas,
no les incumben, pues cayeron bajo

en la ESO: el respeto de mis canas
por sus méritos mandan al carajo.
Tiempo tienen de ser cantamañanas.

III. No entienden que la vida mucho achucha,
y aprieta, y hasta ahoga, y emborracha
o droga con el carpe diem  facha,
porque entienden lo mismo que esa Chucha

Pública chocha, cuando nos despacha
por pensionistas: cuando desembucha
que parásitos somos: ¡vaya ducha
de auto-retrato a caca que esa Chacha

de la alta Corrupción y del Pïojo,
plaga de España, quién habló!, en freüdiana
proyección de su lacra da a su rojo

enemigo feroz: la pobre anciana
gente indefensa que en valiente arrojo
piden lo que han pagado, y que se gana.

IV. El pensionista es una garrapata.
¿Y el parado que cobra su subsidio?
Criminal sugerencia de suicidio.
Una facha lo ha dicho y un sociata.

Lo mismo. Y los entiendo: qué fastidio
querer que nos devuelva el Dino-rata
las cuotas que pagamos, y aún no cata
su bolsillo y su carne de presidio.

Estoy seguro: quieren más dinero
robar al pobre, porque así se hincha
el Bitch-Bank: clava (sic) el quelicero,

para abrir boca y llaga, cuando pincha,
abriendo pinza, y panza. Qué Merchero
quien rabia así y rebuzna, si relincha.

V. Linchar dos veces a los inocentes:
primero con bajadas de salario
y después, de pensiones. Y un calvario
indigentes suframos siempre gentes

y pueblos que esclaviza el Mercenario
al servicio de Capos delincuentes
que prosiguen clavándonos -con dientes
ponzoñosos, quelíceros y varios

modos de trompa chupadora aguda-:
van a bajar, o tratan, toda ayuda
socïal, y cüantas  prestaciones

nos deben por derecho. Y un derecho
no se compra: se gana. Y el provecho
abusivo es de Bankos. Y Mammones.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Los Pecios de Alejandría


(Texto escrito para el Pregón de la Feria del Libro de Málaga, 2015)

Decía el gran Andrés Fernández de Andrada, horaciano andaluz de nuestro Siglo de Oro, en su por siempre clásica Epístola moral a Fabio: “Un ángulo me basta entre mis lares,/ un libro y un amigo”: es suficiente para ser feliz retirarse a una esquina de nuestra morada y ahí dedicarse uno a gozar de los dos mayores bienes alcanzables: la amistad y la lectura. Y nótese que la equiparación es procedente: el amigo del poeta es sabio por leído o lector, y el libro, más que el perro, es un amigo.
Y a su amigo y editor don Joseph González de Salas decía el enorme Quevedo, en su epistolar soneto frayluisiano (no en vano don Francisco editó al de León como antídoto frente al culteranismo), desde su culto refugio en la Torre de Juan Abad, de la cual se había nombrado Señor, que la moderna reedición en la imprenta de los fenecidos maestros clásicos antiguos era como una resurrección de sus Grandes Almas (ambos sintagmas destacados con altas y capitales mayúsculas) en el alma del lector:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
i escucho con mis ojos (sinestesia: leo) a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos  [dilogía: “abiertos” y “entendidos” son tanto los libros como los ojos],
o enmiendan, o fecundan mis assuntos;
i en músicos callados contrapuntos [valga el oxímoron sanjuanesco -subr. mío]
al sueño de la vida [léase avant la lettre Calderón] hablan despiertos.

Las Grandes Almas, que la Muerte ausenta,
de injurias, de los años vengadora,
libra, gran don Ioseph, docta la Emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor Cálculo quenta,
que en la lección, i estudios nos mejora.

  La lectura y el estudio nos mejora, puesto que “docta la Emprenta” cuenta mejor el cálculo del tiempo, porque es un contra-tiempo o un anti-tiempo: envejecemos con el tiempo, sí, pero la “lección” nos mejora con la edad, haciéndonos más doctos.
Porque “El libro… es la Luz”, decía ahora el jovencísimo Rubén Darío, aún premodernista, en un poema donde loaba o pregonaba a los cuatro vientos las ideas más radicalmente extremistas y jacobinas de la Revolución Francesa, liberalísimas, que el exaltado muchacho entendía oportuno fruto de esos radicales (de radix, en latín: raíz), de esos radicales principios propios de la mejor ilustración decimoctávica que, en su moza inocencia, el poeta creyó que iban a salvar el mundo de tantas iniquidades e injusticias, del desigualitario oscurantismo que hasta entonces había imperado sobre la sierva humanidad.
En estos días, en los que casi todo el público publica, porque las fallidas -lo digo como experimentado experto en el asunto, dada mi profesión- leyes de escolarización y alfabetización y educación, han puesto la escritura al alcance de casi todo el mundo,
Se ha conseguido al fin lo contrario de lo que teóricamente se perseguía:
Cada vez hay menos lectores comprensivos de textos elaborados aunque sea con un mínimo de complejidad, cada vez se escribe con menos riqueza léxica y sintáctica, con menos preocupación por la belleza o eficacia (es lo mismo) del estilo literario y poético, cada vez se ponen de manifiesto menos pensamientos originales y profundos y sobre todo verdaderos; y todo esto porque cada vez son más frecuentes los modelos a imitar que ofrecen las pantallas de las televisores y otros medios de comunicación de masas que, vendidos a poderosos consorcios empresariales y por estos comprados, en lugar de cumplir con su ético deber de emitir información (concepto clave) con auténtica veracidad, obedecen a veces, en un muy alto grado, las órdenes de arriba, órdenes de manipulación o censura de las noticias que deberían ser más notorias y divulgables, en pro de oscuros intereses económicos que tratan, están tratando, si es que ya no lo han conseguido, poner el Estado al servicio de Mercado y el Capital, cuando lo moralmente loable sería una sana viceversa, porque el Estado somos todos los ciudadanos que representamos el 99% de la población mundial, mientras que el restante 1% son los carísimos beneficiarios discípulos de Mercurio que, recordemos, y sin ánimo de ofender a alguno que se pueda dar por aludido con esta culterana referencia a un mito clásico, era el dios, no sólo de los mercaderes (como el lexema o raíz de su nombre propio indica: merc- (curiosa coincidencia)), sino el de los ladrones, y también, lo que no sé si es aún peor, en tanto que Hermes Psicopompo, el conductor de las almas de los muertos a los infiernos del Hades.
A pesar de todo esto, afirmo que todo el mundo tiene derecho a pregonar: a decir y publicar a voces la mercancía o género que lleva para vender (DRAE dicit), o sea publicitar informativamente las bondades de sus productos, y no sólo a voces sino mediante escritos e imágenes publicitarias, arte ésta, a la publicidad me refiero, poética e ingeniosa como la que más, pero también tendente a las hipérboles desmesuradas que a veces terminan por rayar en el camelo desinformativo y caen en el pecado de la propaganda que, como saben ustedes, se ha convertido, en el último siglo y el actual, en una potentísima herramienta al servicio de una malintencionada aculturación pro indocta ignorantia (si se me tolera la cita, a la contrafacta, del sabio teólogo Nicolás de Cusa); no porque nos estemos dejando deglutir el seso (que también) por productos culturales extranjeros provenientes de una sociedad, no superior ni más civilizada, pero sí más tecnologizada y opulenta, sino porque le estamos prestando, o casi regalando, demasiada atención a modernísimas superfluidades, mientras que de modo irresponsable nos olvidamos de una Tradición y de unos Maestros  que nos enseñaron el arte de pensar crítica y hondamente, y se honraron a sí mismos y a sus discípulos, entre los que con vanidad me siento incluido, predicando (o pregonando) como principio básico de toda honradez filosófica, literaria o artística, la búsqueda valiente de la verdad.
Y la verdad, la información objetiva (salvedad hecha de la Objetividad Absoluta es imposible, salvo desde una Perspectiva Omnisciente que nos está vedada), es un asunto que siempre debería pregonarse cantando sus alabanzas hasta la redundancia más reiterativa, contraria a los ruidos interferentes y censores de los buenos mensajes: los emitidos por fuentes de sabia imaginación racional y ética, pues, como ya dijera Jesús (según el Evangelio de san Juan, 8:31-38), es la verdad lo único que puede hacernos libres.
(Pero, como decía el filósofo francés Jean-François Revel, en esa defensa de la democracia liberal contra las tentaciones totalitarias occidentales -para mí inherentes al propio sistema capitalista- en su lucidísimo libro El conocimiento inútil, desgraciadamente "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira".)
Pienso, por una parte, en el tan denostado arte del best-seller, literatura para no demasiado cultas masas, y digo con el fantástico Cervantes en su Quijote o también con el extaordinario Alemán en su Guzmán de Alfarache (basándose ambos, don Miguel y don Mateo, en lo que Plinio el Joven atribuye a su tío Plinio el Viejo, cuando rememora en la Epístola a Baebio Macro, refiriéndose al sapientísimo autor de la Historia natural, que nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte prodesset): “No hay ningún libro tan malo que no contenga, o de donde no se pueda sacar, algo provechoso”.
Y me acuerdo de mi lectura del Código da Vinci de Dan Brown, libro que quien ha leído ha disfrutado a tope con su intriga y acción y que, de paso, nos enseña cosas interesantes sobre los contenidos de los Evangelios apócrifos y tradiciones medievales alternativas a la religiosidad ortodoxa del Catolicismo, pero del cual he oído hasta la saciedad decir a los “pedantotes” de Machado, esos “que piensan/ que saben”, que dicho envidiado libro no es más que un engendro sólo bueno para los lectores coprófagos, cuando los que, en todo caso, van apestando la tierra son aquellos, gente no mala, pero sí un poco desnortada, que suele decir también que el interesantísimo supergénero de la ficción científica es para ellos estomagante y vomitivo, y a orgullo llevan no haber leído ni siquiera el Mundo de Huxley ni el Año de Orwell, esos dos monumentos anti-totalitaristas de nuestra literatura universal.
Y qué diré de H. G. Wells, quien, considerado padre del género -acaso injustamente (porque Jules Verne, a quien devoraba el Fortuny niño con fruición, fue anterior, y su distopia París, siglo XX, tan relacionada con Los 500 millones de la Begum, describe nuestra actualidad con tan exacta verosimilitud que no parece que puedan las dos novelas tener más de un siglo de antigüedad)-, escribió, me refiero a Wells, historias fantacientíficas en que el mensaje crítico social (ejemplo: La máquina del tiempo) resulta de mayor obviedad y eficiencia que en el realismo socialista dirigido por Stalin; sin olvidar que su  coetáneo, de Wells, Arthur Conan Doyle inventó Sherlock Holmes sólo para ganar la gran Pecunia, y aun así consiguió crear uno de los arquetipos mas perdurables de la ficción artística, como hizo Stoker con Drácula, o Mary Wollstonecraft  Shelley, con Frankenstein,  Stevenson con Jekyll y Hide, y así un largo etcétera.
No obstante pienso por otra parte, como adelanté, en que la información, no es sólo un tecnicismo de la Teoría de la Comunicación: es concepto panacea, no sólo base conceptual para la comprensión y el entendimiento de valores morales como la libertad o el respeto mutuo, sino que es también clave para entender el funcionamiento de la madre Naturaleza de que todos dependemos para subsistir: nuestra nutricia Physis funciona a base de intercambios de información entre los diversos sistemas físicos que se interrelacionan, yo diría que pitagóricamente, en la Eco-harmonía de un Sistema de Sistemas, que es a la vez uno y plural, en que las partículas cuánticas que integran los átomos de la materia auto-organizada poiéticamente de nuestros organismos son pura interrelación de bits energéticos.
Por un lado, los sistemas físicos, no sólo los orgánicos, ponen en común las fluctuaciones de su individualidad siguiendo la pautas de un Logos ecológico, de un Ecologos, que podría incluso instruirnos al respecto de nuestra Razón de Ser: la gravedad, la interacción gravitatoria, que, según el inmensurable Isaac Asimov, el divino Dante llamó Amor chi muove il Sole e l’altre stelle, y que según el poeta se asienta en el trono de Dios, es, según los astrofísicos y cosmólogos actuales, una fuente de información que pone en harmónico funcionamiento la sinfonía comunitaria del universo, como en los “músicos callados contrapuntos” del Quevedo lector.
Por otro lado, el irremediable aumento de la entropía, el deterioro o degradación de la energía utilizable como trabajo (y que desde las publicaciones de Shannon y Weaver consideran los científicos equivalente a una energética Pérdida de Información), nos lleva inexorablemente hacia la muerte térmica del cosmos, esto es, la inactividad absoluta, lo cual puede parecer una mala noticia para el futuro: pero si nos retrotraemos, como en una película rebobinada, a los orígenes del Universo, la noticia puede ser mucho más optimista: si la entropía, que puede interpretarse como información degenerada por una imparable tendencia a su conversión en ruido asemántico, insignificativo, sic, siempre aumenta -según reza la 2ª Ley de la Termodinámica-, podemos deducir que hace aproximadamente 14.000 millones de años, justo antes de que estallara la singularidad del Big Bang, toda la información física (¿o meta-physica?) del Cosmos estaba activa y viva, y totalmente utilizable como trabajo creativo, concentrada en un punto de volumen cero, no espacio-temporal, ni local, pero de una densidad energética infinita, en donde la totalidad de la información potencial y activa del universal futuro de la materia/energía se organizaba en conatos de creación.
Y al fin la hubo, una Creación, y en eso consistimos todos: en sistemas informáticos neguentrópicos, que aumentan la degradación entrópica de la energía que nos vivifica y anima, dándonos un ánima, un alma, una psiké que nos permite pensar en nuestra Casa (Oikos en griego clásico, como en eco-logía, y en eco-nomía, homófonos de Eco, ninfa que refleja nuestra voz de modo redundante, desde que cayó en los mortales amores del reflexivo Narciso desdeñoso), pensar en nuestra Casa, decía, en nuestra Ekos, para intentar salvarla de su aniquilación:
Imagínense ustedes ese punto pre-cósmico: si nosotros podemos pensar con sólo unas migajas de información energética bío-electro-química neuronal, qué no podría hacer aquel Ultrasoftware Autoprogramante anterior a la Gran Explosión que nos creó a nosotros y al Cosmos, y que yo ahora les devuelvo a ustedes como un eco reflexivo del Boquete Negro en donde su Singularidad originaria, cual Narciso, se inmoló a sí misma entregándose a la Belleza de su imagen en el Abismo de las Aguas del Caos, ocasionando un proceso de Auto-alimentación, o autofagia, ocasionadora del incremento de energía organizada que dio lugar y tiempo a Todo, y de paso al inicio procesual de la degradación de la energía reutilizable o a la paulatina pérdida de la informada energeia, sic, materia primigenia, tan Prima como Geniainformación omnisciente, en tanto que continente tácita de todo el conocimiento posible del Universo: tal cúmulo de auto-información siempre organizándose sería no menos que lo más Inteligente que puede concebirse.
Y yo no me puedo creer que el narciso prebigbang,  pre-BB en siglas, que murió por nosotros y la naturaleza, esa Entidad tan Superinteligente, se haya autosacrificado sólo para dejar de existir algún día. Por ahora oye deíctica in phantasma su redundante eco, que somos nosotros y todos los sistemas físicos, dado que La reflejamos como eco de la juan-de-yepesiana Fonte de Emisión, y lo hacemos, no sólo cuando pensamos en Él o Ello, sino cuando hablamos con alguien, como yo ahora a ustedes, y sobre todo cuando amamos: a nuestros padres y hermanos, a nuestros consortes y a nuestros amigos y a nuestros hijos, porque todo acto de amor es un eco del Amor con que el primordial o, en versos de nuestro genial Francisco de Aldana, “sobrecelestial Narciso amante”  se sigue amando a Sí Mismo, a través de nosotros, porque ama a sus criaturas, como se dijo que nosotros debemos amar al prójimo: como a nosotros mismos.
Desde allá, o más allá del tiempo y el espacio, entonces Ningún Lugar, hoy pura Ubicuidad, nos envía y nos está enviado desde siempre un mensaje que debemos descifrar, y que se nos aparece como Leyes escritas en el Libro de la Naturaleza: leyes leyendas (o en su sentido etimológico: que deben ser leídas, legendarias), y que, según el magno Galileo Galilei escribiera en su exquisita obra literaria Il SaggiatoreEl ensayador, tan saetero, nos hablan en lenguaje matemático.
  Así pues, nuestra Casa, el planeta y todo el Ecosistema Cósmico, es Común, o Como-Ún: todos somos iguales porque, en el origen último de todo, somos uno. Y, si bien es cierto que la Creación no podría haber existido sin la emergencia de un orden basado en la diferencia inherente a las rupturas de estéril simetría que posibilitaron el desequilibrio térmico ordinal que permite y provoca nuestra existencia, las experiencias científicas nos dicen que la pérdida de información nos lleva a otro equilibrio simétrico de infinitamente peor laya y estofa que el del gran Nacimiento, porque nos condena a la pena capital, o a las penas del capital cósmico: y es que la energía que se invierte en la creación de energía, materia, vida, pensamiento, inteligencia, consciencia, explota la Sustancia Básica Natural hasta matarla.
Por ello es necesario, natura docet, encontrar una síntesis entre diferencia e igualdad, que nos mantenga alejados del equilibrio simétrico del final, como los sistemas físicos vivos y pensantes, disipadores de energía, incrementadores de entropía y ruido en pro de la propia autoorganización endo-logística del organismo neguentrópico, pero que a su vez nos acerque a la Justicia Cósmica del Ecologos, que es nuestro Bien Común, y no es mercadeable, por kalokoineística o biencomunista.
Yo a ese tipo de sincresis entre la diferencia y la igualdad lo llamo Distinción. La distinguida elegancia de romper la simetría de las masas ignorantes por desinformadas malinformadas, combinada con la voluntad ética, no de la vulgarización, sino de la Divulgación del conocimiento de la Verdad mediante la técnica didáctica de la redundancia, contraria a la asemasia insignificantista del Ruido emitido a discreción por las oscurantistas oligarquías mandamases, que nos quieren ajenos al conocimiento para hacernos más gobernables en cuanto menos contestatarios a un sistema social desigualitario que las beneficia en perjuicio de sus mansos subordinados, que por desesperanza conformista han querido creer que “todos los políticos son iguales”, cuando no es en absoluto así, y se niegan a ser enseñados por nadie que no sea su Opinión arbitraria elevada al trono usurpado de la Diosa Razón, y que suele coincidir, la Opinión, en griego Dogma, con la irracionalidad del ruido emitido por las medios, capital espada del verdugo Damocles que amenaza la inocencia descuidada de nuestro doméstico Ecos.
Por todo ello, cabe concluir que en el estudio de la naturaleza y de su evolución, que nos incluye, podemos encontrar la idea y el ideal soteriológico que nos permita evitar, si progresamos en el sentido adecuado, la gran Caída que se cierne sobre nosotros y puede, si no lo está haciendo ya, conducirnos a la extinción.
No obstante lo susodicho hasta ahora, o por ello mismo, hay que alabar y loar, pregonar, de hecho, las buenas cualidades, las virtudes (o la Virtud, como querían nuestros ilustres ilustrados, que tantos largos poemas sesudos y filosóficos y laudatorios dedicaron a tan pregonando tema), haciéndonos eco de tanto virtuoso ser humano que todavía defiende, con su humanitarismo y solidaridad, a la humanidad, a las humanidades y al humanismo, poco abundoso por desgracia en el humano medio,
Hombres y mujeres que con su honesta lucidez intelectual, desde algún “huerto por su mano sembrado”, o desde su buhardilla o su mansarda, prosiguen la labor heroica de iluminar una esquina, un ángulo que baste, usando de un lenguaje indagador y constructor de pensamiento veraz, único instrumento que tenemos los humanistas para hacerlo, y así profundizar en nuestras humanidades, que a veces son más de ciencias que de letras:
Pienso en los raudales de libros de divulgación científica que han sido escritos para el antes profano y horaciano Vulgo, yo el primero, que, hundido en la vulgaridad del desconocimiento, falto de bases teóricas para alcanzar la comprensión de las verdades científicas con las que no tuve ocasión de familiarizarme en los entrenamientos de mis años de estudio, me han ayudado mal que bien alzarme, como a tantos otros, a la categoría de cultivado Demos, ya que el conocimiento es la base de la libertad y de la democracia.
Porque, como dicen tantos sabios divulgadores científicos (Gribbin, Trefil, Barrow, Asimov), y tantos científicos no menos sabios, acaso más, pero menos divulgadores (Hawking, Penrose, Ledermann, Einstein), la ciencia verdadera -no hablo de tecnología- sólo puede darse en una democracia basada en una economía de mercado, sí, pero siempre puesta al servicio del interés global mediante planificación programática de la distribución proporcional, pero porcentualmente igualitaria de las ganancias y, sobre todo, los excedentes gravados por justas contribuciones. Y yo, como Dupont y Dupont en Tintin, del admirado Hergé de mi infancia, que todavía releo, aún diría más, aunque parezca lo contrario: la democracia verdadera sólo puede tener lugar en un contexto cultural aventajado, avanzado, progresista, en el mejor sentido de esta última palabra, puesto que Progreso indica Evolución y Mejora del estar ahí de todos los ciudadanos: en convertir el mero estar en un sostenible bienestar para todos.
Y para demostrar la verdad de esta progresista idea de Progreso que defiendo, sólo tenemos que mirar progresistamente la Tradición histórica de la Humanidad, para observar que todos los autoritarismos y totalitarismos absolutistas que en el mundo han sido siempre han sido enemigos de los libros, como ficcionó científicamente el inmenso Ray Bradbury en su distopia Fahrenheit 451, temperatura a la que, como saben ustedes, arde el papel, materia de los libros:
Recordemos lo acosados que fueron los odiados intelectuales que los nazis tildaban de anti-alemanes, decadentes, demócratas (dicho esto, especifico, como insulto), socialistas, comunistas, judíos o ¡pacifistas!, y la incineraciones públicas de sus libros en 1933, de triste memoria; los exilios siberianos e incluso las lobotomías que padecieron escritores e intelectuales rusos o soviéticos sospechosos de anti-sovietismo, en realidad de leso estalinismo, allá en la vieja Unión Soviética, a los que nosotros llamamos con justicia disidentes del nuevo régimen absolutista que instauró la Revolución de 1917.
Y, yendo un poco más lejos hacia atrás en el tiempo, las quemas de los libros heréticos en la época de esplendor de nuestra Inquisición filípica o filipina, quiero decir de los Felipes, clan dinástico de grandes malefactores nuestros, culpables de todos nuestros atrasos, a partir de su ordenado y mandado aislamiento contrarreformista anti-europeo de 1600, que nos alejó de Descartes o Spinoza, y Galileo o Newton; y las dos veces en que dos doctrinas ideológicas disfrazadas ambas de Religión Verdadera saquearon o prendieron irreversible fuego a la afamada Biblioteca de Alejandría, infando crimen de lesa cultura y sabiduría a manos de unas hordas de infames e infamantes fanáticos incultos e ignorantes que presumían de conocer la única Verdad, porque el Dios Único que era Tres -primero-, o era el Unísimo -después-, se La había revelado de una vez para siempre a su soberbia exclusivista.
Desde la cultura y desde la democracia, desde el conocimiento de una verdad que se aprende y aprehende por una progresión asintótica evolutiva de una ciencia en perpetuo proceso de autocrítica para el logro de teorías en paulatinamente mejoradas y por ello cada vez más ajustadas a la inalcanzable, pero aproximable Verdad, en conexión con ese Ideal (mejor que ideología) de Progreso, del que todos tenemos derecho a beneficiarnos por ser seres humanos; desde la libertad imprescindible para contraatacar el dogma ideológico trabado en urdidos sistemas de ideas inamovibles, manifestada individualmente como propia y libre opinión, si bien -casi- siempre no fundamentada, o fundamentada en información adulterada por ruido de diseño, y ni propia ni libre, más bien sierva y arbitraria, que tan a menudo impiden el pensamiento creativo y, por libre, Vero-Símil (nunca poseedor absoluto de la Verdad, o sea: no Amo absoluto de una Mentira -con máscara de su contraria- que sirva como sierva al Interés egoísta del Autócrata), tenemos el deber, lectores y escritores, de pregonar a aquellos brutos malhechores, destructores del mayor acervo cultural de la humanidad, en especial de aquella humanidad que inventó la democracia griega y la república romana, y que, abolidas por el oscurantismo imperialista, y más en especial por emperador Constantino, enemigo del pluralismo pagano (porque necesitaba un monoteísmo que volviera a unir su escindido Imperio bajo el sometimiento a un solo Dios, o mejor a una sola Iglesia); regeneradas aquellas humanidades clásicas y reivindicados luego los clásicos humanismos por los revolucionarios de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y por la previa Declaración de Derechos Humanos (redactada por Jefferson) de aquella revolución que fue la Guerra de Independencia Norteamericana, y que hoy amenazan con periclitar de nuevo ante el tsunami de la desinformación y la tergiversación encargada por el Plutón que rige este inminente infierno de exhaustivo agotamiento ecológico causado por la ensimismada necesidad de producción encaminada sólo a los beneficios hiperbólicos de oligarquías plutócratas, no nos queda, a escritores y lectores decentes, sino aceptar una histórica responsabilidad:
Hay que, en el espíritu de la Hipatia y otros bibliotecarios y doctores de la vieja y venerable Biblioteca de Alejandría, recoger los restos del naufragio, y pecio a pecio sembrarlos y cultivarlos en la tierra de la cultura, que es nuestro Planeta, para obtener en la cosecha los frutos de nuestra honorable tarea de intelectuales y creadores y buscadores de la verdad (en latín quaerentes veritatis: lo que buscan o quieren la verdad), y leer, leer, seguir leyendo, estudiando, aprendiendo de la entidad menos sospechosa de tendenciosidad en sus contenidos e informaciones, puesto que al cabo sus mensajes suelen ser responsabilidad de un solo autor, siempre más propenso a la independencia o autonomía que los empleados de un rico medio de comunicación, obedientes a su jefe o empresario.
Autor y autores de literatura, poesía y pensamiento libres, de que el libro (en latín liber, homónimo de liber, libre, y de Liber, con mayúscula, sobrenombre de Baco o Dionisos, el dios libre, el dios de la libertad) es el último y sempiterno bastión y baluarte:
Y esto es porque el libro es además de todo eso un símbolo.
O los Libros, en griego Biblia.
Somos herederos de una cultura basada en la sacralidad de los Libros:
Ya sean, buen mensaje, como los Evangelios (del griego eu ángelosbuen ángel, en hebreo malakh, ángel (o aspecto) de Dios -Lo contrario del andaluz malaje, de mal ángel, Ángel Caído, Rebelde, demonio-, pero relacionado por casualidad con el fenicio melek o melk, rey); o ya sea el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred (en realidad del inglés All Has Read: el que Ha Leído Todo) que se inventara H. P. Lovecraft, pasando por Borges con su Biblioteca de Babel o su Libro de Infinitas Páginas, llegamos hoy a la fenicia Málaka, la ciudad reina, o del dios rey, Mel(e)k-qart, el Hermes-Hércules fenicio, o Málakh-Qart, La Ciudad con Ángel, Málaga, la aleixandrina -o alejandrina- “ciudad no en la tierra”, otro símbolo que hoy entra en relación de catacrética metonimia contrapuntística con el símbolo Libro, por medio de ésta que es para mí la más merecidamente feriable de todas la Ferias, y que ahora también comienza para ustedes, para todos nosotros.


martes, 29 de octubre de 2019

SIRVENTÉS


Contra todos, salvo Unidas Podemos.

Y ¿serviréis a vuestros enemigos,
capithostes hostiles como Autólicos
o Cacos absolutos, y mendigos
volveréis a pedirles, melancólicos

por desesperación, unas minucias,
las sobras del Bankete, o ya ni eso,
engañados por cínicas astucias
de cánidos contrarios al progreso?

¿No sabéis que el Platón, que el sacrificio
vuestro ha vuelto a llenarles, ya es manduca
prevista en su menú, para el vil vicio
de su gula espiral, nunca caduca?

¿Queréis pagar de nuevo el gran Desfalco
o Estafa de los Dueños de lo ajeno,
que es vuestro? Si es así, poneos talco
y, previo, un lubricante, ya que el freno

no le queréis poner al Elefante,
revertido en Mamut, que con su trompa
va a daros por detrás, y por delante;
y muy raro será que no se rompa

el esfínter, o el himen, porque viola
con propiedad la vuestra, y os absorbe,
llegando hasta el estómago, la bola
de papa, aunque la suya sea el orbe

entero de la Tierra, y no se sacia,
mientras que no reviente: un explosivo
que acabará con nuestra democracia,
como ha ocurrido siempre; en el archivo

de la Historia podéis hacer consultas:
cuando un pueblo no ayuda a sus defensas,
acaba, al fin, pagando de las multas
la más cara: vacían sus despensas

a base de penalties que no han sido,
o han sido por la cara, en arbitraje
parcial, de un árbitro que se ha vendido
a la casa extranjera del pillaje

de los rapaces fuertes y reptiles,
dinosaurios, tiranos como reyes
que atropellan derechos, los civiles
y los humanos, ignorando leyes

de la Constitución, según lo entienda
su conveniencia: la Unidad del Reino
sí, pero no el derecho a una vivienda
o a una digna pensión -y ni despeino

al responsable cuando lo proclamo-
o, en fin, a la Igualdad, a la Justicia
imparcial, a que sea igual el Amo
al empleado -si no le es propicia

la explotación, al cabo, sin empleo
(y es quien salvó a la Banka con el fruto
de su trabajo, con el cachondeo
del presi del momento, ya de luto

por sus traiciones a su pueblo, encima
su colaborador, contra sí mismo)
que sin conciencia y sin pudor ni grima
aún cree que es de izquierda el socialismo-,

y a todas las ayudas económicas
sociales de un Estado de Derecho
propias. ¡Explotan, como las atómicas
bombas, a los currantes, en provecho

propio exclusivo! No lo hagáis de nuevo:
a otro votad. Las Pájaras jurásicas
no son vuestras amigas: de su huevo
salen sólo alimañas que las básicas

conquistas sindicales con heroico
esfuerzo conseguidas por los viejos
padres y abuelos,  rompen. Nunca estoico
voy a volver a ser, porque de lejos

se ve lo que nos viene: la Segunda
Crisis, peor que la anterior, por votos
haberles dado a esa bazofia inmunda
política que han sido los pilotos

de la nave estatal, al latrocinio
dedicados, mientras austeridades
nos imponían: ya de su dominio
sacudíos: dad oportunidades

a los que denunciaron estos crímenes
desde el principio, para defenderos.
Porque el peor de todos los regímenes
es el del hambre, cuando no hay dineros.

SOBRE LA DIGNIDAD COMO FENÓMENO POÉTICO



"Me gusta rehabilitar una antigua locución griega. 'Nous Poietikos', decía Aristóteles que éramos. Lo que llamamos 'poesía' -o arte, en general- es sólo un caso ejemplar del poder creador, humilde y magnífico, insignificante y grandioso, que se da en cada una de nuestras actividades mentales."
José Antonio Marina.


Yo también soy de los que, al observar con espíritu realista la indignidad que es norma en estos tiempos (no quiero decir con esto que en otros tiempos la indignidad humana no haya sido normal), necesito indignarme. Es más: cualquier ser humano que se precie y aprecie como tal en estos tiempos (y me temo que también en otros), si aprecia el hecho de sentirse digno, no tendrá más remedio que indignarse ante la indignidad que es norma mayoritaria en la realidad humana y, en especial, en la de la rabiosa actualidad.
Estos tiempos -y me temo que también los otros- son tiempos de indignidad y de indignación porque son tiempos de iniquidad y de injusticia, de opresión enmascarada de razón -o razones- de Estado: “hay que vampirear y parasitar al pueblo, sangrarlo, para salvar al Estado”.
(Pero ¿qué es el Estado? Yo, en mi inocencia utópica, me he creído siempre que el Estado no era otra cosa el pueblo soberano (y sus representantes electos).
Y -como en todo tiempo de iniquidad- los indignos son hoy más poderosos que los indignados, a los que se les toma por locos o profetas, por espíritus románticos o utópicos, por criaturas hipnotizadas por alguna ilusión idealizante y, por tanto, inexistente. Inexistente dentro de esa realidad oficial que consta sólo de asuntos graves y de brutos hechos.
Todo espíritu realista sabe -por ejemplo- que la democracia auténtica no existe, acaso porque es una utopía irrealizable, un ideal. Pero todo espíritu idealista y romántico lo sabe también. Y es precisamente por eso por lo que el segundo espíritu considera la capacidad de idear, de inventar, de imaginar -de crear ficciones irreales pero verdaderas- como algo fundamental para la vida humana, al menos para la vida interior o privada, ya que parece ser que para la vida pública todas estas ideas o invenciones, al no ser susceptibles de compraventa, no tienen demasiada relevancia ni relieve social. No tienen realidad.
Pero no sólo de pan vive el hombre, sino también y, una vez satisfechas las necesidades de la subsistencia, sobre todo, de ilusiones. Y sin la ilusión de tender hacia un mundo mejor, menos inicuo, menos corrupto, menos sometido al autoritarismo casi totalitario de capitalismo salvaje y bárbaro y absolutistamente minoritario que defiende la ideología neoliberal, con menos desequilibrio -hoy casi vertical- en la balanza de la justicia y la igualdad, y de la verdadera libertad, la de todos no la unos cuantos capithostes (sic), hostiles a la mayoría abrumadora de la Humanidad, a base de pensar sólo en sus egoístas desproporcionadas ganancias, sin todas esas ilusiones éticas, todas ellas inventos del espíritu poético libre, o Intelectus Agens, no puede haber esperanzas para nadie.
La dignidad -y el derecho y la voluntad de indignarse- es algo demasiado poético para la vida pública, donde la bruta prosa de la vida es lo único que importa. La poesía, arte privado por excelencia, ha sido tradicionalmente la creadora de mundos imposibles, de realidades alternativas, de aspiraciones a la más alta e inaccesible de las verdades irreales. La poesía poética (hoy día existen poesías antipoéticas) fue siempre fuente de dignidad, pese a la indignidad de tantos poetas que la dieron a luz.
Pero cuando hablo de poesía poética no me refiero sólo a la que hacen los poetas de la escuela de la poesía poética, puesto que ejemplos históricos tenemos a puñados que nos muestran como una dignísima obra literaria fue dada a luz por algún poeta sospechoso de actuaciones indignas. Después de todo, Horacio y Virgilio, modelos de un 70% de la poesía occidental moderna, fueron defensores de un dictador ilustrado, continuador de la política de quien acabara con las libertades de la República Romana.
(Todavía más: cuando hablo de poesía poética no me refiero sólo a la poesía de los poemas ni de los poetas: me refiero a la poesía natural: esa que es inherente y consustancial a todo acto realizado por una inteligencia humana. Ojo: no confundir inteligencia con astucia. Todo acto inteligente es creador de poesía, en tanto que todo acto inteligente conlleva la creación de una idea: una "no-cosa" que nos permite comprender las cosas. Un acto astuto puede ser -y de hecho lo es la mayoría de las veces- una realidad instintiva: algo regido por ese automático instinto de conservación de la especie que nos obliga a reaccionar "barriendo para adentro y arrimándonos al sol que más calienta").
Pero en un Estado de Derecho -y por lo tanto democrático- todo aquel que se precie de persona digna tiene el derecho y la libertad y el deber moral -y poético- de indignarse ante la indignidad, pues lo contrario sería otorgar carta de ciudadanía a cosas tan indignas como la mentada corrupción, o el autoritarismo disimulado por las mayorías, si no absolutas, absolutistas, que han votado tozudas a gangs condenados judicalmente por ladrones delincuentes, en contra de sus propios intereses, y, en fin, a la normalidad de las agresiones contra los derechos y libertades más básicos de una sociedad digna.
Pues bien: el ambiente que ha reinado en este mundo indigno es el que surge de la consideración de que esas cosas mencionadas -y algunas otras que no menciono- son males menores que hay que considerar piezas que componen e integran fatalmente el conjunto brutal de los hechos crudos que constituyen la realidad social de las cosas humanas.
La corrupción y el autoritarismo discriminatorio disimulado, o disfrazado de cualquier otra cosa, se han vuelto cosas de hecho tan normales que ya nadie se escandaliza ni se indigna por ello. Es más: al escandalizado e indignado se le consideraba un anormal, alguien que no tiene la cabeza sobre los hombros ni los pies sobre la tierra: un loco, un profeta, un poeta poético.
Porque hay que hacer una política posibilista. No utópica.
Hasta el día en que la política posibilista nos ha tocado los bolsillos y nos ha hecho más pobres.
Porque el dinero es un dato real.
Pero las ideas (po)éticas (los principios éticos son una creación del nous poetikos) son y siempre han sido ficciones de soñadores y lunáticos (poetas poéticos) que no saben ver la bruta realidad realista.
Y es que con mucha frecuencia los visionarios vemos la realidad mucho más profundamente que los realistas.
Quiero decir: un poeta  -escriba versos o no- que use la inteligencia creadora (la expresión podría ser -y de hecho es- mía, pero fue acuñada con éxito por José Antonio Marina: Teoría de la inteligencia creadora, Anagrama, Barcelona, 1995, sexta edición) para idear, inventar, encontrar, descubrir lo que de hermoso haya en la realidad humana, eso que normalmente NO forma parte de esta triste -e indigna- realidad, ve siempre más allá de los datos inmediatos, se rige por esas ficciones necesarias que son os principios éticos y clama en el desierto contra la iniquidad.
Pero sus contemporáneos le recomiendan que se pase por el psicoanalista.
Esa actitud es de tonta o cobarde, y peligrosa rendición.
Y rendirse es aceptar la derrota, cuando con un voto per cápita -a Podemos- podríamos enderezar las cosas y dirigirlas hacia las proximidades progrdsivas de una utopía que,  aunque inalcanzable, nos servirá para mejorar, paso a paso, in crescendo, esta insostenible situación político-económica.




lunes, 28 de octubre de 2019

MINI ENSAYO SOBRE LA HISTORIA DEL CONCEPTO “UNIDAD DE ESPAÑA”


Cuando Jaume I el Conquistador heredó el Condado de Barcelona, nadie preguntó a los catalanes si querían ser súbditos de la Corona Aragonesa, que ese rey detentaba, pero, al menos, los inminentes súbditos le exigieron a su Majestad que, si quería que aceptaran su autoridad, se invistiera oficialmente ante ellos como Conde de su Ciudad Condal, y no como Rey de Aragón.
Cuando se unieron los Reinos de Castilla y Aragón bajo Juana la Loca, heredera de ambos reinos, y Felipe el Hermoso (no antes: ojo), nadie consultó a los (no) interesados aragoneses y catalanes, como tampoco a los andalusíes -ni a los judíos, que expulsaron u obligaron a convertirse (por Antisemitismo religioso, en pro de la Unidad)- si querían ser españoles o no.
Cuando, anexionado Portugal bajo Felipe II, merced a previas y usuales políticas de matrimonios entre casas regias, se rebelaron los catalanes, ya bajo Felipe IV, por oponerse a la Unión de Armas que, contraria a sus intereses, trató de imponerles a los no interesados el Conde-Duque, este valido absolutista llevó la guerra civil a Cataluña y cometió el crimen de masacrar indiscriminadamente a nobles y plebeyos, lo cual fue aprovechado por los lusos, que se negaron a costear, tal como se les exigía, ese ataque indiscriminado y criminal, y lograron su Independencia, que aún les dura.
No es extraño que, cuando la Guerra de Sucesión, los catalanes prefirieran al heredero de la casa de Austria, el archiduque Carlos, que al Borbón, duque de Anjou, lo que les valió  a los borbones la pérdida de sus posesiones europeas, y a la Corona Española su fin en tanto que Monarquía de Reinos “federados”, y el absolutismo mas absolutista de todos los absolutismos fue importado por el nuevo rey francés de España.
Desde entonces a Unidad de España se convierte en una obsesión del de los autoritarismos, que culmina en Totalitarismo de la Dictadura falangi-tradicionalista de Franco, el golpista exterminador.
Hoy se pretende que vivimos en democracia. Y, cuando los catalanes proponen un referéndum sobre su independencia, los mal disimulados franquistas los apalean y meten a sus representantes en la cárcel.
Que castellanos y, sobre todo madrileños, con vocación centralista de origen borbónico/francés, se mosqueen sin previa reflexión, es comprensible, aunque inadmisible.
Que periféricos se pongan de parte de la auto-crato-céntrica Castilla  es un sinsentido.
Y ahora vendrán nuevas descalificaciones irracionales e indocumentadas ad (eum) hominem, o insinuaciones sobre mi desconocimiento del asunto que aquí he demostrado.
Y yo, lo declaro a las claras, no soy independentista; pero un Estado Federal es siempre más juicioso que los Monolitos alternativos. Y sé respetar la libre voluntad del prójimo: no tenemos derecho a imponerle a nadie nuestra propia visión de la cosas.
Ni aunque la visión ajena toque los más sacros tabúes de la Tribu.

PALABRAS LIMINARES para un nuevo Prometheus


(Nota: uso la red para dar a luz pública una criatura textual que iba a figurar como prólogo de mi drama Prometeo Libertario, y que al final se quedó en mi cajón informático)

Prometeo, desde la perspectiva de la antropología de la religión, empezó siendo lo que técnicamente se denomina con el término inglés trickster, una especie de duende ladronzuelo, ingenioso y astuto, que engaña o estafa a un dios poderoso y bueno. Pero el mito, como todos los mitos -y como todo- evolucionó hasta que el personaje se fue convirtiendo en símbolo complejo, cargado de sentidos metafísicos y antropológicos, y habiendo empezado como un tramposo, fue ganando en nobleza hasta rozar lo heroico, y ya con Esquilo, o con su hijo Euforión (que parece ser el verdadero autor de la obra atribuida a su padre) aparece como el gran benefactor, el gran civilizador, el gran didacta, el inventor o, al menos el inspirador de las tecnologías que salvan al ser humano de los azotes de la vida salvaje; y, siendo Zeus el dios del rayo y las tormentas -y las inundaciones-, siendo su ausencia causa de sequías, no es raro que sirviera a los poetas para elevarlo a categoría de gran Rebelde o gran Opositor ante las tiranías caprichosas de dictadores de leyes injustas o inicuas, que gobiernan en su propio beneficio, como amos absolutos de un pueblo que ellos consideran su esclavo.
Quizá es por eso por lo que con el advenimiento del cristianismo su figura haya sido raramente tratada, y seguro que por eso es por lo que cuando llegó el romanticismo el gran rebelde se convirtiera en el gran libertario y se fuera adornando de tintes luciferinos, puesto que en el contexto del cristianismo el papel de rebelde supremo lo juega Lucifer, como de modo espléndido lo había adelantado Milton, de quien Blake decía que era partidario del bando de los demonios, pero que él, el poeta del Paradise lost, no lo sabía conscientemente.
A principios del s. XX, es destacable el caso del poeta León Felipe, que acuñó el término “poeta prometeico”, para hablar de propia condición de radical y claro antifranquista, y de sus aliados, la iglesia católica y la conjuración capitalista en apoyo del dictador, al que tildaba de “sapo Iscariote y ladrón”.

Con mi Prometheus he querido continuar esta tradición evolutiva, intentando a su vez hacer una síntesis o, mejor, una sincresis.
En primer lugar la obra quiere ser un homenaje a Euforión o Esquilo, el primer gran prototipo dramático: he hecho uso de sus personajes y situaciones escénicas y argumentales, y he seguido su espíritu.
Pero haciendo un segundo homenaje, esta vez a un romántico, el Shelley del Prometheus unbound, he seguido su inspiración y propuesta pero he añadido al texto mi final propio que no coincide con el del poeta inglés, ni con el de Esquilo/Euforión, sino con la tradición mitológoca del personaje/símbol:. en mi caso he recurrido al mito tal como lo refieren historiadores y antropólogos de las religiones -Eliade, Campbell- y, esto sí, me he permitido cambiar los contenidos literales de todos los diálogos no referidos, en tanto que alusiones narrativas, al mito.
Veladamente he introducido guiños a la actualidad, y algún anacronismo.
También he tratado cómicamente a algún personaje, aunque se trate de comedia “negra”.
Y he procurado que el final sea casi feliz, para generar en los posibles espectadores la esperanza de un futuro posible.

La Causa del Mundo

“He pedido mi ingreso en la legión de los hombres perdidos” (Emilio Prados.)

Me he entregado a una Causa en cuerpo y alma justa.
Me he entregado a esa Causa, y ahora estoy en campaña
electoral, y en verso les doy crítica caña
a cuántos hombres-zorro levantan ya la fusta

económica en contra de este pueblo, al que daña
y dañó su egoísmo al servicio del Trust, a
ver si, al fin, detenemos su delincuencia augusta.
Me he entregado a una Causa. Y esa Causa es España.

Y esa Causa es el Pueblo Español. Y del mundo:
los desfavorecidos de la diabla Fortuna
que se ha puesto de parte de la mini jauría,

como siempre, que sirve al Capón más inmundo.
Me he entregado a vosotros, aunque estéis en la luna.
Me he entregado a la Causa de la gran Mayoría. 

domingo, 27 de octubre de 2019

PÍO AMÚSICO


De entre los loros, ni la cacatúa
ni la cotorra son mis favoritos
ni el papagayo: son los periquitos,
porque no hablan si saber: la púa

pïante de si pico una palabra
nunca pronuncia ni un significado
-si uno quiere picarte, está picado,
o está como un cencerro o una cabra.

Los otros especímenes repiten
lo que oyen sin tener ninguna idea
de lo que significa esa diarrea
verbal de su mensaje, que no emiten.

Pero es que el periquito trina y pía
y, como no se entiende lo que habla,
es igual que doctor cum laude en blabla,
que no en bable, o en biblia del Harpía.

La Pájara es su profe, y lo amaestra
y lo doma y lo entrena en el pío-pío
impío de tentar, para desvío
del rumbo, al marinero, y su siniestra

garra es derecha: en vez de al enemigo
público, ataca a quien audaz lo afronta.
No sabe que su Pájara es tan tonta
que el placer odia hasta del propio higo.

“Pues que -dice- no puedo ser Ulyses,
que no lo sea Nadie”: agrede, ofende,
y sólo da el tostón, como ese duende
mosquito fantasmal que entre las grises

brumas de las pesadas pesadillas
te pretende abrumar y, si despiertas
comprendes que no existe, que están muertas
sus palabras sin seso; y, si un día brillas,

te califica de incombusta vela.
Me da lástima y pena.  Y el incordio.
Es como un mal templado clavicordio
su organillo movido a manivela.

DISCRIMINACIÓN, DIFERENCIA, DISTINCIÓN.

Dijo una vez Flaubert algo así como que le hubiera gustado escribir una novela que versara sobre nada, y que pudiera mantener su intensidad estética y literaria de principio a final sólo gracias a la fuerza del estilo.
Es obvio que Flaubert, aunque a veces estuvo en un tris de conseguirlo, nunca escribió esa novela: él mismo sabía que tal cosa no puede hacerse, porque el lenguaje es algo que ha inventado la evolución humana con el fin de significar, de hacer referencia a algo mediante una imagen mental o un concepto o idea, de decir algo significativo: y una narración que no narrara nada es sencillamente un imposible, como es imposible un signo que no tenga significado: si no lo tiene, por definición ya no puede ser un signo.
Las palabras son signos. Y toda lengua se compone de signos y de reglas para combinarlos. Un texto no significativo es por lo tanto un fracaso de su emisor, que no ha sabido hacer uso de esas reglas y signos. O que no ha querido: si se trata de este último caso, peor para él: tiene todo su derecho a perder su tiempo como más le plegue.
Pero hay dos maneras de no significar: uno es hacer poesía del silencio: con todos mis respetos por los autores que practiquen tal disciplina verbal, vestigio epigónico de la manía antisignificativa de las vanguardias, un servidor no le ve mucho sentido a la idea de expresar el silencio mediante una cosa que suena (la palabra), cuando es obvio que el silencio se expresa a sí mismo mucho mejor cuando todos callamos.
Hay, empero, otra manera de no significar: decir obviedades. Un texto que diga cosas como "cuando en el cielo hay nubes puede ser que llueva" es sólo aparentemente significativo, por ser carente de información: sabemos que, por definición, toda información debe ser novedosa: informar de lo que ya se sabe no es informar. Y, aunque el texto anterior tiene un sentido lógico compuesto a base de significados, su ausencia de información lo hace un tanto insignificante. Hace, desde luego, referencia a algo. Pero hace referencia a algo a lo cual no hace falta referirse, porque es obvio.
En los dos casos se trata de una literatura redundante: las dos hablan de cosas sobre las cuales, como dijera Wittgenstein, es preferible callar, porque maldita la falta que nos hace que alguien las diga: se trata de una literatura no sólo innecesaria -toda literatura lo es- sino también inútil. Y es inútil porque literalmente no sirve para nada: ni siquiera para lo que habitualmente sirve toda literatura, para significar, para hacer algo significativo: algo trascendental, algo que tenga sentido, al menos desde el punto de vista de quien entienda la literatura y la poesía como el arte de la significación y, por lo tanto, de la inteligencia.
Es posible que, cuando el maestro Flaubert defendía la voluntad de estilo como el non plus ultra del quehacer literario, estuviera pensando, más que en el estilo como el arte de los significantes (los sonidos que significan), en el arte de los significados, de ahí su diafanidad de conciencia a la hora de comprender que su novela sobre nada era algo imposible, porque todo significado va asociado a un significante.
Nuestra literatura de fin de siglo ha padecido, y en en estos inicios la sigue padeciendo una enfermedad fatal para toda literatura: la falta de significación. Bien porque voluntariamente se renuncia a la significación en aras de un modernidad desfasada, bien porque se renuncia a significar algo diferente de lo normal, de lo dictado por la norma dominante del momento histórico literario, acaso por miedo a ser desembarcado del barco -lujoso yate- de los privilegiados por los servicios de inteligencia de la generalidad nacional de los poetas mil veces laureados, o acaso -lo que es peor- porque se cree a ciegas en una poética exclusiva y excusivista como quien cree en una verdad dogmática revelada en los libros sagrados de los gurúes vitoreados del Movimiento. En estos casos es evidente que se confunde la calidad de los textos literarios con su adscripción a una poética determinada.
Y, aunque, de hecho existen poéticas que, al menos desde mi particular punto de vista, tienen más sentido o son menos absurdas que otras, no deja de ser verdad que ninguna poética tiene la exclusiva de la poesía, por lo que no se comprende cómo tantos poetas de manifiesta mediocridad e impericia han podido alcanzar tanto reconocimiento por mucho que pertenecieran a la secta de la "Poesía verdadera", si a la vez no se entiende dicho reconocimiento como una suerte de recompensa o sobresueldo por la fidelidad del supuesto poeta a la causa del partido poético. La disciplina de partido, pues, se ha impuesto, tal como ha sido normal en estos últimos tiempos, sobre la voluntad de verdad, de bien y de belleza -y gracia-, porque los intereses del medro personal han primado sobre valores puramente poéticos entre los primos y nepotes del Gran Abuelo.
Pero lo cortés no quita lo valiente, o sería mejor decir: lo cortesano no quita lo valioso: un servidor esta defendiendo que todas las poéticas son legítimas y nada le impide a un poeta serlo, sea cual sea la poética a la que se adscriba. La Poesía de la Experiencia ha dado obras de considerable altura y para ella, para la obra literaria rindo todos mis homenajes y respetos independientemente de las políticas y manejos que se haya permitido el autor. Humanos somos "et nihil humanum me alienum puto".
Pero vayan mis homenajes y mis respetos también y acaso con mayor carácter de urgencia para todos aquellos que han tenido que sufrir la soledad, la discriminación y la incomprensión poética y literaria en un medio que rechazaba por sistema a todo aquél que manifestara una voluntad de estilo personal e intransferible, todo aquél que no obedeciera la consigna de un estilo desestilizado y una poesía prosaica o coloquial y utilitarista que, por su intención de ser útil para la vida de los más, se ha vuelto con frecuencia inútil para toda inteligencia lectora que busque en los textos literarios algo más de lo que ya la misma vida le dice cada día sin necesidad de que nadie se lo cuente. Cuando la poesía quiere ser demasiado divulgativa puede caer en la vulgaridad, en lo contrario del estilo. Y los textos -como todas las cosas- hay que hacerlos con estilo. Porque si no, lo que hacemos es lo mismo que hace cualquiera, y para ser un cualquiera no se toma uno el ingrato trabajo de meterse a poeta. Uno busca mediante el arte de la significación alcanzar algo especial, diferente de lo normal y lo obvio, distinguirse de eso que tanto abunda en la reiterativa e insistente cotidianidad en la que estamos todos presos y de la que cada cual intenta liberarse como puede. Un camino de liberación es la poesía: arte (elegancia, distinción, estilo) de la significación, de las palabras, del lenguaje. Y no se olvide que la elegancia verbal y poética, uno de los modos de la  inteligencia, no excluye -recuérdese a Catulo o a Quevedo- los coloquialismos ni las vulgaridades o procacidades ni aun el improperio, siempre que encajen en el texto con algún tipo de gracia (eso que Höldermin definió como “belleza en movimiento” y que es un fenómeno muy relacionado con el ingenio: escribir con elegancia no es garrapatear cursilerías).
Ya lo dijo (con más gracia, más arte, más distinción, más estilo que yo ahora) Bernardo Schiavetta (Córdoba, Argentina, 1948) en su libro Con mudo acento (Col. Barcarola de Poesía, Albacete, 1995):

Sea Ud. un autor de carne y hueso,
no confiese jamás nada ficticio
ni construya por juego un ejercicio.
La Poesía auténtica no es eso.
Practique la expresión como un poseso,
escriba con las tripas, sin oficio,
sin retórica alguna ni artificio,
con mucho corazón y poco seso.
No empiece por la forma ni el estilo,
cada poema debe Ud. hacerlo
lo mismo que el peral hace la pera.
No tenga miedo, quédese tranquilo,
porque podrá cualquiera comprenderlo
mientras escriba Ud. como cualquiera.

SOBRE LA CADUCIDAD DE LAS FORMAS LITERARIAS


No sé dónde he leído últimamente esa frase que tan de moda estuvo en los años 20 del pasado siglo y que todo poeta adolescente en vías de formación tiende a repetir (es, además, sano y natural que así lo hagan) con tanta frecuencia: "Los contenidos nuevos y modernos no pueden ser expresados mediante formas caducas". Y esto de las formas caducas a mí me suena a fecha de caducidad: como si el Ministerio de Sanidad Formal Literaria estuviera capacitado y legitimado para señalar cuándo una forma literaria ha caducado. La frase en cuestión, así como todas las que de este tipo propalan ciertos tipos de legisladores ilegítimos característicos del presente siglo y el anterior con una periodicidad tozuda y automática, aunque estuvo justificadísima en los años de su primigenia gestación, no deja de ser hoy más que la repetición de un tópico aprendido de memorieta en las escuelas de bachillerato.
Entonces, a principios del siglo XX, Occidente se hundía bajo el peso de un conservadurismo mojigato y cerril que veía en toda novedad y progreso una peligrosa fuente de desequilibrios sociales que hubieran podido traer al mundo un poco de paradójica justicia, lo que hubiera ocasionado la ruina de los privilegios sociales tradicionales que creaban las necesarias distancias entre las clases ricas y pobres.
El ímpetu revolucionario de aquellos años no sólo fue sano y valioso, sino necesario. Y por ello siempre me resultarán simpáticas las vanguardias.
Pero hoy, después del fin del siglo e inaugurando milenio, tenemos ya suficiente experiencia histórica de los resultados habituales de las necesarias revoluciones sociales y literarias como para saber que la revolución por sí misma no constituye un valor positivo, ni tan siquiera práctico, puesto que nunca hasta ahora ha conseguido los fines para los que la diseñaron sus teóricos, del mismo modo que deberíamos saber que la innovación por sí misma no puede constituir jamás un valor estético positivo por razones idénticas a las susodichas.
La revolución financiera neoliberal de la desregulación post hundimiento soviético es la última y más vigente prueba de lo antedicho: se suponía que, dando carta blanca a los inversores capitalistas, la  competencia perfecta inherente a la economía de mercado iba a autorregularlo, generando, por una parte, la de arriba, más ganancia y beneficios para los inversores (y esto ha resultado cierto), y por otra, precios justos, asequibles a los consumidores y, en consecuencia, un incremento de la prosperidad general (y esto ha sido absolutamente falso).
Sin embargo acaso he pecado en exceso de radical o extremista cuando he juzgado todas las revoluciones del siglo pasado en el párrafo anterior. Porque es totalmente cierto que ha habido en ese siglo alguna revolución que sí ha tenido éxito (obviando los triunfos de necesario feminismo). Y lo curioso del caso es que han sido revoluciones hechas casi contra la voluntad conservadora de los revolucionarios que las produjeron. En efecto, Einstein o Planck, creadores respectivos de los conceptos físicos de Relatividad o Quantum dieron lugar a dos revoluciones científicas con todo el dolor de su corazón: los dos veneraban hasta la adoración los preceptos teóricos de la Física Clásica, pero su amor a la Verdad Demostrable Experimentalmente les obligó a crear esos instrumentos lógicos de comprensión del mundo que acabarían con la vigencia de aquella teoría que en el fondo les hubiera gustado conservar.
La Historia Natural -o, si lo prefieren, la Teoría de la Evolución- demuestra sin lugar a dudas que no todas las innovaciones son válidas en la Naturaleza y, por lo tanto, no todas son fuente de creatividad evolutiva. Es más: las innovaciones evolutivas, habitualmente producidas por una mutación genética, las más de las veces condenan a muerte al espécimen que las sufre. Sólo en ocasiones de inusitada fortuna una innovación se topa por azar con un ambiente trasformado en el cual la criatura poseedora de la innovación resulta favorecida, dándose en ese caso un paso adelante en el progreso evolutivo de la especie. Pero la mayoría de las veces la experiencia demuestra que la Naturaleza es conservadora. Acaso una de sus más tardías innovaciones -la especie humana- sea la contingencia que menos haya contribuido a conservarla -aunque sea también la que menos haya contribuido a conservarse a sí misma como especie, y de ello puede dar cuenta toda la historia del pasado siglo y el anterior tan llenos de revoluciones y de inventos revolucionarios. Basten como ejemplo el desarrollo vigésimo, de invención decimonónica, de la antiecológica Revolución Industrial o el inventillo de la bomba atómica, o la Revolución Cultural china.
Toda innovación es, en sí misma, un experimento válido y legítimo. Pero nada más. Las estadísticas nos dan, también en lo que respecta a las innovaciones literarias, un índice claro de la probabilidad casi nula de que una innovación ocurrente consiga descubrir o aportar algo verdaderamente nuevo y útil desde el punto de vista evolutivo. Máxime si, cuando hablamos de literatura, se vuelven sinónimos los términos "util" y significativo.
Sabido esto, cada vez que una innovación tenga éxito, aprovéchesela, úsesela, apréndase su manejo y sus utilidades, y después archívese en el catálago de los recursos literarios a utilizar por el autor que así lo estime conveniente. Y subrayo: archívese en el catálogo general en el que esperan a ser utilizados todos los recursos descubiertos por la Tradición. Porque todos ellos pueden resultar útiles en cualquier momento y un autor auténtico debe saber utilizarlos todos en el momento en que las necesidades significativas de su mensaje así lo requieran.
Porque las formas literarias y artísticas no caducan jamás.
Lo que puede estar un tanto caduco y caducado es la capacidad de los autores modernos para echar mano de todo ese patrimonio cuando se trata de expresar un contenido "moderno". Pero precisamente ahí está el gran reto del siglo XXI: debemos aprender a conservar lo que tenemos sin despreciarlo (para empezar, la Naturaleza) sin dejar en ningún momento de buscar experimentalmente caminos innovadores que enriquezcan el caudal que recibimos en herencia de toda la Humanidad que nos precediera. Y insisto: ojo con los experimentos innovadores: la informatización de las inversiones financieras son y han sido uno de los factores desencadenantes de esta revolucionaria crisis, diseñada para aumentar la desigualdad.
Pongo un ejemplo: es de habito y estadística que hoy día todo lector de poesía tiende a rechazar la métrica, el estrofismo y la rima, por considerarlos recursos obsoletos. Sien embargo, es obvio que hay autores (Navarro, Castaño, Carvajal, Inglada, Romero Márquez, Alcántara, servidor…) que han sabido escribir a la clásica con rigor, y casos hay en que el poeta ha intentado renovar el repertorio de estrofas y de rimas buscando las menos usadas y difíciles, con frecuencia tratando temas tan rabiosamente actuales como la ciencia y la política. A menudo, a más de uno de estos se los considerado poetas meramente ripiosos. Lo que indica una falta de conocimiento y sensibilidad artística en el crítico amateur, puesto que tal afirmación sólo demuestra que el pretendido crítico no sabe ni qué es un ripio ni qué lo distingue de una rima.
De igual manera se habla de la obsolescencia del comunismo, lo que implica que el politólogo amateur no distingue entre el comunismo propuesto por Marx y Engels y el estalinismo, que fue, más que nada, una flagrante traición a esos hermosos ideales, nunca llevados a la práctica.
Reivindico que un poeta capaz tiene derecho a una nueva síntesis, que algunos intentamos: formas clásicas, contenidos revolucionarios, en el sentido más histórico-científico de la expresión. 
Cuando algo es lo que es y como es, hay que saber verlo. Y cantarlo. Y para ello cada poeta elija libre el modelo que le pete. 
Y, de hecho, hay un hecho que no se quiere ver ni reconocer: este capitalismo oligopolista es indefendible, porque, precisamente no respeta la economía de mercado. (Ejemplo: el trust de las eléctricas en España: no hay competencia y suben los precios cuando les da la gana. Y lo pagamos todos. Menos ellas.)
Porque ninguna técnica literaria, insisto, caduca, mientras haya quien sepa hacer uso de ella y sacarle novedoso partido.
Detrás de esa negación del estrofismo clásico se oculta la incompetencia estilística de tanto poetilla suelto como anda por ahí. 
Y, después de todo, hablar de la caducidad de las formas literarias -o de la ideologías revolucionarias (el neoliberalismo es una revolución de derechas lograda y ruinosa, como lo está siendo, por otra parte, contraria, la justa revolución feminista)-, hablar de caducidades, decía, no es más que una moda.
Y nada más perecedero ni caduco que una moda.