(Texto
escrito para el Pregón de la Feria del Libro de Málaga, 2015)
Decía el gran Andrés Fernández de
Andrada, horaciano andaluz de nuestro Siglo de Oro, en su por siempre
clásica Epístola moral a Fabio: “Un ángulo me basta entre mis
lares,/ un libro y un amigo”: es suficiente para ser feliz retirarse a una
esquina de nuestra morada y ahí dedicarse uno a gozar de los dos mayores bienes
alcanzables: la amistad y la lectura. Y nótese que la equiparación es
procedente: el amigo del poeta es sabio por leído o lector, y el libro, más que
el perro, es un amigo.
Y a su amigo y editor don Joseph
González de Salas decía el enorme Quevedo, en su epistolar soneto frayluisiano
(no en vano don Francisco editó al de León como antídoto frente al culteranismo),
desde su culto refugio en la Torre de Juan Abad, de la cual se había nombrado
Señor, que la moderna reedición en la
imprenta de los fenecidos maestros clásicos antiguos era como una resurrección
de sus Grandes Almas (ambos sintagmas destacados con altas y capitales
mayúsculas) en el alma del lector:
Retirado
en la paz de estos desiertos,
con
pocos, pero doctos libros juntos,
vivo
en conversación con los difuntos,
i
escucho con mis ojos (sinestesia: leo) a los muertos.
Si
no siempre entendidos, siempre abiertos [dilogía: “abiertos” y
“entendidos” son tanto los libros como los ojos],
o
enmiendan, o fecundan mis assuntos;
i
en músicos callados contrapuntos [valga el oxímoron
sanjuanesco -subr. mío]
al
sueño de la vida [léase avant la lettre Calderón] hablan
despiertos.
Las
Grandes Almas, que la Muerte ausenta,
de
injurias, de los años vengadora,
libra,
gran don Ioseph, docta la Emprenta.
En
fuga irrevocable huye la hora;
pero
aquella el mejor Cálculo quenta,
que
en la lección, i estudios nos mejora.
La lectura y el estudio
nos mejora, puesto que “docta la Emprenta” cuenta mejor el cálculo del tiempo,
porque es un contra-tiempo o un anti-tiempo: envejecemos con el tiempo, sí,
pero la “lección” nos mejora con la edad, haciéndonos más doctos.
Porque “El libro… es la Luz”,
decía ahora el jovencísimo Rubén Darío, aún premodernista, en un poema donde
loaba o pregonaba a los cuatro vientos las ideas más radicalmente extremistas y
jacobinas de la Revolución Francesa, liberalísimas, que el exaltado muchacho
entendía oportuno fruto de esos radicales (de radix, en latín:
raíz), de esos radicales principios propios de la mejor ilustración
decimoctávica que, en su moza inocencia, el poeta creyó que iban a salvar el
mundo de tantas iniquidades e injusticias, del desigualitario oscurantismo que
hasta entonces había imperado sobre la sierva humanidad.
En estos días, en los que casi
todo el público publica, porque las fallidas -lo digo como experimentado
experto en el asunto, dada mi profesión- leyes de escolarización y alfabetización
y educación, han puesto la escritura al alcance de casi todo el mundo,
Se ha conseguido al fin lo
contrario de lo que teóricamente se perseguía:
Cada vez hay menos lectores
comprensivos de textos elaborados aunque sea con un mínimo de complejidad, cada
vez se escribe con menos riqueza léxica y sintáctica, con menos preocupación
por la belleza o eficacia (es lo mismo) del estilo literario y poético, cada
vez se ponen de manifiesto menos pensamientos originales y profundos y sobre
todo verdaderos; y todo esto porque cada vez son más frecuentes los modelos a
imitar que ofrecen las pantallas de las televisores y otros medios de
comunicación de masas que, vendidos a poderosos consorcios empresariales y por
estos comprados, en lugar de cumplir con su ético deber de emitir información (concepto
clave) con auténtica veracidad, obedecen a veces, en un muy alto grado, las
órdenes de arriba, órdenes de manipulación o censura de las noticias que
deberían ser más notorias y divulgables, en pro de oscuros intereses económicos
que tratan, están tratando, si es que ya no lo han conseguido, poner el Estado
al servicio de Mercado y el Capital, cuando lo moralmente loable sería una sana
viceversa, porque el Estado somos todos los ciudadanos que representamos el 99%
de la población mundial, mientras que el restante 1% son los carísimos
beneficiarios discípulos de Mercurio que, recordemos, y sin ánimo de ofender a
alguno que se pueda dar por aludido con esta culterana referencia a un mito
clásico, era el dios, no sólo de los mercaderes (como el lexema o raíz de su
nombre propio indica: merc- (curiosa coincidencia)), sino el de los
ladrones, y también, lo que no sé si es aún peor, en tanto que Hermes
Psicopompo, el conductor de las almas de los muertos a los infiernos del Hades.
A pesar de todo esto, afirmo que
todo el mundo tiene derecho a pregonar: a decir y publicar a voces la
mercancía o género que lleva para vender (DRAE dicit), o
sea publicitar informativamente las bondades de sus productos, y no sólo a
voces sino mediante escritos e imágenes publicitarias, arte ésta, a la
publicidad me refiero, poética e ingeniosa como la que más, pero también
tendente a las hipérboles desmesuradas que a veces terminan por rayar en el
camelo desinformativo y caen en el pecado de la propaganda
que, como saben ustedes, se ha convertido, en el último siglo y el actual, en
una potentísima herramienta al servicio de una malintencionada
aculturación pro indocta ignorantia (si se me tolera la cita,
a la contrafacta, del sabio teólogo Nicolás de Cusa); no porque nos estemos
dejando deglutir el seso (que también) por productos culturales extranjeros
provenientes de una sociedad, no superior ni más civilizada, pero sí más
tecnologizada y opulenta, sino porque le estamos prestando, o casi regalando,
demasiada atención a modernísimas superfluidades, mientras que de modo
irresponsable nos olvidamos de una Tradición y de unos Maestros que nos
enseñaron el arte de pensar crítica y hondamente, y se honraron a sí mismos y a
sus discípulos, entre los que con vanidad me siento incluido, predicando (o
pregonando) como principio básico de toda honradez filosófica, literaria o
artística, la búsqueda valiente de la verdad.
Y la verdad, la información objetiva
(salvedad hecha de la Objetividad Absoluta es imposible, salvo desde una
Perspectiva Omnisciente que nos está vedada), es un asunto que siempre debería
pregonarse cantando sus alabanzas hasta la redundancia más reiterativa,
contraria a los ruidos interferentes y censores de los buenos mensajes: los emitidos
por fuentes de sabia imaginación racional y ética, pues, como ya dijera Jesús
(según el Evangelio de san Juan, 8:31-38), es la verdad lo único que puede
hacernos libres.
(Pero, como decía el filósofo
francés Jean-François Revel, en esa defensa de la democracia liberal contra las
tentaciones totalitarias occidentales -para mí inherentes al propio sistema
capitalista- en su lucidísimo libro El conocimiento inútil,
desgraciadamente "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es
la mentira".)
Pienso, por una parte, en el tan
denostado arte del best-seller, literatura para no demasiado cultas masas, y
digo con el fantástico Cervantes en su Quijote o también con el extaordinario
Alemán en su Guzmán de Alfarache (basándose ambos, don Miguel y don
Mateo, en lo que Plinio el Joven atribuye a su tío Plinio el Viejo, cuando
rememora en la Epístola a Baebio Macro, refiriéndose al sapientísimo
autor de la Historia natural, que nullum esse librum tam malum,
ut non aliqua parte prodesset): “No hay ningún libro tan malo que no contenga,
o de donde no se pueda sacar, algo provechoso”.
Y me acuerdo de mi lectura
del Código da Vinci de Dan Brown, libro que quien ha leído ha
disfrutado a tope con su intriga y acción y que, de paso, nos enseña cosas
interesantes sobre los contenidos de los Evangelios apócrifos y tradiciones
medievales alternativas a la religiosidad ortodoxa del Catolicismo, pero del
cual he oído hasta la saciedad decir a los “pedantotes” de Machado, esos “que
piensan/ que saben”, que dicho envidiado libro no es más que un engendro sólo
bueno para los lectores coprófagos, cuando los que, en todo
caso, van apestando la tierra son aquellos, gente no mala,
pero sí un poco desnortada, que suele decir también que el interesantísimo
supergénero de la ficción científica es para ellos estomagante y vomitivo, y a
orgullo llevan no haber leído ni siquiera el Mundo de Huxley
ni el Año de Orwell, esos dos monumentos anti-totalitaristas
de nuestra literatura universal.
Y qué diré de H. G. Wells, quien,
considerado padre del género -acaso injustamente (porque Jules Verne, a quien
devoraba el Fortuny niño con fruición, fue anterior, y su distopia París,
siglo XX, tan relacionada con Los 500 millones de la Begum,
describe nuestra actualidad con tan exacta verosimilitud que no parece que puedan
las dos novelas tener más de un siglo de antigüedad)-, escribió, me refiero a
Wells, historias fantacientíficas en que el mensaje crítico social
(ejemplo: La máquina del tiempo) resulta de mayor obviedad y
eficiencia que en el realismo socialista dirigido por Stalin; sin olvidar que
su coetáneo, de Wells, Arthur Conan Doyle inventó Sherlock Holmes sólo
para ganar la gran Pecunia, y aun así consiguió crear uno de los arquetipos mas
perdurables de la ficción artística, como hizo Stoker con Drácula, o Mary
Wollstonecraft Shelley, con Frankenstein, Stevenson con Jekyll y
Hide, y así un largo etcétera.
No obstante pienso por otra
parte, como adelanté, en que la información, no es sólo un
tecnicismo de la Teoría de la Comunicación: es concepto panacea, no sólo base
conceptual para la comprensión y el entendimiento de valores morales como la
libertad o el respeto mutuo, sino que es también clave para entender el
funcionamiento de la madre Naturaleza de que todos dependemos para subsistir:
nuestra nutricia Physis funciona a base de intercambios de información entre
los diversos sistemas físicos que se interrelacionan, yo diría que
pitagóricamente, en la Eco-harmonía de un Sistema de Sistemas, que es a la vez
uno y plural, en que las partículas cuánticas que integran los átomos de la
materia auto-organizada poiéticamente de nuestros organismos son pura interrelación
de bits energéticos.
Por un lado, los sistemas
físicos, no sólo los orgánicos, ponen en común las
fluctuaciones de su individualidad siguiendo la pautas de un Logos ecológico,
de un Ecologos, que podría incluso instruirnos al respecto de nuestra Razón de
Ser: la gravedad, la interacción gravitatoria, que, según el inmensurable Isaac
Asimov, el divino Dante llamó Amor chi muove il Sole e l’altre stelle,
y que según el poeta se asienta en el trono de Dios, es, según los astrofísicos
y cosmólogos actuales, una fuente de información que pone en
harmónico funcionamiento la sinfonía comunitaria del universo, como en los
“músicos callados contrapuntos” del Quevedo lector.
Por otro lado, el irremediable
aumento de la entropía, el deterioro o degradación de la energía utilizable
como trabajo (y que desde las publicaciones de Shannon y Weaver consideran los
científicos equivalente a una energética Pérdida de Información), nos lleva
inexorablemente hacia la muerte térmica del cosmos, esto es, la inactividad
absoluta, lo cual puede parecer una mala noticia para el futuro: pero si nos
retrotraemos, como en una película rebobinada, a los orígenes del Universo, la
noticia puede ser mucho más optimista: si la entropía, que puede interpretarse
como información degenerada por una imparable tendencia a su conversión en
ruido asemántico, insignificativo, sic, siempre aumenta -según reza
la 2ª Ley de la Termodinámica-, podemos deducir que hace aproximadamente 14.000
millones de años, justo antes de que estallara la singularidad del Big Bang,
toda la información física (¿o meta-physica?) del Cosmos
estaba activa y viva, y totalmente utilizable como trabajo creativo,
concentrada en un punto de volumen cero, no espacio-temporal, ni local, pero de
una densidad energética infinita, en donde la totalidad de la información potencial
y activa del universal futuro de la materia/energía se organizaba en conatos de
creación.
Y al fin la hubo, una Creación, y
en eso consistimos todos: en sistemas informáticos neguentrópicos, que
aumentan la degradación entrópica de la energía que nos vivifica y anima,
dándonos un ánima, un alma, una psiké que nos permite pensar en nuestra Casa (Oikos en
griego clásico, como en eco-logía, y en eco-nomía,
homófonos de Eco, ninfa que refleja nuestra voz de modo redundante, desde que
cayó en los mortales amores del reflexivo Narciso desdeñoso), pensar en nuestra
Casa, decía, en nuestra Ekos, para intentar salvarla de su aniquilación:
Imagínense ustedes ese punto
pre-cósmico: si nosotros podemos pensar con sólo unas migajas de información
energética bío-electro-química neuronal, qué no podría hacer aquel Ultrasoftware
Autoprogramante anterior a la Gran Explosión que nos creó a nosotros y
al Cosmos, y que yo ahora les devuelvo a ustedes como un eco reflexivo del
Boquete Negro en donde su Singularidad originaria, cual Narciso, se inmoló a sí
misma entregándose a la Belleza de su imagen en el Abismo de las Aguas del
Caos, ocasionando un proceso de Auto-alimentación, o autofagia, ocasionadora
del incremento de energía organizada que dio lugar y tiempo a Todo, y de paso
al inicio procesual de la degradación de la energía reutilizable o a la
paulatina pérdida de la informada energeia, sic, materia
primigenia, tan Prima como Genia, información
omnisciente, en tanto que continente tácita de todo el conocimiento posible
del Universo: tal cúmulo de auto-información siempre
organizándose sería no menos que lo más Inteligente que puede concebirse.
Y yo no me puedo creer que el
narciso prebigbang, pre-BB en siglas, que murió por nosotros y la
naturaleza, esa Entidad tan Superinteligente, se haya autosacrificado sólo para
dejar de existir algún día. Por ahora oye deíctica in phantasma su
redundante eco, que somos nosotros y todos los sistemas físicos, dado que La
reflejamos como eco de la juan-de-yepesiana Fonte de Emisión,
y lo hacemos, no sólo cuando pensamos en Él o Ello, sino cuando hablamos con
alguien, como yo ahora a ustedes, y sobre todo cuando amamos: a nuestros padres
y hermanos, a nuestros consortes y a nuestros amigos y a nuestros hijos, porque
todo acto de amor es un eco del Amor con que el primordial o, en versos de
nuestro genial Francisco de Aldana, “sobrecelestial Narciso amante” se
sigue amando a Sí Mismo, a través de nosotros, porque ama a sus criaturas, como
se dijo que nosotros debemos amar al prójimo: como a nosotros mismos.
Desde allá, o más allá del tiempo
y el espacio, entonces Ningún Lugar, hoy pura Ubicuidad, nos envía y nos está
enviado desde siempre un mensaje que debemos descifrar, y que se nos aparece
como Leyes escritas en el Libro de la Naturaleza: leyes leyendas (o
en su sentido etimológico: que deben ser leídas, legendarias), y
que, según el magno Galileo Galilei escribiera en su exquisita obra
literaria Il Saggiatore, El ensayador, tan saetero, nos
hablan en lenguaje matemático.
Así pues, nuestra Casa, el
planeta y todo el Ecosistema Cósmico, es Común, o Como-Ún: todos somos iguales
porque, en el origen último de todo, somos uno. Y, si bien es cierto que la
Creación no podría haber existido sin la emergencia de un orden basado en la
diferencia inherente a las rupturas de estéril simetría que posibilitaron el
desequilibrio térmico ordinal que permite y provoca nuestra existencia, las
experiencias científicas nos dicen que la pérdida de información nos lleva a
otro equilibrio simétrico de infinitamente peor laya y estofa que el del gran
Nacimiento, porque nos condena a la pena capital, o a las penas del capital
cósmico: y es que la energía que se invierte en la creación de energía,
materia, vida, pensamiento, inteligencia, consciencia, explota la Sustancia
Básica Natural hasta matarla.
Por ello es necesario, natura
docet, encontrar una síntesis entre diferencia e igualdad, que nos mantenga
alejados del equilibrio simétrico del final, como los sistemas físicos vivos y
pensantes, disipadores de energía, incrementadores de entropía y ruido en pro
de la propia autoorganización endo-logística del
organismo neguentrópico, pero que a su vez nos acerque a la Justicia Cósmica
del Ecologos, que es nuestro Bien Común, y no es mercadeable, por kalokoineística o
biencomunista.
Yo a ese tipo de sincresis entre
la diferencia y la igualdad lo llamo Distinción. La distinguida elegancia de
romper la simetría de las masas ignorantes por desinformadas o malinformadas,
combinada con la voluntad ética, no de la vulgarización, sino de la Divulgación
del conocimiento de la Verdad mediante la técnica didáctica de la redundancia, contraria
a la asemasia insignificantista del Ruido emitido a discreción por las
oscurantistas oligarquías mandamases, que nos quieren ajenos al conocimiento
para hacernos más gobernables en cuanto menos contestatarios a un sistema
social desigualitario que las beneficia en perjuicio de sus mansos
subordinados, que por desesperanza conformista han querido creer que “todos los
políticos son iguales”, cuando no es en absoluto así, y se niegan a ser
enseñados por nadie que no sea su Opinión arbitraria elevada al trono usurpado
de la Diosa Razón, y que suele coincidir, la Opinión, en griego Dogma,
con la irracionalidad del ruido emitido por las medios, capital espada del
verdugo Damocles que amenaza la inocencia descuidada de nuestro doméstico Ecos.
Por todo ello, cabe concluir que
en el estudio de la naturaleza y de su evolución, que nos incluye, podemos
encontrar la idea y el ideal soteriológico que nos permita evitar, si
progresamos en el sentido adecuado, la gran Caída que se cierne sobre nosotros
y puede, si no lo está haciendo ya, conducirnos a la extinción.
No obstante lo susodicho hasta
ahora, o por ello mismo, hay que alabar y loar, pregonar, de hecho, las buenas
cualidades, las virtudes (o la Virtud, como querían nuestros ilustres
ilustrados, que tantos largos poemas sesudos y filosóficos y laudatorios
dedicaron a tan pregonando tema), haciéndonos eco de tanto
virtuoso ser humano que todavía defiende, con su humanitarismo y solidaridad, a
la humanidad, a las humanidades y al humanismo, poco abundoso por desgracia en
el humano medio,
Hombres y mujeres que con su
honesta lucidez intelectual, desde algún “huerto por su mano
sembrado”, o desde su buhardilla o su mansarda, prosiguen la labor heroica de
iluminar una esquina, un ángulo que baste, usando de un lenguaje
indagador y constructor de pensamiento veraz, único instrumento que tenemos los
humanistas para hacerlo, y así profundizar en nuestras humanidades, que a veces
son más de ciencias que de letras:
Pienso en los raudales de libros
de divulgación científica que han sido escritos para el antes profano y
horaciano Vulgo, yo el primero, que, hundido en la vulgaridad del
desconocimiento, falto de bases teóricas para alcanzar la comprensión de las
verdades científicas con las que no tuve ocasión de familiarizarme en los
entrenamientos de mis años de estudio, me han ayudado mal que bien alzarme,
como a tantos otros, a la categoría de cultivado Demos, ya que el conocimiento
es la base de la libertad y de la democracia.
Porque, como dicen tantos sabios
divulgadores científicos (Gribbin, Trefil, Barrow, Asimov), y tantos
científicos no menos sabios, acaso más, pero menos divulgadores (Hawking,
Penrose, Ledermann, Einstein), la ciencia verdadera -no hablo de tecnología-
sólo puede darse en una democracia basada en una economía de mercado, sí, pero
siempre puesta al servicio del interés global mediante planificación
programática de la distribución proporcional, pero porcentualmente igualitaria
de las ganancias y, sobre todo, los excedentes gravados por justas
contribuciones. Y yo, como Dupont y Dupont en Tintin, del admirado Hergé de mi
infancia, que todavía releo, aún diría más, aunque parezca lo contrario: la
democracia verdadera sólo puede tener lugar en un contexto cultural aventajado,
avanzado, progresista, en el mejor sentido de esta última palabra, puesto que
Progreso indica Evolución y Mejora del estar ahí de todos los
ciudadanos: en convertir el mero estar en un sostenible bienestar para todos.
Y para demostrar la verdad de
esta progresista idea de Progreso que defiendo, sólo tenemos que mirar
progresistamente la Tradición histórica de la Humanidad, para observar que
todos los autoritarismos y totalitarismos absolutistas que en el mundo han sido
siempre han sido enemigos de los libros, como ficcionó científicamente el
inmenso Ray Bradbury en su distopia Fahrenheit 451, temperatura a
la que, como saben ustedes, arde el papel, materia de los libros:
Recordemos lo acosados que fueron
los odiados intelectuales que los nazis tildaban de anti-alemanes, decadentes,
demócratas (dicho esto, especifico, como insulto), socialistas, comunistas,
judíos o ¡pacifistas!, y la incineraciones públicas de sus libros en 1933, de
triste memoria; los exilios siberianos e incluso las lobotomías que padecieron
escritores e intelectuales rusos o soviéticos sospechosos de anti-sovietismo,
en realidad de leso estalinismo, allá en la vieja Unión Soviética, a los que
nosotros llamamos con justicia disidentes del nuevo régimen absolutista que instauró
la Revolución de 1917.
Y, yendo un poco más lejos hacia
atrás en el tiempo, las quemas de los libros heréticos en la época de esplendor
de nuestra Inquisición filípica o filipina, quiero decir de los Felipes, clan
dinástico de grandes malefactores nuestros, culpables de todos
nuestros atrasos, a partir de su ordenado y mandado aislamiento
contrarreformista anti-europeo de 1600, que nos alejó de Descartes o Spinoza, y
Galileo o Newton; y las dos veces en que dos doctrinas ideológicas disfrazadas
ambas de Religión Verdadera saquearon o prendieron irreversible fuego a la
afamada Biblioteca de Alejandría, infando crimen de lesa cultura y sabiduría a
manos de unas hordas de infames e infamantes fanáticos incultos e ignorantes
que presumían de conocer la única Verdad, porque el Dios Único que era Tres
-primero-, o era el Unísimo -después-, se La había revelado de una vez para
siempre a su soberbia exclusivista.
Desde la cultura y desde la
democracia, desde el conocimiento de una verdad que se aprende y aprehende por
una progresión asintótica evolutiva de una ciencia en perpetuo proceso de
autocrítica para el logro de teorías en paulatinamente mejoradas y por ello
cada vez más ajustadas a la inalcanzable, pero aproximable Verdad, en conexión
con ese Ideal (mejor que ideología) de Progreso, del que todos tenemos derecho
a beneficiarnos por ser seres humanos; desde la libertad imprescindible para
contraatacar el dogma ideológico trabado en urdidos sistemas de ideas
inamovibles, manifestada individualmente como propia y libre opinión, si bien -casi-
siempre no fundamentada, o fundamentada en información adulterada
por ruido de diseño, y ni propia ni libre, más bien sierva y arbitraria, que
tan a menudo impiden el pensamiento creativo y, por libre, Vero-Símil (nunca poseedor
absoluto de la Verdad, o sea: no Amo absoluto de una Mentira -con máscara de su
contraria- que sirva como sierva al Interés egoísta del Autócrata), tenemos el
deber, lectores y escritores, de pregonar a aquellos brutos malhechores,
destructores del mayor acervo cultural de la humanidad, en especial de aquella
humanidad que inventó la democracia griega y la república romana, y que,
abolidas por el oscurantismo imperialista, y más en especial por emperador
Constantino, enemigo del pluralismo pagano (porque necesitaba un monoteísmo que
volviera a unir su escindido Imperio bajo el sometimiento a un solo Dios, o
mejor a una sola Iglesia); regeneradas aquellas humanidades clásicas y
reivindicados luego los clásicos humanismos por los revolucionarios de la
Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y por la previa Declaración de Derechos
Humanos (redactada por Jefferson) de aquella revolución que fue la Guerra de
Independencia Norteamericana, y que hoy amenazan con periclitar de nuevo ante
el tsunami de la desinformación y la tergiversación encargada
por el Plutón que rige este inminente infierno de exhaustivo agotamiento
ecológico causado por la ensimismada necesidad de producción encaminada sólo a
los beneficios hiperbólicos de oligarquías plutócratas, no nos queda, a
escritores y lectores decentes, sino aceptar una histórica responsabilidad:
Hay que, en el espíritu de la
Hipatia y otros bibliotecarios y doctores de la vieja y venerable Biblioteca de
Alejandría, recoger los restos del naufragio, y pecio a pecio sembrarlos y
cultivarlos en la tierra de la cultura, que es nuestro Planeta, para obtener en
la cosecha los frutos de nuestra honorable tarea de intelectuales y creadores
y buscadores de la verdad (en latín quaerentes
veritatis: lo que buscan o quieren la verdad), y leer,
leer, seguir leyendo, estudiando, aprendiendo de la entidad menos sospechosa de
tendenciosidad en sus contenidos e informaciones, puesto que al
cabo sus mensajes suelen ser responsabilidad de un solo autor, siempre más
propenso a la independencia o autonomía que los empleados de un rico medio de
comunicación, obedientes a su jefe o empresario.
Autor y autores de literatura,
poesía y pensamiento libres, de que el libro (en latín liber,
homónimo de liber, libre, y de Liber, con mayúscula,
sobrenombre de Baco o Dionisos, el dios libre, el dios de la libertad) es el
último y sempiterno bastión y baluarte:
Y esto es porque el libro es
además de todo eso un símbolo.
O los Libros, en griego Biblia.
Somos herederos de una cultura
basada en la sacralidad de los Libros:
Ya sean, buen mensaje, como
los Evangelios (del griego eu ángelos, buen ángel, en
hebreo malakh, ángel (o aspecto) de Dios -Lo contrario del
andaluz malaje, de mal ángel, Ángel Caído,
Rebelde, demonio-, pero relacionado por casualidad con el fenicio melek o melk,
rey); o ya sea el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred
(en realidad del inglés All Has Read: el que Ha Leído Todo) que se
inventara H. P. Lovecraft, pasando por Borges con su Biblioteca de Babel o su
Libro de Infinitas Páginas, llegamos hoy a la fenicia Málaka, la ciudad reina,
o del dios rey, Mel(e)k-qart, el Hermes-Hércules fenicio, o Málakh-Qart,
La Ciudad con Ángel, Málaga, la aleixandrina -o alejandrina- “ciudad no en la
tierra”, otro símbolo que hoy entra en relación de catacrética metonimia
contrapuntística con el símbolo Libro, por medio de ésta que es para mí la más
merecidamente feriable de todas la Ferias, y que ahora también comienza para
ustedes, para todos nosotros.